Dijo Perón: “El proceso de captación de la masa, si uno fuera a tomar uno por uno, es inalcanzable. Es algo así como el que quiere terminar con las hormigas agarrándolas una por una y tirándolas al fuego. Hay un procedimiento mucho más eficaz que los hombres olvidan, que es el de tomar la masa en grandes sectores. Los políticos nunca habían utilizado la radio para su acción (…) Imagínense lo que significa la utilización de los medios técnicos en la política, cosa que no habían hecho mis antecesores. Por eso me fue posible, el día anterior a las elecciones, dar una orden que al día siguiente todos cumplieron. Fue así como ganamos las elecciones.” Así relataba el General, a comienzos de la década del ’50, la batalla que le aseguró el poder. El peronismo es un producto de la cultura de masas, y ésta una resultante del desarrollo tecnológico de los medios de comunicación. Por eso, Néstor Kirchner aparece hoy ante los ojos peronistas como un ganador de la política nacional a pesar de haber perdido en las urnas.
Primero los medios, después las urnas y por último los ciudadanos. Por eso Kirchner analizó que su derrota electoral se la debía principalmente a Clarín. Y por eso no perdió tiempo descifrando el mensaje de las urnas: mientras sus empleados distraían a la oposición presuntamente triunfante en mesas de diálogo, él operaba su golpe más audaz contra la Matrix de la opinión pública. El cable sin fútbol no es un negocio seguro, y Clarín sin “los cables” es apenas un diario influyente y rentable. Si a lo que le queda al Grupo además se le retira la pauta oficial, para –como avisó Cristina en el festín de Ezeiza- “reorientarla” hacia otros medios de la competencia, el reinado de Clarín tambalea, justo en un momento de turbulencia interna (por el proceso de recambio generacional que debe encarar la empresa en toda su conducción estratégica), y en un contexto regional de revolución tecnológica de consecuencias impredecibles para el negocio de la información y el entretenimiento. Este escenario explica el clima de euforia que embriagaba a los kirchneristas asistentes al acto de traspaso del fútbol televisado.
La obsesión de los Kirchner con los medios de comunicación no sólo surge de la doctrina de Perón. También aprendieron de la experiencia de Carlos Menem: todavía hoy se escucha a algunos posmenemistas maliciar contra la “alta traición” del Grupo Clarín, a quien creen haberle hecho el favor de convertirlo en un multimedios sin rival, para luego sufrir la puñalada de una campaña sistemática de estigmatización de la era menemista. Así llegamos a un momento en que la clase política argentina desconfía profundamente de la prensa, la radio, la tevé e internet, al mismo tiempo que sus principales caudillos dedican buena parte de su tiempo y dinero a erigirse como magnates de los odiados medios de comunicación. Y en este punto aplica el dilema del huevo y la gallina: ¿los políticos quieren comprar medios porque temen su poder letal, o los medios se volvieron armas letales precisamente en manos de los operadores de la política? Como muchas preguntas teóricas, ya es tarde para responderla, o al menos es tarde para que su respuesta cambie el estado de las cosas. Lo sabe muy bien Kirchner, que es un Homo Pragmaticus disfrazado –como buen pragmático- de Homo Ideologicus.
El tonificante massmediático que acaba de administrarse Kirchner le devolvió la fuerza para soñar a lo grande en el 2011. La duda es si daría la pelea dentro del peronismo o por afuera, pero en todo caso es la misma duda que tienen hoy todos los presidenciables: Cobos coquetea en la cornisa de la UCR, igual que Lilita Carrió. Lo mismo debaten las facciones internas del Properonismo. ¿Se reconstruirá algo parecido a un bipartidismo, o se profundizará esta onda larga de atomización de la oferta electoral? En parte depende de los tiempos de la política, que estará marcado por los vaivenes de la estabilidad institucional. Por ahora, Kirchner parece haberse recuperado del cachetazo electoral, mientras que los espacios opositores verifican que la buena performance en las urnas no les garantiza cohesión interna, sino más bien al revés, a juzgar por la balcanización del antioficialismo y su dramática incapacidad para apropiarse de la agenda pública. Es cierto que sigue vigente la paradoja K, que dice que a más hegemonía, más poder autodestructivo: el kirchnerismo también ha demostrado –como la oposición- su habilidad para malograr un panorama favorable. Así que es posible que, si la oposición no encuentra un liderazgo aglutinador con fuerza para contrapesar a Kirchner, el propio Néstor se enrede en un laberinto de soberbia que lo haga chocar contra la pared, y ese muro está formado por la sociedad civil, llámese Villa 31, militancia ruralista, ligas de consumidores de energía hogareña impagable, fieles católicos escandalizados con las cifras del hambre, etc. El problema es que, mientras tanto, el sector privado teme que no haya nadie que se le pueda plantar a Kirchner cada vez que interviene en el mercado con recursos estatales. Por eso impactó tanto la semana chistosa del Lole Reutemann, quien prácticamente se bajó –por enésima vez- del podio de los presidenciables. Y si la oposición no produce algún emergente que defienda con firmeza los intereses privados mientras dure la iniciativa K, entonces es posible que los empresarios que en los últimos tiempos se animaron tibiamente a diferenciarse del Gobierno vuelvan temerosos a protegerse bajo el ala oficial, lo cual fortalecerá más esta resurrección kirchnerista.
Entonces solo quedará, como ya es costumbre en la democracia argentina, la presión del periodismo contra los actos polémicos del Gobierno. Aunque incluso eso está puesto en duda por estos días. Por ejemplo, en el macrismo acusaron recibo de la lluvia de críticas por la elección del Fino Palacios para comandar la policía porteña. Pero en un segundo análisis, se permitieron dudar de la opinión pública reflejada en los medios de comunicación, y mandaron a medir estadísticamente la valoración de los votantes PRO acerca de la figura del Fino Palacios: dicen que el resultado fue nulo. Casi nadie sabía quién era cuando los encuestadores sondeaban la opinión sobre el personaje. La conclusión que sacaron es que no debían preocuparse tanto por los títulos de los diarios, hasta que el flamante jefe policial comenzara a mostrar los primeros resultados concretos de su gestión. “Hechos, no palabras”, sería la traducción más simple.
Kirchner predica la misma lógica, que hoy es moda en la política: los medios mienten. ¿Será por eso que se los quiere comprar?
lunes, 24 de agosto de 2009
CIEN DÍAS QUE CAMBIARÁN TODO Y NADA
Cien días. En números redondos, el plazo que le queda al Gobierno para moverse sin ataduras es equivalente a la luna de miel que supuestamente goza todo mandatario recién asumido, antes de que la opinión pública y las fuerzas opositoras le caigan encima. Un centenar de jornadas. Solo que en este caso, se trata del período que falta cumplirse para que venza la mayoría automática del oficialismo en el Congreso de la Nación. La otra diferencia con una luna de miel poselectoral es que el kirchnerismo encara los próximos cien días luego de una clara derrota en las urnas. Y esa es la novedad politológica: tal como declaró Néstor Kirchner esta semana, el Gobierno ahora no cree que haber perdido una elección -que fue encarada como un plebiscito- sea motivo para revisar sus modos de administrar el poder y los recursos estatales. Más bien, todo lo contrario. La negativa de la mayoría de los votantes del país parece haber liberado las pulsiones “revolucionarias” de la Casa Rosada. Y para un revolucionario que ya controla el sillón presidencial, cien días es una eternidad.
Con la capacidad intacta de cobrar las retenciones a la agroindustria y de reorientar las partidas del Presupuesto nacional, el oficialismo empieza a sentir que aquí no ha pasado nada. La temida embestida opositora poselectoral se derritió al calor moderado de un llamado al diálogo que al Gobierno le salió gratis, salvo algún cafecito y unas galletitas para la tarde. La presión del campo se contuvo como siempre, comprando algunas voluntades regionales, y mareando a la Mesa de Enlace con la misma ranchera sin relaciones. A los consumidores furiosos por los tarifazos se los calma con subsidios fugaces. Y al cuarto poder mediático se lo pasa por encima pegando donde más duele: no en la libertad de expresión, sino en la caja.
Se dice que, a diferencia del socialismo, el capitalismo sobrevive porque integra en su lógica las pasiones más viscerales del ser humano. No se basa en el deber ser, sino en lo que es. El kirchnerismo vive por una dinámica parecida, en torno a las acomodaticias contradicciones ideológicas argentinas. Ser de izquierda en la Argentina de hoy es decir cosas izquierdistas, mientras se hace lo que hay que hacer para acumular poder. Y la derecha es la etiqueta que conviene utilizar para amordazar al adversario de turno. Punto. Lo mismo pasa con el peronismo, o con la vieja política: muletillas para justificar movimientos tácticos en la búsqueda del control más amplio posible de los bienes políticos y económicos de la sociedad. El período de hegemonía de los Kirchner pasará a la historia como el clímax del pragmatismo institucional. Todo por un sueño: y en ese abrazo de Néstor, caben al mismo tiempo Hebe de Bonafini y Julio Grondona, dos íconos de la memoria setentista. Cuando los años ’70 se cierran sobre sí mismos, en un sentido, es el fin de la historia.
Pero, como bien le señalaron desde la izquierda al teórico del “fin de la historia”, Francis Fukuyama, la historia sigue. Y en los próximos cien días se irán revelando los hitos del país que viene. Por lo pronto, la realidad poselectoral muestra un clima enrarecido. Los que supuestamente perdieron, están descorchando champán, como bien saben en el entorno de funcionarios como Florencio Randazzo y Guillermo Moreno, por mencionar un par de caras conocidas. En cambio, los que presuntamente ganaron, se pelean entre ellos, maldicen en silencio su imprevisión, y calculan con mucha incertidumbre los pasos a seguir para reparar lo irreparable: en el directorio de Clarín, hay caras largas, y un estado de asamblea permanente que ha hecho cancelar compromisos privados tradicionales a más de un directivo del Grupo. Los abogados del multimedios orejean una y otra vez las 16 páginas de ese bendito contrato que, a esta altura del análisis jurídico y periodístico, no dice nada que sirva para escandalizar a nadie ni para incomodar a Grondona, el Caballo de Troya que ya suena como una mala palabra en las oficinas de TyC: Don Julio es hoy el Cobos del Grupo Clarín, porque en una noche les votó no positivo. Por eso la empresa que controlaba el fútbol televisado desistió de la tentación incial de ventilar ese contrato que no habían visto ni los presidentes de los clubes involucrados en el mismo. No había nada que mostrar. La única cláusula que podía comprometer al capo de la AFA fue extirpada a pedido de Don Julio en la última renegociación de contrato: el delicado ítem estipulaba que los pagos mensuales de la empresa televisiva irían a parar directamente a los clubes que brindan los rentables espectáculos deportivos, sin pasar por las manos de Grondona. El intocable patriarca del fútbol se plantó y se negó a firmar si no se eliminaba aquel reparto automático de las riquezas. Del lado de TyC le explicaron que eso solo podía hacerse con el consentimiento de los clubes. Grondona levantó un par de teléfonos y lo arregló. La cláusula de coparticipación había muerto: cada mes, los tesoreros de los clubes deberían mendigar en las oficinas de la AFA su cheque, que generalmente tenía fecha de cobro muy diferida. Para hacerse del efectivo rápido, se les recomendaban un par de direcciones donde cambiar los cheques por cash, eso sí, con quitas de hasta el 25%, que también explican la quiebra generalizada que acecha a la mayoría de las instituciones.
Y aquí aparece uno de los debates que podrían animar las tertulias de los intelectuales de Carta Abierta: ¿Qué papel le cabe al Estado en el drama de una actividad social protagonizada por jugadores ricos, dirigentes ricos, e instituciones sin fines de lucro en bancarrota? ¿Regulación reforzada? ¿O intervención justiciera? Si es sincera la reivindicación del rol del Estado que esgrimen los intelectuales filokirchneristas, votarán –testimonialmente, claro- por la regulación. La opción vengadora es, en realidad, otra vía pragmática disfrazada de ideológica para saquear con la espada estatal las arcas de un actor privado dominante, con el objetivo final de repartirse después el botín con los nuevos dueños del negocio, que asegurarán su tasa de rentabilidad volviendo a armar un escenario monopólico. Pero entonces ya no estará Aníbal Fernández, virtual primer ministro K, para pedirle que se haga justicia, y se le regale fútbol gratis al pueblo.
Con la capacidad intacta de cobrar las retenciones a la agroindustria y de reorientar las partidas del Presupuesto nacional, el oficialismo empieza a sentir que aquí no ha pasado nada. La temida embestida opositora poselectoral se derritió al calor moderado de un llamado al diálogo que al Gobierno le salió gratis, salvo algún cafecito y unas galletitas para la tarde. La presión del campo se contuvo como siempre, comprando algunas voluntades regionales, y mareando a la Mesa de Enlace con la misma ranchera sin relaciones. A los consumidores furiosos por los tarifazos se los calma con subsidios fugaces. Y al cuarto poder mediático se lo pasa por encima pegando donde más duele: no en la libertad de expresión, sino en la caja.
Se dice que, a diferencia del socialismo, el capitalismo sobrevive porque integra en su lógica las pasiones más viscerales del ser humano. No se basa en el deber ser, sino en lo que es. El kirchnerismo vive por una dinámica parecida, en torno a las acomodaticias contradicciones ideológicas argentinas. Ser de izquierda en la Argentina de hoy es decir cosas izquierdistas, mientras se hace lo que hay que hacer para acumular poder. Y la derecha es la etiqueta que conviene utilizar para amordazar al adversario de turno. Punto. Lo mismo pasa con el peronismo, o con la vieja política: muletillas para justificar movimientos tácticos en la búsqueda del control más amplio posible de los bienes políticos y económicos de la sociedad. El período de hegemonía de los Kirchner pasará a la historia como el clímax del pragmatismo institucional. Todo por un sueño: y en ese abrazo de Néstor, caben al mismo tiempo Hebe de Bonafini y Julio Grondona, dos íconos de la memoria setentista. Cuando los años ’70 se cierran sobre sí mismos, en un sentido, es el fin de la historia.
Pero, como bien le señalaron desde la izquierda al teórico del “fin de la historia”, Francis Fukuyama, la historia sigue. Y en los próximos cien días se irán revelando los hitos del país que viene. Por lo pronto, la realidad poselectoral muestra un clima enrarecido. Los que supuestamente perdieron, están descorchando champán, como bien saben en el entorno de funcionarios como Florencio Randazzo y Guillermo Moreno, por mencionar un par de caras conocidas. En cambio, los que presuntamente ganaron, se pelean entre ellos, maldicen en silencio su imprevisión, y calculan con mucha incertidumbre los pasos a seguir para reparar lo irreparable: en el directorio de Clarín, hay caras largas, y un estado de asamblea permanente que ha hecho cancelar compromisos privados tradicionales a más de un directivo del Grupo. Los abogados del multimedios orejean una y otra vez las 16 páginas de ese bendito contrato que, a esta altura del análisis jurídico y periodístico, no dice nada que sirva para escandalizar a nadie ni para incomodar a Grondona, el Caballo de Troya que ya suena como una mala palabra en las oficinas de TyC: Don Julio es hoy el Cobos del Grupo Clarín, porque en una noche les votó no positivo. Por eso la empresa que controlaba el fútbol televisado desistió de la tentación incial de ventilar ese contrato que no habían visto ni los presidentes de los clubes involucrados en el mismo. No había nada que mostrar. La única cláusula que podía comprometer al capo de la AFA fue extirpada a pedido de Don Julio en la última renegociación de contrato: el delicado ítem estipulaba que los pagos mensuales de la empresa televisiva irían a parar directamente a los clubes que brindan los rentables espectáculos deportivos, sin pasar por las manos de Grondona. El intocable patriarca del fútbol se plantó y se negó a firmar si no se eliminaba aquel reparto automático de las riquezas. Del lado de TyC le explicaron que eso solo podía hacerse con el consentimiento de los clubes. Grondona levantó un par de teléfonos y lo arregló. La cláusula de coparticipación había muerto: cada mes, los tesoreros de los clubes deberían mendigar en las oficinas de la AFA su cheque, que generalmente tenía fecha de cobro muy diferida. Para hacerse del efectivo rápido, se les recomendaban un par de direcciones donde cambiar los cheques por cash, eso sí, con quitas de hasta el 25%, que también explican la quiebra generalizada que acecha a la mayoría de las instituciones.
Y aquí aparece uno de los debates que podrían animar las tertulias de los intelectuales de Carta Abierta: ¿Qué papel le cabe al Estado en el drama de una actividad social protagonizada por jugadores ricos, dirigentes ricos, e instituciones sin fines de lucro en bancarrota? ¿Regulación reforzada? ¿O intervención justiciera? Si es sincera la reivindicación del rol del Estado que esgrimen los intelectuales filokirchneristas, votarán –testimonialmente, claro- por la regulación. La opción vengadora es, en realidad, otra vía pragmática disfrazada de ideológica para saquear con la espada estatal las arcas de un actor privado dominante, con el objetivo final de repartirse después el botín con los nuevos dueños del negocio, que asegurarán su tasa de rentabilidad volviendo a armar un escenario monopólico. Pero entonces ya no estará Aníbal Fernández, virtual primer ministro K, para pedirle que se haga justicia, y se le regale fútbol gratis al pueblo.
domingo, 16 de agosto de 2009
CIEN DÍAS QUE CAMBIARÁN TODO Y NADA
Cien días. En números redondos, el plazo que le queda al Gobierno para moverse sin ataduras es equivalente a la luna de miel que supuestamente goza todo mandatario recién asumido, antes de que la opinión pública y las fuerzas opositoras le caigan encima. Un centenar de jornadas. Solo que en este caso, se trata del período que falta cumplirse para que venza la mayoría automática del oficialismo en el Congreso de la Nación. La otra diferencia con una luna de miel poselectoral es que el kirchnerismo encara los próximos cien días luego de una clara derrota en las urnas. Y esa es la novedad politológica: tal como declaró Néstor Kirchner esta semana, el Gobierno ahora no cree que haber perdido una elección -que fue encarada como un plebiscito- sea motivo para revisar sus modos de administrar el poder y los recursos estatales. Más bien, todo lo contrario. La negativa de la mayoría de los votantes del país parece haber liberado las pulsiones “revolucionarias” de la Casa Rosada. Y para un revolucionario que ya controla el sillón presidencial, cien días es una eternidad.
Con la capacidad intacta de cobrar las retenciones a la agroindustria y de reorientar las partidas del Presupuesto nacional, el oficialismo empieza a sentir que aquí no ha pasado nada. La temida embestida opositora poselectoral se derritió al calor moderado de un llamado al diálogo que al Gobierno le salió gratis, salvo algún cafecito y unas galletitas para la tarde. La presión del campo se contuvo como siempre, comprando algunas voluntades regionales, y mareando a la Mesa de Enlace con la misma ranchera sin relaciones. A los consumidores furiosos por los tarifazos se los calma con subsidios fugaces. Y al cuarto poder mediático se lo pasa por encima pegando donde más duele: no en la libertad de expresión, sino en la caja.
Se dice que, a diferencia del socialismo, el capitalismo sobrevive porque integra en su lógica las pasiones más viscerales del ser humano. No se basa en el deber ser, sino en lo que es. El kirchnerismo vive por una dinámica parecida, en torno a las acomodaticias contradicciones ideológicas argentinas. Ser de izquierda en la Argentina de hoy es decir cosas izquierdistas, mientras se hace lo que hay que hacer para acumular poder. Y la derecha es la etiqueta que conviene utilizar para amordazar al adversario de turno. Punto. Lo mismo pasa con el peronismo, o con la vieja política: muletillas para justificar movimientos tácticos en la búsqueda del control más amplio posible de los bienes políticos y económicos de la sociedad. El período de hegemonía de los Kirchner pasará a la historia como el clímax del pragmatismo institucional. Todo por un sueño: y en ese abrazo de Néstor, caben al mismo tiempo Hebe de Bonafini y Julio Grondona, dos íconos de la memoria setentista. Cuando los años ’70 se cierran sobre sí mismos, en un sentido, es el fin de la historia.
Pero, como bien le señalaron desde la izquierda al teórico del “fin de la historia”, Francis Fukuyama, la historia sigue. Y en los próximos cien días se irán revelando los hitos del país que viene. Por lo pronto, la realidad poselectoral muestra un clima enrarecido. Los que supuestamente perdieron, están descorchando champán, como bien saben en el entorno de funcionarios como Florencio Randazzo y Guillermo Moreno, por mencionar un par de caras conocidas. En cambio, los que presuntamente ganaron, se pelean entre ellos, maldicen en silencio su imprevisión, y calculan con mucha incertidumbre los pasos a seguir para reparar lo irreparable: en el directorio de Clarín, hay caras largas, y un estado de asamblea permanente que ha hecho cancelar compromisos privados tradicionales a más de un directivo del Grupo. Los abogados del multimedios orejean una y otra vez las 16 páginas de ese bendito contrato que, a esta altura del análisis jurídico y periodístico, no dice nada que sirva para escandalizar a nadie ni para incomodar a Grondona, el Caballo de Troya que ya suena como una mala palabra en las oficinas de TyC: Don Julio es hoy el Cobos del Grupo Clarín, porque en una noche les votó no positivo. Por eso la empresa que controlaba el fútbol televisado desistió de la tentación incial de ventilar ese contrato que no habían visto ni los presidentes de los clubes involucrados en el mismo. No había nada que mostrar. La única cláusula que podía comprometer al capo de la AFA fue extirpada a pedido de Don Julio en la última renegociación de contrato: el delicado ítem estipulaba que los pagos mensuales de la empresa televisiva irían a parar directamente a los clubes que brindan los rentables espectáculos deportivos, sin pasar por las manos de Grondona. El intocable patriarca del fútbol se plantó y se negó a firmar si no se eliminaba aquel reparto automático de las riquezas. Del lado de TyC le explicaron que eso solo podía hacerse con el consentimiento de los clubes. Grondona levantó un par de teléfonos y lo arregló. La cláusula de coparticipación había muerto: cada mes, los tesoreros de los clubes deberían mendigar en las oficinas de la AFA su cheque, que generalmente tenía fecha de cobro muy diferida. Para hacerse del efectivo rápido, se les recomendaban un par de direcciones donde cambiar los cheques por cash, eso sí, con quitas de hasta el 25%, que también explican la quiebra generalizada que acecha a la mayoría de las instituciones.
Y aquí aparece uno de los debates que podrían animar las tertulias de los intelectuales de Carta Abierta: ¿Qué papel le cabe al Estado en el drama de una actividad social protagonizada por jugadores ricos, dirigentes ricos, e instituciones sin fines de lucro en bancarrota? ¿Regulación reforzada? ¿O intervención justiciera? Si es sincera la reivindicación del rol del Estado que esgrimen los intelectuales filokirchneristas, votarán –testimonialmente, claro- por la regulación. La opción vengadora es, en realidad, otra vía pragmática disfrazada de ideológica para saquear con la espada estatal las arcas de un actor privado dominante, con el objetivo final de repartirse después el botín con los nuevos dueños del negocio, que asegurarán su tasa de rentabilidad volviendo a armar un escenario monopólico. Pero entonces ya no estará Aníbal Fernández, virtual primer ministro K, para pedirle que se haga justicia, y se le regale fútbol gratis al pueblo.
Con la capacidad intacta de cobrar las retenciones a la agroindustria y de reorientar las partidas del Presupuesto nacional, el oficialismo empieza a sentir que aquí no ha pasado nada. La temida embestida opositora poselectoral se derritió al calor moderado de un llamado al diálogo que al Gobierno le salió gratis, salvo algún cafecito y unas galletitas para la tarde. La presión del campo se contuvo como siempre, comprando algunas voluntades regionales, y mareando a la Mesa de Enlace con la misma ranchera sin relaciones. A los consumidores furiosos por los tarifazos se los calma con subsidios fugaces. Y al cuarto poder mediático se lo pasa por encima pegando donde más duele: no en la libertad de expresión, sino en la caja.
Se dice que, a diferencia del socialismo, el capitalismo sobrevive porque integra en su lógica las pasiones más viscerales del ser humano. No se basa en el deber ser, sino en lo que es. El kirchnerismo vive por una dinámica parecida, en torno a las acomodaticias contradicciones ideológicas argentinas. Ser de izquierda en la Argentina de hoy es decir cosas izquierdistas, mientras se hace lo que hay que hacer para acumular poder. Y la derecha es la etiqueta que conviene utilizar para amordazar al adversario de turno. Punto. Lo mismo pasa con el peronismo, o con la vieja política: muletillas para justificar movimientos tácticos en la búsqueda del control más amplio posible de los bienes políticos y económicos de la sociedad. El período de hegemonía de los Kirchner pasará a la historia como el clímax del pragmatismo institucional. Todo por un sueño: y en ese abrazo de Néstor, caben al mismo tiempo Hebe de Bonafini y Julio Grondona, dos íconos de la memoria setentista. Cuando los años ’70 se cierran sobre sí mismos, en un sentido, es el fin de la historia.
Pero, como bien le señalaron desde la izquierda al teórico del “fin de la historia”, Francis Fukuyama, la historia sigue. Y en los próximos cien días se irán revelando los hitos del país que viene. Por lo pronto, la realidad poselectoral muestra un clima enrarecido. Los que supuestamente perdieron, están descorchando champán, como bien saben en el entorno de funcionarios como Florencio Randazzo y Guillermo Moreno, por mencionar un par de caras conocidas. En cambio, los que presuntamente ganaron, se pelean entre ellos, maldicen en silencio su imprevisión, y calculan con mucha incertidumbre los pasos a seguir para reparar lo irreparable: en el directorio de Clarín, hay caras largas, y un estado de asamblea permanente que ha hecho cancelar compromisos privados tradicionales a más de un directivo del Grupo. Los abogados del multimedios orejean una y otra vez las 16 páginas de ese bendito contrato que, a esta altura del análisis jurídico y periodístico, no dice nada que sirva para escandalizar a nadie ni para incomodar a Grondona, el Caballo de Troya que ya suena como una mala palabra en las oficinas de TyC: Don Julio es hoy el Cobos del Grupo Clarín, porque en una noche les votó no positivo. Por eso la empresa que controlaba el fútbol televisado desistió de la tentación incial de ventilar ese contrato que no habían visto ni los presidentes de los clubes involucrados en el mismo. No había nada que mostrar. La única cláusula que podía comprometer al capo de la AFA fue extirpada a pedido de Don Julio en la última renegociación de contrato: el delicado ítem estipulaba que los pagos mensuales de la empresa televisiva irían a parar directamente a los clubes que brindan los rentables espectáculos deportivos, sin pasar por las manos de Grondona. El intocable patriarca del fútbol se plantó y se negó a firmar si no se eliminaba aquel reparto automático de las riquezas. Del lado de TyC le explicaron que eso solo podía hacerse con el consentimiento de los clubes. Grondona levantó un par de teléfonos y lo arregló. La cláusula de coparticipación había muerto: cada mes, los tesoreros de los clubes deberían mendigar en las oficinas de la AFA su cheque, que generalmente tenía fecha de cobro muy diferida. Para hacerse del efectivo rápido, se les recomendaban un par de direcciones donde cambiar los cheques por cash, eso sí, con quitas de hasta el 25%, que también explican la quiebra generalizada que acecha a la mayoría de las instituciones.
Y aquí aparece uno de los debates que podrían animar las tertulias de los intelectuales de Carta Abierta: ¿Qué papel le cabe al Estado en el drama de una actividad social protagonizada por jugadores ricos, dirigentes ricos, e instituciones sin fines de lucro en bancarrota? ¿Regulación reforzada? ¿O intervención justiciera? Si es sincera la reivindicación del rol del Estado que esgrimen los intelectuales filokirchneristas, votarán –testimonialmente, claro- por la regulación. La opción vengadora es, en realidad, otra vía pragmática disfrazada de ideológica para saquear con la espada estatal las arcas de un actor privado dominante, con el objetivo final de repartirse después el botín con los nuevos dueños del negocio, que asegurarán su tasa de rentabilidad volviendo a armar un escenario monopólico. Pero entonces ya no estará Aníbal Fernández, virtual primer ministro K, para pedirle que se haga justicia, y se le regale fútbol gratis al pueblo.
viernes, 14 de agosto de 2009
EL HAMBRE Y LAS GANAS DE COMER
Cuando Miguel Angel Pichetto habla de más, hay que prestar atención. El senador kirchnerista se pasó de sincero aquella noche de la 125, cuando en medio de la desesperación por los números que no cerraban, le recordó a Julio Cobos los códigos mudos de la política real, esos que los legisladores no pronuncian desde sus bancas ante las cámaras de TV, salvo que estén al borde de un ataque de nervios. Esta semana, Pichetto volvió a nombrar el tema tabú: la gobernabilidad. En plena discusión con sus colegas opositores –y presionado por la obediencia desganada de los oficialistas-, el jefe de los senadores K le preguntó a sus interlocutores si los iban a dejar gobernar. La pregunta causó sorpresa, y hasta un poco de incomodidad, porque en realidad sonó como una advertencia, la misma que se ensayaba durante la campaña electoral, cuando el kirchnerismo se veía mal en las encuestas. Ante el panorama sombrío, el oficialismo agitaba el fantasma de la crisis institucional, vendiendo la amarga opción “yo o el caos”. Ahora vuelve a hacerlo, en boca de Pichetto, aunque resulte muy discordante con la agenda dialoguista que administra la Presidenta en la Casa Rosada. ¿Cómo interpretar esa interferencia, ese ruido en el discurso K?
El aparente exabrupto del senador Pichetto tiene varias lecturas. Una de ellas es que se trata del blanqueo verbal de un rumor infundado que esta semana volvió a merodear como un fantasma por los pasillos del Congreso: los Kirchner evalúan escenarios de salida anticipada, si los síntomas de despoder se siguen acumulando. Como sucedió con el sorpresivo adelantamiento de las elecciones pergeñado por Néstor Kirchner, esta hipótesis de crisis institucional parece orientada a complicar los planes de los nuevos líderes de la oposición, que hoy manejan sus estrategias con la mirada puesta en el 2011. Tanto Macri, Reuteman o Cobos no ven con simpatía la posibilidad de tener que decidirse ya mismo a pelear una elección presidencial anticipada. El espacio más complicado es el cobismo, que teme verse enfrentado a la obligación de heredar el poder en plena turbulencia económica y política. Por eso en el panradicalismo especulan con las opciones que hoy tiene disponible Cobos, entre las que se encuentra la posibilidad de renunciar pronto a su cargo de vice, para no tener que hacerse cargo de una eventual defección K. Incluso no se descarta que los rumores que volvieron a agitar las bambalinas del Parlamento no hayan surgido del kirchnerismo sino de los operadores más maquiavélicos del panradicalismo. Sea como sea, Pichetto los recogió y los volvió casi explícitos durante las sesiones públicas.
Hay una lectura más sencilla. El paradigma de conducción hegemónica de la tropa K quedó desactualizado, y el certificado de decrepitud fue extendido durante los debates legislativos de esta semana. Durante las discusiones por los tarifazos, el kirchnerismo tuvo que rascar el fondo de la olla para sostener su postura con votos prestados, ante la reticencia de muchos peronistas que antes no se hacían rogar tanto. Tal fue el clima de incertidumbre, que se abrió la puerta a escenas poco habituales en el folclore K: funcionarios técnicos del área de Energía tuvieron que asistir al Congreso y aguantar un tiroteo de cuestionamientos que duró horas, para aplacar las dudas de aliados y hasta de soldados de la tropa oficial. Más allá de las cuestiones presupuestarias opinables, bancar un tarifazo feroz de los servicios a un mes de la derrota en las urnas no debe ser nada fácil para los capataces parlamentarios del matrimonio Kirchner. Y aunque el oficialismo logró pilotear por ahora la situación, el saldo que arrojó la crisis del gas en el Congreso fue la evidencia de que ya casi no quedan talibanes kirchneristas dispuestos a sostener medidas impopulares, y también quedó claro que en la trastienda legislativa crece un consenso entre oficialistas y opositores de que hay temas en los que tarde o temprano el Ejecutivo encontrará un límite infranqueable, parecido al que se topó cuando quiso aumentar las retenciones a las exportaciones del campo.
Sin embargo, la inquietante advertencia de Pichetto se parece más a una versión más descarnada y “nestorista” del llamado al diálogo del Gobierno hacia la oposición. Con su hábil convocatoria, el oficialismo logró reavivar tensiones internas de los frentes opositores, y retomar el protagonismo de la agenda mediática, dejando al resto de los partidos en una especie de limbo que le ha permitido ganar tiempo al kirchnerismo para digerir parcialmente los efectos del revés electoral sufrido. De hecho, si se lo mira de cerca, el fruto que ha sacado la oposición de su participación en las mesas K es más bien desabrido y nada jugoso. Por ejemplo, en la catarata de enroques y sacudidas oficiales en secretarías y ministerios, ningún cargo le ha sido ni siquiera ofrecido a figuras cercanas a la oposición; más bien, al contrario, el kirchnerismo parece estar usando estos cambios para atrincherarse con sus incondicionales o para tener cartas disponibles para renegociar acuerdos de lealtad con sus aliados de siempre. Es cierto que la oposición ya puso en la mira de sus pretensiones los diversos organismos de control de los recursos del Estado, muchos de ellos vinculados con el Congreso. Y aunque por ahora el oficialismo sigue haciendo valer su quórum propio, a medida que se acerque el gran recambio parlamentario de diciembre, esas riendas K se irán aflojando e incluso cortando. Esa presión, que ya se está haciendo sentir, es la que Pichetto busca neutralizar o al menos patear para adelante, lanzándole a los no kirchneristas el falso dilema de optar entre el dialoguismo y el golpismo. Para zafar de esa trampa dialéctica, el abanico opositor busca rápidamente nuevos caballitos de batalla que le devuelvan el protagonismo mediático perdido. Pero mientras los ganadores de las elcciones del 28 de junio piensan en fórmulas gancheras de llamar la atención pública, en la sociedad civil estalla un tema que ya puso nervioso al Gobierno: el hambre. Mientras los partidos opositores discuten candidaturas hacia adentro y pulsean verbalmente con la Casa Rosada por cuestiones institucionales, los medios, la Iglesia, las ongs y hasta sectores del sindicalismo recuperan un debate que pudo haber sido el leit motiv de la campaña electoral. Pero no lo fue, y ahora los políticos, oficialistas y opositores, reaccionan como suelen hcerlo en estos casos: se hacen los distraídos hasta que pase la ola, y si ven que la ola amenaza con revolcarlos, ahí empiezan a correr, antes que sea demasiado tarde.
El aparente exabrupto del senador Pichetto tiene varias lecturas. Una de ellas es que se trata del blanqueo verbal de un rumor infundado que esta semana volvió a merodear como un fantasma por los pasillos del Congreso: los Kirchner evalúan escenarios de salida anticipada, si los síntomas de despoder se siguen acumulando. Como sucedió con el sorpresivo adelantamiento de las elecciones pergeñado por Néstor Kirchner, esta hipótesis de crisis institucional parece orientada a complicar los planes de los nuevos líderes de la oposición, que hoy manejan sus estrategias con la mirada puesta en el 2011. Tanto Macri, Reuteman o Cobos no ven con simpatía la posibilidad de tener que decidirse ya mismo a pelear una elección presidencial anticipada. El espacio más complicado es el cobismo, que teme verse enfrentado a la obligación de heredar el poder en plena turbulencia económica y política. Por eso en el panradicalismo especulan con las opciones que hoy tiene disponible Cobos, entre las que se encuentra la posibilidad de renunciar pronto a su cargo de vice, para no tener que hacerse cargo de una eventual defección K. Incluso no se descarta que los rumores que volvieron a agitar las bambalinas del Parlamento no hayan surgido del kirchnerismo sino de los operadores más maquiavélicos del panradicalismo. Sea como sea, Pichetto los recogió y los volvió casi explícitos durante las sesiones públicas.
Hay una lectura más sencilla. El paradigma de conducción hegemónica de la tropa K quedó desactualizado, y el certificado de decrepitud fue extendido durante los debates legislativos de esta semana. Durante las discusiones por los tarifazos, el kirchnerismo tuvo que rascar el fondo de la olla para sostener su postura con votos prestados, ante la reticencia de muchos peronistas que antes no se hacían rogar tanto. Tal fue el clima de incertidumbre, que se abrió la puerta a escenas poco habituales en el folclore K: funcionarios técnicos del área de Energía tuvieron que asistir al Congreso y aguantar un tiroteo de cuestionamientos que duró horas, para aplacar las dudas de aliados y hasta de soldados de la tropa oficial. Más allá de las cuestiones presupuestarias opinables, bancar un tarifazo feroz de los servicios a un mes de la derrota en las urnas no debe ser nada fácil para los capataces parlamentarios del matrimonio Kirchner. Y aunque el oficialismo logró pilotear por ahora la situación, el saldo que arrojó la crisis del gas en el Congreso fue la evidencia de que ya casi no quedan talibanes kirchneristas dispuestos a sostener medidas impopulares, y también quedó claro que en la trastienda legislativa crece un consenso entre oficialistas y opositores de que hay temas en los que tarde o temprano el Ejecutivo encontrará un límite infranqueable, parecido al que se topó cuando quiso aumentar las retenciones a las exportaciones del campo.
Sin embargo, la inquietante advertencia de Pichetto se parece más a una versión más descarnada y “nestorista” del llamado al diálogo del Gobierno hacia la oposición. Con su hábil convocatoria, el oficialismo logró reavivar tensiones internas de los frentes opositores, y retomar el protagonismo de la agenda mediática, dejando al resto de los partidos en una especie de limbo que le ha permitido ganar tiempo al kirchnerismo para digerir parcialmente los efectos del revés electoral sufrido. De hecho, si se lo mira de cerca, el fruto que ha sacado la oposición de su participación en las mesas K es más bien desabrido y nada jugoso. Por ejemplo, en la catarata de enroques y sacudidas oficiales en secretarías y ministerios, ningún cargo le ha sido ni siquiera ofrecido a figuras cercanas a la oposición; más bien, al contrario, el kirchnerismo parece estar usando estos cambios para atrincherarse con sus incondicionales o para tener cartas disponibles para renegociar acuerdos de lealtad con sus aliados de siempre. Es cierto que la oposición ya puso en la mira de sus pretensiones los diversos organismos de control de los recursos del Estado, muchos de ellos vinculados con el Congreso. Y aunque por ahora el oficialismo sigue haciendo valer su quórum propio, a medida que se acerque el gran recambio parlamentario de diciembre, esas riendas K se irán aflojando e incluso cortando. Esa presión, que ya se está haciendo sentir, es la que Pichetto busca neutralizar o al menos patear para adelante, lanzándole a los no kirchneristas el falso dilema de optar entre el dialoguismo y el golpismo. Para zafar de esa trampa dialéctica, el abanico opositor busca rápidamente nuevos caballitos de batalla que le devuelvan el protagonismo mediático perdido. Pero mientras los ganadores de las elcciones del 28 de junio piensan en fórmulas gancheras de llamar la atención pública, en la sociedad civil estalla un tema que ya puso nervioso al Gobierno: el hambre. Mientras los partidos opositores discuten candidaturas hacia adentro y pulsean verbalmente con la Casa Rosada por cuestiones institucionales, los medios, la Iglesia, las ongs y hasta sectores del sindicalismo recuperan un debate que pudo haber sido el leit motiv de la campaña electoral. Pero no lo fue, y ahora los políticos, oficialistas y opositores, reaccionan como suelen hcerlo en estos casos: se hacen los distraídos hasta que pase la ola, y si ven que la ola amenaza con revolcarlos, ahí empiezan a correr, antes que sea demasiado tarde.
GENTE QUE BUSCA GENTE
Dos grandes muy golpeados por los resultados electorales de hace un mes, están guardando silencio mientras diseñan caminos de regreso al centro de la escena: Néstor Kirchner y Elisa Carrió. Ambos estudian cómo aprovechar la banca que los espera en el Congreso a fin de año. Y cuentan como si fueran porotos los soldados leales que todavía conservan en su tropa. En plena moda del diálogo multisectorial y ecuménico –sincero o puramente protocolar, según los casos-, los dos saben que por ahora son exiliados mediáticos, porque sus estilos confrontativos no encajan con el actual clima de consenso, y un viraje cosmético en sus estilos no sería nada creíble ante la opinión pública, y en lo personal les resultaría fastidioso hacerse los buenitos luego de haber sido cacheteados por las urnas. El problema que Néstor y Lilita enfrentan por estos días es cómo reinventarse, justo en un momento en que sus propios aliados desconfían de ellos e intentan despegarse para llegar vivos al 2011. Tanto kirchneristas como aristas disienten en la intimidad con la resistencia de sus jefes a contribuir a una tregua poselectoral, aunque muchos de ellos siguen obedeciendo en público la orden de no bajar las banderas.
La verdad es que cada vez menos operadores políticos creen en las chances de reconstruir una alternativa de poder alrededor de Carrió o de Kirchner, aunque estas figuras gocen de la magia de los que alguna vez fueron líderes carismáticos: siempre merodea el mito del Ave Fénix, siempre queda la chance, al menos en teoría, de que encuentren la fórmula para renacer de sus propias cenizas. Para alimentar esa fábula del eterno retorno, Kirchner agitó en las últimas semanas dos escenarios, que le reservarían un protagonismo inquietante: a) el revival de su experimento “transversal”, y b) una candidatura a la gobernación bonaerense. Por otros medios y con otros actores de reparto, Lilita garabatea guiones de la misma película. Desde su fugaz exilio en Cancún, del que volverá el 6 de agosto, manda señales esotéricas para evitar que la den por derrotada, luego del estallido de la alianza panradical, detonado por las diferencias de postura ante la convocatoria al diálogo del Gobierno. Ella también siente la necesidad de barajar y dar de nuevo, para no quedar subordinada a la mega interna de radicales y posradicales, donde ella es una jugadora de peso, pero sin el protagonismo y el voto de oro que supo disfrutar en los últimos años gracias a sus armados cuentapropistas. Carrió extraña las comodidades de su Pyme electoral, que oscilaba entre las formas de un partido democrático-pluralista y el verticalismo de una secta esotérica con discurso republicano. La cuestión es con qué argumento enamorar a sus apóstoles desencantados y cómo sumar socios extrapartidarios que le temen a los arranques de divismo mediático de una carrió que, como Kirchner y hasta como el bolivariano Hugo Chávez, ha cultivado demasiado la manía de tomar decisiones estratégicas en soledad, y dejar que sus socios se enteren de las novedades por los noticieros. Como Néstor, Elisa también coquetea con la idea de armarse una candidatura a gobernadora bonaerense. En esa línea interpretan en el Acuerdo Cívico su mudanza de Barrio Norte a Vicente López. Es cierto que el cambio de domicilio estaba charlado desde antes de las elecciones, pero la deslucida performance de Carrió en las urnas confirmó la decisión. En los próximos años, en Capital queda un pasillo muy estrecho para la carrera de Lilita, apretujada entre el batacazo del espacio de Pino Solanas y la continuidad de la propuesta macrista, con Mauricio o con Gabriela a la cabeza en el distrito. Queda, entonces, la lotería de la provincia de Buenos Aires: como un espejo astillado, el distrito refleja la balcanización endémica de la política nacional. Y a río revuelto, salvación de pescadores: llámese Carrió, Kirchner, Stolbizer, Scioli, Duhalde o De Narváez. Todo el que busca su destino entre las brumas que tapan el horizonte 2011 tratan de hacer pie en la Provincia, para desensillar hasta que aclare.
Claro que no todos los casos son iguales. Por ejemplo, el Colorado De Narváez apunta al sillón de mando que está en la ciudad de La Plata, pero su mayor angustia está en quién será su socio la Casa Rosada. Todo indicaría que Macri es su aliado natural para controlar el Panperonismo Pro, pero la lógica política argentina enseña que precisamente ese tipo de certezas suele ser una trampa mortal para los ingenuos. En política, el camino más corto entre dos puntos no suele ser la recta. Y los más hábiles para avanzar en zigzag se quedan con el premio. Por eso en el “coloradismo” que trabaja en horarios de oficina en el búnker de Las Cañitas estudian también la opción Lole Reutemann, que funcionaría como una especie de Michael Schumacher en Ferrari, en el caso de que el piloto actual de la escudería properonista quede fuera de carrera por algún accidente que le impida ver con claridad la meta presidencial.
La otra carta en la manga que guarda De Narváez es la alianza con Julio Cobos, con quien se está mostrando muy seguido en los últimos tiempos. Tan seguido, que incluso da para desconfiar de que la charla vaya en serio, y no sea más que un gesto provocador disuasivo del “Colorado” hacia la multi interna properonista. Mostrándose con el vicepresidente -quien mantiene la mejor imagen en las encuestas que sondean el escenario 2011-, De Narváez se sube el precio ante los armados duhaldistas y de la liga de los caudillos federales del PJ disidente, que ven en Macri un mascarón de proa interesante, pero que ningunean al “Colorado” como un par con derecho a votar en la mesa chica del peronismo.
Un juego disuasivo similar hace Cobos sacándose fotos con De Narváez, solo que sus gestos están dirigidos a la interna panradical. El vice no se resigna a prestar sus altos índices de aprobación ciudadana a los eternos prestidigitadores del radicalismo, y tampoco a los espasmos tácticos de Lilita. Aunque la coyuntura poselectoral parece haber alumbrado un momento de restauración de la cultura de partidos, sus caras más convocantes siguen desconfiando de que la democracia tradicional esté en vías de recuperación, por eso siguen tejiendo sus propias transversalidades relámpago al calor de las mediciones de rating. Nadie que sienta poseer votos propios desea encadenarse a la laberíntica dinámica de los partidos políticos, y Cobos no es la excepción. Y si De Narváez puede ser un buen socio para la Provincia, tal vez Margarita Stolbizer pueda ser –según fantasean en sus asiduas charlas íntimas- una vice ideal para Cobos presidente, que precisa en su proyecto un poco de peronismo pero no tanto (De Narváez) y otro poco de Lilismo pero no tanto (Stolbizer). Lo único que no queda claro es quién pagará el costo político y financiero de pacificar al ruralismo amotinado: tal vez sea esa la última, amarga y paradójica misión histórica del kirchnerismo tardío.
La verdad es que cada vez menos operadores políticos creen en las chances de reconstruir una alternativa de poder alrededor de Carrió o de Kirchner, aunque estas figuras gocen de la magia de los que alguna vez fueron líderes carismáticos: siempre merodea el mito del Ave Fénix, siempre queda la chance, al menos en teoría, de que encuentren la fórmula para renacer de sus propias cenizas. Para alimentar esa fábula del eterno retorno, Kirchner agitó en las últimas semanas dos escenarios, que le reservarían un protagonismo inquietante: a) el revival de su experimento “transversal”, y b) una candidatura a la gobernación bonaerense. Por otros medios y con otros actores de reparto, Lilita garabatea guiones de la misma película. Desde su fugaz exilio en Cancún, del que volverá el 6 de agosto, manda señales esotéricas para evitar que la den por derrotada, luego del estallido de la alianza panradical, detonado por las diferencias de postura ante la convocatoria al diálogo del Gobierno. Ella también siente la necesidad de barajar y dar de nuevo, para no quedar subordinada a la mega interna de radicales y posradicales, donde ella es una jugadora de peso, pero sin el protagonismo y el voto de oro que supo disfrutar en los últimos años gracias a sus armados cuentapropistas. Carrió extraña las comodidades de su Pyme electoral, que oscilaba entre las formas de un partido democrático-pluralista y el verticalismo de una secta esotérica con discurso republicano. La cuestión es con qué argumento enamorar a sus apóstoles desencantados y cómo sumar socios extrapartidarios que le temen a los arranques de divismo mediático de una carrió que, como Kirchner y hasta como el bolivariano Hugo Chávez, ha cultivado demasiado la manía de tomar decisiones estratégicas en soledad, y dejar que sus socios se enteren de las novedades por los noticieros. Como Néstor, Elisa también coquetea con la idea de armarse una candidatura a gobernadora bonaerense. En esa línea interpretan en el Acuerdo Cívico su mudanza de Barrio Norte a Vicente López. Es cierto que el cambio de domicilio estaba charlado desde antes de las elecciones, pero la deslucida performance de Carrió en las urnas confirmó la decisión. En los próximos años, en Capital queda un pasillo muy estrecho para la carrera de Lilita, apretujada entre el batacazo del espacio de Pino Solanas y la continuidad de la propuesta macrista, con Mauricio o con Gabriela a la cabeza en el distrito. Queda, entonces, la lotería de la provincia de Buenos Aires: como un espejo astillado, el distrito refleja la balcanización endémica de la política nacional. Y a río revuelto, salvación de pescadores: llámese Carrió, Kirchner, Stolbizer, Scioli, Duhalde o De Narváez. Todo el que busca su destino entre las brumas que tapan el horizonte 2011 tratan de hacer pie en la Provincia, para desensillar hasta que aclare.
Claro que no todos los casos son iguales. Por ejemplo, el Colorado De Narváez apunta al sillón de mando que está en la ciudad de La Plata, pero su mayor angustia está en quién será su socio la Casa Rosada. Todo indicaría que Macri es su aliado natural para controlar el Panperonismo Pro, pero la lógica política argentina enseña que precisamente ese tipo de certezas suele ser una trampa mortal para los ingenuos. En política, el camino más corto entre dos puntos no suele ser la recta. Y los más hábiles para avanzar en zigzag se quedan con el premio. Por eso en el “coloradismo” que trabaja en horarios de oficina en el búnker de Las Cañitas estudian también la opción Lole Reutemann, que funcionaría como una especie de Michael Schumacher en Ferrari, en el caso de que el piloto actual de la escudería properonista quede fuera de carrera por algún accidente que le impida ver con claridad la meta presidencial.
La otra carta en la manga que guarda De Narváez es la alianza con Julio Cobos, con quien se está mostrando muy seguido en los últimos tiempos. Tan seguido, que incluso da para desconfiar de que la charla vaya en serio, y no sea más que un gesto provocador disuasivo del “Colorado” hacia la multi interna properonista. Mostrándose con el vicepresidente -quien mantiene la mejor imagen en las encuestas que sondean el escenario 2011-, De Narváez se sube el precio ante los armados duhaldistas y de la liga de los caudillos federales del PJ disidente, que ven en Macri un mascarón de proa interesante, pero que ningunean al “Colorado” como un par con derecho a votar en la mesa chica del peronismo.
Un juego disuasivo similar hace Cobos sacándose fotos con De Narváez, solo que sus gestos están dirigidos a la interna panradical. El vice no se resigna a prestar sus altos índices de aprobación ciudadana a los eternos prestidigitadores del radicalismo, y tampoco a los espasmos tácticos de Lilita. Aunque la coyuntura poselectoral parece haber alumbrado un momento de restauración de la cultura de partidos, sus caras más convocantes siguen desconfiando de que la democracia tradicional esté en vías de recuperación, por eso siguen tejiendo sus propias transversalidades relámpago al calor de las mediciones de rating. Nadie que sienta poseer votos propios desea encadenarse a la laberíntica dinámica de los partidos políticos, y Cobos no es la excepción. Y si De Narváez puede ser un buen socio para la Provincia, tal vez Margarita Stolbizer pueda ser –según fantasean en sus asiduas charlas íntimas- una vice ideal para Cobos presidente, que precisa en su proyecto un poco de peronismo pero no tanto (De Narváez) y otro poco de Lilismo pero no tanto (Stolbizer). Lo único que no queda claro es quién pagará el costo político y financiero de pacificar al ruralismo amotinado: tal vez sea esa la última, amarga y paradójica misión histórica del kirchnerismo tardío.
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