A casi un mes de las elecciones, ya es tiempo de hacer un balance colectivo sobre el efecto de las urnas en el ordenamiento de un mapa político en crisis. Al contrario de los augurios apocalípticos de opositores y oficialistas, nada explotó el lunes 29 de junio; aunque sí hubo una serie de implosiones en todos los bandos en pugna que marcan el nuevo escenario de la democracia. En resumen: nada cambió, pero todo está cambiando.
Entre los equilibrios que no se alteraron tanto como parece está la pulseada Gobierno-oposición. Si bien el cachetazo electoral hizo tambalear y retroceder un poco al oficialismo, del otro lado no está nada claro cómo se traducirán los buenos resultados comiciales en un proceso de cohesión y avance concreto de un proyecto de poder alternativo al del kirchnerismo.
Si el Gobierno fue criticado con justicia en las horas posteriores al escrutinio por no saber perder, también es justo señalar que –por ahora- la oposición tampoco sabe ganar. Basta como prueba de su incapacidad para lidiar con el éxito la ruptura anunciada entre Elisa Carrió y sus socios del Acuerdo Cívico. El problema que tiene hoy el panradicalismo es precisamente cómo explicarle a sus votantes que su propuesta frentista no era un fraude, ya que se sabía (incluso fue advertido en estas páginas) que la alianza iba a crujir a la mañana siguiente del escrutinio. Y si la lista unificada panradical no fue una mentira electoral, entonces sus dirigentes tendrán que despejar otra duda: ¿padecen Lilita y sus ex correligionarios de una inconsistencia endémica para sostener un armado político de amplia base? En otras palabras, ¿su manía internista no alimenta las sospechas de la opinión pública de que el Acuerdo Cívico no es una alternativa de gobernabilidad para las elecciones presidenciales del 2011? De eso están discutiendo por estas horas sus más lúcidos operadores.
En el Properonismo tampoco encontraron todavía la manera de capitalizar la buena performance electoral. La lógica mediática indica que las mismas caras que le daban rating al Gran Cuñado político hace apenas un mes, hoy empiezan a aburrir a la audiencia. Y que lo que antes rendía frutos inmediatos –pegarle al Gobierno-, ahora se ha desgastado como estrategia de discurso. La gente quiere hechos, es así de brutal. Las palabras son un buen remplazo por un tiempo, pero tarde o temprano dejan de sustituir la ansiedad por ver cambios palpables. El equívoco que alimenta esta demanda urgente a la oposición es que la campaña por las legislativas fue encarada (por los K y los anti K) como una elección ejecutiva, o una especie de referendum sobre la continuidad de la era kirchnerista; y ahora, cuando el espacio opositor se proclama vencedor, la ciudadanía empieza a esperar soluciones más de la oposición que del Gobierno, sea esto razonable o no. Por eso, los dirigentes oficialistas que llamaron al diálogo a Francisco De Narváez –por poner solo un ejemplo de este fenómeno- recuerdan que el empresario eligió como slogan la frase “Yo tengo un plan”: habrá que ver cuánta paciencia le tendrán sus votantes hasta que lo muestre y lo ponga en marcha, si es que eso es posible desde una bancada parlamentaria.
En cualquier caso, y más allá de los dilemas personales de quienes protagonizaron el “28-J”, lo cierto es que la oposición volvió a reaccionar como lo hacía antes de su triunfo electoral: marchando detrás de las iniciativas del gobierno nacional. Los gobernadores de todos los colores no hicieron más que imitar la convocatoria a mesas de consenso coordinadas por Aníbal Fernández. Y los invitados opositores a los coloquios oficiales se debatieron entre expresar su desconfianza inicial y la inconveniencia de darle la espalda (como hizo Carrió) a un gesto de conciliación poselectoral. Complicados porque –paradójicamente- el Gobierno les otorgó el diálogo que reclamaban durante la campaña electoral, los referentes antikirchneristas se encontraron calificando como “muy positivo” su encuentro con Cristina Fernández de Kirchner, y se vieron en los diarios fotografiados a los besos y abrazos con los notables del Gabinete. Luego de la furiosa puja electoral, todos –o casi todos- fueron pacificados por el llamado al diálogo. Incluso se puso de moda llevar souvenirs a los dueños de casa, y el dato no es anecdótico, si se mira la lista temática de regalos: tango, Sarmiento y fútbol. La apelación a símbolos de la argentinidad al palo no logra otra cosa que hacer brillar por su ausencia los proyectos concretos de país que cada dirigente opositor jura tener. En realidad, lo único tangible que pusieron sobre la mesa (además de los presntes de cortesía) fueron sus previsibles reclamos de fondos públicos.
¿Qué ganó el Gobierno con el diálogo, además de aquietar las aguas del debate mediático sobre la gobernabilidad? Ganó tiempo para digerir un resultado impensado de la derrota electoral. Así como las urnas desataron la implosión de los “partidos” opositores, la votación del 28 de junio también partió las aguas oficialistas. En dos sentidos: a) definió más que nunca los que están con la camiseta pingüina puesta y los que luchan por desgarrarla para salvarse solos; b) replanteó la discusión sobre el peso relativo de cada miembro de la pareja presidencial en la ecuación de poder. Sin quererlo el Gobierno, la voz de las urnas funcionaron como una especie de interna conyugal abierta sobre quién debe conducir lo que resta de la era K. No se trata de una pelea personal entre Néstor y Cristina, sino de una sencilla constatación política al cabo de un mes de gestión poselectoral. Desde que la lista encabezada por Kirchner perdió, cada vez que el oficialismo respondió al nuevo escenario “a lo Néstor”, el clima de gobernabilidad empeoró. En cambio, cada vez que la línea “cristinista” de manejar la crisis se impuso a la hora de tomar medidas o hacer gestos, entonces creció la sensación de que había Presidenta para rato. No es casual que, por ejemplo, la solución provisoria a la amenaza de ruptura de la CGT haya sido explicada por sus protagonistas y por la prensa (de todos los gustos) como el producto exitoso de la intervención conciliadora de Cristina Fernández. Cuánto hay de marketing político y cuánto de opción estratégica entre gobernar desde Olivos o gobernar desde la Casa Rosada, recién se sabrá cuando concluya la ronda de diálogo político y de concertación económica. Cuando terminen las palabras, volverán a mandar los hechos.
martes, 28 de julio de 2009
martes, 21 de julio de 2009
EL 2011 QUEDA CADA VEZ MÁS LEJOS
Guillermo Moreno está cada vez más ratificado, pero cada vez menos fortalecido. El ex “brazo armado” de la política económica kirchnerista confiesa a sus íntimos que le están entrando las balas mediáticas opositoras, y también las del propio oficialismo. El escenario más probable que él espera es el de un borramiento de su imagen pública –cada vez más costosa para un gobierno que perdió la magia-, y una pérdida más gradual de espacios de poder. Gradual pero no total: mantendría poder de veto en el INDEC a través de sus hombres de confianza recién ascendidos, incluso si a la cabeza del organismo llegan caras nuevas para refrescar un poco la fachada resquebrajada del laboratorio oficial de estadísticas. La otra faceta del plan de “laborterapia” que los Kirchner le propondrían a Moreno, según sus cálculos, es el ramillete de empresas estatizadas luego de cada negociación fallida por rescatarlas con nuevos dueños privados. Primero fue Massuh, luego Mahle… y así seguirán sumándose firmas que no aguanten los sacudones de un modelo que hace agua.
La permanencia de Moreno a pesar del asedio múltiple que padece por estos días el Secretario de Comercio tiene dos lecturas, ambas vinculadas con la misma carencia oficial: 1) no hay plan B para la política económica K, porque no lo quieren y porque no lo encuentran; 2) el menú de funcionarios potables hacia adentro y hacia fuera de Olivos se achica a un ritmo vertiginoso, por lo cual cada nueva renuncia hay que analizarle muchas veces, para evitar el riesgo de salir de Guatemala para entrar en Guatepeor. Tal vez por eso los enemigos del Gobierno se ensañan con la salida de Moreno; son como los boxeadores que concentran sus golpes justo en la ceja cortada de su adversario, para dejarlo fuera de combate no por knock out ni por puntos al cabo de los 12 rounds, sino para ganarle por abandono debido a cuestiones médicas. En este sentido, también existe el miedo de que, una vez entregado Moreno, los dardos opositores, judiciales y periodísticos apunten directa y obsesivamente contra el pilar del verdadero modelo K: Julio De Vido. Y ahí sí que no quedarán más fusibles para quemar.
Del otro lado del río, tampoco está claro el rumbo a seguir. Los frentes opositores que supuestamente ganaron la elección del 28 de junio se están comportando, paradójicamente, como si hubieran perdido. Sus líderes están dispersos, y siguen abriéndose heridas internas con cada movida del Gobierno, que incluso en su desconcierto por la pérdida de poder sigue arrglándoselas para marcarle la agenda a sus enemigos. En el Properonismo, Francisco De Narváez combate su viejo síndrome de incontinencia pos electoral: al día siguiente de obtener un resultado favorable en las urnas, el “Colorado” no puede consolidar una tropa propia y leal que lo acompañe en el largo plazo sin venderse al mejor postor, e incluso en la opinión pública, se va desinflando su capacidad de llamar la atención. Sus aliados no lo ayudan, por cierto. El macrismo no acierta a definir cuánto peronismo reconoce en su ADN político. Y Felipe parece tentado de cortarse solo para encarnar, sin explicitarlo, una de las alternativas presidenciales del llamado “poskirchnerismo”, un invento que tal vez nunca exista.
Precisamente por esa incertidumbre, el sciolismo busca maneras de hacer pie en terreno conocido, antes de que la ola anti K lo arrastre inexorablemente. Esta semana, un torbellino de rumores de cambios de gabinete y renuncias sacudieron el despacho vacío del gobernador bonaerense, que estaba de viaje por Europa. Nadie quiere alzar la cabeza cerca de Scioli, aunque por lo bajo deslizan que la estrategia de supervivencia hasta que pase el terremoto será pisar lo más firme que se pueda en el Conurbano, en un movimiento inverso al que está haciendo el ex líder espiritual Néstor Kirchner, quien salió a juntar heridos por las provincias, con la esperanza de armar una versión de emergencia de su querida “transversalidad”. Teóricamente, la movida K no está errada, si no fuera porque el clima ha cambiado, y ahora Kirchner ya no huele a futuro. Entonces, su sex appeal para aglutinar peronistas, socialistas y radicales libres ya no es el que era.
Sin embargo, el poco creíble llamado al diálogo multisectorial manoteado por el oficialismo en decadencia ha dado frutos. La oposición panradical no sale de su confusión interna, a pesar del éxito obtenido en las urnas a nivel nacional. Es más, la propuesta dialoguista K parece haber profundizado la grieta que separa a Elisa Carrió del resto. Lilita volvió a optar por dar un portazo en las narices de sus aliados, en un gesto que puede confundirse con el vedettismo político, pero en realidad se trata de un arranque de fastidio espiritual ante un dato de la realidad que ya parece irreversible: la fama de Lilita y su capacidad de llamar la atención y sumar rating se está traduciendo cada vez menos en votos y en aliados reales. Esa impotencia la dejó esta semana en la orilla opuesta de sus socios más amigables, Margarita Stolbizer y Gerardo Morales. La jefa del GEN y el de la UCR aceptaron la invitación a la Casa Rosada, para no quedar como opositores irresponsables y destituyentes, pero su discurso a la salida del encuentro con el Gobierno dejó dudas sobre su capacidad de mantener el equilibrio justo para no caer en el abrazo del oso del kirchnerismo, que mantiene intactas sus mañas manipuladoras de opositores incautos. El que parece afinar cada día más la puntería y ajustar el timing ante las sorpresas kirchneristas es el vicepresidente Julio Cobos, que supo una vez más aprovechar su momento de gloria, en medio de los festejos mediáticos por el aniversario de su voto no positivo.Por su parte, la dirigencia ruralista optó por desconfiar desde el arranque y siguió adelante con su agenda intransigente, incluso criticando sin pensar mucho los cambios prometidos por Cristina en el manejo de la Cuota Hilton, cuyo reparto siempre fue cuestionado por el sector cárnico. ¿Qué pasará si el Gobierno sorprende a todos y de verdad empieza a ceder en temas políticos y económicos que fueron el caballito de batalla de sectores productivos y partidarios agrupados en la vereda opositora? Probablemente se abran las aguas, y el coro antioficialista deje de sonar tan afinado como en los últimos meses. Este escenario podría darle uun aire inesperado al Gobierno, aunque por las razones de siempre: la inconsistencia del abanico opositor a la hora de alinear un proyecto de poder institucional y económico con un liderazgo personal de base popular amplia y sólida. Por eso el 2011 sigue quedando tan lejano para todos.
La permanencia de Moreno a pesar del asedio múltiple que padece por estos días el Secretario de Comercio tiene dos lecturas, ambas vinculadas con la misma carencia oficial: 1) no hay plan B para la política económica K, porque no lo quieren y porque no lo encuentran; 2) el menú de funcionarios potables hacia adentro y hacia fuera de Olivos se achica a un ritmo vertiginoso, por lo cual cada nueva renuncia hay que analizarle muchas veces, para evitar el riesgo de salir de Guatemala para entrar en Guatepeor. Tal vez por eso los enemigos del Gobierno se ensañan con la salida de Moreno; son como los boxeadores que concentran sus golpes justo en la ceja cortada de su adversario, para dejarlo fuera de combate no por knock out ni por puntos al cabo de los 12 rounds, sino para ganarle por abandono debido a cuestiones médicas. En este sentido, también existe el miedo de que, una vez entregado Moreno, los dardos opositores, judiciales y periodísticos apunten directa y obsesivamente contra el pilar del verdadero modelo K: Julio De Vido. Y ahí sí que no quedarán más fusibles para quemar.
Del otro lado del río, tampoco está claro el rumbo a seguir. Los frentes opositores que supuestamente ganaron la elección del 28 de junio se están comportando, paradójicamente, como si hubieran perdido. Sus líderes están dispersos, y siguen abriéndose heridas internas con cada movida del Gobierno, que incluso en su desconcierto por la pérdida de poder sigue arrglándoselas para marcarle la agenda a sus enemigos. En el Properonismo, Francisco De Narváez combate su viejo síndrome de incontinencia pos electoral: al día siguiente de obtener un resultado favorable en las urnas, el “Colorado” no puede consolidar una tropa propia y leal que lo acompañe en el largo plazo sin venderse al mejor postor, e incluso en la opinión pública, se va desinflando su capacidad de llamar la atención. Sus aliados no lo ayudan, por cierto. El macrismo no acierta a definir cuánto peronismo reconoce en su ADN político. Y Felipe parece tentado de cortarse solo para encarnar, sin explicitarlo, una de las alternativas presidenciales del llamado “poskirchnerismo”, un invento que tal vez nunca exista.
Precisamente por esa incertidumbre, el sciolismo busca maneras de hacer pie en terreno conocido, antes de que la ola anti K lo arrastre inexorablemente. Esta semana, un torbellino de rumores de cambios de gabinete y renuncias sacudieron el despacho vacío del gobernador bonaerense, que estaba de viaje por Europa. Nadie quiere alzar la cabeza cerca de Scioli, aunque por lo bajo deslizan que la estrategia de supervivencia hasta que pase el terremoto será pisar lo más firme que se pueda en el Conurbano, en un movimiento inverso al que está haciendo el ex líder espiritual Néstor Kirchner, quien salió a juntar heridos por las provincias, con la esperanza de armar una versión de emergencia de su querida “transversalidad”. Teóricamente, la movida K no está errada, si no fuera porque el clima ha cambiado, y ahora Kirchner ya no huele a futuro. Entonces, su sex appeal para aglutinar peronistas, socialistas y radicales libres ya no es el que era.
Sin embargo, el poco creíble llamado al diálogo multisectorial manoteado por el oficialismo en decadencia ha dado frutos. La oposición panradical no sale de su confusión interna, a pesar del éxito obtenido en las urnas a nivel nacional. Es más, la propuesta dialoguista K parece haber profundizado la grieta que separa a Elisa Carrió del resto. Lilita volvió a optar por dar un portazo en las narices de sus aliados, en un gesto que puede confundirse con el vedettismo político, pero en realidad se trata de un arranque de fastidio espiritual ante un dato de la realidad que ya parece irreversible: la fama de Lilita y su capacidad de llamar la atención y sumar rating se está traduciendo cada vez menos en votos y en aliados reales. Esa impotencia la dejó esta semana en la orilla opuesta de sus socios más amigables, Margarita Stolbizer y Gerardo Morales. La jefa del GEN y el de la UCR aceptaron la invitación a la Casa Rosada, para no quedar como opositores irresponsables y destituyentes, pero su discurso a la salida del encuentro con el Gobierno dejó dudas sobre su capacidad de mantener el equilibrio justo para no caer en el abrazo del oso del kirchnerismo, que mantiene intactas sus mañas manipuladoras de opositores incautos. El que parece afinar cada día más la puntería y ajustar el timing ante las sorpresas kirchneristas es el vicepresidente Julio Cobos, que supo una vez más aprovechar su momento de gloria, en medio de los festejos mediáticos por el aniversario de su voto no positivo.Por su parte, la dirigencia ruralista optó por desconfiar desde el arranque y siguió adelante con su agenda intransigente, incluso criticando sin pensar mucho los cambios prometidos por Cristina en el manejo de la Cuota Hilton, cuyo reparto siempre fue cuestionado por el sector cárnico. ¿Qué pasará si el Gobierno sorprende a todos y de verdad empieza a ceder en temas políticos y económicos que fueron el caballito de batalla de sectores productivos y partidarios agrupados en la vereda opositora? Probablemente se abran las aguas, y el coro antioficialista deje de sonar tan afinado como en los últimos meses. Este escenario podría darle uun aire inesperado al Gobierno, aunque por las razones de siempre: la inconsistencia del abanico opositor a la hora de alinear un proyecto de poder institucional y económico con un liderazgo personal de base popular amplia y sólida. Por eso el 2011 sigue quedando tan lejano para todos.
viernes, 10 de julio de 2009
DILEMA K: LA BOLSA O LA VIDA
Guillermo Moreno está bipolar. Desde que empezaron los cambios de Gabinete, el Secretario de Comercio tiene un día de euforia y otro de pesimismo. Incluso sus colaboradores cercanos pasan de la actividad furiosa a la calma chicha típica de un final de gestión. Mientras algunos morenistas operan en los medios para sostener la idea de que su jefe se queda, otros empleados tejen contactos para buscar trabajo en otras dependencias estatales, por las dudas. En las jornadas de bajón, Moreno suena triste al teléfono, algo resignado, y un poco enojado con sus detractores, no tanto los empresarios o los medios, sino los que lo empujan afuera del entorno K. Por ejemplo, Julio De Vido: el morenismo explica que resulta evidente que Moreno le resulta molesto al ministro de Planificación, no por cuestiones de estilo personal, sino por las maneras de administrar los recursos del Estado. Moreno tiene muchos enemigos, y eso se nota. Es claro que entre los requisitos del establishment para respaldar la elección de Amado Boudou al frente de Economía, está la salida de Moreno. Es por eso que el matrimonio presidencial aprovechará el fin de semana largo para analizar de nuevo el caso. Tal vez no decida un desplazamiento drástico del polémico funcionario, pero sí por lo menos una reducción de tareas que le bajen un poco el perfil, ante una opinión pública nada tolerante con los modos K.
El problema para Moreno –y también para los Kirchner- es que lo que antes era una ventaja, ahora se volvió una trampa sin salida. Con los anteriores ministros de Economía, y secretarios claves del área, la vigencia de Moreno funcionaba como una señal de que la cartera económica no gozaba de ninguna autonomía real para decidir los destinos del país, más allá de la voluntad de Néstor. Hoy, cuando todo eso ha cambiado, el Gobierno necesita mostrar que el nuevo ministro de Economía tiene poder real propio, de lo contrario, el enroque no servirá para darle oxígeno a una gestión que se ahoga día tras día. Boudou parece ser, desde esa óptica, una buena opción para ganar tiempo y cierta estabilidad. Su credibilidad a mediano plazo reside en su imagen ambigua, que lo coloca como un doble Caballo de Troya. Para el establishment, es un joven con formación política neoliberal y estudios en Administración de Empresas, que tal vez pueda ser un interlocutor posible para hacer entrar en razones a un decadente Néstor Kirchner. Para el kirchnerismo, en cambio, Boudou es un converso que ya demostró su lealtad al management nacional y popular en su manejo de fondos de la Anses. Las dos caras de Boudou son ideales en un momento de crisis e incertidumbre donde solo sobreviven los que saben navegar por la mitad del río, a prudente equidistancia de las orillas. El problema es que, como prueba de amor, los hombres de negocios le pedirán a Boudou la cabeza de Moreno; y a la vez, el temor del Gobierno es que si entrega al agresivo secretario de Comercio, ya no habrá un dique político para contener la inflación. Solo un pacto muy bien abrochado entre la cúpula empresaria y el flamante ministro de Economía en torno a la estabilidad de precios podría despejar esta duda existencial sobre el dilema morenista. Pero si hablamos de estabilidad de precios, inmediatamente aparece su clásica contrapartida, que es la estabilidad de los salarios; y ahí entra el otro factor de poder, pero también de desgaste de la credibilidad de la era K: la hegemonía de Hugo Moyano. Necesitado de un anclaje sindical para contener un estallido eventual de la clase trabajadora, el kirchnerismo no puede dejar de ceder ante los pedidos del camionero, incluso al costo de limar la libertad de acción de sus ministros de Salud: en plena Gripe A, renunció una, y su remplazante casi muere atropellado bajo las poderosas ruedas del líder de la CGT.
Estas tensiones, hasta hace muy poco se resolvían haciendo pie en el presunto control que Kirchner ejercía sobre el peronismo, la madre de todas las gobernabilidades. Pero la derrota electoral y su crisis de liderazgo posterior puso en evidencia la soledad de Néstor y su equipo, a la vez que detonó el caos en el PJ. La vuelta de Eduardo Duhalde a la escena, y los movimientos poselectorales de Francisco De Narváez no son una prueba de la unión del peronismo sino de todo lo contrario. A nivel del peronismo federal, Duhalde aglutina tanto como divide. Y los análisis serios del mensaje de las urnas indican que los votantes del “Colorado” no expresan precisamente la voluntad justicialista: muchos de los sufragios a favor de De Narváez son variantes de lo que despectivamente se conoce como “voto gorila”. Paralelamente, una crisis generacional explota en el PJ: los jóvenes gobernadores peronistas que acompañaron la campaña de Cristina Fernández empiezan a trabajar una salida individual, mandando operadores a Buenos Aires para que armen estrategias de instalación de candidaturas con vistas a 2011.
A 2011 o antes. La porción creciente del establishment que mira cada vez con más cariño a Julio Cobos lee la iniciativa presidencial de relanzar las internas abiertas y simultáneas en los partidos como una manera desesperada –aunque pícara- de no perder la iniciativa ante un virtual reclamo por el adelantamiento de elecciones que puede llegar desde la oposición, los medios y hasta del propio peronismo, en caso de que en los próximos meses el nuevo gabinete K no logre hacer pie en medio del parate económico local y global. Sea o no un rumor “destituyente”, lo cierto es que no resulta lógico que un gobierno que acaba de perder en las urnas siga hablando de cuestiones electorales, en lugar de tratar de desviar la conversación pública a temas de gestión. Salvo que haya perdido absolutamente el timón precisamente en su capacidad de gestión. De hecho, si hacemos un poco de memoria, y tomando las propias palabras del Gobierno como sinceras, recordaremos que la Presidenta argumentó a favor del adelantamiento electoral de las legislativas explicando que el país vivía momentos difíciles por la crisis mundial, y que el desgaste de una larga vigilia preelectoral era un lujo que la Argentina no podía permitirse. A contrapelo de aquella excusa oficial, los analistas interpretaron que Kirchner decidió adelantar las elecciones por miedo a que la explosiva situación socioeconómica le complicara demasiado la gestión a lo olargo del 2009, y que ese desgaste se tradujera en una derrota en las legislativas programadas para fin de año. Finalmente, el adelanto no lo salvó del cachetazo en las urnas. Pero tampoco despejó la preocupación sobre su idoneidad para pilotear el ciclo negativo de la economía. Mucho peor: la derrota anticipada plantea más dudas sobre el margen de maniobra del kirchnerismo ante un período de puja social por una torta que se achica rápidamente. De esto conversará el matrimonio en su retiro espiritual en El Calafate, el refugio donde Cristina se siente más Presidenta que en cualquie otro lugar del país.
El problema para Moreno –y también para los Kirchner- es que lo que antes era una ventaja, ahora se volvió una trampa sin salida. Con los anteriores ministros de Economía, y secretarios claves del área, la vigencia de Moreno funcionaba como una señal de que la cartera económica no gozaba de ninguna autonomía real para decidir los destinos del país, más allá de la voluntad de Néstor. Hoy, cuando todo eso ha cambiado, el Gobierno necesita mostrar que el nuevo ministro de Economía tiene poder real propio, de lo contrario, el enroque no servirá para darle oxígeno a una gestión que se ahoga día tras día. Boudou parece ser, desde esa óptica, una buena opción para ganar tiempo y cierta estabilidad. Su credibilidad a mediano plazo reside en su imagen ambigua, que lo coloca como un doble Caballo de Troya. Para el establishment, es un joven con formación política neoliberal y estudios en Administración de Empresas, que tal vez pueda ser un interlocutor posible para hacer entrar en razones a un decadente Néstor Kirchner. Para el kirchnerismo, en cambio, Boudou es un converso que ya demostró su lealtad al management nacional y popular en su manejo de fondos de la Anses. Las dos caras de Boudou son ideales en un momento de crisis e incertidumbre donde solo sobreviven los que saben navegar por la mitad del río, a prudente equidistancia de las orillas. El problema es que, como prueba de amor, los hombres de negocios le pedirán a Boudou la cabeza de Moreno; y a la vez, el temor del Gobierno es que si entrega al agresivo secretario de Comercio, ya no habrá un dique político para contener la inflación. Solo un pacto muy bien abrochado entre la cúpula empresaria y el flamante ministro de Economía en torno a la estabilidad de precios podría despejar esta duda existencial sobre el dilema morenista. Pero si hablamos de estabilidad de precios, inmediatamente aparece su clásica contrapartida, que es la estabilidad de los salarios; y ahí entra el otro factor de poder, pero también de desgaste de la credibilidad de la era K: la hegemonía de Hugo Moyano. Necesitado de un anclaje sindical para contener un estallido eventual de la clase trabajadora, el kirchnerismo no puede dejar de ceder ante los pedidos del camionero, incluso al costo de limar la libertad de acción de sus ministros de Salud: en plena Gripe A, renunció una, y su remplazante casi muere atropellado bajo las poderosas ruedas del líder de la CGT.
Estas tensiones, hasta hace muy poco se resolvían haciendo pie en el presunto control que Kirchner ejercía sobre el peronismo, la madre de todas las gobernabilidades. Pero la derrota electoral y su crisis de liderazgo posterior puso en evidencia la soledad de Néstor y su equipo, a la vez que detonó el caos en el PJ. La vuelta de Eduardo Duhalde a la escena, y los movimientos poselectorales de Francisco De Narváez no son una prueba de la unión del peronismo sino de todo lo contrario. A nivel del peronismo federal, Duhalde aglutina tanto como divide. Y los análisis serios del mensaje de las urnas indican que los votantes del “Colorado” no expresan precisamente la voluntad justicialista: muchos de los sufragios a favor de De Narváez son variantes de lo que despectivamente se conoce como “voto gorila”. Paralelamente, una crisis generacional explota en el PJ: los jóvenes gobernadores peronistas que acompañaron la campaña de Cristina Fernández empiezan a trabajar una salida individual, mandando operadores a Buenos Aires para que armen estrategias de instalación de candidaturas con vistas a 2011.
A 2011 o antes. La porción creciente del establishment que mira cada vez con más cariño a Julio Cobos lee la iniciativa presidencial de relanzar las internas abiertas y simultáneas en los partidos como una manera desesperada –aunque pícara- de no perder la iniciativa ante un virtual reclamo por el adelantamiento de elecciones que puede llegar desde la oposición, los medios y hasta del propio peronismo, en caso de que en los próximos meses el nuevo gabinete K no logre hacer pie en medio del parate económico local y global. Sea o no un rumor “destituyente”, lo cierto es que no resulta lógico que un gobierno que acaba de perder en las urnas siga hablando de cuestiones electorales, en lugar de tratar de desviar la conversación pública a temas de gestión. Salvo que haya perdido absolutamente el timón precisamente en su capacidad de gestión. De hecho, si hacemos un poco de memoria, y tomando las propias palabras del Gobierno como sinceras, recordaremos que la Presidenta argumentó a favor del adelantamiento electoral de las legislativas explicando que el país vivía momentos difíciles por la crisis mundial, y que el desgaste de una larga vigilia preelectoral era un lujo que la Argentina no podía permitirse. A contrapelo de aquella excusa oficial, los analistas interpretaron que Kirchner decidió adelantar las elecciones por miedo a que la explosiva situación socioeconómica le complicara demasiado la gestión a lo olargo del 2009, y que ese desgaste se tradujera en una derrota en las legislativas programadas para fin de año. Finalmente, el adelanto no lo salvó del cachetazo en las urnas. Pero tampoco despejó la preocupación sobre su idoneidad para pilotear el ciclo negativo de la economía. Mucho peor: la derrota anticipada plantea más dudas sobre el margen de maniobra del kirchnerismo ante un período de puja social por una torta que se achica rápidamente. De esto conversará el matrimonio en su retiro espiritual en El Calafate, el refugio donde Cristina se siente más Presidenta que en cualquie otro lugar del país.
EL PODER ES PURO CUENTO
El veredicto de las urnas estaba cantado, y a la vez fue una sorpresa. Parece contradictorio, pero en verdad no lo es. Los hitos de la Historia son así: pasa lo que tenía que pasar de acuerdo a las condiciones objetivas, aunque los acontecimientos se definen también por factores imprevistos que siempre se nos escapan de las manos. Nadie, pero nadie, tiene la bola de cristal. Y nadie tiene en sus manos el diario del lunes, durante la tarde del domingo. Ni siquiera el Grupo Clarín. Una fuente con acceso cotidiano a la cúpula del multimedios asegura que su CEO, Héctor Magnetto, pronosticó, cuatro días antes de los comicios, el triunfo de Néstor Kirchner, y que de acuerdo eso a partir del lunes había que prepararse para “la batalla final”. Es más: También hay testigos del estado de conmoción y angustia de un altísimo ejecutivo del Grupo en la medianoche del 28 de junio, cuando ya aparecía una tendencia clara en el centro de cómputos a favor de Unión Pro. Este ejecutivo temía que el escrutinio incompleto, que daba una derrota del oficialismo, llevara a Clarín a titular en falso el diario del lunes, y que por la mañana, finalizado el recuento de votos, el resultado definitivo fuera una victoria ajustada de Néstor en la provincia de Buenos Aires. Es decir, en Clarín temían caer en una maquiavélica trampa de inteligencia orquestada por el kirchnerismo para dejar mal parado al multimedios de cara a la pulseada por la vieja ley de Radiodifusión y su alternativa K.
Más allá de los intereses comerciales y de los recelos personales, ¿qué significa esta anécdota? Que siempre se tiende a sobrestimar el poder de los grandes jugadores de la política, y a decretar como inexorable su capacidad de controlar los escenarios de batalla. Ni Clarín tenía todo bajo control, ni Néstor se había garantizado con trucos politiqueros el triunfo en el Conurbano.
Para entender esto, es imprescindible liberarse de los prejucios a la hora de evaluar la naturaleza de los líderes políticos y/o empresariales. Buenos o malos (la moral es otra cuestión), lo que define a los grandes acumuladores de poder y dinero es su capacidad para lanzarse a lo desconocido, empujados por el apetito de ganar más. Es cierto que se rodean de asesores que les calculan probabilidades y les diseñan herramientas para avanzar con cierta previsibilidad. Pero el problema es que, si quieren crecer, hay momentos en que deben chocar con otros grandes y ambiciosos como ellos, que también le pagan a un ejército de técnicos y operadores para que les construyan escenarios de éxito. Y ahí solo queda la intuición del líder. Cuando se acaba el diagnóstico, y la opinión experta no alcanza para tomar la decisión ganadora, justo ahí aparece la naturaleza más profunda del que manda. En esas situaciones límites, el conductor se aferra a su intuición ciega, no porque esté seguro de que sea correcta, sino porque sabe que tiene que tomar una decisión urgente y sin retorno. Cuando no queda más que analizar, solo los líderes se tiran a la pileta de cabeza sin saber si hay agua. Por eso lideran. Los demás -el resto de los mortales- nos quedamos esperando certezas que nunca llegarán, o que llegarán demasiado tarde. El líder, en cambio, encarna la certeza misma. En eso reside su locura, pero también su dominio.
De ahí, de esos dilemas que suenan filosóficos y atemporales pero que son muy cotidianos, viene la perplejidad ante versiones que llenan las páginas de la prensa política: que Kirchner no escucha críticas, que rompe las encuestas de mal agüero, que se impacienta ante los que le plantean dudas sobre “el modelo”… Es cierto, y no podría ser de otra manera. Del otro lado, este razonamiento sobre la naturaleza del liderazgo también ayuda a entender el hartazgo de la opinión pública con los funcionarios “diagnosticadores”, esos políticos que se hicieron famosos brillando como comentaristas de la realidad, y que a la hora de poner manos a la obra, cuando las papas queman, no saben hacer otra cosa que seguir diagnosticando el problema, sin asumir la responsabilidad de encontrar, o al menos de intentar una solución.
De esto discute el peronismo hoy: ¿adónde fue a parar el poder? ¿quién lo tiene? La derrota oficialista en el Conurbano volvió a poner en duda el mito del “aparato” imbatible. A lo largo del perído democrático inaugurado en 1983, radicales y neoperonistas han derrotado varias veces el supuesto orden invencible de los “barones” bonaerenses, presuntos magos del clientelismo popular. Luego del Hiroshima electoral, los intendentes ensayan gestos de hidalguía para revalidar sus pergaminos (como el renunciante testimonial Mario Ishii) o se hacen los distraídos hasta que baje la marea (como el presidente de la Federación Argentina de Municipios, Julio Pereyra, que dejó Florencio Varela por una gira por Brasil y Miami). Otro tanto hacen los gobernadores del PJ, que pasan de la genuflexión a la montonera rebelde en cuestión de horas: seguramente, ninguna de las dos poses es totalmente cierta. Y encima volvió al país Eduardo Duhalde, otro gran enigma de la politología justicialista. Desde la “traición” de Kirchner, los referentes peronistas no se ponen de acuerdo en definir si “el Negro” o “el Cabezón” manda o no manda en la Provincia. Incluso los propios operadores de origen duhaldista que trabajaron en la campaña de Francisco De Narváez dudaban sobre la influencia real de su antiguo patrón en estas elecciones, y confiaban en off the record sus temores de que el aparato estatal kirchnerista aplastaría al peronismo disidente en su propio terreno. No sucedió: aunque no se sabe bien por qué.
Y no se sabrá, porque precisamente eso es lo que está en juego en este momento. Quiénes ganaron, quiénes perdieron, y cuál es la magnitud de la implosión en la hegemonía peronista. El Gobierno juega a decir “acá no ha pasado nada”, o casi nada, y pretende que las cabezas entregadas sean suficientes para volver a la normalidad: por eso Daniel Scioli, el heredero de Kirchner en la conducción formal del PJ, se queja de que “se está armando una telenovela” de declaraciones sobre los cuestionamientos a la mesa de conducción justicialista. Si fuera una novela de Adrián Suar, todavía queda por ver si se trata de “Valientes” o de “Vulnerables”.
En pocos días podremos observar si cuando sesione el viejo Parlamento se mantuvieron las formas y el kirchnerismo conserva su bloque intacto, o si la ficción K de que la vida sigue no logra frenar el desbande hacia otros bloques. Aquí el peronismo disidente también juega a la ficción: ¿mandan los caudillos díscolos del interior, o manda Unión PRO? Y en el Pro peronismo, ¿manda el sector de De Narváez, que reclama internas ya, o manda el mauricismo goriloide? Para saldar con bancas estas discusiones, los peronistas intentan seducir a los radicales, las renovadas estrellitas del show. Pero entre los UCR y ex UCR también hay problemas de cartel. ¿Quiénes serían los competidores de una interna partidaria? Hay que ver si están todos los que son, y si son todos los que están. No sea cosa que a último momento, Lilita Carrió se los lleve puestos y Julio Cobos les vote no positivo.
¿Suena feo? Es lo que hay. Tal vez, la democracia de partidos no consista en evitar que manden los locos por el poder, sino que, mediante la participación, la ciudadanía obligue a sus líderes a actuar, de vez en cuando, con cordura.
Más allá de los intereses comerciales y de los recelos personales, ¿qué significa esta anécdota? Que siempre se tiende a sobrestimar el poder de los grandes jugadores de la política, y a decretar como inexorable su capacidad de controlar los escenarios de batalla. Ni Clarín tenía todo bajo control, ni Néstor se había garantizado con trucos politiqueros el triunfo en el Conurbano.
Para entender esto, es imprescindible liberarse de los prejucios a la hora de evaluar la naturaleza de los líderes políticos y/o empresariales. Buenos o malos (la moral es otra cuestión), lo que define a los grandes acumuladores de poder y dinero es su capacidad para lanzarse a lo desconocido, empujados por el apetito de ganar más. Es cierto que se rodean de asesores que les calculan probabilidades y les diseñan herramientas para avanzar con cierta previsibilidad. Pero el problema es que, si quieren crecer, hay momentos en que deben chocar con otros grandes y ambiciosos como ellos, que también le pagan a un ejército de técnicos y operadores para que les construyan escenarios de éxito. Y ahí solo queda la intuición del líder. Cuando se acaba el diagnóstico, y la opinión experta no alcanza para tomar la decisión ganadora, justo ahí aparece la naturaleza más profunda del que manda. En esas situaciones límites, el conductor se aferra a su intuición ciega, no porque esté seguro de que sea correcta, sino porque sabe que tiene que tomar una decisión urgente y sin retorno. Cuando no queda más que analizar, solo los líderes se tiran a la pileta de cabeza sin saber si hay agua. Por eso lideran. Los demás -el resto de los mortales- nos quedamos esperando certezas que nunca llegarán, o que llegarán demasiado tarde. El líder, en cambio, encarna la certeza misma. En eso reside su locura, pero también su dominio.
De ahí, de esos dilemas que suenan filosóficos y atemporales pero que son muy cotidianos, viene la perplejidad ante versiones que llenan las páginas de la prensa política: que Kirchner no escucha críticas, que rompe las encuestas de mal agüero, que se impacienta ante los que le plantean dudas sobre “el modelo”… Es cierto, y no podría ser de otra manera. Del otro lado, este razonamiento sobre la naturaleza del liderazgo también ayuda a entender el hartazgo de la opinión pública con los funcionarios “diagnosticadores”, esos políticos que se hicieron famosos brillando como comentaristas de la realidad, y que a la hora de poner manos a la obra, cuando las papas queman, no saben hacer otra cosa que seguir diagnosticando el problema, sin asumir la responsabilidad de encontrar, o al menos de intentar una solución.
De esto discute el peronismo hoy: ¿adónde fue a parar el poder? ¿quién lo tiene? La derrota oficialista en el Conurbano volvió a poner en duda el mito del “aparato” imbatible. A lo largo del perído democrático inaugurado en 1983, radicales y neoperonistas han derrotado varias veces el supuesto orden invencible de los “barones” bonaerenses, presuntos magos del clientelismo popular. Luego del Hiroshima electoral, los intendentes ensayan gestos de hidalguía para revalidar sus pergaminos (como el renunciante testimonial Mario Ishii) o se hacen los distraídos hasta que baje la marea (como el presidente de la Federación Argentina de Municipios, Julio Pereyra, que dejó Florencio Varela por una gira por Brasil y Miami). Otro tanto hacen los gobernadores del PJ, que pasan de la genuflexión a la montonera rebelde en cuestión de horas: seguramente, ninguna de las dos poses es totalmente cierta. Y encima volvió al país Eduardo Duhalde, otro gran enigma de la politología justicialista. Desde la “traición” de Kirchner, los referentes peronistas no se ponen de acuerdo en definir si “el Negro” o “el Cabezón” manda o no manda en la Provincia. Incluso los propios operadores de origen duhaldista que trabajaron en la campaña de Francisco De Narváez dudaban sobre la influencia real de su antiguo patrón en estas elecciones, y confiaban en off the record sus temores de que el aparato estatal kirchnerista aplastaría al peronismo disidente en su propio terreno. No sucedió: aunque no se sabe bien por qué.
Y no se sabrá, porque precisamente eso es lo que está en juego en este momento. Quiénes ganaron, quiénes perdieron, y cuál es la magnitud de la implosión en la hegemonía peronista. El Gobierno juega a decir “acá no ha pasado nada”, o casi nada, y pretende que las cabezas entregadas sean suficientes para volver a la normalidad: por eso Daniel Scioli, el heredero de Kirchner en la conducción formal del PJ, se queja de que “se está armando una telenovela” de declaraciones sobre los cuestionamientos a la mesa de conducción justicialista. Si fuera una novela de Adrián Suar, todavía queda por ver si se trata de “Valientes” o de “Vulnerables”.
En pocos días podremos observar si cuando sesione el viejo Parlamento se mantuvieron las formas y el kirchnerismo conserva su bloque intacto, o si la ficción K de que la vida sigue no logra frenar el desbande hacia otros bloques. Aquí el peronismo disidente también juega a la ficción: ¿mandan los caudillos díscolos del interior, o manda Unión PRO? Y en el Pro peronismo, ¿manda el sector de De Narváez, que reclama internas ya, o manda el mauricismo goriloide? Para saldar con bancas estas discusiones, los peronistas intentan seducir a los radicales, las renovadas estrellitas del show. Pero entre los UCR y ex UCR también hay problemas de cartel. ¿Quiénes serían los competidores de una interna partidaria? Hay que ver si están todos los que son, y si son todos los que están. No sea cosa que a último momento, Lilita Carrió se los lleve puestos y Julio Cobos les vote no positivo.
¿Suena feo? Es lo que hay. Tal vez, la democracia de partidos no consista en evitar que manden los locos por el poder, sino que, mediante la participación, la ciudadanía obligue a sus líderes a actuar, de vez en cuando, con cordura.
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