En Brasil, siguen con notable interés la pelea institucional del gobierno argentino contra las grandes empresas argentinas de medios de comunicación. Mientras la gestión del presidente de origen laborista Lula Da Silva anuncia día tras día el crecimiento de los negocios de gigantes corporativos brasileños, su socio cantado del Mercosur destruye negocios consolidados nacionales y atomiza mercados en nombre de la ideología demonopolizadora. En abstracto, una ley que dispara contra monopolios y oligopolios mediáticos suena simpática; tanto que muchos intelectuales progresistas de renombre local han declarado que apoyaban la ley de medios K, sin importarles las intenciones personales -políticas y comerciales- que sugiere la urgencia del matrimonio Kierchner para su aprobación. Así fue como se discutió la rapi-ley de medios en la Argentina: un tiroteo de opiniones ideologizadas sobre cómo debería ser, en un mundo ideal, el reparto de la propiedad de los medios de comunicación masiva. El gran dato que faltó en el debate es, precisamente, el resto del planeta, es decir, el escenario globalizado en el que se despliega la suerte económica de nuestro país, de cualquier país. El mundo real, el capitalismo, el mercado, la puja eterna por la torta planetaria. Aunque a muchos pensadores nacionales los deprima, se trata de la vida misma, con todos sus grises.
Las intervenciones de los diputados progresistas supuestamente independientes de la cadena de mandos kirchnerista apuntaron a criticar con resentimiento las mañas nocivas del periodismo nacional, y a festejar que ahora, gracias a la avanzada oficial contra los medios, la opinión pública discuta sobre los negocios involucrados en la actividad de las empresas periodísticas. El problema es el bajo nivel de esa discusión, no por falta de información concreta (las cifras de facturación y las clásulas contractuales inundan la prensa de todos los colores en estos días), sino por una idiosincracia nacional que explica con triste claridad por qué estamos donde estamos. Sencillamente, el éxito relativo del discurso K en las autodenominadas filas “nacionales y populares” reflejan la indiferencia de muchos argentinos a la lógica realista de un modelo de país productivo, con vocación de crecimiento. Lejos de la fantasía romántica y bastante hipócrita de las anuncios gubernamentales sobre sus proyectos de país, las chances de que la Argentina crezca de manera profunda y sostenida solo pueden calcularse seriamente si se las compara con lo que están haciendo el resto de los países, en especial sus vecinos. Y lo que está haciendo Brasil, con un gobierno nacido mucho más a la izquierda que el de los Kirchner, es atender la durísima pulseada global por las economías de escala. Es decir, Brasil es cada vez más grande porque alimenta y protege su grandeza, y eso implica fomentar o al menos respetar el tamaño monstruoso de sus empresas claves. ¿Eso suena lindo? No, porque seguramente, las empresas grandes se desarrollan siempre al límite –o pasando el límite- de las regulaciones bienpensantes –correctas, justas y necesarias- sobre monopolios y oligopolios. Incluso sus empresas de medios. Pero esa es la discusión decisiva que siempre queda pendiente en la Argentina: la economía globalizada es de gran escala, y para ganar lugares el país precisa lo que los legisladores K llaman “grupos económicos”, que por su tamaño deben ser regulados para proteger al resto de los argentinos, siempre y cuando esa “regulación” no sea un ajusticiamiento encubierto. Y no se trata de plantear una guerra de privado versus estatal. Sin ir más lejos, en el negocio de los medios, hay ejemplos de megaempresas públicas de comunicación que lideran la actividad de su país y a nivel regional. Es el caso de la Unión Europea, donde la BBC y la Deutsche Welle son ejemplos de monstruos mediáticos capaces de hacer grandes cosas, precisamente porque son grandes. Canal 7 podría ser un embrión de este tipo de holdings mediáticos públicos y de calidad, pero para eso debería gozar de una autonomía del poder político que el kirchnerismo –tampoco sus antecesores- nunca le ha garantizado, más bien todo lo contrario. Tampoco la expropiación del contrato de fútbol a la empresa privada TyC le dará escala global a Canal 7, dado que el negocio de la transmisión se está tercerizando a los amigos K, en lugar de alimentar el know how técnico y comercial del canal estatal.
Mientras envidiamos la vocación y ejercicio de grandeza de los dirigentes brasileños, acá seguimos debatiendo en términos anacrónicos sobre los privilegios de las grandes empresas locales. ¿Y las ventajas de las grandes empresas extranjeras de medios de comunicación sobre las argentinas? Los franceses, por citar un ejemplo, saben bien lo duro que es aguantar el embate de los gigantes audiovisuales norteamericanos sobre el ecosistema cultural francés, al que no hay legislación proteccionista que alcance para preservarlo de una erosión crónica. Es lindo pensar en radios independientes, diarios locales, señales de tv comunitarias, etc. El problema son los números del negocio. La diversificación creciente de las tecnologías de comunicación complica cada vez más la consolidación de una audiencia mínima y una cuota de pauta publicitaria genuina que permita sostener pymes mediáticas económicamente viables. La variante es armar cadenas de valor en torno a grupos multimedios que hagan rentable la oferta diversificada de contenidos. Pero eso se parece mucho a un escenario oligopólico. Lo contrario, el sueño imposible que el kirchnerismo le vende al progresismo para armar sus verdaderos planes, solo se sostiene con recursos estatales que pesarán cada vez más en el presupuesto nacional contra urgencias tan demoradas como la ejecución de un plan Hambre Cero, un proyecto de salto cualitativo en Educación, etc. Eso sin contar la nula garantía de imparcialidad por parte del Gobierno en la adjudicación de las nuevas e incontables licencias de explotación a coopertivas, sindicatos y ongs. Tanta diversidad aparente corre el peligro de esconder la uniformidad autoritaria de un solo prestamista de última instancia: el Estado benefactor de prensa amiga.
Brasil no es el único vecino que nos mira con perplejidad. La cíclica esgrima verbal con los dirigentes uruguayos también revela la falta de sincronización estratégica del modelo de negocios entre los vecinos del Mercosur. En medio de la polémica por los exabruptos antiargentinos del candidato izquierdista Pepe Mujica, y en pleno diferendo rioplatense por las papeleras, el otro candidato, Luis Lacalle, emitió un mensaje cifrado que por ahora pasó desapercibido para los argentinos distraídos y aturdidos por el estruendo de la revolución mediática kirchnerista. Lacalle anticipó que, como presidente, apoyaría la instalación de otra pastera sobre el río Uruguay: Habría que preguntarle al candidato si habló de una hipótesis ideal o si se trata de un proyecto concreto en marcha para levantar una pastera vecina a Botnia, para lo cual la multinacional interesada ya sondeó a los candidatos políticos uruguayos en secreto. Mientras la realidad del capitalismo global sucede alrededor, los argentinos duermen el sueño de la revolución kirchnerista.
domingo, 27 de septiembre de 2009
GOBIERNO OMNIPRESENTE, ESTADO AUSENTE
Esta semana hubo una chance para la reconciliación nacional. Y todo gracias al Gobierno, que le ha tendido una mano cariñosa a su viejo adversario, Carlos Saúl Menem, aquel que derrotó a Néstor Kirchner en primera vuelta, pero tuvo que renunciar a la segunda porque más del 70% de los argentinos lo rechazaban. Ahora que Kirchner padece el mismo nivel de desaprobación popular en las encuestas que Menem, el Jefe de Gabinete recordó su “simpatía” y “afecto” por el caudillo riojano. Las malas lenguas rumorearon que el gesto de amistad política era en realidad un manotazo K para sumar votos a favor de su Ley de Medios, teniendo en cuenta que el menemismo se quedó con la sangre en el ojo por lo que considera una traición de Clarín que incluso habría empujado al ex presidente hasta la prisión. Esa coincidencia con el kirchnerismo, más la común aspiración de armar multimedios afines para remplazar al del “gran diario argentino”, alentó las supicacias. Pero no. Menem ya emitió un comunicado en el cual aclara que, aunque sostiene la necesidad de cambiar la ley de Radiodifusión y de terminar con los monopolios, no apoya el proyecto de ley oficial. Para colmo, luego del papelón internacional por la burda razzia impositiva protagonizada por cientos de inspectores de la AFIP que coparon algunos medios de comunicación de manera sincronizada, a Cristina se le ocurrió diferenciarse de la ley mordaza de la era menemista proponiendo la eliminación del delito de calumnias e injurias, un insistente ruego de los intelectuales progresistas que bancan –o son bancados por- la Casa Rosada. Una pena: Menem y Kirchner tienen suficientes puntos de semejanza como para formar equipo, sin contar a Scioli y otros paralelismos obvios que ya fueron enumerados por los críticos de ambos.
Hay un punto de encuentro entre el menemismo y el kirchnerismo que suele soslayarse: el Estado ausente, con un gobierno omnipresente. Por un malentendido ideológico, se supone que Néstor está del lado del Estado y Menem del bando achicador del Estado. Pero los últimos episodios del intervencionismo oficialista sugieren que el estatismo K es en realidad una pantalla para justificar la personalización –o la apropiación- de los recursos públicos y privados en beneficio del proyecto de poder kirchnerista, en detrimento del rol contenedor, arbitral y benefactor que debería ejercer un Estado presuntamente solidario, nacional y popular.
Un ejemplo de esta paradoja (Gobierno activo, Estado pasivo) se puso de manifiesto en las últimas horas, precisamente con el affaire AFIP vs. Medios. Primero el jefe de los recaudadores, Ricardo Echegaray, salió a aclarar que nunca dio la orden de desembarcar en Clarín y otros focos enemigos. Luego Aníbal Fernández apuntaló la versión, adjudicándole el episodio a una operación (habló de “pantomima”) pagada por adversarios que quisieron embarrar al Gobierno. Supongamos que esta versión inverosímil fuera cierta: ¿cómo se explica entonces que, apenas comenzado el operativo, voceros de la AFIP defendían ante la prensa la legitimidad del desembarco en Clarín, tal como reveló Crítica de la Argentina en su nota de tapa de ayer? O el autor de la “pantomima” fue el gobierno de Néstor, o la burocracia de la AFIP está fuera de control. En cualquiera de los casos, estamos padeciendo a un Estado ausente y desautorizado, copado por mafiosos desconocidos o por una facción kirchnerista que desde el Gobierno hace lo que quiere con los recursos públicos.
Sobran casos de un Estado que falla en las misiones aventureras en las que lo metió el gobierno kirchnerista. La deriva en la que se encuentra la autopartista rosarina Mahle, luego de las caóticas negociaciones conducidas por emisarios del Ejecutivo nacional, son una muestra de la dudosa confiabilidad K para pilotear crisis empresarias. Tampoco el kirchnerismo está dejando bien parado al Estado en la administración de Aerolíneas Argentinas. La propia intervención K lo admite en un comunicado al personal de la línea aérea emitido esta semana para disculparse por el atraso en la efectivización del pago de salarios: “Como es de público conocimiento, la demora en esta notificación se encontró motivada en la crítica situación por la que atraviesa la Compañía, por la cual la Gerencia General ha tenido que realizar importantes esfuerzos para que se nos libere la partida presupuestaria correspondiente. Esta extrema situación de crisis financiera debe ser un motivo de preocupación para todos, por lo cual se pide redoblar los esfuerzos y las medidas de austeridad pertinentes a efectos de tratar de evitar situaciones similares.”
Hay otras variantes geográficas de este esquema kirchnerista de “Gobierno omnipresente con Estad ausente”. Es el caso de la provincia de Santa Cruz, donde el control férreo de la dinámica provincial por parte del matrimonio Kirchner haría suponer que el orden está garantizado. Todo lo contrario. Un caso explosivo: la empresa minera Hochschild. La firma tiene bloqueadas sus operaciones por un conflicto externo de los camioneros enviados por Hugo Moyano -el mayor socio K- con los gremios mineros. La historia es la de siempre: los moyanistas bancan por la fuerza su teoría de que “todo lo que rueda, es del gremio camionero”, por lo que pretenden anexar a los trabajadores mineros que manejan camiones dentro de la mina para transportar minerales, herramientas y químicos. Las medidas de fuerza incluyen tapar la salida de la minera con camiones de la gente pro Moyano, o ingresos intempestivos, al estilo de los sabuesos de la AFIP que Kirchner y Echegaray nunca mandaron a Clarín. Uno de los riesgos que se corren con estas acciones es que, en medio de los forcejeos gremiales, algún camionero choque sin querer un depósito de explosivos (típicos de cualquier mina), y que la avanzada sindical termine en un Cromañón patagónico a cielo abierto. Los dueños de Hochschild Mining lograron plantearle esta preocupación a un alto funcionario del Ejecutivo nacional, quien les dio a entender su impotencia y la de las autoridades provinciales para encarrilar a un aliado pinguino del calibre de Moyano, especialmente en una zona liberada como Santa Cruz: “Si fuera por mí, a esa provincia la recortaría del mapa”, se desahogó en privado el funcionario. Otra vez: Gobierno gigante, Estado enano. Néstor lo hizo.
Por eso no es de extrañar que, hace un par de semanas, en una de las reuniones secretas de empresarios con Julio Cobos, el representante de una multinacional le haya preguntado al Vicepresidente si era momento de invertir, y que la respuesta haya sido: “Todavía no, espere.”
Por eso tampoco debería sorprender la escena bizarra del jueves 4 en un club de Belgrano, donde se presentó el nuevo Alfa Romeo: durante el evento, de sorpresa, apareció Carlos Menem, y buena parte de la concurrencia se le fue encima para saludarlo con honores presidenciales, como si se hubiera desactivado el tabú que lo tachaba de políticamente incorrecto y mufa. ¿Habrá sido el “clima destituyente” que denuncian los ideólogos oficialistas? ¿O será el efecto igualador generado por el cinismo desencantado que está intoxicando a la democracia argentina? En todo caso, Néstor lo hizo.
Hay un punto de encuentro entre el menemismo y el kirchnerismo que suele soslayarse: el Estado ausente, con un gobierno omnipresente. Por un malentendido ideológico, se supone que Néstor está del lado del Estado y Menem del bando achicador del Estado. Pero los últimos episodios del intervencionismo oficialista sugieren que el estatismo K es en realidad una pantalla para justificar la personalización –o la apropiación- de los recursos públicos y privados en beneficio del proyecto de poder kirchnerista, en detrimento del rol contenedor, arbitral y benefactor que debería ejercer un Estado presuntamente solidario, nacional y popular.
Un ejemplo de esta paradoja (Gobierno activo, Estado pasivo) se puso de manifiesto en las últimas horas, precisamente con el affaire AFIP vs. Medios. Primero el jefe de los recaudadores, Ricardo Echegaray, salió a aclarar que nunca dio la orden de desembarcar en Clarín y otros focos enemigos. Luego Aníbal Fernández apuntaló la versión, adjudicándole el episodio a una operación (habló de “pantomima”) pagada por adversarios que quisieron embarrar al Gobierno. Supongamos que esta versión inverosímil fuera cierta: ¿cómo se explica entonces que, apenas comenzado el operativo, voceros de la AFIP defendían ante la prensa la legitimidad del desembarco en Clarín, tal como reveló Crítica de la Argentina en su nota de tapa de ayer? O el autor de la “pantomima” fue el gobierno de Néstor, o la burocracia de la AFIP está fuera de control. En cualquiera de los casos, estamos padeciendo a un Estado ausente y desautorizado, copado por mafiosos desconocidos o por una facción kirchnerista que desde el Gobierno hace lo que quiere con los recursos públicos.
Sobran casos de un Estado que falla en las misiones aventureras en las que lo metió el gobierno kirchnerista. La deriva en la que se encuentra la autopartista rosarina Mahle, luego de las caóticas negociaciones conducidas por emisarios del Ejecutivo nacional, son una muestra de la dudosa confiabilidad K para pilotear crisis empresarias. Tampoco el kirchnerismo está dejando bien parado al Estado en la administración de Aerolíneas Argentinas. La propia intervención K lo admite en un comunicado al personal de la línea aérea emitido esta semana para disculparse por el atraso en la efectivización del pago de salarios: “Como es de público conocimiento, la demora en esta notificación se encontró motivada en la crítica situación por la que atraviesa la Compañía, por la cual la Gerencia General ha tenido que realizar importantes esfuerzos para que se nos libere la partida presupuestaria correspondiente. Esta extrema situación de crisis financiera debe ser un motivo de preocupación para todos, por lo cual se pide redoblar los esfuerzos y las medidas de austeridad pertinentes a efectos de tratar de evitar situaciones similares.”
Hay otras variantes geográficas de este esquema kirchnerista de “Gobierno omnipresente con Estad ausente”. Es el caso de la provincia de Santa Cruz, donde el control férreo de la dinámica provincial por parte del matrimonio Kirchner haría suponer que el orden está garantizado. Todo lo contrario. Un caso explosivo: la empresa minera Hochschild. La firma tiene bloqueadas sus operaciones por un conflicto externo de los camioneros enviados por Hugo Moyano -el mayor socio K- con los gremios mineros. La historia es la de siempre: los moyanistas bancan por la fuerza su teoría de que “todo lo que rueda, es del gremio camionero”, por lo que pretenden anexar a los trabajadores mineros que manejan camiones dentro de la mina para transportar minerales, herramientas y químicos. Las medidas de fuerza incluyen tapar la salida de la minera con camiones de la gente pro Moyano, o ingresos intempestivos, al estilo de los sabuesos de la AFIP que Kirchner y Echegaray nunca mandaron a Clarín. Uno de los riesgos que se corren con estas acciones es que, en medio de los forcejeos gremiales, algún camionero choque sin querer un depósito de explosivos (típicos de cualquier mina), y que la avanzada sindical termine en un Cromañón patagónico a cielo abierto. Los dueños de Hochschild Mining lograron plantearle esta preocupación a un alto funcionario del Ejecutivo nacional, quien les dio a entender su impotencia y la de las autoridades provinciales para encarrilar a un aliado pinguino del calibre de Moyano, especialmente en una zona liberada como Santa Cruz: “Si fuera por mí, a esa provincia la recortaría del mapa”, se desahogó en privado el funcionario. Otra vez: Gobierno gigante, Estado enano. Néstor lo hizo.
Por eso no es de extrañar que, hace un par de semanas, en una de las reuniones secretas de empresarios con Julio Cobos, el representante de una multinacional le haya preguntado al Vicepresidente si era momento de invertir, y que la respuesta haya sido: “Todavía no, espere.”
Por eso tampoco debería sorprender la escena bizarra del jueves 4 en un club de Belgrano, donde se presentó el nuevo Alfa Romeo: durante el evento, de sorpresa, apareció Carlos Menem, y buena parte de la concurrencia se le fue encima para saludarlo con honores presidenciales, como si se hubiera desactivado el tabú que lo tachaba de políticamente incorrecto y mufa. ¿Habrá sido el “clima destituyente” que denuncian los ideólogos oficialistas? ¿O será el efecto igualador generado por el cinismo desencantado que está intoxicando a la democracia argentina? En todo caso, Néstor lo hizo.
sábado, 5 de septiembre de 2009
UNA DEMOCRACIA LLENA DE HERIDOS
El problema de la democracia argentina de hoy son los heridos, o en todo caso, la dificultad del sistema político para lidiar con ellos. Para ser justos con las instituciones republicanas, hay demasiados heridos y sus lastimaduras duelen demasiado como para pretender un escenario institucional estable, y en esto el kirchnerismo tiene mucha responsabilidad. La lógica K ha sido desde el principio la de dejar un tendal de actores muy golpeados a su paso, muchos de ellos demasiado influyentes como para que se queden callados y mansos lamiendo sus heridas mientras la topadora pingüina siga aplastando cualquier resistencia que se le presente. A esta altura, los heridos se han acumulado, y la lógica de voltear muñecos para resolver conflictos de intereses ya seduce a buena parte de la sociedad, sea o no oficialista.
En el seno del Ejecutivo se huele la sangre propia derramada. La vertiginosa suma de atribuciones concentradas en Aníbal Fernández hiere sensibilidades kirchneristas a diestra y siniestra. Florencio Randazzo no oculta su decepción por haber perdido la chance –en la que depositó muchas expectativas- de asumir la Jefatura de Gabinete, y el consuelo que le dio Néstor Kirchner de dejarle poner un hombre suyo a Daniel Scioli para manejar el conflicto con el campo no le sirve de recompensa sanatoria. Otro que ya se cura las heridas por anticipado ante el avance de Aníbal Fernández es Agustín Rossi, a quien el Jefe de Gabinete quiere correr de la titularidad del bloque K en Diputados, pensando en José María Díaz Bancalari como remplazante. También en el Sedronar hacen las valijas todos los funcionarios vinculados con la lucha antidrogas que no tienen el aval de Aníbal. Su antecesor en la Jefatura de Gabinete, Sergio Massa, también rumia rencor, no contra Aníbal, sino contra el jefe máximo, Néstor Kirchner. Aunque Massa todavía siente los golpes del rústico estilo K, no tiene otra actitud con Scioli, a quien ya le hizo saber que competirá, por las buenas o por las malas, por la gobernación bonaerense.
Pero Scioli tiene sus propias heridas internas. Mientras su hermano Pepe y su lugarteniente en el IOMA, Javier Mouriño, fogonean un despegue definitivo del yugo K, Daniel revisa números que le causan dolor: las cuentas provinciales, de un color rojo sangre que puede verificarse en la incertidumbre de los intendendentes ante la disponibilidad de apenas el 30% del dinero necesario para pagar los próximos salarios estatales de sus municipios. Esa angustia los empuja por ahora a seguir comiendo de la intempestiva mano de Néstor, y lo mismo le pasa al gobernador bonaerense. Pero hay otros números que están por llegar al escritorio de Scioli, que le indicarían una estrategia política opuesta a la obediencia debida: las últimas encuestas realizadas lo alertan sobre el precio en su imagen de haber seguido cerca del kirchnerismo derrotado, en lugar de diferenciarse de modo tajante e irreversible, para salvar su consenso popular.
Pero hay que entenderlo a Scioli, y tener en cuenta que no es gratis darle la espalda a un Néstor cebado por su propia sangre, que chorrea desde su derrota electoral. Dos ex niños mimados del esquema de gobernadores K están hoy en la mira de Néstor: el chaqueño Capitanich y el salteño Urtubey, ambos caudillos jóvenes y ambiciosos, que en medio de la debacle kirchnerista activaron operaciones de instalación presidencial en el circuito político nacional con sede en la Capital Federal.
También en el ex oficialismo hay golpeados que malician contra la furia vengativa de Néstor. Carlos Reutemann no se recupera del operativo K para cortarle las piernas antes de que tomara carrera para el 2011, y su indignación por la movida pensada en Olivos lo llevó incluso a perder la paciencia con su eterno aliado patriarcal, Eduardo Duhalde. A pesar del ataque de nervios del Lole, que le hizo incluso perder la compostura de “gente bien” que tantos votos le suma en cierta clase media y media alta, la fórmula presidencial con el ex corredor a la cabeza sigue en construcción activa, con el aval de nombres importantes del peronismo disidente.
La guerra de los medios de comunicación también está multiplicando heridos de peso. A la reacción lógica del Grupo Clarín se le empiezan a sumar aliados en otras empresas de medios como el Grupo Vila, cuyo titular lanzó un amenazante discurso anti K con tonos públicos que el empresario mendocino suele reservar para sus discusiones íntimas. Dicen que, al margen de los efectos de la ley de Medios en su grupo mediático, Vila está lastimado por tener que esperar más de lo previsto para desembarcar con sus socios en la Asociación del Fútbol Argentino, para apoderarse de la herencia de Julio Grondona.
Otra lastimada es margarita Stolbizer, que está reaccionando a la embestida K de manera paradójica, tal como lo viene haciendo en los últimos tiempos: en lugar de oponerse a la apurada agenda K para cambiar la legislación sobre los medios de comunicación, Margarita dejó saber que los tiempos de la discusión no le parecen tan mal, y en privado disfruta de la mala racha que padece Clarín, a quien culpa principalmente por haber quedado tercera en las elecciones bonaerenses: Stolbizer cree que la polarización entre Kirchner y De Narváez fue un puro e injusto efecto mediático que la dejó fuera de juego antes de tiempo, con la excusa del “voto útil”.
Hasta en el ámbito de las relaciones internacionales la revolución mediática kirchnerista ha dejado cicatrices profundas. En los corrillos diplomáticos europeos lamentan la decisión de la Casa Rosada de elegir la norma digital japonesa-brasileña para implementar la nueva televisión en el país. Los europeos predicen que en unos años los argentinos verificarán que la norma europea les hubiera resultado menos costosa y más compatible comercialmente con la vocación de las productoras argentinas de colocar sus contenidos en los mercados que pagan en euros.
De todos modos, el herido más importante para el futuro de la Argentina sigue siendo Néstor Kirchner, que está haciendo todo lo necesario para salir ileso de su aventura hegemónica. No solo lucha por llegar al 2011 con poder en las manos, sino que trabaja febrilmente para ser el tercero en discordia en la futura elección presidencial, para desde ese lugar de árbitro electoral, con las urnas bajo el brazo y algunos negocios mediáticos y no mediáticos bien abrochados, negociar su apoyo en segunda vuelta a quien le garantice una rendición con juicio justo, o lo que él entiende por eso.
En el seno del Ejecutivo se huele la sangre propia derramada. La vertiginosa suma de atribuciones concentradas en Aníbal Fernández hiere sensibilidades kirchneristas a diestra y siniestra. Florencio Randazzo no oculta su decepción por haber perdido la chance –en la que depositó muchas expectativas- de asumir la Jefatura de Gabinete, y el consuelo que le dio Néstor Kirchner de dejarle poner un hombre suyo a Daniel Scioli para manejar el conflicto con el campo no le sirve de recompensa sanatoria. Otro que ya se cura las heridas por anticipado ante el avance de Aníbal Fernández es Agustín Rossi, a quien el Jefe de Gabinete quiere correr de la titularidad del bloque K en Diputados, pensando en José María Díaz Bancalari como remplazante. También en el Sedronar hacen las valijas todos los funcionarios vinculados con la lucha antidrogas que no tienen el aval de Aníbal. Su antecesor en la Jefatura de Gabinete, Sergio Massa, también rumia rencor, no contra Aníbal, sino contra el jefe máximo, Néstor Kirchner. Aunque Massa todavía siente los golpes del rústico estilo K, no tiene otra actitud con Scioli, a quien ya le hizo saber que competirá, por las buenas o por las malas, por la gobernación bonaerense.
Pero Scioli tiene sus propias heridas internas. Mientras su hermano Pepe y su lugarteniente en el IOMA, Javier Mouriño, fogonean un despegue definitivo del yugo K, Daniel revisa números que le causan dolor: las cuentas provinciales, de un color rojo sangre que puede verificarse en la incertidumbre de los intendendentes ante la disponibilidad de apenas el 30% del dinero necesario para pagar los próximos salarios estatales de sus municipios. Esa angustia los empuja por ahora a seguir comiendo de la intempestiva mano de Néstor, y lo mismo le pasa al gobernador bonaerense. Pero hay otros números que están por llegar al escritorio de Scioli, que le indicarían una estrategia política opuesta a la obediencia debida: las últimas encuestas realizadas lo alertan sobre el precio en su imagen de haber seguido cerca del kirchnerismo derrotado, en lugar de diferenciarse de modo tajante e irreversible, para salvar su consenso popular.
Pero hay que entenderlo a Scioli, y tener en cuenta que no es gratis darle la espalda a un Néstor cebado por su propia sangre, que chorrea desde su derrota electoral. Dos ex niños mimados del esquema de gobernadores K están hoy en la mira de Néstor: el chaqueño Capitanich y el salteño Urtubey, ambos caudillos jóvenes y ambiciosos, que en medio de la debacle kirchnerista activaron operaciones de instalación presidencial en el circuito político nacional con sede en la Capital Federal.
También en el ex oficialismo hay golpeados que malician contra la furia vengativa de Néstor. Carlos Reutemann no se recupera del operativo K para cortarle las piernas antes de que tomara carrera para el 2011, y su indignación por la movida pensada en Olivos lo llevó incluso a perder la paciencia con su eterno aliado patriarcal, Eduardo Duhalde. A pesar del ataque de nervios del Lole, que le hizo incluso perder la compostura de “gente bien” que tantos votos le suma en cierta clase media y media alta, la fórmula presidencial con el ex corredor a la cabeza sigue en construcción activa, con el aval de nombres importantes del peronismo disidente.
La guerra de los medios de comunicación también está multiplicando heridos de peso. A la reacción lógica del Grupo Clarín se le empiezan a sumar aliados en otras empresas de medios como el Grupo Vila, cuyo titular lanzó un amenazante discurso anti K con tonos públicos que el empresario mendocino suele reservar para sus discusiones íntimas. Dicen que, al margen de los efectos de la ley de Medios en su grupo mediático, Vila está lastimado por tener que esperar más de lo previsto para desembarcar con sus socios en la Asociación del Fútbol Argentino, para apoderarse de la herencia de Julio Grondona.
Otra lastimada es margarita Stolbizer, que está reaccionando a la embestida K de manera paradójica, tal como lo viene haciendo en los últimos tiempos: en lugar de oponerse a la apurada agenda K para cambiar la legislación sobre los medios de comunicación, Margarita dejó saber que los tiempos de la discusión no le parecen tan mal, y en privado disfruta de la mala racha que padece Clarín, a quien culpa principalmente por haber quedado tercera en las elecciones bonaerenses: Stolbizer cree que la polarización entre Kirchner y De Narváez fue un puro e injusto efecto mediático que la dejó fuera de juego antes de tiempo, con la excusa del “voto útil”.
Hasta en el ámbito de las relaciones internacionales la revolución mediática kirchnerista ha dejado cicatrices profundas. En los corrillos diplomáticos europeos lamentan la decisión de la Casa Rosada de elegir la norma digital japonesa-brasileña para implementar la nueva televisión en el país. Los europeos predicen que en unos años los argentinos verificarán que la norma europea les hubiera resultado menos costosa y más compatible comercialmente con la vocación de las productoras argentinas de colocar sus contenidos en los mercados que pagan en euros.
De todos modos, el herido más importante para el futuro de la Argentina sigue siendo Néstor Kirchner, que está haciendo todo lo necesario para salir ileso de su aventura hegemónica. No solo lucha por llegar al 2011 con poder en las manos, sino que trabaja febrilmente para ser el tercero en discordia en la futura elección presidencial, para desde ese lugar de árbitro electoral, con las urnas bajo el brazo y algunos negocios mediáticos y no mediáticos bien abrochados, negociar su apoyo en segunda vuelta a quien le garantice una rendición con juicio justo, o lo que él entiende por eso.
LOCOS POR EL RÁTING
Los medios de información son un negocio, aunque ni tan grande como se supone, ni tan generalizado. Es más, los cambios culturales y tecnológicos atados a la globalización tuvieron un efecto paradójico: en los años ’90, la explosión de la oferta mediática (en la Argentina y el mundo) provocaron un crecimiento del consumo informativo, es decir que más gente empezó a dedicarle más horas de su vida a leer, escuchar y mirar medios de comunicación. Eso formó un rulo aparentemente virtuoso con la ola de inversiones multimillonarias en empresas de medios, y alimentó la moda de los multimedios. Esa foto de época muestra una importancia desmesurada del periodismo en la vida pública. Pero la historia siguió, los medios de difusión se multiplicaron, la sobreoferta empezó a saturar a la gente, y la pauta publicitaria y los lectores/oyentes/espectadores/internautas se atomizaron en un laberinto cada vez más inabarcable de demanda dispersa y diversificada. Si a esto se le suma la crisis financiera internacional con que está comenzando el siglo XXI, es fácil comprender que el presunto negoción de los medios no es tal, o en todo caso no es tan importante como para tener en vilo a la sociedad, obsesionar a un gobierno y condicionar a la oposición. Si tanta atención por la guerra mediática tuviera que ver realmente con los millones que hay en juego, sería más razonable que los argentinos hubieran seguido y debatido en masa la puja entre el Gobierno y el Grupo Techint, tema que en rigor se restringió a una élite especializada. La explicación alternativa –y probablemente más acertada- tiene que ver con la influencia que la estructura de propiedad del espacio mediático tiene sobre el funcionamiento de la democracia. Y aquí se oculta el verdadero problema que la clase política y los votantes –tanto oficialistas como opositores- no han llegado por ahora a debatir.
¿No será que estamos exagerando el supuesto poder de los medios de comunicación? O, mejor dicho, ¿no será que tanto dirigentes como ciudadanos comunes hemos abdicado cómodamente de nuestra responsabilidad de hacer política cuerpo a cuerpo, más real y territorial, además de la política virtual que ofrece la arena mediática? ¿Cómo se explica que, detrás de las celebridades del debate político con alto rating, no puedan armarse esquemas consistentes de representación que merezcan llevar el nombre de “partidos políticos”? Mientras la sociedad no se digne a contestarse estas simples preguntas, la bola de nieve de la guerra de los medios y el Gobierno seguirá creciendo a un ritmo y en proporciones desmesuradas, al punto de embarrar la agenda de prioridades de un país con demasiada miseria material e institucional.
Hipocresía 1: Ante la sospecha razonable de que el kirchnerismo podría utilizar una nueva ley de medios para monopolizar la comunicación masiva y armar un negociado personal, la oposición salió a denunciar la maniobra y a proponer leyes alternativas; lo mismo contestaron las empresas más amenazadas. La pregunta es: ¿por qué en un cuarto de siglo de democracia no se llegó a tratar en serio una reforma de la normativa mediática, si tan clave resulta para el sano transcurrir de la vida republicana? ¿Adónde estuvo enfocada la opinión pública todos estos años?
Hipocresía 2: La dirigente ruralista María del Carmen Alarcón fue lapidada mediáticamente en las últimas horas por haberse reintegrado al kirchnerismo como funcionaria agropecuaria. Las denuncias de “borocotización” solo recuerdan su militancia anti K en la guerra del campo, pero no rescatan una anécdota incómoda: luego de uno de los actos fuertes del ruralismo en San Pedro, Alarcón apareció en los canales de noticias como vocera genuina de la protesta de base, y su intervención logró el mayor rating minuto a minuto, lo cual molestó a las celebridades nacientes de la Mesa de Enlace, que ordenaron bajarla de los palcos desde entonces. La misma “censura de palco” le infligieron a Elisa Carrió, también por celos y problemas de cartel, como dicen las vedettes.
Hipocresía 3: En el macrismo sostienen que el Fino Palacios era el mejor jefe disponible para la nueva policía porteña, pero cuando las quejas opositoras empezaron a prender en los medios, los PRO fueron perdiendo la convicción, e incluso Macri llegó, en conferencia de prensa, a echarle la culpa a la opinión pública de la enésima marcha atrás de su gestión.
Hipocresía 4: Los Kirchner gobiernan más que nunca con un ojo puesto en la prensa y otro en la tele. Para recuperar aliados, prometen cambios de rumbo y de estilo, e incluso declaman en privado su disposición a pedirle un paso al costado a personajes polémicos como Guillermo Moreno. Eso sí: solo tomarán esas medidas de Estado cuando los medios dejen de pedirlas, para no mostrar gestos de debilidad ante la opinión pública.
En este pantano de contradicciones y verdades a medias, se debate el proyecto oficial de servicios audiovisuales. En un Congreso que, luego de aquella maniobra K de adelantar las elecciones, quedó desinflado de representatividad. De eso se agarran todos los que se oponen a la nueva ley de medios. Ambos bandos pecan de superficiales. El Gobierno quiere apurar una resolución antes del cambio parlamentario de diciembre, contradiciendo con sus tiempos atolondrados la importancia estructural que el propio discurso oficialista le concede al debate sobre los medios en el futuro de la democracia. Y en la otra vereda, dramatizan esta votación como si fuera la última vez que se discuta el tema: de visita profesional en Buenos Aires, el director de la televisión pública alemana, Eric Bettermann, aconsejó ayer no apurarse a concluir con una sola ley la discusión sobre los medios en democracia. El jefe de la Deutsche Welle asegura que la renovación tecnológica permanente obligará a seguir votando normativa tras normativa para garantizar la calidad democrática del espacio audiovisual de los próximos años. Mande quien mande.
¿No será que estamos exagerando el supuesto poder de los medios de comunicación? O, mejor dicho, ¿no será que tanto dirigentes como ciudadanos comunes hemos abdicado cómodamente de nuestra responsabilidad de hacer política cuerpo a cuerpo, más real y territorial, además de la política virtual que ofrece la arena mediática? ¿Cómo se explica que, detrás de las celebridades del debate político con alto rating, no puedan armarse esquemas consistentes de representación que merezcan llevar el nombre de “partidos políticos”? Mientras la sociedad no se digne a contestarse estas simples preguntas, la bola de nieve de la guerra de los medios y el Gobierno seguirá creciendo a un ritmo y en proporciones desmesuradas, al punto de embarrar la agenda de prioridades de un país con demasiada miseria material e institucional.
Hipocresía 1: Ante la sospecha razonable de que el kirchnerismo podría utilizar una nueva ley de medios para monopolizar la comunicación masiva y armar un negociado personal, la oposición salió a denunciar la maniobra y a proponer leyes alternativas; lo mismo contestaron las empresas más amenazadas. La pregunta es: ¿por qué en un cuarto de siglo de democracia no se llegó a tratar en serio una reforma de la normativa mediática, si tan clave resulta para el sano transcurrir de la vida republicana? ¿Adónde estuvo enfocada la opinión pública todos estos años?
Hipocresía 2: La dirigente ruralista María del Carmen Alarcón fue lapidada mediáticamente en las últimas horas por haberse reintegrado al kirchnerismo como funcionaria agropecuaria. Las denuncias de “borocotización” solo recuerdan su militancia anti K en la guerra del campo, pero no rescatan una anécdota incómoda: luego de uno de los actos fuertes del ruralismo en San Pedro, Alarcón apareció en los canales de noticias como vocera genuina de la protesta de base, y su intervención logró el mayor rating minuto a minuto, lo cual molestó a las celebridades nacientes de la Mesa de Enlace, que ordenaron bajarla de los palcos desde entonces. La misma “censura de palco” le infligieron a Elisa Carrió, también por celos y problemas de cartel, como dicen las vedettes.
Hipocresía 3: En el macrismo sostienen que el Fino Palacios era el mejor jefe disponible para la nueva policía porteña, pero cuando las quejas opositoras empezaron a prender en los medios, los PRO fueron perdiendo la convicción, e incluso Macri llegó, en conferencia de prensa, a echarle la culpa a la opinión pública de la enésima marcha atrás de su gestión.
Hipocresía 4: Los Kirchner gobiernan más que nunca con un ojo puesto en la prensa y otro en la tele. Para recuperar aliados, prometen cambios de rumbo y de estilo, e incluso declaman en privado su disposición a pedirle un paso al costado a personajes polémicos como Guillermo Moreno. Eso sí: solo tomarán esas medidas de Estado cuando los medios dejen de pedirlas, para no mostrar gestos de debilidad ante la opinión pública.
En este pantano de contradicciones y verdades a medias, se debate el proyecto oficial de servicios audiovisuales. En un Congreso que, luego de aquella maniobra K de adelantar las elecciones, quedó desinflado de representatividad. De eso se agarran todos los que se oponen a la nueva ley de medios. Ambos bandos pecan de superficiales. El Gobierno quiere apurar una resolución antes del cambio parlamentario de diciembre, contradiciendo con sus tiempos atolondrados la importancia estructural que el propio discurso oficialista le concede al debate sobre los medios en el futuro de la democracia. Y en la otra vereda, dramatizan esta votación como si fuera la última vez que se discuta el tema: de visita profesional en Buenos Aires, el director de la televisión pública alemana, Eric Bettermann, aconsejó ayer no apurarse a concluir con una sola ley la discusión sobre los medios en democracia. El jefe de la Deutsche Welle asegura que la renovación tecnológica permanente obligará a seguir votando normativa tras normativa para garantizar la calidad democrática del espacio audiovisual de los próximos años. Mande quien mande.
lunes, 24 de agosto de 2009
EXCLUSIVO: LOS MEDIOS MIENTEN
Dijo Perón: “El proceso de captación de la masa, si uno fuera a tomar uno por uno, es inalcanzable. Es algo así como el que quiere terminar con las hormigas agarrándolas una por una y tirándolas al fuego. Hay un procedimiento mucho más eficaz que los hombres olvidan, que es el de tomar la masa en grandes sectores. Los políticos nunca habían utilizado la radio para su acción (…) Imagínense lo que significa la utilización de los medios técnicos en la política, cosa que no habían hecho mis antecesores. Por eso me fue posible, el día anterior a las elecciones, dar una orden que al día siguiente todos cumplieron. Fue así como ganamos las elecciones.” Así relataba el General, a comienzos de la década del ’50, la batalla que le aseguró el poder. El peronismo es un producto de la cultura de masas, y ésta una resultante del desarrollo tecnológico de los medios de comunicación. Por eso, Néstor Kirchner aparece hoy ante los ojos peronistas como un ganador de la política nacional a pesar de haber perdido en las urnas.
Primero los medios, después las urnas y por último los ciudadanos. Por eso Kirchner analizó que su derrota electoral se la debía principalmente a Clarín. Y por eso no perdió tiempo descifrando el mensaje de las urnas: mientras sus empleados distraían a la oposición presuntamente triunfante en mesas de diálogo, él operaba su golpe más audaz contra la Matrix de la opinión pública. El cable sin fútbol no es un negocio seguro, y Clarín sin “los cables” es apenas un diario influyente y rentable. Si a lo que le queda al Grupo además se le retira la pauta oficial, para –como avisó Cristina en el festín de Ezeiza- “reorientarla” hacia otros medios de la competencia, el reinado de Clarín tambalea, justo en un momento de turbulencia interna (por el proceso de recambio generacional que debe encarar la empresa en toda su conducción estratégica), y en un contexto regional de revolución tecnológica de consecuencias impredecibles para el negocio de la información y el entretenimiento. Este escenario explica el clima de euforia que embriagaba a los kirchneristas asistentes al acto de traspaso del fútbol televisado.
La obsesión de los Kirchner con los medios de comunicación no sólo surge de la doctrina de Perón. También aprendieron de la experiencia de Carlos Menem: todavía hoy se escucha a algunos posmenemistas maliciar contra la “alta traición” del Grupo Clarín, a quien creen haberle hecho el favor de convertirlo en un multimedios sin rival, para luego sufrir la puñalada de una campaña sistemática de estigmatización de la era menemista. Así llegamos a un momento en que la clase política argentina desconfía profundamente de la prensa, la radio, la tevé e internet, al mismo tiempo que sus principales caudillos dedican buena parte de su tiempo y dinero a erigirse como magnates de los odiados medios de comunicación. Y en este punto aplica el dilema del huevo y la gallina: ¿los políticos quieren comprar medios porque temen su poder letal, o los medios se volvieron armas letales precisamente en manos de los operadores de la política? Como muchas preguntas teóricas, ya es tarde para responderla, o al menos es tarde para que su respuesta cambie el estado de las cosas. Lo sabe muy bien Kirchner, que es un Homo Pragmaticus disfrazado –como buen pragmático- de Homo Ideologicus.
El tonificante massmediático que acaba de administrarse Kirchner le devolvió la fuerza para soñar a lo grande en el 2011. La duda es si daría la pelea dentro del peronismo o por afuera, pero en todo caso es la misma duda que tienen hoy todos los presidenciables: Cobos coquetea en la cornisa de la UCR, igual que Lilita Carrió. Lo mismo debaten las facciones internas del Properonismo. ¿Se reconstruirá algo parecido a un bipartidismo, o se profundizará esta onda larga de atomización de la oferta electoral? En parte depende de los tiempos de la política, que estará marcado por los vaivenes de la estabilidad institucional. Por ahora, Kirchner parece haberse recuperado del cachetazo electoral, mientras que los espacios opositores verifican que la buena performance en las urnas no les garantiza cohesión interna, sino más bien al revés, a juzgar por la balcanización del antioficialismo y su dramática incapacidad para apropiarse de la agenda pública. Es cierto que sigue vigente la paradoja K, que dice que a más hegemonía, más poder autodestructivo: el kirchnerismo también ha demostrado –como la oposición- su habilidad para malograr un panorama favorable. Así que es posible que, si la oposición no encuentra un liderazgo aglutinador con fuerza para contrapesar a Kirchner, el propio Néstor se enrede en un laberinto de soberbia que lo haga chocar contra la pared, y ese muro está formado por la sociedad civil, llámese Villa 31, militancia ruralista, ligas de consumidores de energía hogareña impagable, fieles católicos escandalizados con las cifras del hambre, etc. El problema es que, mientras tanto, el sector privado teme que no haya nadie que se le pueda plantar a Kirchner cada vez que interviene en el mercado con recursos estatales. Por eso impactó tanto la semana chistosa del Lole Reutemann, quien prácticamente se bajó –por enésima vez- del podio de los presidenciables. Y si la oposición no produce algún emergente que defienda con firmeza los intereses privados mientras dure la iniciativa K, entonces es posible que los empresarios que en los últimos tiempos se animaron tibiamente a diferenciarse del Gobierno vuelvan temerosos a protegerse bajo el ala oficial, lo cual fortalecerá más esta resurrección kirchnerista.
Entonces solo quedará, como ya es costumbre en la democracia argentina, la presión del periodismo contra los actos polémicos del Gobierno. Aunque incluso eso está puesto en duda por estos días. Por ejemplo, en el macrismo acusaron recibo de la lluvia de críticas por la elección del Fino Palacios para comandar la policía porteña. Pero en un segundo análisis, se permitieron dudar de la opinión pública reflejada en los medios de comunicación, y mandaron a medir estadísticamente la valoración de los votantes PRO acerca de la figura del Fino Palacios: dicen que el resultado fue nulo. Casi nadie sabía quién era cuando los encuestadores sondeaban la opinión sobre el personaje. La conclusión que sacaron es que no debían preocuparse tanto por los títulos de los diarios, hasta que el flamante jefe policial comenzara a mostrar los primeros resultados concretos de su gestión. “Hechos, no palabras”, sería la traducción más simple.
Kirchner predica la misma lógica, que hoy es moda en la política: los medios mienten. ¿Será por eso que se los quiere comprar?
Primero los medios, después las urnas y por último los ciudadanos. Por eso Kirchner analizó que su derrota electoral se la debía principalmente a Clarín. Y por eso no perdió tiempo descifrando el mensaje de las urnas: mientras sus empleados distraían a la oposición presuntamente triunfante en mesas de diálogo, él operaba su golpe más audaz contra la Matrix de la opinión pública. El cable sin fútbol no es un negocio seguro, y Clarín sin “los cables” es apenas un diario influyente y rentable. Si a lo que le queda al Grupo además se le retira la pauta oficial, para –como avisó Cristina en el festín de Ezeiza- “reorientarla” hacia otros medios de la competencia, el reinado de Clarín tambalea, justo en un momento de turbulencia interna (por el proceso de recambio generacional que debe encarar la empresa en toda su conducción estratégica), y en un contexto regional de revolución tecnológica de consecuencias impredecibles para el negocio de la información y el entretenimiento. Este escenario explica el clima de euforia que embriagaba a los kirchneristas asistentes al acto de traspaso del fútbol televisado.
La obsesión de los Kirchner con los medios de comunicación no sólo surge de la doctrina de Perón. También aprendieron de la experiencia de Carlos Menem: todavía hoy se escucha a algunos posmenemistas maliciar contra la “alta traición” del Grupo Clarín, a quien creen haberle hecho el favor de convertirlo en un multimedios sin rival, para luego sufrir la puñalada de una campaña sistemática de estigmatización de la era menemista. Así llegamos a un momento en que la clase política argentina desconfía profundamente de la prensa, la radio, la tevé e internet, al mismo tiempo que sus principales caudillos dedican buena parte de su tiempo y dinero a erigirse como magnates de los odiados medios de comunicación. Y en este punto aplica el dilema del huevo y la gallina: ¿los políticos quieren comprar medios porque temen su poder letal, o los medios se volvieron armas letales precisamente en manos de los operadores de la política? Como muchas preguntas teóricas, ya es tarde para responderla, o al menos es tarde para que su respuesta cambie el estado de las cosas. Lo sabe muy bien Kirchner, que es un Homo Pragmaticus disfrazado –como buen pragmático- de Homo Ideologicus.
El tonificante massmediático que acaba de administrarse Kirchner le devolvió la fuerza para soñar a lo grande en el 2011. La duda es si daría la pelea dentro del peronismo o por afuera, pero en todo caso es la misma duda que tienen hoy todos los presidenciables: Cobos coquetea en la cornisa de la UCR, igual que Lilita Carrió. Lo mismo debaten las facciones internas del Properonismo. ¿Se reconstruirá algo parecido a un bipartidismo, o se profundizará esta onda larga de atomización de la oferta electoral? En parte depende de los tiempos de la política, que estará marcado por los vaivenes de la estabilidad institucional. Por ahora, Kirchner parece haberse recuperado del cachetazo electoral, mientras que los espacios opositores verifican que la buena performance en las urnas no les garantiza cohesión interna, sino más bien al revés, a juzgar por la balcanización del antioficialismo y su dramática incapacidad para apropiarse de la agenda pública. Es cierto que sigue vigente la paradoja K, que dice que a más hegemonía, más poder autodestructivo: el kirchnerismo también ha demostrado –como la oposición- su habilidad para malograr un panorama favorable. Así que es posible que, si la oposición no encuentra un liderazgo aglutinador con fuerza para contrapesar a Kirchner, el propio Néstor se enrede en un laberinto de soberbia que lo haga chocar contra la pared, y ese muro está formado por la sociedad civil, llámese Villa 31, militancia ruralista, ligas de consumidores de energía hogareña impagable, fieles católicos escandalizados con las cifras del hambre, etc. El problema es que, mientras tanto, el sector privado teme que no haya nadie que se le pueda plantar a Kirchner cada vez que interviene en el mercado con recursos estatales. Por eso impactó tanto la semana chistosa del Lole Reutemann, quien prácticamente se bajó –por enésima vez- del podio de los presidenciables. Y si la oposición no produce algún emergente que defienda con firmeza los intereses privados mientras dure la iniciativa K, entonces es posible que los empresarios que en los últimos tiempos se animaron tibiamente a diferenciarse del Gobierno vuelvan temerosos a protegerse bajo el ala oficial, lo cual fortalecerá más esta resurrección kirchnerista.
Entonces solo quedará, como ya es costumbre en la democracia argentina, la presión del periodismo contra los actos polémicos del Gobierno. Aunque incluso eso está puesto en duda por estos días. Por ejemplo, en el macrismo acusaron recibo de la lluvia de críticas por la elección del Fino Palacios para comandar la policía porteña. Pero en un segundo análisis, se permitieron dudar de la opinión pública reflejada en los medios de comunicación, y mandaron a medir estadísticamente la valoración de los votantes PRO acerca de la figura del Fino Palacios: dicen que el resultado fue nulo. Casi nadie sabía quién era cuando los encuestadores sondeaban la opinión sobre el personaje. La conclusión que sacaron es que no debían preocuparse tanto por los títulos de los diarios, hasta que el flamante jefe policial comenzara a mostrar los primeros resultados concretos de su gestión. “Hechos, no palabras”, sería la traducción más simple.
Kirchner predica la misma lógica, que hoy es moda en la política: los medios mienten. ¿Será por eso que se los quiere comprar?
CIEN DÍAS QUE CAMBIARÁN TODO Y NADA
Cien días. En números redondos, el plazo que le queda al Gobierno para moverse sin ataduras es equivalente a la luna de miel que supuestamente goza todo mandatario recién asumido, antes de que la opinión pública y las fuerzas opositoras le caigan encima. Un centenar de jornadas. Solo que en este caso, se trata del período que falta cumplirse para que venza la mayoría automática del oficialismo en el Congreso de la Nación. La otra diferencia con una luna de miel poselectoral es que el kirchnerismo encara los próximos cien días luego de una clara derrota en las urnas. Y esa es la novedad politológica: tal como declaró Néstor Kirchner esta semana, el Gobierno ahora no cree que haber perdido una elección -que fue encarada como un plebiscito- sea motivo para revisar sus modos de administrar el poder y los recursos estatales. Más bien, todo lo contrario. La negativa de la mayoría de los votantes del país parece haber liberado las pulsiones “revolucionarias” de la Casa Rosada. Y para un revolucionario que ya controla el sillón presidencial, cien días es una eternidad.
Con la capacidad intacta de cobrar las retenciones a la agroindustria y de reorientar las partidas del Presupuesto nacional, el oficialismo empieza a sentir que aquí no ha pasado nada. La temida embestida opositora poselectoral se derritió al calor moderado de un llamado al diálogo que al Gobierno le salió gratis, salvo algún cafecito y unas galletitas para la tarde. La presión del campo se contuvo como siempre, comprando algunas voluntades regionales, y mareando a la Mesa de Enlace con la misma ranchera sin relaciones. A los consumidores furiosos por los tarifazos se los calma con subsidios fugaces. Y al cuarto poder mediático se lo pasa por encima pegando donde más duele: no en la libertad de expresión, sino en la caja.
Se dice que, a diferencia del socialismo, el capitalismo sobrevive porque integra en su lógica las pasiones más viscerales del ser humano. No se basa en el deber ser, sino en lo que es. El kirchnerismo vive por una dinámica parecida, en torno a las acomodaticias contradicciones ideológicas argentinas. Ser de izquierda en la Argentina de hoy es decir cosas izquierdistas, mientras se hace lo que hay que hacer para acumular poder. Y la derecha es la etiqueta que conviene utilizar para amordazar al adversario de turno. Punto. Lo mismo pasa con el peronismo, o con la vieja política: muletillas para justificar movimientos tácticos en la búsqueda del control más amplio posible de los bienes políticos y económicos de la sociedad. El período de hegemonía de los Kirchner pasará a la historia como el clímax del pragmatismo institucional. Todo por un sueño: y en ese abrazo de Néstor, caben al mismo tiempo Hebe de Bonafini y Julio Grondona, dos íconos de la memoria setentista. Cuando los años ’70 se cierran sobre sí mismos, en un sentido, es el fin de la historia.
Pero, como bien le señalaron desde la izquierda al teórico del “fin de la historia”, Francis Fukuyama, la historia sigue. Y en los próximos cien días se irán revelando los hitos del país que viene. Por lo pronto, la realidad poselectoral muestra un clima enrarecido. Los que supuestamente perdieron, están descorchando champán, como bien saben en el entorno de funcionarios como Florencio Randazzo y Guillermo Moreno, por mencionar un par de caras conocidas. En cambio, los que presuntamente ganaron, se pelean entre ellos, maldicen en silencio su imprevisión, y calculan con mucha incertidumbre los pasos a seguir para reparar lo irreparable: en el directorio de Clarín, hay caras largas, y un estado de asamblea permanente que ha hecho cancelar compromisos privados tradicionales a más de un directivo del Grupo. Los abogados del multimedios orejean una y otra vez las 16 páginas de ese bendito contrato que, a esta altura del análisis jurídico y periodístico, no dice nada que sirva para escandalizar a nadie ni para incomodar a Grondona, el Caballo de Troya que ya suena como una mala palabra en las oficinas de TyC: Don Julio es hoy el Cobos del Grupo Clarín, porque en una noche les votó no positivo. Por eso la empresa que controlaba el fútbol televisado desistió de la tentación incial de ventilar ese contrato que no habían visto ni los presidentes de los clubes involucrados en el mismo. No había nada que mostrar. La única cláusula que podía comprometer al capo de la AFA fue extirpada a pedido de Don Julio en la última renegociación de contrato: el delicado ítem estipulaba que los pagos mensuales de la empresa televisiva irían a parar directamente a los clubes que brindan los rentables espectáculos deportivos, sin pasar por las manos de Grondona. El intocable patriarca del fútbol se plantó y se negó a firmar si no se eliminaba aquel reparto automático de las riquezas. Del lado de TyC le explicaron que eso solo podía hacerse con el consentimiento de los clubes. Grondona levantó un par de teléfonos y lo arregló. La cláusula de coparticipación había muerto: cada mes, los tesoreros de los clubes deberían mendigar en las oficinas de la AFA su cheque, que generalmente tenía fecha de cobro muy diferida. Para hacerse del efectivo rápido, se les recomendaban un par de direcciones donde cambiar los cheques por cash, eso sí, con quitas de hasta el 25%, que también explican la quiebra generalizada que acecha a la mayoría de las instituciones.
Y aquí aparece uno de los debates que podrían animar las tertulias de los intelectuales de Carta Abierta: ¿Qué papel le cabe al Estado en el drama de una actividad social protagonizada por jugadores ricos, dirigentes ricos, e instituciones sin fines de lucro en bancarrota? ¿Regulación reforzada? ¿O intervención justiciera? Si es sincera la reivindicación del rol del Estado que esgrimen los intelectuales filokirchneristas, votarán –testimonialmente, claro- por la regulación. La opción vengadora es, en realidad, otra vía pragmática disfrazada de ideológica para saquear con la espada estatal las arcas de un actor privado dominante, con el objetivo final de repartirse después el botín con los nuevos dueños del negocio, que asegurarán su tasa de rentabilidad volviendo a armar un escenario monopólico. Pero entonces ya no estará Aníbal Fernández, virtual primer ministro K, para pedirle que se haga justicia, y se le regale fútbol gratis al pueblo.
Con la capacidad intacta de cobrar las retenciones a la agroindustria y de reorientar las partidas del Presupuesto nacional, el oficialismo empieza a sentir que aquí no ha pasado nada. La temida embestida opositora poselectoral se derritió al calor moderado de un llamado al diálogo que al Gobierno le salió gratis, salvo algún cafecito y unas galletitas para la tarde. La presión del campo se contuvo como siempre, comprando algunas voluntades regionales, y mareando a la Mesa de Enlace con la misma ranchera sin relaciones. A los consumidores furiosos por los tarifazos se los calma con subsidios fugaces. Y al cuarto poder mediático se lo pasa por encima pegando donde más duele: no en la libertad de expresión, sino en la caja.
Se dice que, a diferencia del socialismo, el capitalismo sobrevive porque integra en su lógica las pasiones más viscerales del ser humano. No se basa en el deber ser, sino en lo que es. El kirchnerismo vive por una dinámica parecida, en torno a las acomodaticias contradicciones ideológicas argentinas. Ser de izquierda en la Argentina de hoy es decir cosas izquierdistas, mientras se hace lo que hay que hacer para acumular poder. Y la derecha es la etiqueta que conviene utilizar para amordazar al adversario de turno. Punto. Lo mismo pasa con el peronismo, o con la vieja política: muletillas para justificar movimientos tácticos en la búsqueda del control más amplio posible de los bienes políticos y económicos de la sociedad. El período de hegemonía de los Kirchner pasará a la historia como el clímax del pragmatismo institucional. Todo por un sueño: y en ese abrazo de Néstor, caben al mismo tiempo Hebe de Bonafini y Julio Grondona, dos íconos de la memoria setentista. Cuando los años ’70 se cierran sobre sí mismos, en un sentido, es el fin de la historia.
Pero, como bien le señalaron desde la izquierda al teórico del “fin de la historia”, Francis Fukuyama, la historia sigue. Y en los próximos cien días se irán revelando los hitos del país que viene. Por lo pronto, la realidad poselectoral muestra un clima enrarecido. Los que supuestamente perdieron, están descorchando champán, como bien saben en el entorno de funcionarios como Florencio Randazzo y Guillermo Moreno, por mencionar un par de caras conocidas. En cambio, los que presuntamente ganaron, se pelean entre ellos, maldicen en silencio su imprevisión, y calculan con mucha incertidumbre los pasos a seguir para reparar lo irreparable: en el directorio de Clarín, hay caras largas, y un estado de asamblea permanente que ha hecho cancelar compromisos privados tradicionales a más de un directivo del Grupo. Los abogados del multimedios orejean una y otra vez las 16 páginas de ese bendito contrato que, a esta altura del análisis jurídico y periodístico, no dice nada que sirva para escandalizar a nadie ni para incomodar a Grondona, el Caballo de Troya que ya suena como una mala palabra en las oficinas de TyC: Don Julio es hoy el Cobos del Grupo Clarín, porque en una noche les votó no positivo. Por eso la empresa que controlaba el fútbol televisado desistió de la tentación incial de ventilar ese contrato que no habían visto ni los presidentes de los clubes involucrados en el mismo. No había nada que mostrar. La única cláusula que podía comprometer al capo de la AFA fue extirpada a pedido de Don Julio en la última renegociación de contrato: el delicado ítem estipulaba que los pagos mensuales de la empresa televisiva irían a parar directamente a los clubes que brindan los rentables espectáculos deportivos, sin pasar por las manos de Grondona. El intocable patriarca del fútbol se plantó y se negó a firmar si no se eliminaba aquel reparto automático de las riquezas. Del lado de TyC le explicaron que eso solo podía hacerse con el consentimiento de los clubes. Grondona levantó un par de teléfonos y lo arregló. La cláusula de coparticipación había muerto: cada mes, los tesoreros de los clubes deberían mendigar en las oficinas de la AFA su cheque, que generalmente tenía fecha de cobro muy diferida. Para hacerse del efectivo rápido, se les recomendaban un par de direcciones donde cambiar los cheques por cash, eso sí, con quitas de hasta el 25%, que también explican la quiebra generalizada que acecha a la mayoría de las instituciones.
Y aquí aparece uno de los debates que podrían animar las tertulias de los intelectuales de Carta Abierta: ¿Qué papel le cabe al Estado en el drama de una actividad social protagonizada por jugadores ricos, dirigentes ricos, e instituciones sin fines de lucro en bancarrota? ¿Regulación reforzada? ¿O intervención justiciera? Si es sincera la reivindicación del rol del Estado que esgrimen los intelectuales filokirchneristas, votarán –testimonialmente, claro- por la regulación. La opción vengadora es, en realidad, otra vía pragmática disfrazada de ideológica para saquear con la espada estatal las arcas de un actor privado dominante, con el objetivo final de repartirse después el botín con los nuevos dueños del negocio, que asegurarán su tasa de rentabilidad volviendo a armar un escenario monopólico. Pero entonces ya no estará Aníbal Fernández, virtual primer ministro K, para pedirle que se haga justicia, y se le regale fútbol gratis al pueblo.
domingo, 16 de agosto de 2009
CIEN DÍAS QUE CAMBIARÁN TODO Y NADA
Cien días. En números redondos, el plazo que le queda al Gobierno para moverse sin ataduras es equivalente a la luna de miel que supuestamente goza todo mandatario recién asumido, antes de que la opinión pública y las fuerzas opositoras le caigan encima. Un centenar de jornadas. Solo que en este caso, se trata del período que falta cumplirse para que venza la mayoría automática del oficialismo en el Congreso de la Nación. La otra diferencia con una luna de miel poselectoral es que el kirchnerismo encara los próximos cien días luego de una clara derrota en las urnas. Y esa es la novedad politológica: tal como declaró Néstor Kirchner esta semana, el Gobierno ahora no cree que haber perdido una elección -que fue encarada como un plebiscito- sea motivo para revisar sus modos de administrar el poder y los recursos estatales. Más bien, todo lo contrario. La negativa de la mayoría de los votantes del país parece haber liberado las pulsiones “revolucionarias” de la Casa Rosada. Y para un revolucionario que ya controla el sillón presidencial, cien días es una eternidad.
Con la capacidad intacta de cobrar las retenciones a la agroindustria y de reorientar las partidas del Presupuesto nacional, el oficialismo empieza a sentir que aquí no ha pasado nada. La temida embestida opositora poselectoral se derritió al calor moderado de un llamado al diálogo que al Gobierno le salió gratis, salvo algún cafecito y unas galletitas para la tarde. La presión del campo se contuvo como siempre, comprando algunas voluntades regionales, y mareando a la Mesa de Enlace con la misma ranchera sin relaciones. A los consumidores furiosos por los tarifazos se los calma con subsidios fugaces. Y al cuarto poder mediático se lo pasa por encima pegando donde más duele: no en la libertad de expresión, sino en la caja.
Se dice que, a diferencia del socialismo, el capitalismo sobrevive porque integra en su lógica las pasiones más viscerales del ser humano. No se basa en el deber ser, sino en lo que es. El kirchnerismo vive por una dinámica parecida, en torno a las acomodaticias contradicciones ideológicas argentinas. Ser de izquierda en la Argentina de hoy es decir cosas izquierdistas, mientras se hace lo que hay que hacer para acumular poder. Y la derecha es la etiqueta que conviene utilizar para amordazar al adversario de turno. Punto. Lo mismo pasa con el peronismo, o con la vieja política: muletillas para justificar movimientos tácticos en la búsqueda del control más amplio posible de los bienes políticos y económicos de la sociedad. El período de hegemonía de los Kirchner pasará a la historia como el clímax del pragmatismo institucional. Todo por un sueño: y en ese abrazo de Néstor, caben al mismo tiempo Hebe de Bonafini y Julio Grondona, dos íconos de la memoria setentista. Cuando los años ’70 se cierran sobre sí mismos, en un sentido, es el fin de la historia.
Pero, como bien le señalaron desde la izquierda al teórico del “fin de la historia”, Francis Fukuyama, la historia sigue. Y en los próximos cien días se irán revelando los hitos del país que viene. Por lo pronto, la realidad poselectoral muestra un clima enrarecido. Los que supuestamente perdieron, están descorchando champán, como bien saben en el entorno de funcionarios como Florencio Randazzo y Guillermo Moreno, por mencionar un par de caras conocidas. En cambio, los que presuntamente ganaron, se pelean entre ellos, maldicen en silencio su imprevisión, y calculan con mucha incertidumbre los pasos a seguir para reparar lo irreparable: en el directorio de Clarín, hay caras largas, y un estado de asamblea permanente que ha hecho cancelar compromisos privados tradicionales a más de un directivo del Grupo. Los abogados del multimedios orejean una y otra vez las 16 páginas de ese bendito contrato que, a esta altura del análisis jurídico y periodístico, no dice nada que sirva para escandalizar a nadie ni para incomodar a Grondona, el Caballo de Troya que ya suena como una mala palabra en las oficinas de TyC: Don Julio es hoy el Cobos del Grupo Clarín, porque en una noche les votó no positivo. Por eso la empresa que controlaba el fútbol televisado desistió de la tentación incial de ventilar ese contrato que no habían visto ni los presidentes de los clubes involucrados en el mismo. No había nada que mostrar. La única cláusula que podía comprometer al capo de la AFA fue extirpada a pedido de Don Julio en la última renegociación de contrato: el delicado ítem estipulaba que los pagos mensuales de la empresa televisiva irían a parar directamente a los clubes que brindan los rentables espectáculos deportivos, sin pasar por las manos de Grondona. El intocable patriarca del fútbol se plantó y se negó a firmar si no se eliminaba aquel reparto automático de las riquezas. Del lado de TyC le explicaron que eso solo podía hacerse con el consentimiento de los clubes. Grondona levantó un par de teléfonos y lo arregló. La cláusula de coparticipación había muerto: cada mes, los tesoreros de los clubes deberían mendigar en las oficinas de la AFA su cheque, que generalmente tenía fecha de cobro muy diferida. Para hacerse del efectivo rápido, se les recomendaban un par de direcciones donde cambiar los cheques por cash, eso sí, con quitas de hasta el 25%, que también explican la quiebra generalizada que acecha a la mayoría de las instituciones.
Y aquí aparece uno de los debates que podrían animar las tertulias de los intelectuales de Carta Abierta: ¿Qué papel le cabe al Estado en el drama de una actividad social protagonizada por jugadores ricos, dirigentes ricos, e instituciones sin fines de lucro en bancarrota? ¿Regulación reforzada? ¿O intervención justiciera? Si es sincera la reivindicación del rol del Estado que esgrimen los intelectuales filokirchneristas, votarán –testimonialmente, claro- por la regulación. La opción vengadora es, en realidad, otra vía pragmática disfrazada de ideológica para saquear con la espada estatal las arcas de un actor privado dominante, con el objetivo final de repartirse después el botín con los nuevos dueños del negocio, que asegurarán su tasa de rentabilidad volviendo a armar un escenario monopólico. Pero entonces ya no estará Aníbal Fernández, virtual primer ministro K, para pedirle que se haga justicia, y se le regale fútbol gratis al pueblo.
Con la capacidad intacta de cobrar las retenciones a la agroindustria y de reorientar las partidas del Presupuesto nacional, el oficialismo empieza a sentir que aquí no ha pasado nada. La temida embestida opositora poselectoral se derritió al calor moderado de un llamado al diálogo que al Gobierno le salió gratis, salvo algún cafecito y unas galletitas para la tarde. La presión del campo se contuvo como siempre, comprando algunas voluntades regionales, y mareando a la Mesa de Enlace con la misma ranchera sin relaciones. A los consumidores furiosos por los tarifazos se los calma con subsidios fugaces. Y al cuarto poder mediático se lo pasa por encima pegando donde más duele: no en la libertad de expresión, sino en la caja.
Se dice que, a diferencia del socialismo, el capitalismo sobrevive porque integra en su lógica las pasiones más viscerales del ser humano. No se basa en el deber ser, sino en lo que es. El kirchnerismo vive por una dinámica parecida, en torno a las acomodaticias contradicciones ideológicas argentinas. Ser de izquierda en la Argentina de hoy es decir cosas izquierdistas, mientras se hace lo que hay que hacer para acumular poder. Y la derecha es la etiqueta que conviene utilizar para amordazar al adversario de turno. Punto. Lo mismo pasa con el peronismo, o con la vieja política: muletillas para justificar movimientos tácticos en la búsqueda del control más amplio posible de los bienes políticos y económicos de la sociedad. El período de hegemonía de los Kirchner pasará a la historia como el clímax del pragmatismo institucional. Todo por un sueño: y en ese abrazo de Néstor, caben al mismo tiempo Hebe de Bonafini y Julio Grondona, dos íconos de la memoria setentista. Cuando los años ’70 se cierran sobre sí mismos, en un sentido, es el fin de la historia.
Pero, como bien le señalaron desde la izquierda al teórico del “fin de la historia”, Francis Fukuyama, la historia sigue. Y en los próximos cien días se irán revelando los hitos del país que viene. Por lo pronto, la realidad poselectoral muestra un clima enrarecido. Los que supuestamente perdieron, están descorchando champán, como bien saben en el entorno de funcionarios como Florencio Randazzo y Guillermo Moreno, por mencionar un par de caras conocidas. En cambio, los que presuntamente ganaron, se pelean entre ellos, maldicen en silencio su imprevisión, y calculan con mucha incertidumbre los pasos a seguir para reparar lo irreparable: en el directorio de Clarín, hay caras largas, y un estado de asamblea permanente que ha hecho cancelar compromisos privados tradicionales a más de un directivo del Grupo. Los abogados del multimedios orejean una y otra vez las 16 páginas de ese bendito contrato que, a esta altura del análisis jurídico y periodístico, no dice nada que sirva para escandalizar a nadie ni para incomodar a Grondona, el Caballo de Troya que ya suena como una mala palabra en las oficinas de TyC: Don Julio es hoy el Cobos del Grupo Clarín, porque en una noche les votó no positivo. Por eso la empresa que controlaba el fútbol televisado desistió de la tentación incial de ventilar ese contrato que no habían visto ni los presidentes de los clubes involucrados en el mismo. No había nada que mostrar. La única cláusula que podía comprometer al capo de la AFA fue extirpada a pedido de Don Julio en la última renegociación de contrato: el delicado ítem estipulaba que los pagos mensuales de la empresa televisiva irían a parar directamente a los clubes que brindan los rentables espectáculos deportivos, sin pasar por las manos de Grondona. El intocable patriarca del fútbol se plantó y se negó a firmar si no se eliminaba aquel reparto automático de las riquezas. Del lado de TyC le explicaron que eso solo podía hacerse con el consentimiento de los clubes. Grondona levantó un par de teléfonos y lo arregló. La cláusula de coparticipación había muerto: cada mes, los tesoreros de los clubes deberían mendigar en las oficinas de la AFA su cheque, que generalmente tenía fecha de cobro muy diferida. Para hacerse del efectivo rápido, se les recomendaban un par de direcciones donde cambiar los cheques por cash, eso sí, con quitas de hasta el 25%, que también explican la quiebra generalizada que acecha a la mayoría de las instituciones.
Y aquí aparece uno de los debates que podrían animar las tertulias de los intelectuales de Carta Abierta: ¿Qué papel le cabe al Estado en el drama de una actividad social protagonizada por jugadores ricos, dirigentes ricos, e instituciones sin fines de lucro en bancarrota? ¿Regulación reforzada? ¿O intervención justiciera? Si es sincera la reivindicación del rol del Estado que esgrimen los intelectuales filokirchneristas, votarán –testimonialmente, claro- por la regulación. La opción vengadora es, en realidad, otra vía pragmática disfrazada de ideológica para saquear con la espada estatal las arcas de un actor privado dominante, con el objetivo final de repartirse después el botín con los nuevos dueños del negocio, que asegurarán su tasa de rentabilidad volviendo a armar un escenario monopólico. Pero entonces ya no estará Aníbal Fernández, virtual primer ministro K, para pedirle que se haga justicia, y se le regale fútbol gratis al pueblo.
viernes, 14 de agosto de 2009
EL HAMBRE Y LAS GANAS DE COMER
Cuando Miguel Angel Pichetto habla de más, hay que prestar atención. El senador kirchnerista se pasó de sincero aquella noche de la 125, cuando en medio de la desesperación por los números que no cerraban, le recordó a Julio Cobos los códigos mudos de la política real, esos que los legisladores no pronuncian desde sus bancas ante las cámaras de TV, salvo que estén al borde de un ataque de nervios. Esta semana, Pichetto volvió a nombrar el tema tabú: la gobernabilidad. En plena discusión con sus colegas opositores –y presionado por la obediencia desganada de los oficialistas-, el jefe de los senadores K le preguntó a sus interlocutores si los iban a dejar gobernar. La pregunta causó sorpresa, y hasta un poco de incomodidad, porque en realidad sonó como una advertencia, la misma que se ensayaba durante la campaña electoral, cuando el kirchnerismo se veía mal en las encuestas. Ante el panorama sombrío, el oficialismo agitaba el fantasma de la crisis institucional, vendiendo la amarga opción “yo o el caos”. Ahora vuelve a hacerlo, en boca de Pichetto, aunque resulte muy discordante con la agenda dialoguista que administra la Presidenta en la Casa Rosada. ¿Cómo interpretar esa interferencia, ese ruido en el discurso K?
El aparente exabrupto del senador Pichetto tiene varias lecturas. Una de ellas es que se trata del blanqueo verbal de un rumor infundado que esta semana volvió a merodear como un fantasma por los pasillos del Congreso: los Kirchner evalúan escenarios de salida anticipada, si los síntomas de despoder se siguen acumulando. Como sucedió con el sorpresivo adelantamiento de las elecciones pergeñado por Néstor Kirchner, esta hipótesis de crisis institucional parece orientada a complicar los planes de los nuevos líderes de la oposición, que hoy manejan sus estrategias con la mirada puesta en el 2011. Tanto Macri, Reuteman o Cobos no ven con simpatía la posibilidad de tener que decidirse ya mismo a pelear una elección presidencial anticipada. El espacio más complicado es el cobismo, que teme verse enfrentado a la obligación de heredar el poder en plena turbulencia económica y política. Por eso en el panradicalismo especulan con las opciones que hoy tiene disponible Cobos, entre las que se encuentra la posibilidad de renunciar pronto a su cargo de vice, para no tener que hacerse cargo de una eventual defección K. Incluso no se descarta que los rumores que volvieron a agitar las bambalinas del Parlamento no hayan surgido del kirchnerismo sino de los operadores más maquiavélicos del panradicalismo. Sea como sea, Pichetto los recogió y los volvió casi explícitos durante las sesiones públicas.
Hay una lectura más sencilla. El paradigma de conducción hegemónica de la tropa K quedó desactualizado, y el certificado de decrepitud fue extendido durante los debates legislativos de esta semana. Durante las discusiones por los tarifazos, el kirchnerismo tuvo que rascar el fondo de la olla para sostener su postura con votos prestados, ante la reticencia de muchos peronistas que antes no se hacían rogar tanto. Tal fue el clima de incertidumbre, que se abrió la puerta a escenas poco habituales en el folclore K: funcionarios técnicos del área de Energía tuvieron que asistir al Congreso y aguantar un tiroteo de cuestionamientos que duró horas, para aplacar las dudas de aliados y hasta de soldados de la tropa oficial. Más allá de las cuestiones presupuestarias opinables, bancar un tarifazo feroz de los servicios a un mes de la derrota en las urnas no debe ser nada fácil para los capataces parlamentarios del matrimonio Kirchner. Y aunque el oficialismo logró pilotear por ahora la situación, el saldo que arrojó la crisis del gas en el Congreso fue la evidencia de que ya casi no quedan talibanes kirchneristas dispuestos a sostener medidas impopulares, y también quedó claro que en la trastienda legislativa crece un consenso entre oficialistas y opositores de que hay temas en los que tarde o temprano el Ejecutivo encontrará un límite infranqueable, parecido al que se topó cuando quiso aumentar las retenciones a las exportaciones del campo.
Sin embargo, la inquietante advertencia de Pichetto se parece más a una versión más descarnada y “nestorista” del llamado al diálogo del Gobierno hacia la oposición. Con su hábil convocatoria, el oficialismo logró reavivar tensiones internas de los frentes opositores, y retomar el protagonismo de la agenda mediática, dejando al resto de los partidos en una especie de limbo que le ha permitido ganar tiempo al kirchnerismo para digerir parcialmente los efectos del revés electoral sufrido. De hecho, si se lo mira de cerca, el fruto que ha sacado la oposición de su participación en las mesas K es más bien desabrido y nada jugoso. Por ejemplo, en la catarata de enroques y sacudidas oficiales en secretarías y ministerios, ningún cargo le ha sido ni siquiera ofrecido a figuras cercanas a la oposición; más bien, al contrario, el kirchnerismo parece estar usando estos cambios para atrincherarse con sus incondicionales o para tener cartas disponibles para renegociar acuerdos de lealtad con sus aliados de siempre. Es cierto que la oposición ya puso en la mira de sus pretensiones los diversos organismos de control de los recursos del Estado, muchos de ellos vinculados con el Congreso. Y aunque por ahora el oficialismo sigue haciendo valer su quórum propio, a medida que se acerque el gran recambio parlamentario de diciembre, esas riendas K se irán aflojando e incluso cortando. Esa presión, que ya se está haciendo sentir, es la que Pichetto busca neutralizar o al menos patear para adelante, lanzándole a los no kirchneristas el falso dilema de optar entre el dialoguismo y el golpismo. Para zafar de esa trampa dialéctica, el abanico opositor busca rápidamente nuevos caballitos de batalla que le devuelvan el protagonismo mediático perdido. Pero mientras los ganadores de las elcciones del 28 de junio piensan en fórmulas gancheras de llamar la atención pública, en la sociedad civil estalla un tema que ya puso nervioso al Gobierno: el hambre. Mientras los partidos opositores discuten candidaturas hacia adentro y pulsean verbalmente con la Casa Rosada por cuestiones institucionales, los medios, la Iglesia, las ongs y hasta sectores del sindicalismo recuperan un debate que pudo haber sido el leit motiv de la campaña electoral. Pero no lo fue, y ahora los políticos, oficialistas y opositores, reaccionan como suelen hcerlo en estos casos: se hacen los distraídos hasta que pase la ola, y si ven que la ola amenaza con revolcarlos, ahí empiezan a correr, antes que sea demasiado tarde.
El aparente exabrupto del senador Pichetto tiene varias lecturas. Una de ellas es que se trata del blanqueo verbal de un rumor infundado que esta semana volvió a merodear como un fantasma por los pasillos del Congreso: los Kirchner evalúan escenarios de salida anticipada, si los síntomas de despoder se siguen acumulando. Como sucedió con el sorpresivo adelantamiento de las elecciones pergeñado por Néstor Kirchner, esta hipótesis de crisis institucional parece orientada a complicar los planes de los nuevos líderes de la oposición, que hoy manejan sus estrategias con la mirada puesta en el 2011. Tanto Macri, Reuteman o Cobos no ven con simpatía la posibilidad de tener que decidirse ya mismo a pelear una elección presidencial anticipada. El espacio más complicado es el cobismo, que teme verse enfrentado a la obligación de heredar el poder en plena turbulencia económica y política. Por eso en el panradicalismo especulan con las opciones que hoy tiene disponible Cobos, entre las que se encuentra la posibilidad de renunciar pronto a su cargo de vice, para no tener que hacerse cargo de una eventual defección K. Incluso no se descarta que los rumores que volvieron a agitar las bambalinas del Parlamento no hayan surgido del kirchnerismo sino de los operadores más maquiavélicos del panradicalismo. Sea como sea, Pichetto los recogió y los volvió casi explícitos durante las sesiones públicas.
Hay una lectura más sencilla. El paradigma de conducción hegemónica de la tropa K quedó desactualizado, y el certificado de decrepitud fue extendido durante los debates legislativos de esta semana. Durante las discusiones por los tarifazos, el kirchnerismo tuvo que rascar el fondo de la olla para sostener su postura con votos prestados, ante la reticencia de muchos peronistas que antes no se hacían rogar tanto. Tal fue el clima de incertidumbre, que se abrió la puerta a escenas poco habituales en el folclore K: funcionarios técnicos del área de Energía tuvieron que asistir al Congreso y aguantar un tiroteo de cuestionamientos que duró horas, para aplacar las dudas de aliados y hasta de soldados de la tropa oficial. Más allá de las cuestiones presupuestarias opinables, bancar un tarifazo feroz de los servicios a un mes de la derrota en las urnas no debe ser nada fácil para los capataces parlamentarios del matrimonio Kirchner. Y aunque el oficialismo logró pilotear por ahora la situación, el saldo que arrojó la crisis del gas en el Congreso fue la evidencia de que ya casi no quedan talibanes kirchneristas dispuestos a sostener medidas impopulares, y también quedó claro que en la trastienda legislativa crece un consenso entre oficialistas y opositores de que hay temas en los que tarde o temprano el Ejecutivo encontrará un límite infranqueable, parecido al que se topó cuando quiso aumentar las retenciones a las exportaciones del campo.
Sin embargo, la inquietante advertencia de Pichetto se parece más a una versión más descarnada y “nestorista” del llamado al diálogo del Gobierno hacia la oposición. Con su hábil convocatoria, el oficialismo logró reavivar tensiones internas de los frentes opositores, y retomar el protagonismo de la agenda mediática, dejando al resto de los partidos en una especie de limbo que le ha permitido ganar tiempo al kirchnerismo para digerir parcialmente los efectos del revés electoral sufrido. De hecho, si se lo mira de cerca, el fruto que ha sacado la oposición de su participación en las mesas K es más bien desabrido y nada jugoso. Por ejemplo, en la catarata de enroques y sacudidas oficiales en secretarías y ministerios, ningún cargo le ha sido ni siquiera ofrecido a figuras cercanas a la oposición; más bien, al contrario, el kirchnerismo parece estar usando estos cambios para atrincherarse con sus incondicionales o para tener cartas disponibles para renegociar acuerdos de lealtad con sus aliados de siempre. Es cierto que la oposición ya puso en la mira de sus pretensiones los diversos organismos de control de los recursos del Estado, muchos de ellos vinculados con el Congreso. Y aunque por ahora el oficialismo sigue haciendo valer su quórum propio, a medida que se acerque el gran recambio parlamentario de diciembre, esas riendas K se irán aflojando e incluso cortando. Esa presión, que ya se está haciendo sentir, es la que Pichetto busca neutralizar o al menos patear para adelante, lanzándole a los no kirchneristas el falso dilema de optar entre el dialoguismo y el golpismo. Para zafar de esa trampa dialéctica, el abanico opositor busca rápidamente nuevos caballitos de batalla que le devuelvan el protagonismo mediático perdido. Pero mientras los ganadores de las elcciones del 28 de junio piensan en fórmulas gancheras de llamar la atención pública, en la sociedad civil estalla un tema que ya puso nervioso al Gobierno: el hambre. Mientras los partidos opositores discuten candidaturas hacia adentro y pulsean verbalmente con la Casa Rosada por cuestiones institucionales, los medios, la Iglesia, las ongs y hasta sectores del sindicalismo recuperan un debate que pudo haber sido el leit motiv de la campaña electoral. Pero no lo fue, y ahora los políticos, oficialistas y opositores, reaccionan como suelen hcerlo en estos casos: se hacen los distraídos hasta que pase la ola, y si ven que la ola amenaza con revolcarlos, ahí empiezan a correr, antes que sea demasiado tarde.
GENTE QUE BUSCA GENTE
Dos grandes muy golpeados por los resultados electorales de hace un mes, están guardando silencio mientras diseñan caminos de regreso al centro de la escena: Néstor Kirchner y Elisa Carrió. Ambos estudian cómo aprovechar la banca que los espera en el Congreso a fin de año. Y cuentan como si fueran porotos los soldados leales que todavía conservan en su tropa. En plena moda del diálogo multisectorial y ecuménico –sincero o puramente protocolar, según los casos-, los dos saben que por ahora son exiliados mediáticos, porque sus estilos confrontativos no encajan con el actual clima de consenso, y un viraje cosmético en sus estilos no sería nada creíble ante la opinión pública, y en lo personal les resultaría fastidioso hacerse los buenitos luego de haber sido cacheteados por las urnas. El problema que Néstor y Lilita enfrentan por estos días es cómo reinventarse, justo en un momento en que sus propios aliados desconfían de ellos e intentan despegarse para llegar vivos al 2011. Tanto kirchneristas como aristas disienten en la intimidad con la resistencia de sus jefes a contribuir a una tregua poselectoral, aunque muchos de ellos siguen obedeciendo en público la orden de no bajar las banderas.
La verdad es que cada vez menos operadores políticos creen en las chances de reconstruir una alternativa de poder alrededor de Carrió o de Kirchner, aunque estas figuras gocen de la magia de los que alguna vez fueron líderes carismáticos: siempre merodea el mito del Ave Fénix, siempre queda la chance, al menos en teoría, de que encuentren la fórmula para renacer de sus propias cenizas. Para alimentar esa fábula del eterno retorno, Kirchner agitó en las últimas semanas dos escenarios, que le reservarían un protagonismo inquietante: a) el revival de su experimento “transversal”, y b) una candidatura a la gobernación bonaerense. Por otros medios y con otros actores de reparto, Lilita garabatea guiones de la misma película. Desde su fugaz exilio en Cancún, del que volverá el 6 de agosto, manda señales esotéricas para evitar que la den por derrotada, luego del estallido de la alianza panradical, detonado por las diferencias de postura ante la convocatoria al diálogo del Gobierno. Ella también siente la necesidad de barajar y dar de nuevo, para no quedar subordinada a la mega interna de radicales y posradicales, donde ella es una jugadora de peso, pero sin el protagonismo y el voto de oro que supo disfrutar en los últimos años gracias a sus armados cuentapropistas. Carrió extraña las comodidades de su Pyme electoral, que oscilaba entre las formas de un partido democrático-pluralista y el verticalismo de una secta esotérica con discurso republicano. La cuestión es con qué argumento enamorar a sus apóstoles desencantados y cómo sumar socios extrapartidarios que le temen a los arranques de divismo mediático de una carrió que, como Kirchner y hasta como el bolivariano Hugo Chávez, ha cultivado demasiado la manía de tomar decisiones estratégicas en soledad, y dejar que sus socios se enteren de las novedades por los noticieros. Como Néstor, Elisa también coquetea con la idea de armarse una candidatura a gobernadora bonaerense. En esa línea interpretan en el Acuerdo Cívico su mudanza de Barrio Norte a Vicente López. Es cierto que el cambio de domicilio estaba charlado desde antes de las elecciones, pero la deslucida performance de Carrió en las urnas confirmó la decisión. En los próximos años, en Capital queda un pasillo muy estrecho para la carrera de Lilita, apretujada entre el batacazo del espacio de Pino Solanas y la continuidad de la propuesta macrista, con Mauricio o con Gabriela a la cabeza en el distrito. Queda, entonces, la lotería de la provincia de Buenos Aires: como un espejo astillado, el distrito refleja la balcanización endémica de la política nacional. Y a río revuelto, salvación de pescadores: llámese Carrió, Kirchner, Stolbizer, Scioli, Duhalde o De Narváez. Todo el que busca su destino entre las brumas que tapan el horizonte 2011 tratan de hacer pie en la Provincia, para desensillar hasta que aclare.
Claro que no todos los casos son iguales. Por ejemplo, el Colorado De Narváez apunta al sillón de mando que está en la ciudad de La Plata, pero su mayor angustia está en quién será su socio la Casa Rosada. Todo indicaría que Macri es su aliado natural para controlar el Panperonismo Pro, pero la lógica política argentina enseña que precisamente ese tipo de certezas suele ser una trampa mortal para los ingenuos. En política, el camino más corto entre dos puntos no suele ser la recta. Y los más hábiles para avanzar en zigzag se quedan con el premio. Por eso en el “coloradismo” que trabaja en horarios de oficina en el búnker de Las Cañitas estudian también la opción Lole Reutemann, que funcionaría como una especie de Michael Schumacher en Ferrari, en el caso de que el piloto actual de la escudería properonista quede fuera de carrera por algún accidente que le impida ver con claridad la meta presidencial.
La otra carta en la manga que guarda De Narváez es la alianza con Julio Cobos, con quien se está mostrando muy seguido en los últimos tiempos. Tan seguido, que incluso da para desconfiar de que la charla vaya en serio, y no sea más que un gesto provocador disuasivo del “Colorado” hacia la multi interna properonista. Mostrándose con el vicepresidente -quien mantiene la mejor imagen en las encuestas que sondean el escenario 2011-, De Narváez se sube el precio ante los armados duhaldistas y de la liga de los caudillos federales del PJ disidente, que ven en Macri un mascarón de proa interesante, pero que ningunean al “Colorado” como un par con derecho a votar en la mesa chica del peronismo.
Un juego disuasivo similar hace Cobos sacándose fotos con De Narváez, solo que sus gestos están dirigidos a la interna panradical. El vice no se resigna a prestar sus altos índices de aprobación ciudadana a los eternos prestidigitadores del radicalismo, y tampoco a los espasmos tácticos de Lilita. Aunque la coyuntura poselectoral parece haber alumbrado un momento de restauración de la cultura de partidos, sus caras más convocantes siguen desconfiando de que la democracia tradicional esté en vías de recuperación, por eso siguen tejiendo sus propias transversalidades relámpago al calor de las mediciones de rating. Nadie que sienta poseer votos propios desea encadenarse a la laberíntica dinámica de los partidos políticos, y Cobos no es la excepción. Y si De Narváez puede ser un buen socio para la Provincia, tal vez Margarita Stolbizer pueda ser –según fantasean en sus asiduas charlas íntimas- una vice ideal para Cobos presidente, que precisa en su proyecto un poco de peronismo pero no tanto (De Narváez) y otro poco de Lilismo pero no tanto (Stolbizer). Lo único que no queda claro es quién pagará el costo político y financiero de pacificar al ruralismo amotinado: tal vez sea esa la última, amarga y paradójica misión histórica del kirchnerismo tardío.
La verdad es que cada vez menos operadores políticos creen en las chances de reconstruir una alternativa de poder alrededor de Carrió o de Kirchner, aunque estas figuras gocen de la magia de los que alguna vez fueron líderes carismáticos: siempre merodea el mito del Ave Fénix, siempre queda la chance, al menos en teoría, de que encuentren la fórmula para renacer de sus propias cenizas. Para alimentar esa fábula del eterno retorno, Kirchner agitó en las últimas semanas dos escenarios, que le reservarían un protagonismo inquietante: a) el revival de su experimento “transversal”, y b) una candidatura a la gobernación bonaerense. Por otros medios y con otros actores de reparto, Lilita garabatea guiones de la misma película. Desde su fugaz exilio en Cancún, del que volverá el 6 de agosto, manda señales esotéricas para evitar que la den por derrotada, luego del estallido de la alianza panradical, detonado por las diferencias de postura ante la convocatoria al diálogo del Gobierno. Ella también siente la necesidad de barajar y dar de nuevo, para no quedar subordinada a la mega interna de radicales y posradicales, donde ella es una jugadora de peso, pero sin el protagonismo y el voto de oro que supo disfrutar en los últimos años gracias a sus armados cuentapropistas. Carrió extraña las comodidades de su Pyme electoral, que oscilaba entre las formas de un partido democrático-pluralista y el verticalismo de una secta esotérica con discurso republicano. La cuestión es con qué argumento enamorar a sus apóstoles desencantados y cómo sumar socios extrapartidarios que le temen a los arranques de divismo mediático de una carrió que, como Kirchner y hasta como el bolivariano Hugo Chávez, ha cultivado demasiado la manía de tomar decisiones estratégicas en soledad, y dejar que sus socios se enteren de las novedades por los noticieros. Como Néstor, Elisa también coquetea con la idea de armarse una candidatura a gobernadora bonaerense. En esa línea interpretan en el Acuerdo Cívico su mudanza de Barrio Norte a Vicente López. Es cierto que el cambio de domicilio estaba charlado desde antes de las elecciones, pero la deslucida performance de Carrió en las urnas confirmó la decisión. En los próximos años, en Capital queda un pasillo muy estrecho para la carrera de Lilita, apretujada entre el batacazo del espacio de Pino Solanas y la continuidad de la propuesta macrista, con Mauricio o con Gabriela a la cabeza en el distrito. Queda, entonces, la lotería de la provincia de Buenos Aires: como un espejo astillado, el distrito refleja la balcanización endémica de la política nacional. Y a río revuelto, salvación de pescadores: llámese Carrió, Kirchner, Stolbizer, Scioli, Duhalde o De Narváez. Todo el que busca su destino entre las brumas que tapan el horizonte 2011 tratan de hacer pie en la Provincia, para desensillar hasta que aclare.
Claro que no todos los casos son iguales. Por ejemplo, el Colorado De Narváez apunta al sillón de mando que está en la ciudad de La Plata, pero su mayor angustia está en quién será su socio la Casa Rosada. Todo indicaría que Macri es su aliado natural para controlar el Panperonismo Pro, pero la lógica política argentina enseña que precisamente ese tipo de certezas suele ser una trampa mortal para los ingenuos. En política, el camino más corto entre dos puntos no suele ser la recta. Y los más hábiles para avanzar en zigzag se quedan con el premio. Por eso en el “coloradismo” que trabaja en horarios de oficina en el búnker de Las Cañitas estudian también la opción Lole Reutemann, que funcionaría como una especie de Michael Schumacher en Ferrari, en el caso de que el piloto actual de la escudería properonista quede fuera de carrera por algún accidente que le impida ver con claridad la meta presidencial.
La otra carta en la manga que guarda De Narváez es la alianza con Julio Cobos, con quien se está mostrando muy seguido en los últimos tiempos. Tan seguido, que incluso da para desconfiar de que la charla vaya en serio, y no sea más que un gesto provocador disuasivo del “Colorado” hacia la multi interna properonista. Mostrándose con el vicepresidente -quien mantiene la mejor imagen en las encuestas que sondean el escenario 2011-, De Narváez se sube el precio ante los armados duhaldistas y de la liga de los caudillos federales del PJ disidente, que ven en Macri un mascarón de proa interesante, pero que ningunean al “Colorado” como un par con derecho a votar en la mesa chica del peronismo.
Un juego disuasivo similar hace Cobos sacándose fotos con De Narváez, solo que sus gestos están dirigidos a la interna panradical. El vice no se resigna a prestar sus altos índices de aprobación ciudadana a los eternos prestidigitadores del radicalismo, y tampoco a los espasmos tácticos de Lilita. Aunque la coyuntura poselectoral parece haber alumbrado un momento de restauración de la cultura de partidos, sus caras más convocantes siguen desconfiando de que la democracia tradicional esté en vías de recuperación, por eso siguen tejiendo sus propias transversalidades relámpago al calor de las mediciones de rating. Nadie que sienta poseer votos propios desea encadenarse a la laberíntica dinámica de los partidos políticos, y Cobos no es la excepción. Y si De Narváez puede ser un buen socio para la Provincia, tal vez Margarita Stolbizer pueda ser –según fantasean en sus asiduas charlas íntimas- una vice ideal para Cobos presidente, que precisa en su proyecto un poco de peronismo pero no tanto (De Narváez) y otro poco de Lilismo pero no tanto (Stolbizer). Lo único que no queda claro es quién pagará el costo político y financiero de pacificar al ruralismo amotinado: tal vez sea esa la última, amarga y paradójica misión histórica del kirchnerismo tardío.
martes, 28 de julio de 2009
A UN MES DE LAS URNAS
A casi un mes de las elecciones, ya es tiempo de hacer un balance colectivo sobre el efecto de las urnas en el ordenamiento de un mapa político en crisis. Al contrario de los augurios apocalípticos de opositores y oficialistas, nada explotó el lunes 29 de junio; aunque sí hubo una serie de implosiones en todos los bandos en pugna que marcan el nuevo escenario de la democracia. En resumen: nada cambió, pero todo está cambiando.
Entre los equilibrios que no se alteraron tanto como parece está la pulseada Gobierno-oposición. Si bien el cachetazo electoral hizo tambalear y retroceder un poco al oficialismo, del otro lado no está nada claro cómo se traducirán los buenos resultados comiciales en un proceso de cohesión y avance concreto de un proyecto de poder alternativo al del kirchnerismo.
Si el Gobierno fue criticado con justicia en las horas posteriores al escrutinio por no saber perder, también es justo señalar que –por ahora- la oposición tampoco sabe ganar. Basta como prueba de su incapacidad para lidiar con el éxito la ruptura anunciada entre Elisa Carrió y sus socios del Acuerdo Cívico. El problema que tiene hoy el panradicalismo es precisamente cómo explicarle a sus votantes que su propuesta frentista no era un fraude, ya que se sabía (incluso fue advertido en estas páginas) que la alianza iba a crujir a la mañana siguiente del escrutinio. Y si la lista unificada panradical no fue una mentira electoral, entonces sus dirigentes tendrán que despejar otra duda: ¿padecen Lilita y sus ex correligionarios de una inconsistencia endémica para sostener un armado político de amplia base? En otras palabras, ¿su manía internista no alimenta las sospechas de la opinión pública de que el Acuerdo Cívico no es una alternativa de gobernabilidad para las elecciones presidenciales del 2011? De eso están discutiendo por estas horas sus más lúcidos operadores.
En el Properonismo tampoco encontraron todavía la manera de capitalizar la buena performance electoral. La lógica mediática indica que las mismas caras que le daban rating al Gran Cuñado político hace apenas un mes, hoy empiezan a aburrir a la audiencia. Y que lo que antes rendía frutos inmediatos –pegarle al Gobierno-, ahora se ha desgastado como estrategia de discurso. La gente quiere hechos, es así de brutal. Las palabras son un buen remplazo por un tiempo, pero tarde o temprano dejan de sustituir la ansiedad por ver cambios palpables. El equívoco que alimenta esta demanda urgente a la oposición es que la campaña por las legislativas fue encarada (por los K y los anti K) como una elección ejecutiva, o una especie de referendum sobre la continuidad de la era kirchnerista; y ahora, cuando el espacio opositor se proclama vencedor, la ciudadanía empieza a esperar soluciones más de la oposición que del Gobierno, sea esto razonable o no. Por eso, los dirigentes oficialistas que llamaron al diálogo a Francisco De Narváez –por poner solo un ejemplo de este fenómeno- recuerdan que el empresario eligió como slogan la frase “Yo tengo un plan”: habrá que ver cuánta paciencia le tendrán sus votantes hasta que lo muestre y lo ponga en marcha, si es que eso es posible desde una bancada parlamentaria.
En cualquier caso, y más allá de los dilemas personales de quienes protagonizaron el “28-J”, lo cierto es que la oposición volvió a reaccionar como lo hacía antes de su triunfo electoral: marchando detrás de las iniciativas del gobierno nacional. Los gobernadores de todos los colores no hicieron más que imitar la convocatoria a mesas de consenso coordinadas por Aníbal Fernández. Y los invitados opositores a los coloquios oficiales se debatieron entre expresar su desconfianza inicial y la inconveniencia de darle la espalda (como hizo Carrió) a un gesto de conciliación poselectoral. Complicados porque –paradójicamente- el Gobierno les otorgó el diálogo que reclamaban durante la campaña electoral, los referentes antikirchneristas se encontraron calificando como “muy positivo” su encuentro con Cristina Fernández de Kirchner, y se vieron en los diarios fotografiados a los besos y abrazos con los notables del Gabinete. Luego de la furiosa puja electoral, todos –o casi todos- fueron pacificados por el llamado al diálogo. Incluso se puso de moda llevar souvenirs a los dueños de casa, y el dato no es anecdótico, si se mira la lista temática de regalos: tango, Sarmiento y fútbol. La apelación a símbolos de la argentinidad al palo no logra otra cosa que hacer brillar por su ausencia los proyectos concretos de país que cada dirigente opositor jura tener. En realidad, lo único tangible que pusieron sobre la mesa (además de los presntes de cortesía) fueron sus previsibles reclamos de fondos públicos.
¿Qué ganó el Gobierno con el diálogo, además de aquietar las aguas del debate mediático sobre la gobernabilidad? Ganó tiempo para digerir un resultado impensado de la derrota electoral. Así como las urnas desataron la implosión de los “partidos” opositores, la votación del 28 de junio también partió las aguas oficialistas. En dos sentidos: a) definió más que nunca los que están con la camiseta pingüina puesta y los que luchan por desgarrarla para salvarse solos; b) replanteó la discusión sobre el peso relativo de cada miembro de la pareja presidencial en la ecuación de poder. Sin quererlo el Gobierno, la voz de las urnas funcionaron como una especie de interna conyugal abierta sobre quién debe conducir lo que resta de la era K. No se trata de una pelea personal entre Néstor y Cristina, sino de una sencilla constatación política al cabo de un mes de gestión poselectoral. Desde que la lista encabezada por Kirchner perdió, cada vez que el oficialismo respondió al nuevo escenario “a lo Néstor”, el clima de gobernabilidad empeoró. En cambio, cada vez que la línea “cristinista” de manejar la crisis se impuso a la hora de tomar medidas o hacer gestos, entonces creció la sensación de que había Presidenta para rato. No es casual que, por ejemplo, la solución provisoria a la amenaza de ruptura de la CGT haya sido explicada por sus protagonistas y por la prensa (de todos los gustos) como el producto exitoso de la intervención conciliadora de Cristina Fernández. Cuánto hay de marketing político y cuánto de opción estratégica entre gobernar desde Olivos o gobernar desde la Casa Rosada, recién se sabrá cuando concluya la ronda de diálogo político y de concertación económica. Cuando terminen las palabras, volverán a mandar los hechos.
Entre los equilibrios que no se alteraron tanto como parece está la pulseada Gobierno-oposición. Si bien el cachetazo electoral hizo tambalear y retroceder un poco al oficialismo, del otro lado no está nada claro cómo se traducirán los buenos resultados comiciales en un proceso de cohesión y avance concreto de un proyecto de poder alternativo al del kirchnerismo.
Si el Gobierno fue criticado con justicia en las horas posteriores al escrutinio por no saber perder, también es justo señalar que –por ahora- la oposición tampoco sabe ganar. Basta como prueba de su incapacidad para lidiar con el éxito la ruptura anunciada entre Elisa Carrió y sus socios del Acuerdo Cívico. El problema que tiene hoy el panradicalismo es precisamente cómo explicarle a sus votantes que su propuesta frentista no era un fraude, ya que se sabía (incluso fue advertido en estas páginas) que la alianza iba a crujir a la mañana siguiente del escrutinio. Y si la lista unificada panradical no fue una mentira electoral, entonces sus dirigentes tendrán que despejar otra duda: ¿padecen Lilita y sus ex correligionarios de una inconsistencia endémica para sostener un armado político de amplia base? En otras palabras, ¿su manía internista no alimenta las sospechas de la opinión pública de que el Acuerdo Cívico no es una alternativa de gobernabilidad para las elecciones presidenciales del 2011? De eso están discutiendo por estas horas sus más lúcidos operadores.
En el Properonismo tampoco encontraron todavía la manera de capitalizar la buena performance electoral. La lógica mediática indica que las mismas caras que le daban rating al Gran Cuñado político hace apenas un mes, hoy empiezan a aburrir a la audiencia. Y que lo que antes rendía frutos inmediatos –pegarle al Gobierno-, ahora se ha desgastado como estrategia de discurso. La gente quiere hechos, es así de brutal. Las palabras son un buen remplazo por un tiempo, pero tarde o temprano dejan de sustituir la ansiedad por ver cambios palpables. El equívoco que alimenta esta demanda urgente a la oposición es que la campaña por las legislativas fue encarada (por los K y los anti K) como una elección ejecutiva, o una especie de referendum sobre la continuidad de la era kirchnerista; y ahora, cuando el espacio opositor se proclama vencedor, la ciudadanía empieza a esperar soluciones más de la oposición que del Gobierno, sea esto razonable o no. Por eso, los dirigentes oficialistas que llamaron al diálogo a Francisco De Narváez –por poner solo un ejemplo de este fenómeno- recuerdan que el empresario eligió como slogan la frase “Yo tengo un plan”: habrá que ver cuánta paciencia le tendrán sus votantes hasta que lo muestre y lo ponga en marcha, si es que eso es posible desde una bancada parlamentaria.
En cualquier caso, y más allá de los dilemas personales de quienes protagonizaron el “28-J”, lo cierto es que la oposición volvió a reaccionar como lo hacía antes de su triunfo electoral: marchando detrás de las iniciativas del gobierno nacional. Los gobernadores de todos los colores no hicieron más que imitar la convocatoria a mesas de consenso coordinadas por Aníbal Fernández. Y los invitados opositores a los coloquios oficiales se debatieron entre expresar su desconfianza inicial y la inconveniencia de darle la espalda (como hizo Carrió) a un gesto de conciliación poselectoral. Complicados porque –paradójicamente- el Gobierno les otorgó el diálogo que reclamaban durante la campaña electoral, los referentes antikirchneristas se encontraron calificando como “muy positivo” su encuentro con Cristina Fernández de Kirchner, y se vieron en los diarios fotografiados a los besos y abrazos con los notables del Gabinete. Luego de la furiosa puja electoral, todos –o casi todos- fueron pacificados por el llamado al diálogo. Incluso se puso de moda llevar souvenirs a los dueños de casa, y el dato no es anecdótico, si se mira la lista temática de regalos: tango, Sarmiento y fútbol. La apelación a símbolos de la argentinidad al palo no logra otra cosa que hacer brillar por su ausencia los proyectos concretos de país que cada dirigente opositor jura tener. En realidad, lo único tangible que pusieron sobre la mesa (además de los presntes de cortesía) fueron sus previsibles reclamos de fondos públicos.
¿Qué ganó el Gobierno con el diálogo, además de aquietar las aguas del debate mediático sobre la gobernabilidad? Ganó tiempo para digerir un resultado impensado de la derrota electoral. Así como las urnas desataron la implosión de los “partidos” opositores, la votación del 28 de junio también partió las aguas oficialistas. En dos sentidos: a) definió más que nunca los que están con la camiseta pingüina puesta y los que luchan por desgarrarla para salvarse solos; b) replanteó la discusión sobre el peso relativo de cada miembro de la pareja presidencial en la ecuación de poder. Sin quererlo el Gobierno, la voz de las urnas funcionaron como una especie de interna conyugal abierta sobre quién debe conducir lo que resta de la era K. No se trata de una pelea personal entre Néstor y Cristina, sino de una sencilla constatación política al cabo de un mes de gestión poselectoral. Desde que la lista encabezada por Kirchner perdió, cada vez que el oficialismo respondió al nuevo escenario “a lo Néstor”, el clima de gobernabilidad empeoró. En cambio, cada vez que la línea “cristinista” de manejar la crisis se impuso a la hora de tomar medidas o hacer gestos, entonces creció la sensación de que había Presidenta para rato. No es casual que, por ejemplo, la solución provisoria a la amenaza de ruptura de la CGT haya sido explicada por sus protagonistas y por la prensa (de todos los gustos) como el producto exitoso de la intervención conciliadora de Cristina Fernández. Cuánto hay de marketing político y cuánto de opción estratégica entre gobernar desde Olivos o gobernar desde la Casa Rosada, recién se sabrá cuando concluya la ronda de diálogo político y de concertación económica. Cuando terminen las palabras, volverán a mandar los hechos.
martes, 21 de julio de 2009
EL 2011 QUEDA CADA VEZ MÁS LEJOS
Guillermo Moreno está cada vez más ratificado, pero cada vez menos fortalecido. El ex “brazo armado” de la política económica kirchnerista confiesa a sus íntimos que le están entrando las balas mediáticas opositoras, y también las del propio oficialismo. El escenario más probable que él espera es el de un borramiento de su imagen pública –cada vez más costosa para un gobierno que perdió la magia-, y una pérdida más gradual de espacios de poder. Gradual pero no total: mantendría poder de veto en el INDEC a través de sus hombres de confianza recién ascendidos, incluso si a la cabeza del organismo llegan caras nuevas para refrescar un poco la fachada resquebrajada del laboratorio oficial de estadísticas. La otra faceta del plan de “laborterapia” que los Kirchner le propondrían a Moreno, según sus cálculos, es el ramillete de empresas estatizadas luego de cada negociación fallida por rescatarlas con nuevos dueños privados. Primero fue Massuh, luego Mahle… y así seguirán sumándose firmas que no aguanten los sacudones de un modelo que hace agua.
La permanencia de Moreno a pesar del asedio múltiple que padece por estos días el Secretario de Comercio tiene dos lecturas, ambas vinculadas con la misma carencia oficial: 1) no hay plan B para la política económica K, porque no lo quieren y porque no lo encuentran; 2) el menú de funcionarios potables hacia adentro y hacia fuera de Olivos se achica a un ritmo vertiginoso, por lo cual cada nueva renuncia hay que analizarle muchas veces, para evitar el riesgo de salir de Guatemala para entrar en Guatepeor. Tal vez por eso los enemigos del Gobierno se ensañan con la salida de Moreno; son como los boxeadores que concentran sus golpes justo en la ceja cortada de su adversario, para dejarlo fuera de combate no por knock out ni por puntos al cabo de los 12 rounds, sino para ganarle por abandono debido a cuestiones médicas. En este sentido, también existe el miedo de que, una vez entregado Moreno, los dardos opositores, judiciales y periodísticos apunten directa y obsesivamente contra el pilar del verdadero modelo K: Julio De Vido. Y ahí sí que no quedarán más fusibles para quemar.
Del otro lado del río, tampoco está claro el rumbo a seguir. Los frentes opositores que supuestamente ganaron la elección del 28 de junio se están comportando, paradójicamente, como si hubieran perdido. Sus líderes están dispersos, y siguen abriéndose heridas internas con cada movida del Gobierno, que incluso en su desconcierto por la pérdida de poder sigue arrglándoselas para marcarle la agenda a sus enemigos. En el Properonismo, Francisco De Narváez combate su viejo síndrome de incontinencia pos electoral: al día siguiente de obtener un resultado favorable en las urnas, el “Colorado” no puede consolidar una tropa propia y leal que lo acompañe en el largo plazo sin venderse al mejor postor, e incluso en la opinión pública, se va desinflando su capacidad de llamar la atención. Sus aliados no lo ayudan, por cierto. El macrismo no acierta a definir cuánto peronismo reconoce en su ADN político. Y Felipe parece tentado de cortarse solo para encarnar, sin explicitarlo, una de las alternativas presidenciales del llamado “poskirchnerismo”, un invento que tal vez nunca exista.
Precisamente por esa incertidumbre, el sciolismo busca maneras de hacer pie en terreno conocido, antes de que la ola anti K lo arrastre inexorablemente. Esta semana, un torbellino de rumores de cambios de gabinete y renuncias sacudieron el despacho vacío del gobernador bonaerense, que estaba de viaje por Europa. Nadie quiere alzar la cabeza cerca de Scioli, aunque por lo bajo deslizan que la estrategia de supervivencia hasta que pase el terremoto será pisar lo más firme que se pueda en el Conurbano, en un movimiento inverso al que está haciendo el ex líder espiritual Néstor Kirchner, quien salió a juntar heridos por las provincias, con la esperanza de armar una versión de emergencia de su querida “transversalidad”. Teóricamente, la movida K no está errada, si no fuera porque el clima ha cambiado, y ahora Kirchner ya no huele a futuro. Entonces, su sex appeal para aglutinar peronistas, socialistas y radicales libres ya no es el que era.
Sin embargo, el poco creíble llamado al diálogo multisectorial manoteado por el oficialismo en decadencia ha dado frutos. La oposición panradical no sale de su confusión interna, a pesar del éxito obtenido en las urnas a nivel nacional. Es más, la propuesta dialoguista K parece haber profundizado la grieta que separa a Elisa Carrió del resto. Lilita volvió a optar por dar un portazo en las narices de sus aliados, en un gesto que puede confundirse con el vedettismo político, pero en realidad se trata de un arranque de fastidio espiritual ante un dato de la realidad que ya parece irreversible: la fama de Lilita y su capacidad de llamar la atención y sumar rating se está traduciendo cada vez menos en votos y en aliados reales. Esa impotencia la dejó esta semana en la orilla opuesta de sus socios más amigables, Margarita Stolbizer y Gerardo Morales. La jefa del GEN y el de la UCR aceptaron la invitación a la Casa Rosada, para no quedar como opositores irresponsables y destituyentes, pero su discurso a la salida del encuentro con el Gobierno dejó dudas sobre su capacidad de mantener el equilibrio justo para no caer en el abrazo del oso del kirchnerismo, que mantiene intactas sus mañas manipuladoras de opositores incautos. El que parece afinar cada día más la puntería y ajustar el timing ante las sorpresas kirchneristas es el vicepresidente Julio Cobos, que supo una vez más aprovechar su momento de gloria, en medio de los festejos mediáticos por el aniversario de su voto no positivo.Por su parte, la dirigencia ruralista optó por desconfiar desde el arranque y siguió adelante con su agenda intransigente, incluso criticando sin pensar mucho los cambios prometidos por Cristina en el manejo de la Cuota Hilton, cuyo reparto siempre fue cuestionado por el sector cárnico. ¿Qué pasará si el Gobierno sorprende a todos y de verdad empieza a ceder en temas políticos y económicos que fueron el caballito de batalla de sectores productivos y partidarios agrupados en la vereda opositora? Probablemente se abran las aguas, y el coro antioficialista deje de sonar tan afinado como en los últimos meses. Este escenario podría darle uun aire inesperado al Gobierno, aunque por las razones de siempre: la inconsistencia del abanico opositor a la hora de alinear un proyecto de poder institucional y económico con un liderazgo personal de base popular amplia y sólida. Por eso el 2011 sigue quedando tan lejano para todos.
La permanencia de Moreno a pesar del asedio múltiple que padece por estos días el Secretario de Comercio tiene dos lecturas, ambas vinculadas con la misma carencia oficial: 1) no hay plan B para la política económica K, porque no lo quieren y porque no lo encuentran; 2) el menú de funcionarios potables hacia adentro y hacia fuera de Olivos se achica a un ritmo vertiginoso, por lo cual cada nueva renuncia hay que analizarle muchas veces, para evitar el riesgo de salir de Guatemala para entrar en Guatepeor. Tal vez por eso los enemigos del Gobierno se ensañan con la salida de Moreno; son como los boxeadores que concentran sus golpes justo en la ceja cortada de su adversario, para dejarlo fuera de combate no por knock out ni por puntos al cabo de los 12 rounds, sino para ganarle por abandono debido a cuestiones médicas. En este sentido, también existe el miedo de que, una vez entregado Moreno, los dardos opositores, judiciales y periodísticos apunten directa y obsesivamente contra el pilar del verdadero modelo K: Julio De Vido. Y ahí sí que no quedarán más fusibles para quemar.
Del otro lado del río, tampoco está claro el rumbo a seguir. Los frentes opositores que supuestamente ganaron la elección del 28 de junio se están comportando, paradójicamente, como si hubieran perdido. Sus líderes están dispersos, y siguen abriéndose heridas internas con cada movida del Gobierno, que incluso en su desconcierto por la pérdida de poder sigue arrglándoselas para marcarle la agenda a sus enemigos. En el Properonismo, Francisco De Narváez combate su viejo síndrome de incontinencia pos electoral: al día siguiente de obtener un resultado favorable en las urnas, el “Colorado” no puede consolidar una tropa propia y leal que lo acompañe en el largo plazo sin venderse al mejor postor, e incluso en la opinión pública, se va desinflando su capacidad de llamar la atención. Sus aliados no lo ayudan, por cierto. El macrismo no acierta a definir cuánto peronismo reconoce en su ADN político. Y Felipe parece tentado de cortarse solo para encarnar, sin explicitarlo, una de las alternativas presidenciales del llamado “poskirchnerismo”, un invento que tal vez nunca exista.
Precisamente por esa incertidumbre, el sciolismo busca maneras de hacer pie en terreno conocido, antes de que la ola anti K lo arrastre inexorablemente. Esta semana, un torbellino de rumores de cambios de gabinete y renuncias sacudieron el despacho vacío del gobernador bonaerense, que estaba de viaje por Europa. Nadie quiere alzar la cabeza cerca de Scioli, aunque por lo bajo deslizan que la estrategia de supervivencia hasta que pase el terremoto será pisar lo más firme que se pueda en el Conurbano, en un movimiento inverso al que está haciendo el ex líder espiritual Néstor Kirchner, quien salió a juntar heridos por las provincias, con la esperanza de armar una versión de emergencia de su querida “transversalidad”. Teóricamente, la movida K no está errada, si no fuera porque el clima ha cambiado, y ahora Kirchner ya no huele a futuro. Entonces, su sex appeal para aglutinar peronistas, socialistas y radicales libres ya no es el que era.
Sin embargo, el poco creíble llamado al diálogo multisectorial manoteado por el oficialismo en decadencia ha dado frutos. La oposición panradical no sale de su confusión interna, a pesar del éxito obtenido en las urnas a nivel nacional. Es más, la propuesta dialoguista K parece haber profundizado la grieta que separa a Elisa Carrió del resto. Lilita volvió a optar por dar un portazo en las narices de sus aliados, en un gesto que puede confundirse con el vedettismo político, pero en realidad se trata de un arranque de fastidio espiritual ante un dato de la realidad que ya parece irreversible: la fama de Lilita y su capacidad de llamar la atención y sumar rating se está traduciendo cada vez menos en votos y en aliados reales. Esa impotencia la dejó esta semana en la orilla opuesta de sus socios más amigables, Margarita Stolbizer y Gerardo Morales. La jefa del GEN y el de la UCR aceptaron la invitación a la Casa Rosada, para no quedar como opositores irresponsables y destituyentes, pero su discurso a la salida del encuentro con el Gobierno dejó dudas sobre su capacidad de mantener el equilibrio justo para no caer en el abrazo del oso del kirchnerismo, que mantiene intactas sus mañas manipuladoras de opositores incautos. El que parece afinar cada día más la puntería y ajustar el timing ante las sorpresas kirchneristas es el vicepresidente Julio Cobos, que supo una vez más aprovechar su momento de gloria, en medio de los festejos mediáticos por el aniversario de su voto no positivo.Por su parte, la dirigencia ruralista optó por desconfiar desde el arranque y siguió adelante con su agenda intransigente, incluso criticando sin pensar mucho los cambios prometidos por Cristina en el manejo de la Cuota Hilton, cuyo reparto siempre fue cuestionado por el sector cárnico. ¿Qué pasará si el Gobierno sorprende a todos y de verdad empieza a ceder en temas políticos y económicos que fueron el caballito de batalla de sectores productivos y partidarios agrupados en la vereda opositora? Probablemente se abran las aguas, y el coro antioficialista deje de sonar tan afinado como en los últimos meses. Este escenario podría darle uun aire inesperado al Gobierno, aunque por las razones de siempre: la inconsistencia del abanico opositor a la hora de alinear un proyecto de poder institucional y económico con un liderazgo personal de base popular amplia y sólida. Por eso el 2011 sigue quedando tan lejano para todos.
viernes, 10 de julio de 2009
DILEMA K: LA BOLSA O LA VIDA
Guillermo Moreno está bipolar. Desde que empezaron los cambios de Gabinete, el Secretario de Comercio tiene un día de euforia y otro de pesimismo. Incluso sus colaboradores cercanos pasan de la actividad furiosa a la calma chicha típica de un final de gestión. Mientras algunos morenistas operan en los medios para sostener la idea de que su jefe se queda, otros empleados tejen contactos para buscar trabajo en otras dependencias estatales, por las dudas. En las jornadas de bajón, Moreno suena triste al teléfono, algo resignado, y un poco enojado con sus detractores, no tanto los empresarios o los medios, sino los que lo empujan afuera del entorno K. Por ejemplo, Julio De Vido: el morenismo explica que resulta evidente que Moreno le resulta molesto al ministro de Planificación, no por cuestiones de estilo personal, sino por las maneras de administrar los recursos del Estado. Moreno tiene muchos enemigos, y eso se nota. Es claro que entre los requisitos del establishment para respaldar la elección de Amado Boudou al frente de Economía, está la salida de Moreno. Es por eso que el matrimonio presidencial aprovechará el fin de semana largo para analizar de nuevo el caso. Tal vez no decida un desplazamiento drástico del polémico funcionario, pero sí por lo menos una reducción de tareas que le bajen un poco el perfil, ante una opinión pública nada tolerante con los modos K.
El problema para Moreno –y también para los Kirchner- es que lo que antes era una ventaja, ahora se volvió una trampa sin salida. Con los anteriores ministros de Economía, y secretarios claves del área, la vigencia de Moreno funcionaba como una señal de que la cartera económica no gozaba de ninguna autonomía real para decidir los destinos del país, más allá de la voluntad de Néstor. Hoy, cuando todo eso ha cambiado, el Gobierno necesita mostrar que el nuevo ministro de Economía tiene poder real propio, de lo contrario, el enroque no servirá para darle oxígeno a una gestión que se ahoga día tras día. Boudou parece ser, desde esa óptica, una buena opción para ganar tiempo y cierta estabilidad. Su credibilidad a mediano plazo reside en su imagen ambigua, que lo coloca como un doble Caballo de Troya. Para el establishment, es un joven con formación política neoliberal y estudios en Administración de Empresas, que tal vez pueda ser un interlocutor posible para hacer entrar en razones a un decadente Néstor Kirchner. Para el kirchnerismo, en cambio, Boudou es un converso que ya demostró su lealtad al management nacional y popular en su manejo de fondos de la Anses. Las dos caras de Boudou son ideales en un momento de crisis e incertidumbre donde solo sobreviven los que saben navegar por la mitad del río, a prudente equidistancia de las orillas. El problema es que, como prueba de amor, los hombres de negocios le pedirán a Boudou la cabeza de Moreno; y a la vez, el temor del Gobierno es que si entrega al agresivo secretario de Comercio, ya no habrá un dique político para contener la inflación. Solo un pacto muy bien abrochado entre la cúpula empresaria y el flamante ministro de Economía en torno a la estabilidad de precios podría despejar esta duda existencial sobre el dilema morenista. Pero si hablamos de estabilidad de precios, inmediatamente aparece su clásica contrapartida, que es la estabilidad de los salarios; y ahí entra el otro factor de poder, pero también de desgaste de la credibilidad de la era K: la hegemonía de Hugo Moyano. Necesitado de un anclaje sindical para contener un estallido eventual de la clase trabajadora, el kirchnerismo no puede dejar de ceder ante los pedidos del camionero, incluso al costo de limar la libertad de acción de sus ministros de Salud: en plena Gripe A, renunció una, y su remplazante casi muere atropellado bajo las poderosas ruedas del líder de la CGT.
Estas tensiones, hasta hace muy poco se resolvían haciendo pie en el presunto control que Kirchner ejercía sobre el peronismo, la madre de todas las gobernabilidades. Pero la derrota electoral y su crisis de liderazgo posterior puso en evidencia la soledad de Néstor y su equipo, a la vez que detonó el caos en el PJ. La vuelta de Eduardo Duhalde a la escena, y los movimientos poselectorales de Francisco De Narváez no son una prueba de la unión del peronismo sino de todo lo contrario. A nivel del peronismo federal, Duhalde aglutina tanto como divide. Y los análisis serios del mensaje de las urnas indican que los votantes del “Colorado” no expresan precisamente la voluntad justicialista: muchos de los sufragios a favor de De Narváez son variantes de lo que despectivamente se conoce como “voto gorila”. Paralelamente, una crisis generacional explota en el PJ: los jóvenes gobernadores peronistas que acompañaron la campaña de Cristina Fernández empiezan a trabajar una salida individual, mandando operadores a Buenos Aires para que armen estrategias de instalación de candidaturas con vistas a 2011.
A 2011 o antes. La porción creciente del establishment que mira cada vez con más cariño a Julio Cobos lee la iniciativa presidencial de relanzar las internas abiertas y simultáneas en los partidos como una manera desesperada –aunque pícara- de no perder la iniciativa ante un virtual reclamo por el adelantamiento de elecciones que puede llegar desde la oposición, los medios y hasta del propio peronismo, en caso de que en los próximos meses el nuevo gabinete K no logre hacer pie en medio del parate económico local y global. Sea o no un rumor “destituyente”, lo cierto es que no resulta lógico que un gobierno que acaba de perder en las urnas siga hablando de cuestiones electorales, en lugar de tratar de desviar la conversación pública a temas de gestión. Salvo que haya perdido absolutamente el timón precisamente en su capacidad de gestión. De hecho, si hacemos un poco de memoria, y tomando las propias palabras del Gobierno como sinceras, recordaremos que la Presidenta argumentó a favor del adelantamiento electoral de las legislativas explicando que el país vivía momentos difíciles por la crisis mundial, y que el desgaste de una larga vigilia preelectoral era un lujo que la Argentina no podía permitirse. A contrapelo de aquella excusa oficial, los analistas interpretaron que Kirchner decidió adelantar las elecciones por miedo a que la explosiva situación socioeconómica le complicara demasiado la gestión a lo olargo del 2009, y que ese desgaste se tradujera en una derrota en las legislativas programadas para fin de año. Finalmente, el adelanto no lo salvó del cachetazo en las urnas. Pero tampoco despejó la preocupación sobre su idoneidad para pilotear el ciclo negativo de la economía. Mucho peor: la derrota anticipada plantea más dudas sobre el margen de maniobra del kirchnerismo ante un período de puja social por una torta que se achica rápidamente. De esto conversará el matrimonio en su retiro espiritual en El Calafate, el refugio donde Cristina se siente más Presidenta que en cualquie otro lugar del país.
El problema para Moreno –y también para los Kirchner- es que lo que antes era una ventaja, ahora se volvió una trampa sin salida. Con los anteriores ministros de Economía, y secretarios claves del área, la vigencia de Moreno funcionaba como una señal de que la cartera económica no gozaba de ninguna autonomía real para decidir los destinos del país, más allá de la voluntad de Néstor. Hoy, cuando todo eso ha cambiado, el Gobierno necesita mostrar que el nuevo ministro de Economía tiene poder real propio, de lo contrario, el enroque no servirá para darle oxígeno a una gestión que se ahoga día tras día. Boudou parece ser, desde esa óptica, una buena opción para ganar tiempo y cierta estabilidad. Su credibilidad a mediano plazo reside en su imagen ambigua, que lo coloca como un doble Caballo de Troya. Para el establishment, es un joven con formación política neoliberal y estudios en Administración de Empresas, que tal vez pueda ser un interlocutor posible para hacer entrar en razones a un decadente Néstor Kirchner. Para el kirchnerismo, en cambio, Boudou es un converso que ya demostró su lealtad al management nacional y popular en su manejo de fondos de la Anses. Las dos caras de Boudou son ideales en un momento de crisis e incertidumbre donde solo sobreviven los que saben navegar por la mitad del río, a prudente equidistancia de las orillas. El problema es que, como prueba de amor, los hombres de negocios le pedirán a Boudou la cabeza de Moreno; y a la vez, el temor del Gobierno es que si entrega al agresivo secretario de Comercio, ya no habrá un dique político para contener la inflación. Solo un pacto muy bien abrochado entre la cúpula empresaria y el flamante ministro de Economía en torno a la estabilidad de precios podría despejar esta duda existencial sobre el dilema morenista. Pero si hablamos de estabilidad de precios, inmediatamente aparece su clásica contrapartida, que es la estabilidad de los salarios; y ahí entra el otro factor de poder, pero también de desgaste de la credibilidad de la era K: la hegemonía de Hugo Moyano. Necesitado de un anclaje sindical para contener un estallido eventual de la clase trabajadora, el kirchnerismo no puede dejar de ceder ante los pedidos del camionero, incluso al costo de limar la libertad de acción de sus ministros de Salud: en plena Gripe A, renunció una, y su remplazante casi muere atropellado bajo las poderosas ruedas del líder de la CGT.
Estas tensiones, hasta hace muy poco se resolvían haciendo pie en el presunto control que Kirchner ejercía sobre el peronismo, la madre de todas las gobernabilidades. Pero la derrota electoral y su crisis de liderazgo posterior puso en evidencia la soledad de Néstor y su equipo, a la vez que detonó el caos en el PJ. La vuelta de Eduardo Duhalde a la escena, y los movimientos poselectorales de Francisco De Narváez no son una prueba de la unión del peronismo sino de todo lo contrario. A nivel del peronismo federal, Duhalde aglutina tanto como divide. Y los análisis serios del mensaje de las urnas indican que los votantes del “Colorado” no expresan precisamente la voluntad justicialista: muchos de los sufragios a favor de De Narváez son variantes de lo que despectivamente se conoce como “voto gorila”. Paralelamente, una crisis generacional explota en el PJ: los jóvenes gobernadores peronistas que acompañaron la campaña de Cristina Fernández empiezan a trabajar una salida individual, mandando operadores a Buenos Aires para que armen estrategias de instalación de candidaturas con vistas a 2011.
A 2011 o antes. La porción creciente del establishment que mira cada vez con más cariño a Julio Cobos lee la iniciativa presidencial de relanzar las internas abiertas y simultáneas en los partidos como una manera desesperada –aunque pícara- de no perder la iniciativa ante un virtual reclamo por el adelantamiento de elecciones que puede llegar desde la oposición, los medios y hasta del propio peronismo, en caso de que en los próximos meses el nuevo gabinete K no logre hacer pie en medio del parate económico local y global. Sea o no un rumor “destituyente”, lo cierto es que no resulta lógico que un gobierno que acaba de perder en las urnas siga hablando de cuestiones electorales, en lugar de tratar de desviar la conversación pública a temas de gestión. Salvo que haya perdido absolutamente el timón precisamente en su capacidad de gestión. De hecho, si hacemos un poco de memoria, y tomando las propias palabras del Gobierno como sinceras, recordaremos que la Presidenta argumentó a favor del adelantamiento electoral de las legislativas explicando que el país vivía momentos difíciles por la crisis mundial, y que el desgaste de una larga vigilia preelectoral era un lujo que la Argentina no podía permitirse. A contrapelo de aquella excusa oficial, los analistas interpretaron que Kirchner decidió adelantar las elecciones por miedo a que la explosiva situación socioeconómica le complicara demasiado la gestión a lo olargo del 2009, y que ese desgaste se tradujera en una derrota en las legislativas programadas para fin de año. Finalmente, el adelanto no lo salvó del cachetazo en las urnas. Pero tampoco despejó la preocupación sobre su idoneidad para pilotear el ciclo negativo de la economía. Mucho peor: la derrota anticipada plantea más dudas sobre el margen de maniobra del kirchnerismo ante un período de puja social por una torta que se achica rápidamente. De esto conversará el matrimonio en su retiro espiritual en El Calafate, el refugio donde Cristina se siente más Presidenta que en cualquie otro lugar del país.
EL PODER ES PURO CUENTO
El veredicto de las urnas estaba cantado, y a la vez fue una sorpresa. Parece contradictorio, pero en verdad no lo es. Los hitos de la Historia son así: pasa lo que tenía que pasar de acuerdo a las condiciones objetivas, aunque los acontecimientos se definen también por factores imprevistos que siempre se nos escapan de las manos. Nadie, pero nadie, tiene la bola de cristal. Y nadie tiene en sus manos el diario del lunes, durante la tarde del domingo. Ni siquiera el Grupo Clarín. Una fuente con acceso cotidiano a la cúpula del multimedios asegura que su CEO, Héctor Magnetto, pronosticó, cuatro días antes de los comicios, el triunfo de Néstor Kirchner, y que de acuerdo eso a partir del lunes había que prepararse para “la batalla final”. Es más: También hay testigos del estado de conmoción y angustia de un altísimo ejecutivo del Grupo en la medianoche del 28 de junio, cuando ya aparecía una tendencia clara en el centro de cómputos a favor de Unión Pro. Este ejecutivo temía que el escrutinio incompleto, que daba una derrota del oficialismo, llevara a Clarín a titular en falso el diario del lunes, y que por la mañana, finalizado el recuento de votos, el resultado definitivo fuera una victoria ajustada de Néstor en la provincia de Buenos Aires. Es decir, en Clarín temían caer en una maquiavélica trampa de inteligencia orquestada por el kirchnerismo para dejar mal parado al multimedios de cara a la pulseada por la vieja ley de Radiodifusión y su alternativa K.
Más allá de los intereses comerciales y de los recelos personales, ¿qué significa esta anécdota? Que siempre se tiende a sobrestimar el poder de los grandes jugadores de la política, y a decretar como inexorable su capacidad de controlar los escenarios de batalla. Ni Clarín tenía todo bajo control, ni Néstor se había garantizado con trucos politiqueros el triunfo en el Conurbano.
Para entender esto, es imprescindible liberarse de los prejucios a la hora de evaluar la naturaleza de los líderes políticos y/o empresariales. Buenos o malos (la moral es otra cuestión), lo que define a los grandes acumuladores de poder y dinero es su capacidad para lanzarse a lo desconocido, empujados por el apetito de ganar más. Es cierto que se rodean de asesores que les calculan probabilidades y les diseñan herramientas para avanzar con cierta previsibilidad. Pero el problema es que, si quieren crecer, hay momentos en que deben chocar con otros grandes y ambiciosos como ellos, que también le pagan a un ejército de técnicos y operadores para que les construyan escenarios de éxito. Y ahí solo queda la intuición del líder. Cuando se acaba el diagnóstico, y la opinión experta no alcanza para tomar la decisión ganadora, justo ahí aparece la naturaleza más profunda del que manda. En esas situaciones límites, el conductor se aferra a su intuición ciega, no porque esté seguro de que sea correcta, sino porque sabe que tiene que tomar una decisión urgente y sin retorno. Cuando no queda más que analizar, solo los líderes se tiran a la pileta de cabeza sin saber si hay agua. Por eso lideran. Los demás -el resto de los mortales- nos quedamos esperando certezas que nunca llegarán, o que llegarán demasiado tarde. El líder, en cambio, encarna la certeza misma. En eso reside su locura, pero también su dominio.
De ahí, de esos dilemas que suenan filosóficos y atemporales pero que son muy cotidianos, viene la perplejidad ante versiones que llenan las páginas de la prensa política: que Kirchner no escucha críticas, que rompe las encuestas de mal agüero, que se impacienta ante los que le plantean dudas sobre “el modelo”… Es cierto, y no podría ser de otra manera. Del otro lado, este razonamiento sobre la naturaleza del liderazgo también ayuda a entender el hartazgo de la opinión pública con los funcionarios “diagnosticadores”, esos políticos que se hicieron famosos brillando como comentaristas de la realidad, y que a la hora de poner manos a la obra, cuando las papas queman, no saben hacer otra cosa que seguir diagnosticando el problema, sin asumir la responsabilidad de encontrar, o al menos de intentar una solución.
De esto discute el peronismo hoy: ¿adónde fue a parar el poder? ¿quién lo tiene? La derrota oficialista en el Conurbano volvió a poner en duda el mito del “aparato” imbatible. A lo largo del perído democrático inaugurado en 1983, radicales y neoperonistas han derrotado varias veces el supuesto orden invencible de los “barones” bonaerenses, presuntos magos del clientelismo popular. Luego del Hiroshima electoral, los intendentes ensayan gestos de hidalguía para revalidar sus pergaminos (como el renunciante testimonial Mario Ishii) o se hacen los distraídos hasta que baje la marea (como el presidente de la Federación Argentina de Municipios, Julio Pereyra, que dejó Florencio Varela por una gira por Brasil y Miami). Otro tanto hacen los gobernadores del PJ, que pasan de la genuflexión a la montonera rebelde en cuestión de horas: seguramente, ninguna de las dos poses es totalmente cierta. Y encima volvió al país Eduardo Duhalde, otro gran enigma de la politología justicialista. Desde la “traición” de Kirchner, los referentes peronistas no se ponen de acuerdo en definir si “el Negro” o “el Cabezón” manda o no manda en la Provincia. Incluso los propios operadores de origen duhaldista que trabajaron en la campaña de Francisco De Narváez dudaban sobre la influencia real de su antiguo patrón en estas elecciones, y confiaban en off the record sus temores de que el aparato estatal kirchnerista aplastaría al peronismo disidente en su propio terreno. No sucedió: aunque no se sabe bien por qué.
Y no se sabrá, porque precisamente eso es lo que está en juego en este momento. Quiénes ganaron, quiénes perdieron, y cuál es la magnitud de la implosión en la hegemonía peronista. El Gobierno juega a decir “acá no ha pasado nada”, o casi nada, y pretende que las cabezas entregadas sean suficientes para volver a la normalidad: por eso Daniel Scioli, el heredero de Kirchner en la conducción formal del PJ, se queja de que “se está armando una telenovela” de declaraciones sobre los cuestionamientos a la mesa de conducción justicialista. Si fuera una novela de Adrián Suar, todavía queda por ver si se trata de “Valientes” o de “Vulnerables”.
En pocos días podremos observar si cuando sesione el viejo Parlamento se mantuvieron las formas y el kirchnerismo conserva su bloque intacto, o si la ficción K de que la vida sigue no logra frenar el desbande hacia otros bloques. Aquí el peronismo disidente también juega a la ficción: ¿mandan los caudillos díscolos del interior, o manda Unión PRO? Y en el Pro peronismo, ¿manda el sector de De Narváez, que reclama internas ya, o manda el mauricismo goriloide? Para saldar con bancas estas discusiones, los peronistas intentan seducir a los radicales, las renovadas estrellitas del show. Pero entre los UCR y ex UCR también hay problemas de cartel. ¿Quiénes serían los competidores de una interna partidaria? Hay que ver si están todos los que son, y si son todos los que están. No sea cosa que a último momento, Lilita Carrió se los lleve puestos y Julio Cobos les vote no positivo.
¿Suena feo? Es lo que hay. Tal vez, la democracia de partidos no consista en evitar que manden los locos por el poder, sino que, mediante la participación, la ciudadanía obligue a sus líderes a actuar, de vez en cuando, con cordura.
Más allá de los intereses comerciales y de los recelos personales, ¿qué significa esta anécdota? Que siempre se tiende a sobrestimar el poder de los grandes jugadores de la política, y a decretar como inexorable su capacidad de controlar los escenarios de batalla. Ni Clarín tenía todo bajo control, ni Néstor se había garantizado con trucos politiqueros el triunfo en el Conurbano.
Para entender esto, es imprescindible liberarse de los prejucios a la hora de evaluar la naturaleza de los líderes políticos y/o empresariales. Buenos o malos (la moral es otra cuestión), lo que define a los grandes acumuladores de poder y dinero es su capacidad para lanzarse a lo desconocido, empujados por el apetito de ganar más. Es cierto que se rodean de asesores que les calculan probabilidades y les diseñan herramientas para avanzar con cierta previsibilidad. Pero el problema es que, si quieren crecer, hay momentos en que deben chocar con otros grandes y ambiciosos como ellos, que también le pagan a un ejército de técnicos y operadores para que les construyan escenarios de éxito. Y ahí solo queda la intuición del líder. Cuando se acaba el diagnóstico, y la opinión experta no alcanza para tomar la decisión ganadora, justo ahí aparece la naturaleza más profunda del que manda. En esas situaciones límites, el conductor se aferra a su intuición ciega, no porque esté seguro de que sea correcta, sino porque sabe que tiene que tomar una decisión urgente y sin retorno. Cuando no queda más que analizar, solo los líderes se tiran a la pileta de cabeza sin saber si hay agua. Por eso lideran. Los demás -el resto de los mortales- nos quedamos esperando certezas que nunca llegarán, o que llegarán demasiado tarde. El líder, en cambio, encarna la certeza misma. En eso reside su locura, pero también su dominio.
De ahí, de esos dilemas que suenan filosóficos y atemporales pero que son muy cotidianos, viene la perplejidad ante versiones que llenan las páginas de la prensa política: que Kirchner no escucha críticas, que rompe las encuestas de mal agüero, que se impacienta ante los que le plantean dudas sobre “el modelo”… Es cierto, y no podría ser de otra manera. Del otro lado, este razonamiento sobre la naturaleza del liderazgo también ayuda a entender el hartazgo de la opinión pública con los funcionarios “diagnosticadores”, esos políticos que se hicieron famosos brillando como comentaristas de la realidad, y que a la hora de poner manos a la obra, cuando las papas queman, no saben hacer otra cosa que seguir diagnosticando el problema, sin asumir la responsabilidad de encontrar, o al menos de intentar una solución.
De esto discute el peronismo hoy: ¿adónde fue a parar el poder? ¿quién lo tiene? La derrota oficialista en el Conurbano volvió a poner en duda el mito del “aparato” imbatible. A lo largo del perído democrático inaugurado en 1983, radicales y neoperonistas han derrotado varias veces el supuesto orden invencible de los “barones” bonaerenses, presuntos magos del clientelismo popular. Luego del Hiroshima electoral, los intendentes ensayan gestos de hidalguía para revalidar sus pergaminos (como el renunciante testimonial Mario Ishii) o se hacen los distraídos hasta que baje la marea (como el presidente de la Federación Argentina de Municipios, Julio Pereyra, que dejó Florencio Varela por una gira por Brasil y Miami). Otro tanto hacen los gobernadores del PJ, que pasan de la genuflexión a la montonera rebelde en cuestión de horas: seguramente, ninguna de las dos poses es totalmente cierta. Y encima volvió al país Eduardo Duhalde, otro gran enigma de la politología justicialista. Desde la “traición” de Kirchner, los referentes peronistas no se ponen de acuerdo en definir si “el Negro” o “el Cabezón” manda o no manda en la Provincia. Incluso los propios operadores de origen duhaldista que trabajaron en la campaña de Francisco De Narváez dudaban sobre la influencia real de su antiguo patrón en estas elecciones, y confiaban en off the record sus temores de que el aparato estatal kirchnerista aplastaría al peronismo disidente en su propio terreno. No sucedió: aunque no se sabe bien por qué.
Y no se sabrá, porque precisamente eso es lo que está en juego en este momento. Quiénes ganaron, quiénes perdieron, y cuál es la magnitud de la implosión en la hegemonía peronista. El Gobierno juega a decir “acá no ha pasado nada”, o casi nada, y pretende que las cabezas entregadas sean suficientes para volver a la normalidad: por eso Daniel Scioli, el heredero de Kirchner en la conducción formal del PJ, se queja de que “se está armando una telenovela” de declaraciones sobre los cuestionamientos a la mesa de conducción justicialista. Si fuera una novela de Adrián Suar, todavía queda por ver si se trata de “Valientes” o de “Vulnerables”.
En pocos días podremos observar si cuando sesione el viejo Parlamento se mantuvieron las formas y el kirchnerismo conserva su bloque intacto, o si la ficción K de que la vida sigue no logra frenar el desbande hacia otros bloques. Aquí el peronismo disidente también juega a la ficción: ¿mandan los caudillos díscolos del interior, o manda Unión PRO? Y en el Pro peronismo, ¿manda el sector de De Narváez, que reclama internas ya, o manda el mauricismo goriloide? Para saldar con bancas estas discusiones, los peronistas intentan seducir a los radicales, las renovadas estrellitas del show. Pero entre los UCR y ex UCR también hay problemas de cartel. ¿Quiénes serían los competidores de una interna partidaria? Hay que ver si están todos los que son, y si son todos los que están. No sea cosa que a último momento, Lilita Carrió se los lleve puestos y Julio Cobos les vote no positivo.
¿Suena feo? Es lo que hay. Tal vez, la democracia de partidos no consista en evitar que manden los locos por el poder, sino que, mediante la participación, la ciudadanía obligue a sus líderes a actuar, de vez en cuando, con cordura.
lunes, 29 de junio de 2009
LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ
¿Se acuerdan cuando algunos candidatos, en la década de los ’80, hacían el último esfuerzo de campaña y, tragándose el orgullo, iban a hacer el ridículo a la barra de “El Contra”, encarnado por el cómico Juan Carlos Calabró? Hoy los candidatos imitan los latiguillos de sus imitadores televisivos para volverse un poco simpáticos ante la gente –o “el pueblo”, la farsa es la misma-, que en su mayoría ni siquiera los reconoce por la calle.
¿Se acuerdan cuando en la escuela, a comienzos de la restauración democrática, los trabajos prácticos vinculados con las elecciones consistían en comparar las “plataformas” (una palabra pasada de moda, por cierto) de los distintos partidos políticos? Hoy las propuestas son casi inexistentes, los estrategas electorales las consideran aburridas para la audiencia, y las posturas ideológicas de cada postulante cambian al ritmo del rating minuto a minuto.
¿Se acuerdan cuando en el barrio había un montón de “comités” y de “unidades básicas”? Hoy hasta los websites de los partidos políticos están desactualizados, y el único espacio de encuentro cotidiano con la “militancia” (otra palabra para anticuarios) es la cuenta facebook de un candidato.
¿Se acuerdan cuando los debates de los competidores en plena campaña lograban el pico de suspenso de la programación de un canal? Hoy la única duda es si el candidato bailará con su doble en Gran Cuñado, si cantará o si preferirá lucirse en un duelo de chistes con doble sentido.
¿Se acuerdan cuando los actos de cierre de campaña consistían en inundar de ciudadanos el obelisco porteño? Hoy los partidos supuestamente mayoritarios arman sus actos en teatros, o directamente no hacen actos de cierre.
¿Se acuerdan cuando un gobernador o un intendente le contestaban a la prensa que, antes de pensar en una candidatura presidencial, primero tenía que concentrarse en cumplir con las promesas de gestión en su distrito? Hoy los candidatos ni siquiera se dignan a confirmarle a sus electores si piensan asumir o terminar sus mandatos.
¿Se acuerdan cuando la mejor manera de no hacer cola en los centros de votación era presentarse a última hora, porque la mayoría corría a votar apenas se abrían las mesas? Hoy la prioridad del domingo de los comicios es dormir hasta tarde y alargar la sobremesa mirando la tele, hasta que la culpa o las amenazas de la Justicia Electoral nos hagan manotear el DNI poco antes de las seis de la tarde.
¿Se acuerdan cuando había una lista para votar al peronismo y otra para votar a la UCR? Hoy el cuarto oscuro es un laberinto de frentes, uniones, acuerdos, complicado por ua maraña de “colectoras” y “listas espejo”.
¿Se acuerdan cuando el gobierno de turno se refería a sus adversarios electorales llamándolos “la oposición”? Hoy todo lo que no suene a oficialismo es etiquetado como el discurso de “la derecha”.
¿Se acuerdan cuando los candidatos, oficialistas u opositores, explicaban su mala performance electoral asumiendo que la mayoría de los argentinos les había dado la espalda a sus ideas? Hoy cada traspié de campaña se adjudica a “una operación de los medios”.
¿Se acuerdan cuando los ganadores ganaban claramente las elecciones? Hoy es casi imposible juntar en las urnas algo parecido a una mayoría.
¿Se acuerdan cuando los gobiernos prometían que, luego de los comicios, se analizarían los resultados y se llamaría a una concertación nacional y se formaría un gabinete de consenso pluralista? Hoy los voceros oficialistas avisan que si ganan “irán por todo”, pero que si pierden “harán las valijas y que se arreglen los que queden”.
¿Se acuerdan cuando los candidatos opositores habían militado varios años en el llano hasta que lograban volver al gobierno? Hoy los opositores son oficialistas recién renunciados o aspirantes a negociar sus votos con el Poder Ejecutivo.
¿Se acuerdan cuando las cosas importantes sucedían en la Casa Rosada? Hoy directamente se gobierna y se instala el búnker de campaña en la quinta de Olivos.
¿Se acuerdan cuando las denuncias de corrupción podían quebrar la carrera de un candidato opositor o voltear un ministro? Hoy un candidato denunciado crece porque la opinión pública interpreta que es víctima de un “carpetazo”, y cualquier funcionario sospechado resiste los pedidos de renuncia gracias a “los códigos” de la mesa chica que controla la caja estatal.
¿Se acuerdan cuando una investigación sobre corrupción aumentaba la tirada y la venta de los diarios? Hoy la evaluación generalizada en las redacciones es que las denuncias mantienen la identidad de un medio, pero que saturan a los lectores, quienes ya se acostumbraron a convivir con los delitos administrativos.
¿Se acuerdan cuando los periodistas “de izquierda” condenaban la corrupción gubernamental? Hoy teorizan acerca de la falsa objetividad periodística, y priorizan el compromiso revolucionario por encima de la presunta neutralidad informativa, devaluada por ser una “hipocresía burguesa”.
¿Se acuerdan cuando circulaban pocas encuestas y nos creíamos los resultados? Hoy los medios publican promedios de decenas de sondeos para no ser acusados de tendenciosos.
¿Se acuerdan cuando los afiches de propaganda electoral prometían algo? Hoy aparecen algunos que no dicen nada, y ni siquiera muestran a los candidatos por temor a fastidiar a los transeúntes.
¿Se acuerdan cuando se organizaban colectas y eventos vip para recaudar fondos de campaña para los grandes partidos? Hoy parece que tanto el gobierno como la oposición grande tienen resueltas sus necesidades presupuestarias de antemano, y que solo piensan en cómo maquillar tanta opulencia ante las ONGs de transparencia republicana.
¿Se acuerdan cuando las personas sin ambiciones de cargos políticos se afiliaban a los partidos? Hoy hay cada vez más partidos, pero al mismo tiempo crecen las disoluciones de partidos por no cumplir los mínimos requisitos de participación que les exige la Justicia Electoral.
¿Se acuerdan de las internas partidarias? Hoy es eso que vemos en el cable, cuando la CNN informa sobre las “primarias” norteamericanas. Acá solo quedan los “dedazos”.
¿Se acuerdan del orgullo de ser autoridad de mesa? ¿Se acuerdan de cuando no existían los “boca de urna”? ¿Se acuerdan de los programas políticos con alto rating? ¿Se acuerdan de la “nueva política” que traería el “que se vayan todos”? ¿Se acuerdan cuando “privatizar” y “estatizar” querían decir eso, y no todo lo contrario? ¿Se acuerdan de cuando un discurso político hacía lagrimear a la tribuna y no al candidato que aprendió a hacer rendir sus emociones gracias a un “media training”? ¿Se acuerdan cuando estábamos seguros de a quién íbamos votar antes de entrar al cuarto oscuro? ¿Se acuerdan cuando la palabra política no sonaba como una mala palabra?
¿Se acuerdan cuando en la escuela, a comienzos de la restauración democrática, los trabajos prácticos vinculados con las elecciones consistían en comparar las “plataformas” (una palabra pasada de moda, por cierto) de los distintos partidos políticos? Hoy las propuestas son casi inexistentes, los estrategas electorales las consideran aburridas para la audiencia, y las posturas ideológicas de cada postulante cambian al ritmo del rating minuto a minuto.
¿Se acuerdan cuando en el barrio había un montón de “comités” y de “unidades básicas”? Hoy hasta los websites de los partidos políticos están desactualizados, y el único espacio de encuentro cotidiano con la “militancia” (otra palabra para anticuarios) es la cuenta facebook de un candidato.
¿Se acuerdan cuando los debates de los competidores en plena campaña lograban el pico de suspenso de la programación de un canal? Hoy la única duda es si el candidato bailará con su doble en Gran Cuñado, si cantará o si preferirá lucirse en un duelo de chistes con doble sentido.
¿Se acuerdan cuando los actos de cierre de campaña consistían en inundar de ciudadanos el obelisco porteño? Hoy los partidos supuestamente mayoritarios arman sus actos en teatros, o directamente no hacen actos de cierre.
¿Se acuerdan cuando un gobernador o un intendente le contestaban a la prensa que, antes de pensar en una candidatura presidencial, primero tenía que concentrarse en cumplir con las promesas de gestión en su distrito? Hoy los candidatos ni siquiera se dignan a confirmarle a sus electores si piensan asumir o terminar sus mandatos.
¿Se acuerdan cuando la mejor manera de no hacer cola en los centros de votación era presentarse a última hora, porque la mayoría corría a votar apenas se abrían las mesas? Hoy la prioridad del domingo de los comicios es dormir hasta tarde y alargar la sobremesa mirando la tele, hasta que la culpa o las amenazas de la Justicia Electoral nos hagan manotear el DNI poco antes de las seis de la tarde.
¿Se acuerdan cuando había una lista para votar al peronismo y otra para votar a la UCR? Hoy el cuarto oscuro es un laberinto de frentes, uniones, acuerdos, complicado por ua maraña de “colectoras” y “listas espejo”.
¿Se acuerdan cuando el gobierno de turno se refería a sus adversarios electorales llamándolos “la oposición”? Hoy todo lo que no suene a oficialismo es etiquetado como el discurso de “la derecha”.
¿Se acuerdan cuando los candidatos, oficialistas u opositores, explicaban su mala performance electoral asumiendo que la mayoría de los argentinos les había dado la espalda a sus ideas? Hoy cada traspié de campaña se adjudica a “una operación de los medios”.
¿Se acuerdan cuando los ganadores ganaban claramente las elecciones? Hoy es casi imposible juntar en las urnas algo parecido a una mayoría.
¿Se acuerdan cuando los gobiernos prometían que, luego de los comicios, se analizarían los resultados y se llamaría a una concertación nacional y se formaría un gabinete de consenso pluralista? Hoy los voceros oficialistas avisan que si ganan “irán por todo”, pero que si pierden “harán las valijas y que se arreglen los que queden”.
¿Se acuerdan cuando los candidatos opositores habían militado varios años en el llano hasta que lograban volver al gobierno? Hoy los opositores son oficialistas recién renunciados o aspirantes a negociar sus votos con el Poder Ejecutivo.
¿Se acuerdan cuando las cosas importantes sucedían en la Casa Rosada? Hoy directamente se gobierna y se instala el búnker de campaña en la quinta de Olivos.
¿Se acuerdan cuando las denuncias de corrupción podían quebrar la carrera de un candidato opositor o voltear un ministro? Hoy un candidato denunciado crece porque la opinión pública interpreta que es víctima de un “carpetazo”, y cualquier funcionario sospechado resiste los pedidos de renuncia gracias a “los códigos” de la mesa chica que controla la caja estatal.
¿Se acuerdan cuando una investigación sobre corrupción aumentaba la tirada y la venta de los diarios? Hoy la evaluación generalizada en las redacciones es que las denuncias mantienen la identidad de un medio, pero que saturan a los lectores, quienes ya se acostumbraron a convivir con los delitos administrativos.
¿Se acuerdan cuando los periodistas “de izquierda” condenaban la corrupción gubernamental? Hoy teorizan acerca de la falsa objetividad periodística, y priorizan el compromiso revolucionario por encima de la presunta neutralidad informativa, devaluada por ser una “hipocresía burguesa”.
¿Se acuerdan cuando circulaban pocas encuestas y nos creíamos los resultados? Hoy los medios publican promedios de decenas de sondeos para no ser acusados de tendenciosos.
¿Se acuerdan cuando los afiches de propaganda electoral prometían algo? Hoy aparecen algunos que no dicen nada, y ni siquiera muestran a los candidatos por temor a fastidiar a los transeúntes.
¿Se acuerdan cuando se organizaban colectas y eventos vip para recaudar fondos de campaña para los grandes partidos? Hoy parece que tanto el gobierno como la oposición grande tienen resueltas sus necesidades presupuestarias de antemano, y que solo piensan en cómo maquillar tanta opulencia ante las ONGs de transparencia republicana.
¿Se acuerdan cuando las personas sin ambiciones de cargos políticos se afiliaban a los partidos? Hoy hay cada vez más partidos, pero al mismo tiempo crecen las disoluciones de partidos por no cumplir los mínimos requisitos de participación que les exige la Justicia Electoral.
¿Se acuerdan de las internas partidarias? Hoy es eso que vemos en el cable, cuando la CNN informa sobre las “primarias” norteamericanas. Acá solo quedan los “dedazos”.
¿Se acuerdan del orgullo de ser autoridad de mesa? ¿Se acuerdan de cuando no existían los “boca de urna”? ¿Se acuerdan de los programas políticos con alto rating? ¿Se acuerdan de la “nueva política” que traería el “que se vayan todos”? ¿Se acuerdan cuando “privatizar” y “estatizar” querían decir eso, y no todo lo contrario? ¿Se acuerdan de cuando un discurso político hacía lagrimear a la tribuna y no al candidato que aprendió a hacer rendir sus emociones gracias a un “media training”? ¿Se acuerdan cuando estábamos seguros de a quién íbamos votar antes de entrar al cuarto oscuro? ¿Se acuerdan cuando la palabra política no sonaba como una mala palabra?
LA LECCIÓN DEL Y2K
¿Se acuerdan del Y2K? En las vísperas del nuevo milenio, un rumor basado en pronósticos de expertos informáticos sembró el pánico en la población mundial más o menos culta. Se temía que, con el cambio de fecha, las computadoras se volverían locas y que el año 2000 arrojaría a la civilización occidental al abismo digital. Comparado con el diagnóstico catástrofe que circulaba en la opinión pública, los pocos inconvenientes que finalmente se registraron fueron casi nada. Falsa alarma. Pero el argumento del miedo fue un buen negocio para muchos, que comieron durante unos meses gracias al clima apocalíptico que ayudaron a instalar. De aquella experiencia globalizada y tecnológica puede sacarse una moraleja para transitar con cierta sensatez la recta final de la campaña electoral argentina más absurda desde el retorno de la democracia.
Nada va a explotar el 29 de junio. Al menos nada debería estallar en la sociedad y en sus instituciones, mientras ningún dirigente decida lo contrario. Para decirlo con una metáfora: este avión sólo caerá si hay una falla humana intencional, un sabotaje republicano. ¿Cuál podría ser? Por ejemplo, que el oficialismo metiera la mano en las urnas para conseguir esos puntos de ventaja que tanto le está costando asegurarse. O al revés, que la oposición bonaerense, cegada por una derrota genuina en la noche del domingo 28, saliera a denunciar fraude en masa, tratando de impugnar mediática y judicialmente el escrutinio. ¿Qué otro sabotaje institucional podría complicarle la vida a los argentinos a partir del 29-J? Del lado del Gobierno, habría dos escenarios inflamables: a) la nunca despejada versión de que el matrimonio Kirchner está dispuesto a responder a una derrota haciendo las valijas y huyendo a un exilio cinco estrellas en El Calafate; b) que si en las urnas pierde la mayoría parlamentaria, Néstor aproveche los meses de quórum propio que le quedan en el Congreso para sacar a cualquier precio todas las leyes que considere necesarias para desarmar a sus enemigos políticos y embarrarle el terreno al establishment empresario que a partir del lunes 29 quiere marcarle la cancha. Hay un riesgo más: si el kirchnerismo hace una buena elección, puede que Néstor se sienta fortalecido como para lanzar un escarmiento general y luego la campaña final para ir por todo.
Del otro lado, cualquiera sea la actitud K, existe el peligro de que la polarización de la sociedad se profundice, y que el único objetivo de los políticos y empresarios disidentes sea acelerar dramáticamente el declive natural del kirchnerismo, poniendo en riesgo la gobernabilidad.
Todos estos escenarios son evitables, y que el 29-J sea mucho ruido y pocas nueces, como lo fue el Y2K de las computadoras. Solo falta que todos sus protagonistas se convenzan de que el domingo próximo no es más que una elección legislativa. Un punto de inflexión quizá, pero no una hecatombe. El obstáculo para el sentido común, para la racionalidad cívica, es la emoción violenta por los intereses que están en juego.
Sin ir más lejos, los intereses de los intermediarios de la lucha electoral. Si pudiera cuantificarse con precisión –no se podrá, dado el cumplimiento ficticio de la ley de financiemiento de los partidos políticos-, la inversión privada y estatal en propaganda en los medios, asesores de imagen y encuestadoras probablemente rompería el record de costos de campaña en nuestro país.
Pero lo más apetitoso que está en juego es el reparto de la torta, horneada al calor del “nuevo modelo” económico fogoneado por el kirchnerismo. Detrás de tanta cortina de humo, es un dato objetivo que tanto Clarín como Techint están nerviosos. Luego de años de flirteos y rabietas al estilo Pimpinela, Néstor logró asustarlos en serio. Esta semana, en los despachos gerenciales del gran multimedio argentino se trazan en pizarras y power points los puntos sensibles que los operadores de Clarín deberán vigilar a partir del lunes 29, cuando termine “Gran Cuñado”:
*Temen que Néstor se decida a entregarle en bandeja el negocio del Triple Play (el paquete de cable, internet y telefonía) a los españoles de Telefónica. La pulseada entre Clarín y empresarios bendecidos por el Gobierno para quedarse con el control de Telecom Argentina explica en parte el reciente tiroteo público entre Kirchner y los jefes del diario.
*Sondean a los legisladores para ver cuánto consenso podría tener el proyecto oficial para terminar con la vieja ley de radiodifusión. La campaña de concientización se basa en el argumento de que no es transparente votar una ley tan importante con la composición parlamentaria actual. Luego del adelantamiento de las elecciones, éste es un “Congreso deslegitimado” hasta fin de año, dicen en Clarín.
*Siguen de cerca los dichos y los hechos del Gobierno acerca del negocio del fútbol televisado, y la difusa promesa oficial de habilitar la difusión gratuita de los partidos por los canales de aire. En el grupo se preparan para dar la pelea en la opinión pública, con la explicación de que el fútbol gratis es una mentira, porque si el Gobierno interviniera legal o ilegalmente los contratos de televisación, los primeros perjudicados serían los clubes, que sin los ingresos de la tele codificada irían a la quiebra. La sospecha es que, incluso sabiendo eso, el kirchnerismo avance con la idea, subsidie a los clubes en problemas, y una vez que desarme el monopolio actual, le entregue el negocio a un operador amigo (o a sí mismo).
*Los estrategas del grupo consideran que sin una pata “telco” (telecomunicaciones), el modelo de negocios de Clarín entrará en crisis en muy pocos años. Y entienden que es inevitable que la revolución digital le abra el juego a nuevos operadores, muchos de ellos con vocación oligopólica. Por eso el grupo está dispuesto a sentarse a negociar una “transición audiovisual”, pero el problema es que el garante estatal de turno para esa compleja transacción es Kirchner. Y Héctor Magnetto ya no confía en la palabra del patagónico.Y aunque suene paradójico, un eventual triunfo de Francisco De Narváez no tranquiliza a ningún poderoso anti K
Nada va a explotar el 29 de junio. Al menos nada debería estallar en la sociedad y en sus instituciones, mientras ningún dirigente decida lo contrario. Para decirlo con una metáfora: este avión sólo caerá si hay una falla humana intencional, un sabotaje republicano. ¿Cuál podría ser? Por ejemplo, que el oficialismo metiera la mano en las urnas para conseguir esos puntos de ventaja que tanto le está costando asegurarse. O al revés, que la oposición bonaerense, cegada por una derrota genuina en la noche del domingo 28, saliera a denunciar fraude en masa, tratando de impugnar mediática y judicialmente el escrutinio. ¿Qué otro sabotaje institucional podría complicarle la vida a los argentinos a partir del 29-J? Del lado del Gobierno, habría dos escenarios inflamables: a) la nunca despejada versión de que el matrimonio Kirchner está dispuesto a responder a una derrota haciendo las valijas y huyendo a un exilio cinco estrellas en El Calafate; b) que si en las urnas pierde la mayoría parlamentaria, Néstor aproveche los meses de quórum propio que le quedan en el Congreso para sacar a cualquier precio todas las leyes que considere necesarias para desarmar a sus enemigos políticos y embarrarle el terreno al establishment empresario que a partir del lunes 29 quiere marcarle la cancha. Hay un riesgo más: si el kirchnerismo hace una buena elección, puede que Néstor se sienta fortalecido como para lanzar un escarmiento general y luego la campaña final para ir por todo.
Del otro lado, cualquiera sea la actitud K, existe el peligro de que la polarización de la sociedad se profundice, y que el único objetivo de los políticos y empresarios disidentes sea acelerar dramáticamente el declive natural del kirchnerismo, poniendo en riesgo la gobernabilidad.
Todos estos escenarios son evitables, y que el 29-J sea mucho ruido y pocas nueces, como lo fue el Y2K de las computadoras. Solo falta que todos sus protagonistas se convenzan de que el domingo próximo no es más que una elección legislativa. Un punto de inflexión quizá, pero no una hecatombe. El obstáculo para el sentido común, para la racionalidad cívica, es la emoción violenta por los intereses que están en juego.
Sin ir más lejos, los intereses de los intermediarios de la lucha electoral. Si pudiera cuantificarse con precisión –no se podrá, dado el cumplimiento ficticio de la ley de financiemiento de los partidos políticos-, la inversión privada y estatal en propaganda en los medios, asesores de imagen y encuestadoras probablemente rompería el record de costos de campaña en nuestro país.
Pero lo más apetitoso que está en juego es el reparto de la torta, horneada al calor del “nuevo modelo” económico fogoneado por el kirchnerismo. Detrás de tanta cortina de humo, es un dato objetivo que tanto Clarín como Techint están nerviosos. Luego de años de flirteos y rabietas al estilo Pimpinela, Néstor logró asustarlos en serio. Esta semana, en los despachos gerenciales del gran multimedio argentino se trazan en pizarras y power points los puntos sensibles que los operadores de Clarín deberán vigilar a partir del lunes 29, cuando termine “Gran Cuñado”:
*Temen que Néstor se decida a entregarle en bandeja el negocio del Triple Play (el paquete de cable, internet y telefonía) a los españoles de Telefónica. La pulseada entre Clarín y empresarios bendecidos por el Gobierno para quedarse con el control de Telecom Argentina explica en parte el reciente tiroteo público entre Kirchner y los jefes del diario.
*Sondean a los legisladores para ver cuánto consenso podría tener el proyecto oficial para terminar con la vieja ley de radiodifusión. La campaña de concientización se basa en el argumento de que no es transparente votar una ley tan importante con la composición parlamentaria actual. Luego del adelantamiento de las elecciones, éste es un “Congreso deslegitimado” hasta fin de año, dicen en Clarín.
*Siguen de cerca los dichos y los hechos del Gobierno acerca del negocio del fútbol televisado, y la difusa promesa oficial de habilitar la difusión gratuita de los partidos por los canales de aire. En el grupo se preparan para dar la pelea en la opinión pública, con la explicación de que el fútbol gratis es una mentira, porque si el Gobierno interviniera legal o ilegalmente los contratos de televisación, los primeros perjudicados serían los clubes, que sin los ingresos de la tele codificada irían a la quiebra. La sospecha es que, incluso sabiendo eso, el kirchnerismo avance con la idea, subsidie a los clubes en problemas, y una vez que desarme el monopolio actual, le entregue el negocio a un operador amigo (o a sí mismo).
*Los estrategas del grupo consideran que sin una pata “telco” (telecomunicaciones), el modelo de negocios de Clarín entrará en crisis en muy pocos años. Y entienden que es inevitable que la revolución digital le abra el juego a nuevos operadores, muchos de ellos con vocación oligopólica. Por eso el grupo está dispuesto a sentarse a negociar una “transición audiovisual”, pero el problema es que el garante estatal de turno para esa compleja transacción es Kirchner. Y Héctor Magnetto ya no confía en la palabra del patagónico.Y aunque suene paradójico, un eventual triunfo de Francisco De Narváez no tranquiliza a ningún poderoso anti K
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