domingo, 27 de septiembre de 2009

CORTINAS DE HUMO

En Brasil, siguen con notable interés la pelea institucional del gobierno argentino contra las grandes empresas argentinas de medios de comunicación. Mientras la gestión del presidente de origen laborista Lula Da Silva anuncia día tras día el crecimiento de los negocios de gigantes corporativos brasileños, su socio cantado del Mercosur destruye negocios consolidados nacionales y atomiza mercados en nombre de la ideología demonopolizadora. En abstracto, una ley que dispara contra monopolios y oligopolios mediáticos suena simpática; tanto que muchos intelectuales progresistas de renombre local han declarado que apoyaban la ley de medios K, sin importarles las intenciones personales -políticas y comerciales- que sugiere la urgencia del matrimonio Kierchner para su aprobación. Así fue como se discutió la rapi-ley de medios en la Argentina: un tiroteo de opiniones ideologizadas sobre cómo debería ser, en un mundo ideal, el reparto de la propiedad de los medios de comunicación masiva. El gran dato que faltó en el debate es, precisamente, el resto del planeta, es decir, el escenario globalizado en el que se despliega la suerte económica de nuestro país, de cualquier país. El mundo real, el capitalismo, el mercado, la puja eterna por la torta planetaria. Aunque a muchos pensadores nacionales los deprima, se trata de la vida misma, con todos sus grises.
Las intervenciones de los diputados progresistas supuestamente independientes de la cadena de mandos kirchnerista apuntaron a criticar con resentimiento las mañas nocivas del periodismo nacional, y a festejar que ahora, gracias a la avanzada oficial contra los medios, la opinión pública discuta sobre los negocios involucrados en la actividad de las empresas periodísticas. El problema es el bajo nivel de esa discusión, no por falta de información concreta (las cifras de facturación y las clásulas contractuales inundan la prensa de todos los colores en estos días), sino por una idiosincracia nacional que explica con triste claridad por qué estamos donde estamos. Sencillamente, el éxito relativo del discurso K en las autodenominadas filas “nacionales y populares” reflejan la indiferencia de muchos argentinos a la lógica realista de un modelo de país productivo, con vocación de crecimiento. Lejos de la fantasía romántica y bastante hipócrita de las anuncios gubernamentales sobre sus proyectos de país, las chances de que la Argentina crezca de manera profunda y sostenida solo pueden calcularse seriamente si se las compara con lo que están haciendo el resto de los países, en especial sus vecinos. Y lo que está haciendo Brasil, con un gobierno nacido mucho más a la izquierda que el de los Kirchner, es atender la durísima pulseada global por las economías de escala. Es decir, Brasil es cada vez más grande porque alimenta y protege su grandeza, y eso implica fomentar o al menos respetar el tamaño monstruoso de sus empresas claves. ¿Eso suena lindo? No, porque seguramente, las empresas grandes se desarrollan siempre al límite –o pasando el límite- de las regulaciones bienpensantes –correctas, justas y necesarias- sobre monopolios y oligopolios. Incluso sus empresas de medios. Pero esa es la discusión decisiva que siempre queda pendiente en la Argentina: la economía globalizada es de gran escala, y para ganar lugares el país precisa lo que los legisladores K llaman “grupos económicos”, que por su tamaño deben ser regulados para proteger al resto de los argentinos, siempre y cuando esa “regulación” no sea un ajusticiamiento encubierto. Y no se trata de plantear una guerra de privado versus estatal. Sin ir más lejos, en el negocio de los medios, hay ejemplos de megaempresas públicas de comunicación que lideran la actividad de su país y a nivel regional. Es el caso de la Unión Europea, donde la BBC y la Deutsche Welle son ejemplos de monstruos mediáticos capaces de hacer grandes cosas, precisamente porque son grandes. Canal 7 podría ser un embrión de este tipo de holdings mediáticos públicos y de calidad, pero para eso debería gozar de una autonomía del poder político que el kirchnerismo –tampoco sus antecesores- nunca le ha garantizado, más bien todo lo contrario. Tampoco la expropiación del contrato de fútbol a la empresa privada TyC le dará escala global a Canal 7, dado que el negocio de la transmisión se está tercerizando a los amigos K, en lugar de alimentar el know how técnico y comercial del canal estatal.
Mientras envidiamos la vocación y ejercicio de grandeza de los dirigentes brasileños, acá seguimos debatiendo en términos anacrónicos sobre los privilegios de las grandes empresas locales. ¿Y las ventajas de las grandes empresas extranjeras de medios de comunicación sobre las argentinas? Los franceses, por citar un ejemplo, saben bien lo duro que es aguantar el embate de los gigantes audiovisuales norteamericanos sobre el ecosistema cultural francés, al que no hay legislación proteccionista que alcance para preservarlo de una erosión crónica. Es lindo pensar en radios independientes, diarios locales, señales de tv comunitarias, etc. El problema son los números del negocio. La diversificación creciente de las tecnologías de comunicación complica cada vez más la consolidación de una audiencia mínima y una cuota de pauta publicitaria genuina que permita sostener pymes mediáticas económicamente viables. La variante es armar cadenas de valor en torno a grupos multimedios que hagan rentable la oferta diversificada de contenidos. Pero eso se parece mucho a un escenario oligopólico. Lo contrario, el sueño imposible que el kirchnerismo le vende al progresismo para armar sus verdaderos planes, solo se sostiene con recursos estatales que pesarán cada vez más en el presupuesto nacional contra urgencias tan demoradas como la ejecución de un plan Hambre Cero, un proyecto de salto cualitativo en Educación, etc. Eso sin contar la nula garantía de imparcialidad por parte del Gobierno en la adjudicación de las nuevas e incontables licencias de explotación a coopertivas, sindicatos y ongs. Tanta diversidad aparente corre el peligro de esconder la uniformidad autoritaria de un solo prestamista de última instancia: el Estado benefactor de prensa amiga.
Brasil no es el único vecino que nos mira con perplejidad. La cíclica esgrima verbal con los dirigentes uruguayos también revela la falta de sincronización estratégica del modelo de negocios entre los vecinos del Mercosur. En medio de la polémica por los exabruptos antiargentinos del candidato izquierdista Pepe Mujica, y en pleno diferendo rioplatense por las papeleras, el otro candidato, Luis Lacalle, emitió un mensaje cifrado que por ahora pasó desapercibido para los argentinos distraídos y aturdidos por el estruendo de la revolución mediática kirchnerista. Lacalle anticipó que, como presidente, apoyaría la instalación de otra pastera sobre el río Uruguay: Habría que preguntarle al candidato si habló de una hipótesis ideal o si se trata de un proyecto concreto en marcha para levantar una pastera vecina a Botnia, para lo cual la multinacional interesada ya sondeó a los candidatos políticos uruguayos en secreto. Mientras la realidad del capitalismo global sucede alrededor, los argentinos duermen el sueño de la revolución kirchnerista.

GOBIERNO OMNIPRESENTE, ESTADO AUSENTE

Esta semana hubo una chance para la reconciliación nacional. Y todo gracias al Gobierno, que le ha tendido una mano cariñosa a su viejo adversario, Carlos Saúl Menem, aquel que derrotó a Néstor Kirchner en primera vuelta, pero tuvo que renunciar a la segunda porque más del 70% de los argentinos lo rechazaban. Ahora que Kirchner padece el mismo nivel de desaprobación popular en las encuestas que Menem, el Jefe de Gabinete recordó su “simpatía” y “afecto” por el caudillo riojano. Las malas lenguas rumorearon que el gesto de amistad política era en realidad un manotazo K para sumar votos a favor de su Ley de Medios, teniendo en cuenta que el menemismo se quedó con la sangre en el ojo por lo que considera una traición de Clarín que incluso habría empujado al ex presidente hasta la prisión. Esa coincidencia con el kirchnerismo, más la común aspiración de armar multimedios afines para remplazar al del “gran diario argentino”, alentó las supicacias. Pero no. Menem ya emitió un comunicado en el cual aclara que, aunque sostiene la necesidad de cambiar la ley de Radiodifusión y de terminar con los monopolios, no apoya el proyecto de ley oficial. Para colmo, luego del papelón internacional por la burda razzia impositiva protagonizada por cientos de inspectores de la AFIP que coparon algunos medios de comunicación de manera sincronizada, a Cristina se le ocurrió diferenciarse de la ley mordaza de la era menemista proponiendo la eliminación del delito de calumnias e injurias, un insistente ruego de los intelectuales progresistas que bancan –o son bancados por- la Casa Rosada. Una pena: Menem y Kirchner tienen suficientes puntos de semejanza como para formar equipo, sin contar a Scioli y otros paralelismos obvios que ya fueron enumerados por los críticos de ambos.
Hay un punto de encuentro entre el menemismo y el kirchnerismo que suele soslayarse: el Estado ausente, con un gobierno omnipresente. Por un malentendido ideológico, se supone que Néstor está del lado del Estado y Menem del bando achicador del Estado. Pero los últimos episodios del intervencionismo oficialista sugieren que el estatismo K es en realidad una pantalla para justificar la personalización –o la apropiación- de los recursos públicos y privados en beneficio del proyecto de poder kirchnerista, en detrimento del rol contenedor, arbitral y benefactor que debería ejercer un Estado presuntamente solidario, nacional y popular.
Un ejemplo de esta paradoja (Gobierno activo, Estado pasivo) se puso de manifiesto en las últimas horas, precisamente con el affaire AFIP vs. Medios. Primero el jefe de los recaudadores, Ricardo Echegaray, salió a aclarar que nunca dio la orden de desembarcar en Clarín y otros focos enemigos. Luego Aníbal Fernández apuntaló la versión, adjudicándole el episodio a una operación (habló de “pantomima”) pagada por adversarios que quisieron embarrar al Gobierno. Supongamos que esta versión inverosímil fuera cierta: ¿cómo se explica entonces que, apenas comenzado el operativo, voceros de la AFIP defendían ante la prensa la legitimidad del desembarco en Clarín, tal como reveló Crítica de la Argentina en su nota de tapa de ayer? O el autor de la “pantomima” fue el gobierno de Néstor, o la burocracia de la AFIP está fuera de control. En cualquiera de los casos, estamos padeciendo a un Estado ausente y desautorizado, copado por mafiosos desconocidos o por una facción kirchnerista que desde el Gobierno hace lo que quiere con los recursos públicos.
Sobran casos de un Estado que falla en las misiones aventureras en las que lo metió el gobierno kirchnerista. La deriva en la que se encuentra la autopartista rosarina Mahle, luego de las caóticas negociaciones conducidas por emisarios del Ejecutivo nacional, son una muestra de la dudosa confiabilidad K para pilotear crisis empresarias. Tampoco el kirchnerismo está dejando bien parado al Estado en la administración de Aerolíneas Argentinas. La propia intervención K lo admite en un comunicado al personal de la línea aérea emitido esta semana para disculparse por el atraso en la efectivización del pago de salarios: “Como es de público conocimiento, la demora en esta notificación se encontró motivada en la crítica situación por la que atraviesa la Compañía, por la cual la Gerencia General ha tenido que realizar importantes esfuerzos para que se nos libere la partida presupuestaria correspondiente. Esta extrema situación de crisis financiera debe ser un motivo de preocupación para todos, por lo cual se pide redoblar los esfuerzos y las medidas de austeridad pertinentes a efectos de tratar de evitar situaciones similares.”
Hay otras variantes geográficas de este esquema kirchnerista de “Gobierno omnipresente con Estad ausente”. Es el caso de la provincia de Santa Cruz, donde el control férreo de la dinámica provincial por parte del matrimonio Kirchner haría suponer que el orden está garantizado. Todo lo contrario. Un caso explosivo: la empresa minera Hochschild. La firma tiene bloqueadas sus operaciones por un conflicto externo de los camioneros enviados por Hugo Moyano -el mayor socio K- con los gremios mineros. La historia es la de siempre: los moyanistas bancan por la fuerza su teoría de que “todo lo que rueda, es del gremio camionero”, por lo que pretenden anexar a los trabajadores mineros que manejan camiones dentro de la mina para transportar minerales, herramientas y químicos. Las medidas de fuerza incluyen tapar la salida de la minera con camiones de la gente pro Moyano, o ingresos intempestivos, al estilo de los sabuesos de la AFIP que Kirchner y Echegaray nunca mandaron a Clarín. Uno de los riesgos que se corren con estas acciones es que, en medio de los forcejeos gremiales, algún camionero choque sin querer un depósito de explosivos (típicos de cualquier mina), y que la avanzada sindical termine en un Cromañón patagónico a cielo abierto. Los dueños de Hochschild Mining lograron plantearle esta preocupación a un alto funcionario del Ejecutivo nacional, quien les dio a entender su impotencia y la de las autoridades provinciales para encarrilar a un aliado pinguino del calibre de Moyano, especialmente en una zona liberada como Santa Cruz: “Si fuera por mí, a esa provincia la recortaría del mapa”, se desahogó en privado el funcionario. Otra vez: Gobierno gigante, Estado enano. Néstor lo hizo.
Por eso no es de extrañar que, hace un par de semanas, en una de las reuniones secretas de empresarios con Julio Cobos, el representante de una multinacional le haya preguntado al Vicepresidente si era momento de invertir, y que la respuesta haya sido: “Todavía no, espere.”
Por eso tampoco debería sorprender la escena bizarra del jueves 4 en un club de Belgrano, donde se presentó el nuevo Alfa Romeo: durante el evento, de sorpresa, apareció Carlos Menem, y buena parte de la concurrencia se le fue encima para saludarlo con honores presidenciales, como si se hubiera desactivado el tabú que lo tachaba de políticamente incorrecto y mufa. ¿Habrá sido el “clima destituyente” que denuncian los ideólogos oficialistas? ¿O será el efecto igualador generado por el cinismo desencantado que está intoxicando a la democracia argentina? En todo caso, Néstor lo hizo.

sábado, 5 de septiembre de 2009

UNA DEMOCRACIA LLENA DE HERIDOS

El problema de la democracia argentina de hoy son los heridos, o en todo caso, la dificultad del sistema político para lidiar con ellos. Para ser justos con las instituciones republicanas, hay demasiados heridos y sus lastimaduras duelen demasiado como para pretender un escenario institucional estable, y en esto el kirchnerismo tiene mucha responsabilidad. La lógica K ha sido desde el principio la de dejar un tendal de actores muy golpeados a su paso, muchos de ellos demasiado influyentes como para que se queden callados y mansos lamiendo sus heridas mientras la topadora pingüina siga aplastando cualquier resistencia que se le presente. A esta altura, los heridos se han acumulado, y la lógica de voltear muñecos para resolver conflictos de intereses ya seduce a buena parte de la sociedad, sea o no oficialista.
En el seno del Ejecutivo se huele la sangre propia derramada. La vertiginosa suma de atribuciones concentradas en Aníbal Fernández hiere sensibilidades kirchneristas a diestra y siniestra. Florencio Randazzo no oculta su decepción por haber perdido la chance –en la que depositó muchas expectativas- de asumir la Jefatura de Gabinete, y el consuelo que le dio Néstor Kirchner de dejarle poner un hombre suyo a Daniel Scioli para manejar el conflicto con el campo no le sirve de recompensa sanatoria. Otro que ya se cura las heridas por anticipado ante el avance de Aníbal Fernández es Agustín Rossi, a quien el Jefe de Gabinete quiere correr de la titularidad del bloque K en Diputados, pensando en José María Díaz Bancalari como remplazante. También en el Sedronar hacen las valijas todos los funcionarios vinculados con la lucha antidrogas que no tienen el aval de Aníbal. Su antecesor en la Jefatura de Gabinete, Sergio Massa, también rumia rencor, no contra Aníbal, sino contra el jefe máximo, Néstor Kirchner. Aunque Massa todavía siente los golpes del rústico estilo K, no tiene otra actitud con Scioli, a quien ya le hizo saber que competirá, por las buenas o por las malas, por la gobernación bonaerense.
Pero Scioli tiene sus propias heridas internas. Mientras su hermano Pepe y su lugarteniente en el IOMA, Javier Mouriño, fogonean un despegue definitivo del yugo K, Daniel revisa números que le causan dolor: las cuentas provinciales, de un color rojo sangre que puede verificarse en la incertidumbre de los intendendentes ante la disponibilidad de apenas el 30% del dinero necesario para pagar los próximos salarios estatales de sus municipios. Esa angustia los empuja por ahora a seguir comiendo de la intempestiva mano de Néstor, y lo mismo le pasa al gobernador bonaerense. Pero hay otros números que están por llegar al escritorio de Scioli, que le indicarían una estrategia política opuesta a la obediencia debida: las últimas encuestas realizadas lo alertan sobre el precio en su imagen de haber seguido cerca del kirchnerismo derrotado, en lugar de diferenciarse de modo tajante e irreversible, para salvar su consenso popular.
Pero hay que entenderlo a Scioli, y tener en cuenta que no es gratis darle la espalda a un Néstor cebado por su propia sangre, que chorrea desde su derrota electoral. Dos ex niños mimados del esquema de gobernadores K están hoy en la mira de Néstor: el chaqueño Capitanich y el salteño Urtubey, ambos caudillos jóvenes y ambiciosos, que en medio de la debacle kirchnerista activaron operaciones de instalación presidencial en el circuito político nacional con sede en la Capital Federal.
También en el ex oficialismo hay golpeados que malician contra la furia vengativa de Néstor. Carlos Reutemann no se recupera del operativo K para cortarle las piernas antes de que tomara carrera para el 2011, y su indignación por la movida pensada en Olivos lo llevó incluso a perder la paciencia con su eterno aliado patriarcal, Eduardo Duhalde. A pesar del ataque de nervios del Lole, que le hizo incluso perder la compostura de “gente bien” que tantos votos le suma en cierta clase media y media alta, la fórmula presidencial con el ex corredor a la cabeza sigue en construcción activa, con el aval de nombres importantes del peronismo disidente.
La guerra de los medios de comunicación también está multiplicando heridos de peso. A la reacción lógica del Grupo Clarín se le empiezan a sumar aliados en otras empresas de medios como el Grupo Vila, cuyo titular lanzó un amenazante discurso anti K con tonos públicos que el empresario mendocino suele reservar para sus discusiones íntimas. Dicen que, al margen de los efectos de la ley de Medios en su grupo mediático, Vila está lastimado por tener que esperar más de lo previsto para desembarcar con sus socios en la Asociación del Fútbol Argentino, para apoderarse de la herencia de Julio Grondona.
Otra lastimada es margarita Stolbizer, que está reaccionando a la embestida K de manera paradójica, tal como lo viene haciendo en los últimos tiempos: en lugar de oponerse a la apurada agenda K para cambiar la legislación sobre los medios de comunicación, Margarita dejó saber que los tiempos de la discusión no le parecen tan mal, y en privado disfruta de la mala racha que padece Clarín, a quien culpa principalmente por haber quedado tercera en las elecciones bonaerenses: Stolbizer cree que la polarización entre Kirchner y De Narváez fue un puro e injusto efecto mediático que la dejó fuera de juego antes de tiempo, con la excusa del “voto útil”.
Hasta en el ámbito de las relaciones internacionales la revolución mediática kirchnerista ha dejado cicatrices profundas. En los corrillos diplomáticos europeos lamentan la decisión de la Casa Rosada de elegir la norma digital japonesa-brasileña para implementar la nueva televisión en el país. Los europeos predicen que en unos años los argentinos verificarán que la norma europea les hubiera resultado menos costosa y más compatible comercialmente con la vocación de las productoras argentinas de colocar sus contenidos en los mercados que pagan en euros.
De todos modos, el herido más importante para el futuro de la Argentina sigue siendo Néstor Kirchner, que está haciendo todo lo necesario para salir ileso de su aventura hegemónica. No solo lucha por llegar al 2011 con poder en las manos, sino que trabaja febrilmente para ser el tercero en discordia en la futura elección presidencial, para desde ese lugar de árbitro electoral, con las urnas bajo el brazo y algunos negocios mediáticos y no mediáticos bien abrochados, negociar su apoyo en segunda vuelta a quien le garantice una rendición con juicio justo, o lo que él entiende por eso.

LOCOS POR EL RÁTING

Los medios de información son un negocio, aunque ni tan grande como se supone, ni tan generalizado. Es más, los cambios culturales y tecnológicos atados a la globalización tuvieron un efecto paradójico: en los años ’90, la explosión de la oferta mediática (en la Argentina y el mundo) provocaron un crecimiento del consumo informativo, es decir que más gente empezó a dedicarle más horas de su vida a leer, escuchar y mirar medios de comunicación. Eso formó un rulo aparentemente virtuoso con la ola de inversiones multimillonarias en empresas de medios, y alimentó la moda de los multimedios. Esa foto de época muestra una importancia desmesurada del periodismo en la vida pública. Pero la historia siguió, los medios de difusión se multiplicaron, la sobreoferta empezó a saturar a la gente, y la pauta publicitaria y los lectores/oyentes/espectadores/internautas se atomizaron en un laberinto cada vez más inabarcable de demanda dispersa y diversificada. Si a esto se le suma la crisis financiera internacional con que está comenzando el siglo XXI, es fácil comprender que el presunto negoción de los medios no es tal, o en todo caso no es tan importante como para tener en vilo a la sociedad, obsesionar a un gobierno y condicionar a la oposición. Si tanta atención por la guerra mediática tuviera que ver realmente con los millones que hay en juego, sería más razonable que los argentinos hubieran seguido y debatido en masa la puja entre el Gobierno y el Grupo Techint, tema que en rigor se restringió a una élite especializada. La explicación alternativa –y probablemente más acertada- tiene que ver con la influencia que la estructura de propiedad del espacio mediático tiene sobre el funcionamiento de la democracia. Y aquí se oculta el verdadero problema que la clase política y los votantes –tanto oficialistas como opositores- no han llegado por ahora a debatir.
¿No será que estamos exagerando el supuesto poder de los medios de comunicación? O, mejor dicho, ¿no será que tanto dirigentes como ciudadanos comunes hemos abdicado cómodamente de nuestra responsabilidad de hacer política cuerpo a cuerpo, más real y territorial, además de la política virtual que ofrece la arena mediática? ¿Cómo se explica que, detrás de las celebridades del debate político con alto rating, no puedan armarse esquemas consistentes de representación que merezcan llevar el nombre de “partidos políticos”? Mientras la sociedad no se digne a contestarse estas simples preguntas, la bola de nieve de la guerra de los medios y el Gobierno seguirá creciendo a un ritmo y en proporciones desmesuradas, al punto de embarrar la agenda de prioridades de un país con demasiada miseria material e institucional.
Hipocresía 1: Ante la sospecha razonable de que el kirchnerismo podría utilizar una nueva ley de medios para monopolizar la comunicación masiva y armar un negociado personal, la oposición salió a denunciar la maniobra y a proponer leyes alternativas; lo mismo contestaron las empresas más amenazadas. La pregunta es: ¿por qué en un cuarto de siglo de democracia no se llegó a tratar en serio una reforma de la normativa mediática, si tan clave resulta para el sano transcurrir de la vida republicana? ¿Adónde estuvo enfocada la opinión pública todos estos años?
Hipocresía 2: La dirigente ruralista María del Carmen Alarcón fue lapidada mediáticamente en las últimas horas por haberse reintegrado al kirchnerismo como funcionaria agropecuaria. Las denuncias de “borocotización” solo recuerdan su militancia anti K en la guerra del campo, pero no rescatan una anécdota incómoda: luego de uno de los actos fuertes del ruralismo en San Pedro, Alarcón apareció en los canales de noticias como vocera genuina de la protesta de base, y su intervención logró el mayor rating minuto a minuto, lo cual molestó a las celebridades nacientes de la Mesa de Enlace, que ordenaron bajarla de los palcos desde entonces. La misma “censura de palco” le infligieron a Elisa Carrió, también por celos y problemas de cartel, como dicen las vedettes.
Hipocresía 3: En el macrismo sostienen que el Fino Palacios era el mejor jefe disponible para la nueva policía porteña, pero cuando las quejas opositoras empezaron a prender en los medios, los PRO fueron perdiendo la convicción, e incluso Macri llegó, en conferencia de prensa, a echarle la culpa a la opinión pública de la enésima marcha atrás de su gestión.
Hipocresía 4: Los Kirchner gobiernan más que nunca con un ojo puesto en la prensa y otro en la tele. Para recuperar aliados, prometen cambios de rumbo y de estilo, e incluso declaman en privado su disposición a pedirle un paso al costado a personajes polémicos como Guillermo Moreno. Eso sí: solo tomarán esas medidas de Estado cuando los medios dejen de pedirlas, para no mostrar gestos de debilidad ante la opinión pública.
En este pantano de contradicciones y verdades a medias, se debate el proyecto oficial de servicios audiovisuales. En un Congreso que, luego de aquella maniobra K de adelantar las elecciones, quedó desinflado de representatividad. De eso se agarran todos los que se oponen a la nueva ley de medios. Ambos bandos pecan de superficiales. El Gobierno quiere apurar una resolución antes del cambio parlamentario de diciembre, contradiciendo con sus tiempos atolondrados la importancia estructural que el propio discurso oficialista le concede al debate sobre los medios en el futuro de la democracia. Y en la otra vereda, dramatizan esta votación como si fuera la última vez que se discuta el tema: de visita profesional en Buenos Aires, el director de la televisión pública alemana, Eric Bettermann, aconsejó ayer no apurarse a concluir con una sola ley la discusión sobre los medios en democracia. El jefe de la Deutsche Welle asegura que la renovación tecnológica permanente obligará a seguir votando normativa tras normativa para garantizar la calidad democrática del espacio audiovisual de los próximos años. Mande quien mande.