lunes, 29 de junio de 2009

LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ

¿Se acuerdan cuando algunos candidatos, en la década de los ’80, hacían el último esfuerzo de campaña y, tragándose el orgullo, iban a hacer el ridículo a la barra de “El Contra”, encarnado por el cómico Juan Carlos Calabró? Hoy los candidatos imitan los latiguillos de sus imitadores televisivos para volverse un poco simpáticos ante la gente –o “el pueblo”, la farsa es la misma-, que en su mayoría ni siquiera los reconoce por la calle.
¿Se acuerdan cuando en la escuela, a comienzos de la restauración democrática, los trabajos prácticos vinculados con las elecciones consistían en comparar las “plataformas” (una palabra pasada de moda, por cierto) de los distintos partidos políticos? Hoy las propuestas son casi inexistentes, los estrategas electorales las consideran aburridas para la audiencia, y las posturas ideológicas de cada postulante cambian al ritmo del rating minuto a minuto.
¿Se acuerdan cuando en el barrio había un montón de “comités” y de “unidades básicas”? Hoy hasta los websites de los partidos políticos están desactualizados, y el único espacio de encuentro cotidiano con la “militancia” (otra palabra para anticuarios) es la cuenta facebook de un candidato.
¿Se acuerdan cuando los debates de los competidores en plena campaña lograban el pico de suspenso de la programación de un canal? Hoy la única duda es si el candidato bailará con su doble en Gran Cuñado, si cantará o si preferirá lucirse en un duelo de chistes con doble sentido.
¿Se acuerdan cuando los actos de cierre de campaña consistían en inundar de ciudadanos el obelisco porteño? Hoy los partidos supuestamente mayoritarios arman sus actos en teatros, o directamente no hacen actos de cierre.
¿Se acuerdan cuando un gobernador o un intendente le contestaban a la prensa que, antes de pensar en una candidatura presidencial, primero tenía que concentrarse en cumplir con las promesas de gestión en su distrito? Hoy los candidatos ni siquiera se dignan a confirmarle a sus electores si piensan asumir o terminar sus mandatos.
¿Se acuerdan cuando la mejor manera de no hacer cola en los centros de votación era presentarse a última hora, porque la mayoría corría a votar apenas se abrían las mesas? Hoy la prioridad del domingo de los comicios es dormir hasta tarde y alargar la sobremesa mirando la tele, hasta que la culpa o las amenazas de la Justicia Electoral nos hagan manotear el DNI poco antes de las seis de la tarde.
¿Se acuerdan cuando había una lista para votar al peronismo y otra para votar a la UCR? Hoy el cuarto oscuro es un laberinto de frentes, uniones, acuerdos, complicado por ua maraña de “colectoras” y “listas espejo”.
¿Se acuerdan cuando el gobierno de turno se refería a sus adversarios electorales llamándolos “la oposición”? Hoy todo lo que no suene a oficialismo es etiquetado como el discurso de “la derecha”.
¿Se acuerdan cuando los candidatos, oficialistas u opositores, explicaban su mala performance electoral asumiendo que la mayoría de los argentinos les había dado la espalda a sus ideas? Hoy cada traspié de campaña se adjudica a “una operación de los medios”.
¿Se acuerdan cuando los ganadores ganaban claramente las elecciones? Hoy es casi imposible juntar en las urnas algo parecido a una mayoría.
¿Se acuerdan cuando los gobiernos prometían que, luego de los comicios, se analizarían los resultados y se llamaría a una concertación nacional y se formaría un gabinete de consenso pluralista? Hoy los voceros oficialistas avisan que si ganan “irán por todo”, pero que si pierden “harán las valijas y que se arreglen los que queden”.
¿Se acuerdan cuando los candidatos opositores habían militado varios años en el llano hasta que lograban volver al gobierno? Hoy los opositores son oficialistas recién renunciados o aspirantes a negociar sus votos con el Poder Ejecutivo.
¿Se acuerdan cuando las cosas importantes sucedían en la Casa Rosada? Hoy directamente se gobierna y se instala el búnker de campaña en la quinta de Olivos.
¿Se acuerdan cuando las denuncias de corrupción podían quebrar la carrera de un candidato opositor o voltear un ministro? Hoy un candidato denunciado crece porque la opinión pública interpreta que es víctima de un “carpetazo”, y cualquier funcionario sospechado resiste los pedidos de renuncia gracias a “los códigos” de la mesa chica que controla la caja estatal.
¿Se acuerdan cuando una investigación sobre corrupción aumentaba la tirada y la venta de los diarios? Hoy la evaluación generalizada en las redacciones es que las denuncias mantienen la identidad de un medio, pero que saturan a los lectores, quienes ya se acostumbraron a convivir con los delitos administrativos.
¿Se acuerdan cuando los periodistas “de izquierda” condenaban la corrupción gubernamental? Hoy teorizan acerca de la falsa objetividad periodística, y priorizan el compromiso revolucionario por encima de la presunta neutralidad informativa, devaluada por ser una “hipocresía burguesa”.
¿Se acuerdan cuando circulaban pocas encuestas y nos creíamos los resultados? Hoy los medios publican promedios de decenas de sondeos para no ser acusados de tendenciosos.
¿Se acuerdan cuando los afiches de propaganda electoral prometían algo? Hoy aparecen algunos que no dicen nada, y ni siquiera muestran a los candidatos por temor a fastidiar a los transeúntes.
¿Se acuerdan cuando se organizaban colectas y eventos vip para recaudar fondos de campaña para los grandes partidos? Hoy parece que tanto el gobierno como la oposición grande tienen resueltas sus necesidades presupuestarias de antemano, y que solo piensan en cómo maquillar tanta opulencia ante las ONGs de transparencia republicana.
¿Se acuerdan cuando las personas sin ambiciones de cargos políticos se afiliaban a los partidos? Hoy hay cada vez más partidos, pero al mismo tiempo crecen las disoluciones de partidos por no cumplir los mínimos requisitos de participación que les exige la Justicia Electoral.
¿Se acuerdan de las internas partidarias? Hoy es eso que vemos en el cable, cuando la CNN informa sobre las “primarias” norteamericanas. Acá solo quedan los “dedazos”.
¿Se acuerdan del orgullo de ser autoridad de mesa? ¿Se acuerdan de cuando no existían los “boca de urna”? ¿Se acuerdan de los programas políticos con alto rating? ¿Se acuerdan de la “nueva política” que traería el “que se vayan todos”? ¿Se acuerdan cuando “privatizar” y “estatizar” querían decir eso, y no todo lo contrario? ¿Se acuerdan de cuando un discurso político hacía lagrimear a la tribuna y no al candidato que aprendió a hacer rendir sus emociones gracias a un “media training”? ¿Se acuerdan cuando estábamos seguros de a quién íbamos votar antes de entrar al cuarto oscuro? ¿Se acuerdan cuando la palabra política no sonaba como una mala palabra?

LA LECCIÓN DEL Y2K

¿Se acuerdan del Y2K? En las vísperas del nuevo milenio, un rumor basado en pronósticos de expertos informáticos sembró el pánico en la población mundial más o menos culta. Se temía que, con el cambio de fecha, las computadoras se volverían locas y que el año 2000 arrojaría a la civilización occidental al abismo digital. Comparado con el diagnóstico catástrofe que circulaba en la opinión pública, los pocos inconvenientes que finalmente se registraron fueron casi nada. Falsa alarma. Pero el argumento del miedo fue un buen negocio para muchos, que comieron durante unos meses gracias al clima apocalíptico que ayudaron a instalar. De aquella experiencia globalizada y tecnológica puede sacarse una moraleja para transitar con cierta sensatez la recta final de la campaña electoral argentina más absurda desde el retorno de la democracia.
Nada va a explotar el 29 de junio. Al menos nada debería estallar en la sociedad y en sus instituciones, mientras ningún dirigente decida lo contrario. Para decirlo con una metáfora: este avión sólo caerá si hay una falla humana intencional, un sabotaje republicano. ¿Cuál podría ser? Por ejemplo, que el oficialismo metiera la mano en las urnas para conseguir esos puntos de ventaja que tanto le está costando asegurarse. O al revés, que la oposición bonaerense, cegada por una derrota genuina en la noche del domingo 28, saliera a denunciar fraude en masa, tratando de impugnar mediática y judicialmente el escrutinio. ¿Qué otro sabotaje institucional podría complicarle la vida a los argentinos a partir del 29-J? Del lado del Gobierno, habría dos escenarios inflamables: a) la nunca despejada versión de que el matrimonio Kirchner está dispuesto a responder a una derrota haciendo las valijas y huyendo a un exilio cinco estrellas en El Calafate; b) que si en las urnas pierde la mayoría parlamentaria, Néstor aproveche los meses de quórum propio que le quedan en el Congreso para sacar a cualquier precio todas las leyes que considere necesarias para desarmar a sus enemigos políticos y embarrarle el terreno al establishment empresario que a partir del lunes 29 quiere marcarle la cancha. Hay un riesgo más: si el kirchnerismo hace una buena elección, puede que Néstor se sienta fortalecido como para lanzar un escarmiento general y luego la campaña final para ir por todo.
Del otro lado, cualquiera sea la actitud K, existe el peligro de que la polarización de la sociedad se profundice, y que el único objetivo de los políticos y empresarios disidentes sea acelerar dramáticamente el declive natural del kirchnerismo, poniendo en riesgo la gobernabilidad.
Todos estos escenarios son evitables, y que el 29-J sea mucho ruido y pocas nueces, como lo fue el Y2K de las computadoras. Solo falta que todos sus protagonistas se convenzan de que el domingo próximo no es más que una elección legislativa. Un punto de inflexión quizá, pero no una hecatombe. El obstáculo para el sentido común, para la racionalidad cívica, es la emoción violenta por los intereses que están en juego.
Sin ir más lejos, los intereses de los intermediarios de la lucha electoral. Si pudiera cuantificarse con precisión –no se podrá, dado el cumplimiento ficticio de la ley de financiemiento de los partidos políticos-, la inversión privada y estatal en propaganda en los medios, asesores de imagen y encuestadoras probablemente rompería el record de costos de campaña en nuestro país.
Pero lo más apetitoso que está en juego es el reparto de la torta, horneada al calor del “nuevo modelo” económico fogoneado por el kirchnerismo. Detrás de tanta cortina de humo, es un dato objetivo que tanto Clarín como Techint están nerviosos. Luego de años de flirteos y rabietas al estilo Pimpinela, Néstor logró asustarlos en serio. Esta semana, en los despachos gerenciales del gran multimedio argentino se trazan en pizarras y power points los puntos sensibles que los operadores de Clarín deberán vigilar a partir del lunes 29, cuando termine “Gran Cuñado”:
*Temen que Néstor se decida a entregarle en bandeja el negocio del Triple Play (el paquete de cable, internet y telefonía) a los españoles de Telefónica. La pulseada entre Clarín y empresarios bendecidos por el Gobierno para quedarse con el control de Telecom Argentina explica en parte el reciente tiroteo público entre Kirchner y los jefes del diario.
*Sondean a los legisladores para ver cuánto consenso podría tener el proyecto oficial para terminar con la vieja ley de radiodifusión. La campaña de concientización se basa en el argumento de que no es transparente votar una ley tan importante con la composición parlamentaria actual. Luego del adelantamiento de las elecciones, éste es un “Congreso deslegitimado” hasta fin de año, dicen en Clarín.
*Siguen de cerca los dichos y los hechos del Gobierno acerca del negocio del fútbol televisado, y la difusa promesa oficial de habilitar la difusión gratuita de los partidos por los canales de aire. En el grupo se preparan para dar la pelea en la opinión pública, con la explicación de que el fútbol gratis es una mentira, porque si el Gobierno interviniera legal o ilegalmente los contratos de televisación, los primeros perjudicados serían los clubes, que sin los ingresos de la tele codificada irían a la quiebra. La sospecha es que, incluso sabiendo eso, el kirchnerismo avance con la idea, subsidie a los clubes en problemas, y una vez que desarme el monopolio actual, le entregue el negocio a un operador amigo (o a sí mismo).
*Los estrategas del grupo consideran que sin una pata “telco” (telecomunicaciones), el modelo de negocios de Clarín entrará en crisis en muy pocos años. Y entienden que es inevitable que la revolución digital le abra el juego a nuevos operadores, muchos de ellos con vocación oligopólica. Por eso el grupo está dispuesto a sentarse a negociar una “transición audiovisual”, pero el problema es que el garante estatal de turno para esa compleja transacción es Kirchner. Y Héctor Magnetto ya no confía en la palabra del patagónico.Y aunque suene paradójico, un eventual triunfo de Francisco De Narváez no tranquiliza a ningún poderoso anti K

viernes, 19 de junio de 2009

INDECISOS Y POLARIZADOS

En uno de los sindicatos más poderosos de la Argentina, con amigos a ambos lados de la frontera que hoy parte electoralmente al peronismo, analizan encuestas y cuentan porotos para saber cómo sentarse a la mesa del lunes 29 de junio. Allí se discutirá el reparto futuro del poder, al calor de los resultados electorales recientes, pero también al calor de la economía real que se mostrará con toda crudeza apenas se corra el maquillaje proselitista que pinta todo de rosa sin fijarse en costos.
El escenario más manejable para el peronismo agazapado es que Kirchner gane, pero por poco: “35% Néstor, 30 y pico el Colorado y 20 Stolbizer”, dibujan en el aire los operadores gremiales. No les interesa mucho el piso electoral –bueno o malo- que el Gobierno pueda obtener en las urnas; lo que les importa como herramienta de negociación es el techo que los sondeos le auguran al ex presidente en ejercicio del mando. Alrededor de dos tercios de los consultados en casi todas las encuestas aseguran que no les gusta Kirchner. Cuando esa tendencia se plasme en el escrutinio del 28 de junio, el resto del peronismo plantará bandera en los espacios de poder que considere claves para llegar bien parados al 2011. Lo que en los últimos meses fue una sangría de lealtades para el oficialismo, a partir del mes de julio se irá transformando en un territorio político balcanizado, cada feudo controlado por los nuevos y viejos barones del peronismo. Muchos de ellos acarician aspiraciones presidenciales.
Uno de los primeros bastiones que entrarán en disputa será la provincia de Buenos Aires, la madre golpeada de todas las batallas. Con respecto al debate sobre si Daniel Scioli asumirá o no su banca, los gordos del sindicalismo apuestan a que sí lo hará, porque creen que el desgaste del ex motonauta le impedirá hacer pie en la provincia luego del 28-J. El primer factor que señalan es la insoportable exposición ética a la que el actual gobernador se ve sometido como “candidato testimonial” cada vez que dialoga con el periodismo, incluso el oficialista. El otro factor –el que más lo excita cuando lo mencionan- es el “efecto Balestrini”. Argumentan que el ajustado triunfo de Kirchner en la provincia no se sustentará en los distritos donde tradicionalmente el nombre Scioli generaba simpatía, sino precisamente en los nudos electorales del Conurbano donde el sello de Alberto Balestrini manda. Por eso vaticinan que el vicegobernador sucederá a Scioli en La Plata, desde donde habrá que comandar la tormenta financiera poselectoral. Los que apuestan a la gobernabilidad vía Balestrini dicen estar alarmados por el rojo de las cuentas provinciales, que según estiman se verá acentuado por “el festival de reparto de guita que se está haciendo para la campaña”. Más allá del tono conspirativo con el que se hacen estos comentarios, es cierto que el ministerio de Economía bonaerense acaba de lanzarse al mercado financiero para cubrir un déficit de tres mil millones de pesos, y que José “Pepe” Scioli, el secretario general de la gobernación, viene quejándose desde hace un año de la emergencia de las cuentas provinciales. Precisamente el hermano del gobernador fue quien intentó una vez más despegar a la familia Scioli de lo peor del estilo K, cuando declaró que la (in)oportuna citación del juez Faggionato a De Narváez “embarra los comicios”. Daniel salió a aclarar que su hermano no es su vocero. Es correcto: Pepe no es vocero del Gobernador, sino del inconsciente freudiano de Scioli. Y lo que Pepe no se calla es precisamente aquello que el sciolismo tendrá que exhibir a partir del 29 de junio si quiere tener chances para encabezar el poskirchnerismo.
La mayoría de los estrategas que pululan en la quinta de Olivos aconsejaron una delicada alquimia electoral: polarizar el debate por el modelo en la opinión pública, pero al mismo tiempo evitar la polarización en las urnas con el candidato del peronismo disidente. Y a su manera, Kirchner siguió sus consejos. Para la tribuna televisiva, caricaturizó su pulseada con “los grupos económicos” encarnando al enemigo en Clarín, primero, y luego en Techint. Para el consumo más gourmet de los lectores de la prensa politiqueril, alentó la lluvia de carpetazos contra Francisco De Narváez. Y de paso le marcó la cancha a la nostalgia alfonsinista, recordando que al último presidente de la Nación salido de la UCR se lo tuvieron que llevar de la Rosada en helicóptero. Todo muy gracioso. Pero a esta altura parece que al cocktail discursivo K le falló algún ingrediente, y ahora el properonismo bonaerense, a pesar de sus explosivas internas, ya muestra encuestas que vaticinan un final cabeza a cabeza en el escrutinio bonaerense. La virulencia con que la prensa progresista K salió a desprestigiar la última medición de la consultora Poliarquía pone en evidencia que la bala mediática le entró al triunfalismo oficialista. Y los peronistas “prescindentes” (ni K ni Pro) se frotan las manos: en lugar de alentar a De Narváez, señalan con ironía cuánto le está costando al actual jefe del PJ y dueño en comodato del aparato estatal ganarle el Conurbano a un empresario colombiano, citado por la Justicia, y con un fraseo personal muy poco justicialista. ¿Será que Néstor ya no califica como capo di tutti capi del peronismo del Bicentenario?
Pero no todo es peronismo en el amargo escenario político nacional. O mejor dicho, el peronismo de hoy es menos una realidad compacta y dominante que el fantasma de una clase dirigente multicolor que no sabe cómo recrear un sueño colectivo de nación. El espectro de Perón es ahora una excusa postgorila para no asumir el desafío de la latinoamericanización drástica de la Argentina: muy pobres por un lado, muy ricos por otro, y en el medio una clase media enojada y en fuga permanente.
Lo único que se le ocurrió al panradicalismo para hacerse un lugar en las legislativas fue denunciar que el PJ estaba celebrando sus internas a cielo abierto, en las urnas de todos los argentinos, pero la denuncia se convirtió en una profecía autorrealizada. En lugar de polarizar la elección entre peronismo y antiperonismo, el Acuerdo Cívico le cedió el protagonismo a la pulseada sucia entre justicialistas. Y mientras tanto se distrajo de su propia implosión, la que está estallando entre las distintas capas geológicas de la UCR reciclada. Julio Cobos, como siempre, vuelve a quedar estigmatizado como el “traidor” (ahora del espacio opositor panradical), porque no se entiende que, por alguna razón cósmica que marca el destino del mendocino, el Vicepresidente en rebeldía siempre funciona como una especie de catalizador de las inconsistencias del sistema de partidos en la Argentina. Como él mismo definió mejor que nadie: su rol no es bueno ni malo. Es no positivo.

sábado, 6 de junio de 2009

DE LA DEMOCRACIA A LA EGOCRACIA

Como de costumbre, la realidad desmiente a las ideologías, de izquierda y derecha. Ni estamos blindados de la crisis global, ni nos caímos del mundo. Un ejemplo son las elecciones parlamentarias para la Comunidad Europea, que se desarrollan en estos días en los países del bloque. Una de sus estrellas es Silvio Berlusconi, que con sus escándalos sexuales logró tapar otras picardías –más graves para sus compatriotas- que suenan muy parecidas a las que dominan la campaña electoral argentina. “Il Cavaliere” es criticado por haber convertido en un plebiscito las elecciones legislativas de su país. Cuando lo cuestionan por sus desprolijidades o cuando las encuestas no le dan certezas, amenaza con renunciar y disolver el gobierno, jugando a yo o el caos. Hace campaña a través de los medios que controla económicamente, y se divierte con las preguntitas que le formulan sus periodistas-empleados. Y su gran ingeniería electoral es encabezar varias listas regionales para cargos que técnicamente no podrá asumir por incompatibilidad entre ellos, en una versión italiana de las listas testimoniales argentinas. Podría pensarse que estas coincidencias anecdóticas no son más que la prueba empírica de la teoría de café que dice que los argentinos somos italianos que hablamos español y nos creemos ingleses (o franceses o norteamericanos, da igual). Tal vez haya algo más concreto y actual en esta sintonía ítalo-gauchesca: la acelerada tendencia de la política de masas hacia la personalización de la discusión pública. Esta política de celebridades es un fenómeno internacional, pero en algunos países se ha exacerbado al extremo de que la democracia esté mutando a una egocracia.
Las causas de este fenómeno son múltiples y complejas, aunque para simplificar se puede observar uno de sus aspectos más visibles, que es la idiosincracia del gobernante de turno. La presidenta argentina, por ejemplo, ya es famosa en el mundo por su egocentrismo. Las anécdotas de sus llegadas tarde a las fotos y fiestas de las cumbres presidenciales desentonan con su muy predicada vocación por el multilateralismo diplomático, que Cristina Fernández acaba de refrendar en una carta que le envió esta semana a Barack Obama, el presidente al que los kirchneristas creen estar inspirando. Si es cierto que Obama respeta la figura de Perón, también lo es una versión extraoficial que llegó a la cancillería argentina desde Washington: al terminar su charla telefónica de quince minutos con Cristina, el presidente de los Estados Unidos comentó a sus asistentes su sorpresa ante el resultado de la conversación. “¡Qué curioso! En lugar de aprovechar su oportunidad de informarme cosas importantes sobre la Argentina, esta señora habló casi todo el tiempo de ella”, lamentó Obama. Algo parecido comentó José Serra, según susurran en los pasillos del palacio San Martín, luego de su visita a la presidenta argentina: el precandidato presidencial brasileño opositor a Lula quedó abrumado por la verborragia de Cristina, que monopolizó la conversación.
Su marido no se queda atrás con su ombliguismo, y ya en los remotos tiempos en que era el delfín de Duhalde, el patagónico se ponía furioso cuando las encuestas le indicaban que a nivel nacional la fama de Cristina era muy superior a la suya. Ahora ese personalismo desbordado es la marca distintiva de la gestión K, que hasta se manifiesta en la retórica nestorista. Cuando Kirchner instala el lema “¿estás nervioso, Clarín?” o “¿estás nervioso, Techint?”, traduce un conflicto de intereses institucionales al lenguaje popular de las peleas personales. Por eso el latiguillo tiene tanto éxito en la audiencia de Gran Cuñado, porque siembra la ilusión despótica de la gran revancha individual contra el yugo de las grandes corporaciones. Yo contra el monopolio, yo contra la multinacional: así se construye la yo-yocracia. Aunque los escribas a sueldo del progresismo K disfracen de lucha de clases la pulsión estatizadora del Gobierno, lo único que por ahora se ve claro es la inflamación del Yo kirchnerista en el escenario económico nacional. Y ya es una discusión bizantina tratar de discernir si se trata de una ideología impulsada por un grupo generacional que accedió al poder o si se trata de un plan de negocios diseñado por una banda de saqueadores. Hay de las dos especies en la era pingüina. Cuando Néstor critica la “teoría del derrame” de los ’90, citando a Domingo Cavallo e ilustrando su argumentación con un vaso en la mano, aprovecha electoralmente el desengaño de la clase media con las promesas del llamado “neoliberalismo”. Pero lo que la oposición podría señalarle si estuviera más dedicada a discutir políticas que candidaturas es que las fantasías de un mundo feliz reestatizado se parecen demasiado a la teoría del derrame menemista, solo que de signo inverso. Si al cabo de la privatización venía el salariazo, ahora hay que esperar a que la toma kirchnerista de la caja de la ANSES derive en potente creación de empleos, fortalecimiento del salario y de las futuras jubilaciones. Pero antes, hay que votar a Néstor.
La utopía estatizante ya se puso en marcha. Cada mañana, antes de que salga el sol, Guillermo Moreno llega a las oficinas de la ex papelera Massuh, para desplegar su rol de hombre orquesta. Se mete en todo, pero lo que más disfruta es levantar el teléfono y ofrecerle personalmente resmas de su papel a supermercados, fábricas y reparticiones públicas que lo conocen bien. Dicen que como vendedor es muy persuasivo. A quienes se animan a cuestionarlo, les explica que lo único que a él le importa es salvar fuentes de trabajo, y de paso evitar que los pulpos privados se coman a las empresas en crisis, como Massuh. Y siempre subraya: “Yo no robo”. En su entorno dicen que las diferencias de estilo de gestión lo están dejando afuera de las charlas de management que mantienen Néstor, De Vido y Jaime, que son tan secretas que hasta excluyen a la Presidenta.
“Exclusión” es la palabra clave de los regímenes egocráticos. Aunque el discurso de los candidatos oficialistas y opositores dicen lo contrario, los protagonistas de los cambios sociales de los últimos años son los que menos espacios consiguieron en el reparto de lugares en las listas para el 28 de junio. De izquierda a derecha, tanto los grupos piqueteros como los sectores ruralistas se han quedado con muy pocas candidaturas, en comparación con los fenómenos sociales que representan. El establishment oficialista y opositor les bloqueó por igual el acceso a una cuota significativa en la presunta “nueva política”. No es de extrañar entonces que en esta campaña la militancia haya quedado polarizada entre el activismo en Facebook y los escraches físicos contra las caras famosas de la política. En el medio no hay nada, salvo el lobby de celebridades PROperonistas y de peronistas K en Ideas del Sur para que los inviten a mezclarse con las caricaturas de Tinelli.

miércoles, 3 de junio de 2009

TINELLI SE OLVIDÓ DE CHÁVEZ

El viernes pasado, los presidentes de las principales empresas japonesas en el país se reunieron de urgencia en la embajada nipona para discutir una información reservada que les transmitieron desde Tokio, que habla de un movimiento económico en Buenos Aires a fines de junio: el alerta especula con escenarios de chavización de la economía argentina, disparada del dólar y hasta restricciones bancarias similares a las del tristemente célebre corralito. Es probable –y deseable- que el rumor japonés esté errado; no obstante, es evidente que las conversaciones que mantienen con el Gobierno no los tranquiliza. Hasta hace unos meses, los medios afines al oficialismo mostraban al ministro Julio De Vido intercambiando sonrisas con lobbystas nipones que aparentemente lo habían convencido de que –al igual que Brasil- optara por la norma japonesa para importar la revolución de la tevé digital a los hogares argentinos. Misteriosamente, esa euforia se enfrió, no se sabe si por la polémica generada en torno al proyecto de reforma de la Ley de Radiodifusión, o porque a los japoneses les pareció muy alto el costo de negociar con funcionarios argentinos. Tal vez, ambas cosas. Lo cierto es que la semana pasada, a la salida de su reunión con el jefe de Gabinete de Julio De Vido, el enviado Christoph Forax, asesor de la Comisión Europea en el negocio de la televisión digital, se fue con la promesa oficial de que todavía no estaba nada decidido, y que el clima electoral (más la pulseada irresuelta con el Grupo Clarín) seguiría demorando cualquier decisión: de hecho, ésa es la consigna que repiten todos los funcionarios kirchneristas por estos días. “Después del 28, hablamos.”
Pero la vida sigue. Y la errabunda estrategia de Estado en defensa de los intereses argentinos genera ruidos molestos más allá de nuestras fronteras. En su editorial de ayer, el influyente diario O Estado de Sao Paulo, calificó de “brincadeira de mau gosto” (broma de mal gusto) la aclaración de Hugo Chávez a Cristina Fernández, y asegura que la dinastía Kirchner siempre se mostró sumisa ante el líder bolivariano. El poderoso diario O Globo va más allá, y exhorta a los senadores brasileños a votar en junio contra el ingreso de Venezuela al Mercosur. El periódico avisa que una bienvenida oficial del bloque regional a Chávez difundiría sus políticas de “estatización galopante” del sector privado, lo cual -según el editorial- le haría perder a las economías del Mercosur acuerdos comerciales vitales. El tono severo de ambos comentarios sugieren que tanto O Estado como O Globo están expresando al menos la preocupación de la FIESP, la patronal industrial brasileña que ya está coordinando con sus colegas uruguayos y argentinos una cumbre de empresarios que analizará la gravedad de la situación y evaluará cómo meterle presión a sus gobiernos –especialmente a la Casa Rosada- para que se despeguen del plan económico chavista.
El incidente Techint-Cristina-Chávez está a punto de convertirse en otro caso testigo para probar la eficacia del Mercosur como mecanismo de resolución de conflictos regionales. Por ahora, lo único claro es la influencia del estilo industrial brasileño en la mente de los empresarios argentinos, que hoy ven con envidia la cohesión nacionalista de sus pares paulistanos. Al menos en el caso Techint, esa admiración se notó: la UIA reaccionó “a la brasileña” contra la ambigua postura del Gobierno ante las nuevas expropiaciones anunciadas en Caracas. Y lo que más molestó, aseguran en la intimidad de las oficinas gerenciales de Techint, fue la actitud indiferente y luego agresiva de los Kirchner ante la segunda expropiación chavista. Incluso en Olivos reconocen que hubo un manejo oficial poco inteligente de la crisis. Los principales soldados del matrimonio presidencial se muestran sorprendidos por el respaldo general y sincronizado de los sectores empresarios a la posición del hólding. Sobre todo, los enoja el apoyo de hombres de negocios K “que se han beneficiado como nunca gracias a este Gobierno”. La bronca los lleva a reprochar por lo bajo las “promesas de inversión incumplidas” del grupo, y a advertir sobre la agitación gremial que padecerá la firma en los próximos meses. Además creen que Techint está beneficiándose políticamente de este incidente, al haber consolidado su liderazgo en el panorama empresario argentino, que suele mostrarse más balcanizado que alineado. Los kirchneristas más reflexivos entienden que el cambio de discurso tan brusco del Gobierno con respecto a Techint tenía que tener un precio político. "Techint y sus vinculadas como Tenaris Siderca son un orgullo para los argentinos. Es la primer gran multinacional argentina", le decía la Presidenta, hace apenas un año, a su “teacher” Paolo Rocca, con los medios de testigos. Ahora Cristina acusa al holding de la familia Rocca de llevarse los millones afuera, mientras su marido minimiza la importancia estratégica del grupo industrial, diciendo que “La Argentina no es solo Techint”. ¿En qué quedamos? En nada. Preocupados por esta inconsistencia, ministros y gobernadores ultra K se desviven por aclarar que no les gusta Chávez y -a puertas cerradas- que les parece una locura pelearse con Techint.
A esta altura, preguntarse si el kirchnerismo tiene o no un proyecto de país, y si ese modelo está cerca o lejos del modelo bolivariano parece una ingenuidad. En la lógica K, hoy es hoy. Si la pelea con Techint sirve para polarizar al electorado, entonces no es tan mala. Si la irrupción de Chávez en la campaña electoral argentina ayuda a la estrategia oficial de convertir la elección parlamentaria en un plebiscito sobre la continuidad “del modelo”, entonces el affaire bolivariano es bienvenido. Kirchner es un maestro de hacer de la necesidad virtud. Hace un par de semanas, en Olivos se había activado un alerta roja por el posible efecto esmerilador de las caricaturas de Gran Cuñado en la imagen de los Kirchner. Ahora Néstor juega con su propio personaje de Tinelli en sus maratones de campaña por los barrios pobres del Conurbano, tratando de convertir en votos los puntos de rating que tiene el otro Néstor, el que hace el actor Freddy Villareal. Y hasta se abrazó a un sosías bonaerense de Chávez, para darle un toque chévere al proselitismo peronista. Solo falta que los operadores K lo llamen a Marce para sugerirle que sume al presidente bolivariano a la casa del reality más escalofriante de la televisión mundial.