sábado, 29 de noviembre de 2008

JAZZ OPOSITOR

Louis Navas, experto norteamericano en las ganancias de los altos ejecutivos, disertó esta semana en el seminario Only CEO Summit realizado en el Hilton de Puerto Madero, y ahí explicó que por primera vez se discute en una campaña presidencial el nivel de ingresos de los CEOs de las grandes empresas. Aunque raro, el fenómeno es lógico, si se tiene en cuenta que las mismas firmas que hace unos meses llegaron a pagar decenas de millones de dólares de compensaciones por performance a sus directores ahora le están pidiendo al estado norteamericano, o sea a los contribuyentes, salvatajes millonarios para no ir a la quiebra. El presidente electo, Barack Obama, prometió que revisará los mecanismos de transparencia y de racionalidad en la asignación de salarios, premios e incentivos anuales de que las corporaciones le otorgan a sus managers, muchas veces a expensas de los accionistas y, en casos de crisis, de la propia Reserva Federal. Una de las preocupaciones principales es el avance de la mentalidad cortoplacista de muchos CEOs, que en los últimos tiempos manejaron la estrategia empresaria en función de las variables que les permitieran cobrar suculentos bonos de Navidad por su performance anual, en detrimento del largo plazo y del crecimiento sustentable del valor de las firmas a su cargo. Aunque el debate caliente sobre quién paga ahora los platos rotos pueda llevar al reduccionismo de plantear esta crisis como la batalla final de Estado vs. Mercado y viceversa, en realidad la discusión de fondo que sacude al Primer Mundo es sobre la calidad de los liderazgos, tanto públicos como privados. Y eso sí que es un dato nuevo de la globalización: quién manda, cómo y para qué.
Todo suena posible en un mundo sacudido por el crack de las finanzas internacionales. Y en la Argentina, el “efecto jazz” ya marca el ritmo de un futuro inmediato cargado de sorpresas, buenas o malas, según los gustos musicales de cada uno. Por ejemplo, esta idea de que en medio de la crisis planetaria todo es posible alienta a los más optimistas visitantes del búnker de Elisa Carrió. Uno de los más pícaros armadores del frente que impulsa “Lilita” se entusiasma con la comparación del caso Obama con el caso Carrió: “Hasta hace unas semanas, un montón de expertos argentinos que estudiaron en universidades yanquis venían y me dibujaban en una servilleta el mapa de Estados Unidos para explicarme demográficamente por qué era absolutamente imposible que un candidato negro ganara la presidencia. ¿Y ahora dónde se metieron el papelito?”, desafía el operador, que es de los que creen que en el 2009 Carrió y sus aliados tienen que hacer todo lo posible por arrasar en Capital y golpear fuerte en Provincia. Ese escenario, reflexiona el operador, desemboca en una candidatura presidencial de Carrió que estaría en condiciones de sumar incluso una masa crítica de peronistas con la que armar gobierno en 2011. ¿Es una locura? “Lo mismo decían de la candidatura de Menem en la interna del PJ contra Cafiero, y lo mismo se decía de Kirchner cuando quería ser presidente de un país que ni siquiera lo conocía.” ¿Y Duhalde? “Su poder actual es un mito. Es cierto que es un referente al que muchos consultan, pero si no se juega como candidato, y da vuelta su imagen negativa en las encuestas, no es tan claro que tenga poder de aglutinar a la oposición peronista. Por algo será que Macri no se le acerca, ¿no?” Más allá de los cálculos electorales, el ejemplo de Obama convence a muchos lilistas de que la clave de la próxima pelea electoral es generar toneladas de esperanza, en una sociedad que de nuevo se está hundiendo en el desencanto y la desconfianza.
Esperanza es lo que quiere vender cualquier gobierno cada vez que presenta un paquete de medidas económicas. En general, el kirchnerismo ha sido reacio a lanzar una batería de anuncios empaquetados en un solo plan. Pero el “efecto jazz” lo hizo posible. Ahora los mega rescates son el último grito de la moda gubernamental en las capitales europeas, también en Washington y en Manhattan. Y Cristina es respetuosa de la moda. Pero el gran paquete K está provocando el efecto inverso al buscado. En lugar de esperanza, el proyecto de perdonar las deudas tributarias ya genera malhumor en empresarios que sí pagaron sus impuestos, y que ahora reclaman públicamente o en privado al Gobierno cuál será la ayuda estatal para ellos en esta temporada de crisis. Si no la hay, será razonable que se sientan castigados por competencia desleal fogoneada desde la Casa Rosada, y que lamenten su error de management al haber cumplido con la ley. En lugar de confianza, el plan de blanquear capitales no declarados para repatriarlos alimenta las sospechas de quienes le dan crédito a las denuncias de corrupción generalizada que Carrió está llevando a la Justicia contra Kirchner & Cía. ¿Fortalecerán las medidas K las arcas estatales? No se sabe, pero por las dudas el oficialismo arroja su red sobre todo lo que huela a dinero, sea fondos de pensión poco rentables o empresas de servicios mal privatizadas. Su excusa es el “cambio de paradigma”, y su filosofía ante las críticas, la máxima de Arthur Schopenhauer: “Toda verdad pasa por tres etapas. Primero es ridiculizada. Segundo, enfrentada con oposición violenta. Tercero, aceptada como evidente.”

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