Esa voz está arruinando cenas de camaradería para despedir el año y escapadas de fin de semana largo. Es la voz de Néstor Kirchner, que se filtra en los celulares de funcionarios y operadores oficialistas para recordarles que este verano no hay vacaciones. Cualquier tema picante que aparezca en la prensa impulsa al presidente a levantar el teléfono, incluso a altas horas de la noche, para pedirle al soldado de turno que desde la primera hora del día siguiente ponga en marcha un operativo de prensa para salir a machacar en los medios la postura K. Y aunque algunos intentan esquivar esas llamadas de emergencia, nadie se anima, por ahora, a decirle que no. Hace poco sucedió eso –por citar ejemplos- con el escándalo de los “diputruchos” en la legislatura porteña, con las medidas para el campo y con la nueva avanzada verbal contra Julio Cobos.
La marcación hombre a hombre de Néstor está angustiando a muchos oficialistas con carrera y plata propias, que aunque siguen convencidos en el barco K, ya empiezan a imaginar su salvación individual para el día en que el Titanik no flote más. Como Kirchner conoce el peligro de tener una tropa distraída por el miedo al “día después”, su mensaje apunta precisamente a dinamitar el día después. “No me puedo imaginar el país del poskirchnerismo”, confiesa un dirigente oficialista con estructura propia y buen blindaje mediático. “Al menos, no me lo imagino sin que corra sangre.” Se explica: el kirchnerismo se dispone a aferrarse al establishment nacional, incrustándose por la fuerza en su ADN. Por eso avanza la idea de hacer valer la butaca estatal en el directorio de las empresas privadas que tenían una cuota accionaria en la caja de las AFJP. Por eso crece el impulso de comprar medios de comunicación a nombre de “empresarios amigos”, e incluso de meterse en la red multimedia del Grupo Clarín, con la ley de Radiodifusión en una mano, y en la otra mano con inversiones K en nuevas tecnologías de la información y el entretenimiento (TV digital, canales por internet, telefonía). Y la palabra “sangre” puede ser metafórica. O no: Hebe de Bonafini ya lanzó su campaña de intimidación personal a los jueces y sus familias, en caso de que no fallen como ella quiere en las causas por violación a los derechos humanos durante la década de 1970. Esa presión física sobre la Justicia coincide con los primeros indicios de rebeldía judicial en los juicios por denuncias de corrupción contra el Gobierno.
Y aquí aparece otro tema que le quita el sueño a altos funcionarios del Poder Ejecutivo. En off the record estricto, varios responsables operativos de ministerios claves de la gestión K se quejan de que ya han rubricado con sus firmas demasiados trámites que podrían derivar en causas judiciales por malversación e incumplimiento de deberes de funcionario público. Pero en la eventualidad de tener que señalar responsables de esas medidas, a los jueces no les será sencillo llegar a la cima de la toma de decisiones durante la era de Cristina. Dado el esquema de mandos del kirchnerismo actual, Cristina podría alegar –sin mentir- que nunca dio ciertas órdenes y que incluso ignoraba que se hubieran impartido. Y Néstor podría argumentar –con razón-, que él ya no es legalmente el jefe del Ejecutivo, así que no tendría que responsabilizarse por los actos de sus ministros y subordinados. Incluso Guillermo Moreno tendría disponibles coartadas para eludir eventuales cuestionamientos judiciales a medidas del ministerio de Economía, del de la Producción y del Banco Central.
Un peronista joven con caja propia, que habla cada semana con Néstor, asegura que la batería de anuncios tienen consenso en el oficialismo y que, si se implementan en tiempo y forma, serán suficientes para aliviar la crisis. “Para el 2009, la economía no viene tan mal como temíamos, pero lo que sí preocupa mucho es lo político”, analiza el dirigente K. “No importa qué tan buenos sean los anuncios de Cristina, la gente ya no escucha, todo le parece mal antes de pensarlo. Hay un desenganche del Gobierno con el humor social que se va a reflejar en las urnas. Incluso en la provincia de Buenos Aires, donde se supone que estamos más fuertes.” El diagnóstico viene de alguien que conoce como pocos en el elenco oficialista los cambios de humor de la clase media. ¿Cuál es la solución para tirar en la mesa chica presidencial? “Néstor tiene que reconstruir el PJ, y llamar a una concertación que sume a los indecisos que hoy está reclutando la oposición. Pero para eso tiene que haber grandeza y audacia.”
Grandeza y audacia: aunque el dirigente K no lo pronuncie, eso no puede ser otra cosa que resolver el problema Cobos. Pero no en la línea rústica y obvia del apedreo verbal que están practicando los cuadros kirchneristas más obedientes y menos creativos. No: se trata de patear todos los tableros, incluso los de Lilita Carrió y Eduardo Duhalde. Grandeza y audacia: eso quiere decir llamar públicamente al vicepresidente a dialogar y a integrar de nuevo, o más que nunca, un gobierno de consenso. Si Cristina le tiende públicamente una mano abierta y paciente a Cobos, al mendocino no le será fácil zafar del abrazo pingüino. Si rechaza la pipa de la paz, sus acciones como figura conciliadora caerán a la mitad, y sólo quedarán de su lado los “destituyentes” que odian visceralmente a los Kirchner. Son muchos, es cierto, pero forman la masa que la oposición se está disputando con uñas y dientes. Hay mucha competencia. En cambio, el electorado moderado, que hasta hace muy poco confiaba en Cristina como una versión sensata del kirchnerismo, sigue sin encontrar su liderazgo alternativo, uno que no huela a politiquería caníbal. Por eso se deja seducir por el dialoguismo simplote y la parquedad cordillerana de Cobos. Como la Iglesia, pide paz. No quiere realpolitik, quiere diálogo. Suena ingenuo, y para una mente sumergida en la sopa caliente de la política real, hasta suena hipócrita. Puede ser, pero las reglas de la opinión pública son así. Y el que las respeta, llena urnas.
domingo, 28 de diciembre de 2008
jueves, 25 de diciembre de 2008
NÉSTOR ES UN ESTADISTA
“Contra Franco estábamos mejor”, ironizó el escritor español Manuel Vázquez Montalbán para resumir el clima de dispersión y desencanto de las fuerzas democráticas, años después de haber derrotado al franquismo. La misma ironía podría servirle a los opositores argentinos el día que el kirchnerismo pierda el poder. Néstor Kirchner resultó ser –por el absurdo- un estadista. Su gran favor a la causa republicana es lograr aglutinar y fortalecer al espectro político nacional a fuerza de provocaciones. Hace unos días revitalizó la Cobosmanía y volvió a darle entidad de cuestión de Estado a las denuncias de Elisa Carrió. Ayer hizo lo mismo con el campo.
Con las idas y vueltas de los anuncios a repetición del Gobierno, se había filtrado en la prensa que el oficialismo analizaba bajar las retenciones a la soja. La versión no fue inventada por los medios, sino que fue fogoneada desde el propio Gabinete K, tal vez como un globo de ensayo. Y surtió el efecto obvio: el campo se puso alerta, con la expectativa de un cambio de la política oficial hacia la industria sojera. La movida K hubiera llegado en un momento de debilidad política del frente ruralista, con la Mesa de Enlace virtualmente disuelta, tímidamente reemplazada por otra “Mesa”: el interbloque parlamentario que promete defender los intereses del campo, pero que todavía no demostró con cuánta eficacia y coherencia podrá hacerlo. Pero no. El Gobierno dio marcha atrás con la idea de aliviar la polémica carga impositiva a la soja, mientras las otras medidas pro-campo enfurecieron a los productores y le dieron una nueva excusa a la dirigencia rural para alzar la voz y llamar a la lucha en plenas fiestas de fin de año. A eso se suma la coincidencia de la largada –al comenzar el nuevo año- del rally Dakar sudamericano, que en su paso por Argentina podría verse obstaculizado por las protestas ruralistas que ya se están planificando en diversos sectores del frente agrario. Y las vacaciones en la costa atlántica también serán un escenario proselitista donde el campo podría conseguir audiencia. Un timing perfecto.
Con la resurrección de Alfredo De Ángelis, apalancada torpe o maquiavélicamente desde Olivos, Néstor Kirchner acaba de hacerle otro lamentable favor a la gestión de su esposa. Los miembros del Gabinete tuvieron que salir a aclarar por Radio 10 que Cristina sigue siendo la presidenta y no su marido, para desmentir que Néstor haya sido el autor intelectual del veto antisojero. Tal vez no mientan, y en lugar de Kirchner, el verdugo del “yuyito” haya sido Guillermo Moreno, otro ministro plenipotenciario de facto que ya está empezando a poner en ridículo a Débora Giorgi, la última víctima del hipercentralismo oficial.
Con las idas y vueltas de los anuncios a repetición del Gobierno, se había filtrado en la prensa que el oficialismo analizaba bajar las retenciones a la soja. La versión no fue inventada por los medios, sino que fue fogoneada desde el propio Gabinete K, tal vez como un globo de ensayo. Y surtió el efecto obvio: el campo se puso alerta, con la expectativa de un cambio de la política oficial hacia la industria sojera. La movida K hubiera llegado en un momento de debilidad política del frente ruralista, con la Mesa de Enlace virtualmente disuelta, tímidamente reemplazada por otra “Mesa”: el interbloque parlamentario que promete defender los intereses del campo, pero que todavía no demostró con cuánta eficacia y coherencia podrá hacerlo. Pero no. El Gobierno dio marcha atrás con la idea de aliviar la polémica carga impositiva a la soja, mientras las otras medidas pro-campo enfurecieron a los productores y le dieron una nueva excusa a la dirigencia rural para alzar la voz y llamar a la lucha en plenas fiestas de fin de año. A eso se suma la coincidencia de la largada –al comenzar el nuevo año- del rally Dakar sudamericano, que en su paso por Argentina podría verse obstaculizado por las protestas ruralistas que ya se están planificando en diversos sectores del frente agrario. Y las vacaciones en la costa atlántica también serán un escenario proselitista donde el campo podría conseguir audiencia. Un timing perfecto.
Con la resurrección de Alfredo De Ángelis, apalancada torpe o maquiavélicamente desde Olivos, Néstor Kirchner acaba de hacerle otro lamentable favor a la gestión de su esposa. Los miembros del Gabinete tuvieron que salir a aclarar por Radio 10 que Cristina sigue siendo la presidenta y no su marido, para desmentir que Néstor haya sido el autor intelectual del veto antisojero. Tal vez no mientan, y en lugar de Kirchner, el verdugo del “yuyito” haya sido Guillermo Moreno, otro ministro plenipotenciario de facto que ya está empezando a poner en ridículo a Débora Giorgi, la última víctima del hipercentralismo oficial.
lunes, 22 de diciembre de 2008
HAGAN JUEGO
Quizá por culpa del azar, la corrupción volvió a ponerse de moda en la discusión política. Las encuestas dicen que la inseguridad y el miedo a la recesión acaparan el pensamiento de los argentinos, pero el azar es así. Esta semana, el país volvió a ser el de siempre, el que pintó Discépolo: “en un mismo lodo, todos manoseaos”. La empresa Siemens le puso algunos nombres y apellidos célebres a la corrupción argentina, demostrando que se trata de un mal estructural. Los gobiernos pasan, el cohecho queda. Y aunque el kirchnerismo zafó del escándalo Siemens, igual coronó la semana más sucia del año con la aprobación de la ley de blanqueo de capitales sin origen confesable. Para el Gobierno fue otro triunfo de la menguante hegemonía K, pero por esas cosas del azar, el clima de fiesta se embarró de nuevo. Kirchner sintió la necesidad de salir a gritar, dolorido por el pinchazo oportuno de Elisa Carrió, que le encontró una veta al caso Cristóbal López. La jefa de la Coalición Cívica apuntó con munición gruesa al negocio de los juegos de azar, y a su relación oscura con el financiamiento de la política. Las denuncias al respecto de Luis Juez y de la Iglesia Católica le subieron la temperatura a la discusión, al punto de asustar a dos candidatos con aspiraciones para el 2011: Mauricio Macri y Daniel Scioli. Ambos están necesitados del dinero fácil de los bingos y los tragamonedas para equilibrar los presupuestos de sus respectivos distritos, pero los dos sintieron el rigor del qué dirán. Y retrocedieron, al menos hasta que baje la marea.
El que no retrocedió -fiel a su estilo- fue el presidente de facto, Néstor Kirchner. Al contrario, dobló la apuesta y trató de ensuciar a Carrió con remanidas anécdotas incómodas de su pasado. Y de paso le pegó otro cachetazo a Julio Cobos, que vio la oportunidad y, a diferencia de otras veces, aceptó el desafío de trenzarse en público con Kirchner. Previsiblemente, la pulseada volvió a subir la imagen de Cobos en las encuestas. ¿Qué pretende Néstor con estos gestos? ¿Hay una estrategia maquiavélica detrás de la alimentación kirchnerista del rol opositor del vicepresidente? ¿O es pura calentura de un gobierno acorralado? La oposición discutió esto en las últimas horas, pero no llegó a ninguna conclusión, salvo que por ahora hay que seguir desconfiando de Cobos, no sea cosa que en el 2009 se convierta en el Caballo de Troya que divida cualquier intento de frente opositor. Sobre las intenciones oficialistas y la influencia del vicepresidente en el año electoral, se aceptan apuestas.
En el río revuelto de un fin de año caliente, Carrió logró hacer pie con lo que mejor sabe hacer, que es denunciar matrices de corrupción. Y en privado se ríe del lío que armó esta semana, mientras le dicta a sus operadores la agenda pre electoral del verano. La misión general es sencilla: salir con una red gigante a pescar aliados en todos los sectores. Carrió quiere ser el embudo que reciba a radicales y peronistas, sin mucho filtro por ahora: “sólo cuídenme de que me entrampen en una foto con algún corrupto”, le advierte Lilita a su equipo. Incluso salió a provocar con la idea de una alianza estratégica con el macrismo, para ganarle al kirchnerismo por paliza. Los radicales con los que se sienta a negociar se muestran sorprendidos por la Carrió “pragmática” que ven, y ella disfruta de su nuevo personaje práctico. Durante enero, se quedará haciendo guardia en Capital, y luego recorrerá la costa atlántica, para ir tanteando el territorio bonaerense. Sabe que éste es su momento. Aunque las encuestas dicen que la gente no le tiene mucha confianza para un cargo ejecutivo, al mismo tiempo su rol de guardián de la república sigue aportándole votos, especialmente para una elección legislativa. Más en un momento en que la corrupción volvió a instalarse como tema sensible.
FIN DE FIESTA. En paralelo al “ciclo de la ilusión y el desencanto” (explicado en el clásico libro de los economistas Gerchunoff y Llach), los 25 años de democracia muestran otro ciclo recurrente, el de la corrupción y el desengaño. Cada gobierno argentino arranca con una promesa de transparencia, que suele simbolizarse con un plan de limpieza de la herencia recibida. Alfonsín llegó con el Juicio a las Juntas bajo el brazo y su denuncia de un “pacto sindical-militar”. Menem con la ola privatizadora, que sacudió a la burocracia estatal, percibida en aquel momento como un nido de ñoquis y de cajas negras de la política. De la Rúa se apoyó en figuras supuestamente intachables de la Alianza, que se asociaron a jueces y periodistas “comprometidos” para denunciar la “fiesta menemista”. Duhalde señaló las mentiras de la convertibilidad, los blindajes financieros y el peronismo neoliberal. Kirchner cambió la Corte Suprema y activó un plan de revisionismo histórico que le dio un cheque en blanco de parte de las caras más respetadas de las organizaciones de Derechos Humanos. Para su segundo mandato, pensó en Cristina como la máscara ideal para renovar su promesa de transparencia; pero la fachada duró poco. Ahora sólo le queda apelar a la vieja consigna popular del “roba pero hace”. Pero para eso, los pan dulces regalados, los 0 km accesibles y las heladeras baratas que promete deben aparecer a tiempo en las góndolas y vidrieras, antes de que la base de apoyo que aún cree en el Gobierno se sienta definitivamente defraudada. Si la crisis económica no le permite llevar más alegría a los pobres y a los ricos, entonces la hipocresía colectiva empezará a reclamar a viva voz que la Justicia investigue y castigue a los funcionarios kirchneristas, que ya se la ven venir. No es casual la ola oficialista de insultar a los jueces, tanto por la inseguridad como por la demora en las causas de DD.HH. La ruleta del 2009 ya gira a máxima velocidad: sálvese quien pueda.
El que no retrocedió -fiel a su estilo- fue el presidente de facto, Néstor Kirchner. Al contrario, dobló la apuesta y trató de ensuciar a Carrió con remanidas anécdotas incómodas de su pasado. Y de paso le pegó otro cachetazo a Julio Cobos, que vio la oportunidad y, a diferencia de otras veces, aceptó el desafío de trenzarse en público con Kirchner. Previsiblemente, la pulseada volvió a subir la imagen de Cobos en las encuestas. ¿Qué pretende Néstor con estos gestos? ¿Hay una estrategia maquiavélica detrás de la alimentación kirchnerista del rol opositor del vicepresidente? ¿O es pura calentura de un gobierno acorralado? La oposición discutió esto en las últimas horas, pero no llegó a ninguna conclusión, salvo que por ahora hay que seguir desconfiando de Cobos, no sea cosa que en el 2009 se convierta en el Caballo de Troya que divida cualquier intento de frente opositor. Sobre las intenciones oficialistas y la influencia del vicepresidente en el año electoral, se aceptan apuestas.
En el río revuelto de un fin de año caliente, Carrió logró hacer pie con lo que mejor sabe hacer, que es denunciar matrices de corrupción. Y en privado se ríe del lío que armó esta semana, mientras le dicta a sus operadores la agenda pre electoral del verano. La misión general es sencilla: salir con una red gigante a pescar aliados en todos los sectores. Carrió quiere ser el embudo que reciba a radicales y peronistas, sin mucho filtro por ahora: “sólo cuídenme de que me entrampen en una foto con algún corrupto”, le advierte Lilita a su equipo. Incluso salió a provocar con la idea de una alianza estratégica con el macrismo, para ganarle al kirchnerismo por paliza. Los radicales con los que se sienta a negociar se muestran sorprendidos por la Carrió “pragmática” que ven, y ella disfruta de su nuevo personaje práctico. Durante enero, se quedará haciendo guardia en Capital, y luego recorrerá la costa atlántica, para ir tanteando el territorio bonaerense. Sabe que éste es su momento. Aunque las encuestas dicen que la gente no le tiene mucha confianza para un cargo ejecutivo, al mismo tiempo su rol de guardián de la república sigue aportándole votos, especialmente para una elección legislativa. Más en un momento en que la corrupción volvió a instalarse como tema sensible.
FIN DE FIESTA. En paralelo al “ciclo de la ilusión y el desencanto” (explicado en el clásico libro de los economistas Gerchunoff y Llach), los 25 años de democracia muestran otro ciclo recurrente, el de la corrupción y el desengaño. Cada gobierno argentino arranca con una promesa de transparencia, que suele simbolizarse con un plan de limpieza de la herencia recibida. Alfonsín llegó con el Juicio a las Juntas bajo el brazo y su denuncia de un “pacto sindical-militar”. Menem con la ola privatizadora, que sacudió a la burocracia estatal, percibida en aquel momento como un nido de ñoquis y de cajas negras de la política. De la Rúa se apoyó en figuras supuestamente intachables de la Alianza, que se asociaron a jueces y periodistas “comprometidos” para denunciar la “fiesta menemista”. Duhalde señaló las mentiras de la convertibilidad, los blindajes financieros y el peronismo neoliberal. Kirchner cambió la Corte Suprema y activó un plan de revisionismo histórico que le dio un cheque en blanco de parte de las caras más respetadas de las organizaciones de Derechos Humanos. Para su segundo mandato, pensó en Cristina como la máscara ideal para renovar su promesa de transparencia; pero la fachada duró poco. Ahora sólo le queda apelar a la vieja consigna popular del “roba pero hace”. Pero para eso, los pan dulces regalados, los 0 km accesibles y las heladeras baratas que promete deben aparecer a tiempo en las góndolas y vidrieras, antes de que la base de apoyo que aún cree en el Gobierno se sienta definitivamente defraudada. Si la crisis económica no le permite llevar más alegría a los pobres y a los ricos, entonces la hipocresía colectiva empezará a reclamar a viva voz que la Justicia investigue y castigue a los funcionarios kirchneristas, que ya se la ven venir. No es casual la ola oficialista de insultar a los jueces, tanto por la inseguridad como por la demora en las causas de DD.HH. La ruleta del 2009 ya gira a máxima velocidad: sálvese quien pueda.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
ROSAS SIN ESPINAS
La imagen de Mauricio y Cristina rodeados de rosas es una tierna metáfora del rumbo que está tomando el proyecto político del empresario boquense. Macri mismo acaba de definirlo con sus propias palabras: “No convalidamos ni nos oponemos.” Aunque esta sincera fórmula fue elegida para justificar su colaboración con el espaldarazo K al desembarco definitivo de Cristóbal López en el negocio del juego porteño, la expresión también sirve para etiquetar toda la estrategia macrista respecto de su relación con la hegemonía kirchnerista. “No convalidamos ni nos oponemos.” Clarísimo. Y coherente: desde el arranque de su “gestión” –palabra marketinera que se le puede volver en contra si Mauricio no se demuestra digno de ella-, el jefe PRO le indicó a sus soldados que no confrontaran con la Casa Rosada. Pero hace dos meses estalló una crisis doctrinaria en el macrismo que pudo torcer el rumbo pacifista marcado por su líder. En las entrañas del gobierno porteño se habló de movilizar a los vecinos de la ciudad para protestar contra los atropellos K a nivel nacional, y hasta se tiró sobre la mesa la provocación de salir a denunciar el pacto de Kirchner y Cristóbal López en los casinos y bingos de la Ciudad. Paradojas de la vida política, entre los que plantearon esa opción hay nombres que acaban de mancharse tontamente con el escándalo de los diputruchos. Y el mismo día en que Mauricio salía a hablar mal de sus legisladores desprolijos, también justificaba su alianza táctica con el gobierno nacional en el negocio de los juegos de azar, que se concretó precisamente con una orden de Macri a la Legislatura. Y usó la palabra mágica, “recaudar”. Es decir, lo mismo que la oposición le critica a los Kirchner: los manotazos de inseguridad jurídica en nombre de la necesidad de hacer caja para el año electoral. Poco PRO, pero muy Mauricio. Lo bueno de todo esto es que se lanzó a la luz del día, en pleno Rosedal, con la pompa de una alianza pre-electoral, como las que fustiga Kirchner. Una alianza que no sólo vale para el 2009, sino que se proyecta para el 2011, cuando el kirchnerismo en retirada necesite un garante de impunidad que llegue a la Casa Rosada feliz y agradecido. Sin rencores.
lunes, 15 de diciembre de 2008
APOCALIPSIS NOW
Hay clima bélico en el cuartel general de Olivos. Al Comandante en Jefe se lo vio revisar muy nervioso los últimos partes de guerra, quizá los que más le preocupan: las encuestas de popularidad de su gestión como presidente reasumido, aunque no reelecto. Derretida la ilusión de que los votantes habían elegido con Cristina una etapa de gobierno superadora desde el punto de vista de la calidad institucional y de la renovación del liderazgo democrático, ahora todas las balas anti K apuntan contra Néstor y sus coroneles, De Vido y Moreno. Y algunas empiezan a entrar.
Aunque la oposición parlamentaria sigue con problemas para armar alianzas tácticas contra la mayoría kirchnerista en el Congreso, el escándalo que manchó la votación de la ley que alienta el blanqueo de capitales oscuros marcó otro escalón descendente para la hegemonía oficialista. “Fue una de las sesiones más violentas desde la caída de De la Rúa”, se lamenta ante este diario un diputado K, que culpa a la oposición por el ambiente agresivo que crece en los pasillos parlamentarios a medida que se acerca el fin de año. También se queja de lo que cuesta –cada vez más- poner la cara ante los infinitos y durísimos discursos de los colegas opositores antes de que se voten los proyectos de ley ideados en la Quinta Presidencial. Encima, algunas de esas lascerantes intervenciones son de ex compañeros recién cambiados de bando. “Aunque es duro, esto tiene un lado bueno”, se conforma el soldado legislativo K, “porque ya está quedando bien claro quiénes tenemos convicción para dar la pelea y quiénes no”. Es claro que hoy están estallando los resquemores reprimidos desde la derrota oficial a manos del frente ruralista. Y las despedidas periódicas de funcionarios “tibios” o “disidentes” marcan el ritmo de una depuración riesgosa pero necesaria ante la inminencia de un año electoral social y económicamente inflamable, es decir, impredecible.
Para prevenir incendios, el Gobierno lanza paquetitos día tras día, y los asesores de Cristina preparan varios más para alegrar el arbolito de Navidad. Porque esa es la paradoja emocional en la que viven los Kirchner por estos días: aunque están resentidos con la clase media metropolitana que los escrachó con cacerolas durante la Guerra Gaucha y que probablemente les votará en contra en el 2009, Néstor y Cristina se la pasan ideando alivios estatales para el bolsillo de los sectores medios, cuando las cifras de la pobreza y del delito callejero violento indicarían la necesidad urgente de un auxilio contundente a la franja más pobre del país. Pero para eso están los intelectuales progresistas a sueldo del oficialismo: ellos encontrarán la retórica más ingeniosa para seguir sosteniendo que este es un gobierno que lucha por una distribución revolucionaria de la riqueza. Como hace el ultrakirchnerista Carlos Kunkel, que en público se diferencia de su protegido Aldo Rico, políticamente incompatible con la propaganda oficial de los DD.HH., y fuera de micrófono le reafirma su simpatía al ex carapintada.
También es la obsesión con el peligroso malhumor de la clase media lo que reactivó las operaciones de distintos sectores oficialistas en torno a una nueva ley de Radiodifusión. La estrategia K en este tema es la de policía bueno y policía malo. Algunos funcionarios fogonean en público la amenaza a los grupos multimedios de que les cortarán el negocio con una dura regulación antimonopolio; otros palmean en privado la espalda de empresarios periodísticos, asegurándoles que no hay de qué preocuparse, mientras se comporten “racionalmente” durante el 2009. Cuando De Vido analiza entre amigos el horizonte electoral, resume la táctica kirchnerista en una frase: “Vamos a tener que arreglar con Clarín”. Puede que decir “Clarín” sea una metáfora de la opinión pública. Los canales de noticias por cable más vistos, incluso los que tienen acuerdos tácticos con el Gobierno, están haciendo madurar sin prisa y sin pausa otro núcleo duro de la discusión política para el año próximo: la inseguridad.
Por eso, candidatos opositores, como Francisco De Narváez (con su polémico mapa online del delito), salieron a mostrarle al electorado preocupación por los índices, siempre discutibles, de criminalidad. Por eso Daniel Scioli se despega siempre que puede del “garantismo” anti-carcelario de jueces, periodistas y funcionarios nacionales identificados como progresistas K, en una opinión pública impaciente con los matices. Por eso el macrismo está en alerta por el peligro de una ola de inseguridad porteña que le embarre la elección, y ya empieza a avisar por lo bajo que no está conforme con la actitud permisiva de la Policía Federal (manejada desde el gabinete kirchnerista). Por las dudas, investigadores PRO tienen a la fuerza policial bajo la lupa por sospechas de corrupción organizada en las calles de Buenos Aires.
Atento a las temibles encuestas, Kirchner estudia medidas que lo muestren del lado de las víctimas de la inseguridad, y hace declaraciones efectistas contra el único poder que todavía no probó masivamente el sabor amargo de los escraches, pero que puede convertirse en la próxima víctima física de la furia colectiva: la Justicia.
Aunque la oposición parlamentaria sigue con problemas para armar alianzas tácticas contra la mayoría kirchnerista en el Congreso, el escándalo que manchó la votación de la ley que alienta el blanqueo de capitales oscuros marcó otro escalón descendente para la hegemonía oficialista. “Fue una de las sesiones más violentas desde la caída de De la Rúa”, se lamenta ante este diario un diputado K, que culpa a la oposición por el ambiente agresivo que crece en los pasillos parlamentarios a medida que se acerca el fin de año. También se queja de lo que cuesta –cada vez más- poner la cara ante los infinitos y durísimos discursos de los colegas opositores antes de que se voten los proyectos de ley ideados en la Quinta Presidencial. Encima, algunas de esas lascerantes intervenciones son de ex compañeros recién cambiados de bando. “Aunque es duro, esto tiene un lado bueno”, se conforma el soldado legislativo K, “porque ya está quedando bien claro quiénes tenemos convicción para dar la pelea y quiénes no”. Es claro que hoy están estallando los resquemores reprimidos desde la derrota oficial a manos del frente ruralista. Y las despedidas periódicas de funcionarios “tibios” o “disidentes” marcan el ritmo de una depuración riesgosa pero necesaria ante la inminencia de un año electoral social y económicamente inflamable, es decir, impredecible.
Para prevenir incendios, el Gobierno lanza paquetitos día tras día, y los asesores de Cristina preparan varios más para alegrar el arbolito de Navidad. Porque esa es la paradoja emocional en la que viven los Kirchner por estos días: aunque están resentidos con la clase media metropolitana que los escrachó con cacerolas durante la Guerra Gaucha y que probablemente les votará en contra en el 2009, Néstor y Cristina se la pasan ideando alivios estatales para el bolsillo de los sectores medios, cuando las cifras de la pobreza y del delito callejero violento indicarían la necesidad urgente de un auxilio contundente a la franja más pobre del país. Pero para eso están los intelectuales progresistas a sueldo del oficialismo: ellos encontrarán la retórica más ingeniosa para seguir sosteniendo que este es un gobierno que lucha por una distribución revolucionaria de la riqueza. Como hace el ultrakirchnerista Carlos Kunkel, que en público se diferencia de su protegido Aldo Rico, políticamente incompatible con la propaganda oficial de los DD.HH., y fuera de micrófono le reafirma su simpatía al ex carapintada.
También es la obsesión con el peligroso malhumor de la clase media lo que reactivó las operaciones de distintos sectores oficialistas en torno a una nueva ley de Radiodifusión. La estrategia K en este tema es la de policía bueno y policía malo. Algunos funcionarios fogonean en público la amenaza a los grupos multimedios de que les cortarán el negocio con una dura regulación antimonopolio; otros palmean en privado la espalda de empresarios periodísticos, asegurándoles que no hay de qué preocuparse, mientras se comporten “racionalmente” durante el 2009. Cuando De Vido analiza entre amigos el horizonte electoral, resume la táctica kirchnerista en una frase: “Vamos a tener que arreglar con Clarín”. Puede que decir “Clarín” sea una metáfora de la opinión pública. Los canales de noticias por cable más vistos, incluso los que tienen acuerdos tácticos con el Gobierno, están haciendo madurar sin prisa y sin pausa otro núcleo duro de la discusión política para el año próximo: la inseguridad.
Por eso, candidatos opositores, como Francisco De Narváez (con su polémico mapa online del delito), salieron a mostrarle al electorado preocupación por los índices, siempre discutibles, de criminalidad. Por eso Daniel Scioli se despega siempre que puede del “garantismo” anti-carcelario de jueces, periodistas y funcionarios nacionales identificados como progresistas K, en una opinión pública impaciente con los matices. Por eso el macrismo está en alerta por el peligro de una ola de inseguridad porteña que le embarre la elección, y ya empieza a avisar por lo bajo que no está conforme con la actitud permisiva de la Policía Federal (manejada desde el gabinete kirchnerista). Por las dudas, investigadores PRO tienen a la fuerza policial bajo la lupa por sospechas de corrupción organizada en las calles de Buenos Aires.
Atento a las temibles encuestas, Kirchner estudia medidas que lo muestren del lado de las víctimas de la inseguridad, y hace declaraciones efectistas contra el único poder que todavía no probó masivamente el sabor amargo de los escraches, pero que puede convertirse en la próxima víctima física de la furia colectiva: la Justicia.
domingo, 7 de diciembre de 2008
NO LLORES POR MÍ, ARGENTINA
Hasta hace unas semanas, políticos y analistas se habían convencido mutuamente de una nueva ley de la ciencia electoral: “para ganar en 2011, hay que pelear el 2009”. Pero el big bang financiero global arrasó con los escenarios predecibles. Ahora no está tan claro que haya que apurarse a cerrar filas para las elecciones del año próximo, e incluso quien pretenda acelerar el armado de alianzas se encontrará con un síndrome de dispersión que atomiza los espacios políticos.
Hay que pasar el verano, y en marzo vemos, se atajan todos. Marzo mostrará la tendencia real de la economía hacia la destrucción de empleos, a pesar de los paquetes de incentivos y blanqueos. Y esa es, según las encuestas que maneja el Gobierno, la preocupación de la mitad más uno de los argentinos, que hasta hace poco le temían a la inflación. Hoy los votantes tienen pánico de quedarse sin trabajo, y en segundo lugar, sin vida, por culpa de la inseguridad. Ahí está el leit motiv de la campaña del 2009: el miedo. Y la bronca, si el matrimonio presidencial sigue irritando con su estilo. También lo dicen las encuestas fresquitas: este es el peor momento de la relación entre los Kirchner y la gente. Cristina, que se había recuperado tímidamente del cachetazo del campo, volvió a caer: el 70% del país desaprueba su gestión y la de su marido. Ese mismo porcentaje conserva Julio Cobos, pero a favor, como el político con mayor imagen positiva del país. Los sondeos pintan con claridad el despoder crónico de la Presidenta, atrapada y a la vez protegida por su esposo, a quien los empresarios –según encuestas en el ámbito corporativo- señalan como el amo de las decisiones, junto con Julio De Vido. Con el resto, hablar es perder el tiempo.
Pero la caída de imagen afecta a también Néstor y a todo el que participe de la gestión K. Un caso es Sergio Massa, que mantiene el nivel de opiniones positivas en lo personal, aunque ya está empezando a acusar el desgaste de la gestión, donde los sondeos tampoco le dan bien. Por eso la posibilidad de que salga eyectado de la Jefatura de Gabinete a la boleta de candidatos a diputado es cada vez más verosímil. No habrá sido un fracaso. Cuando aceptó el cargo en el gabinete K, explicó a sus amigos que la conveniencia era una cuestión de ráting: hasta ese momento, era conocido por el 40% del electorado, y como jefe de Gabinete su índice de reconocimiento treparía hasta el 90%, sin poner un peso de su bolsillo.
La oposición tampoco ve la luz al final del túnel. Las encuestas marcan que Elisa Carrió tiene casi un 50% de imagen positiva, pero el resto es casi toda negativa, fruto de la caricatura de pitonisa apocalíptica en la que está encasillada. Eso le resta confiabilidad en un momento de inestabilidad: Lilita es la elegida para dinamitar despotismos de gobiernos prósperos, pero todavía le falta cultivar la confianza de las mayorías y de parte del establishment para ser votada como piloto de tormentas. Su entorno jura que está en eso, y que este verano volverá de Punta del Este más pragmática que nunca.
El paraguas neoduhaldista, que parecía tan flexible como para contener a todo el peronismo anti K, se quebró con la tormenta: el acto del 10 diciembre en Parque Norte tuvo que ser suspendido luego de una reunión frustrante en las oficinas de Luis Barrionuevo, donde quedó claro que nadie está convencido todavía de sacarse una foto familiar definitiva. Todos creen que deben mandar, y que los demás son un lastre para su imagen.
Daniel Scioli es otro que, a pesar de los problemas de su provincia, sigue bien ubicado en las encuestas. Para el gobernador, el 2009 es la difícil prueba de pilotear la crisis social que siempre acecha a la provincia en tiempos de vacas flacas. Y el turno electoral amenaza con restarle apoyo en la legislatura provincial, ya que los distritos del interior bonaerense lucen impenetrables para el oficialismo luego de la Guerra Gaucha: de hecho, los propios estrategas de la Casa Rosada reconocen en off que Cristina no puede ni arriesgarse a pisar más allá del Conurbano. Scioli es de los que opta por surfear el 2009, agarrarse al sillón para que los cimbronazos de la recesión no lo volteen (las cifras de caída en la recaudación provincial son su pesadilla), y esperar al 2011 para ver quién quedó vivo para competir por la sucesión presidencial.
¿Y Néstor? El sciolismo no descarta que Kirchner todavía tenga ganas de pelear el sillón de Rivadavia para entonces. Pero antes debe decidir si se juega a todo o nada en una candidatura legislativa: si gana recuperará legitimidad política y obtendrá fueros para esquivar la lupa judicial; si pierde, el país padecerá como nunca el explosivo malhumor presidencial.
Hay que pasar el verano, y en marzo vemos, se atajan todos. Marzo mostrará la tendencia real de la economía hacia la destrucción de empleos, a pesar de los paquetes de incentivos y blanqueos. Y esa es, según las encuestas que maneja el Gobierno, la preocupación de la mitad más uno de los argentinos, que hasta hace poco le temían a la inflación. Hoy los votantes tienen pánico de quedarse sin trabajo, y en segundo lugar, sin vida, por culpa de la inseguridad. Ahí está el leit motiv de la campaña del 2009: el miedo. Y la bronca, si el matrimonio presidencial sigue irritando con su estilo. También lo dicen las encuestas fresquitas: este es el peor momento de la relación entre los Kirchner y la gente. Cristina, que se había recuperado tímidamente del cachetazo del campo, volvió a caer: el 70% del país desaprueba su gestión y la de su marido. Ese mismo porcentaje conserva Julio Cobos, pero a favor, como el político con mayor imagen positiva del país. Los sondeos pintan con claridad el despoder crónico de la Presidenta, atrapada y a la vez protegida por su esposo, a quien los empresarios –según encuestas en el ámbito corporativo- señalan como el amo de las decisiones, junto con Julio De Vido. Con el resto, hablar es perder el tiempo.
Pero la caída de imagen afecta a también Néstor y a todo el que participe de la gestión K. Un caso es Sergio Massa, que mantiene el nivel de opiniones positivas en lo personal, aunque ya está empezando a acusar el desgaste de la gestión, donde los sondeos tampoco le dan bien. Por eso la posibilidad de que salga eyectado de la Jefatura de Gabinete a la boleta de candidatos a diputado es cada vez más verosímil. No habrá sido un fracaso. Cuando aceptó el cargo en el gabinete K, explicó a sus amigos que la conveniencia era una cuestión de ráting: hasta ese momento, era conocido por el 40% del electorado, y como jefe de Gabinete su índice de reconocimiento treparía hasta el 90%, sin poner un peso de su bolsillo.
La oposición tampoco ve la luz al final del túnel. Las encuestas marcan que Elisa Carrió tiene casi un 50% de imagen positiva, pero el resto es casi toda negativa, fruto de la caricatura de pitonisa apocalíptica en la que está encasillada. Eso le resta confiabilidad en un momento de inestabilidad: Lilita es la elegida para dinamitar despotismos de gobiernos prósperos, pero todavía le falta cultivar la confianza de las mayorías y de parte del establishment para ser votada como piloto de tormentas. Su entorno jura que está en eso, y que este verano volverá de Punta del Este más pragmática que nunca.
El paraguas neoduhaldista, que parecía tan flexible como para contener a todo el peronismo anti K, se quebró con la tormenta: el acto del 10 diciembre en Parque Norte tuvo que ser suspendido luego de una reunión frustrante en las oficinas de Luis Barrionuevo, donde quedó claro que nadie está convencido todavía de sacarse una foto familiar definitiva. Todos creen que deben mandar, y que los demás son un lastre para su imagen.
Daniel Scioli es otro que, a pesar de los problemas de su provincia, sigue bien ubicado en las encuestas. Para el gobernador, el 2009 es la difícil prueba de pilotear la crisis social que siempre acecha a la provincia en tiempos de vacas flacas. Y el turno electoral amenaza con restarle apoyo en la legislatura provincial, ya que los distritos del interior bonaerense lucen impenetrables para el oficialismo luego de la Guerra Gaucha: de hecho, los propios estrategas de la Casa Rosada reconocen en off que Cristina no puede ni arriesgarse a pisar más allá del Conurbano. Scioli es de los que opta por surfear el 2009, agarrarse al sillón para que los cimbronazos de la recesión no lo volteen (las cifras de caída en la recaudación provincial son su pesadilla), y esperar al 2011 para ver quién quedó vivo para competir por la sucesión presidencial.
¿Y Néstor? El sciolismo no descarta que Kirchner todavía tenga ganas de pelear el sillón de Rivadavia para entonces. Pero antes debe decidir si se juega a todo o nada en una candidatura legislativa: si gana recuperará legitimidad política y obtendrá fueros para esquivar la lupa judicial; si pierde, el país padecerá como nunca el explosivo malhumor presidencial.
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