viernes, 27 de febrero de 2009

LILITA Y LOS PRAGMÁTICOS

Elisa Carrió quiere ser pragmática. Y, como la mujer del César, no solo quiere serlo sino también parecerlo. Para eso va a seguir alentando la entrada de peronistas en su Coalición Cívica, con un plan de acción que estuvo discutiendo esta semana con su círculo íntimo, padeciendo el calor porteño. De hecho, en las últimas horas, entró un grupo de peronistas capitalinos que trabajaban con Jorge Telerman. Para decretar oficialmente el credo antigorila de Lilita, la Coalición organizará el 24 de febrero un curioso espectáculo de campaña: ese día se festeja un
aniversario del triunfo del peronismo en la elección de 1946, y Carrió pensó en un acto en conjunto con el Partido Laborista, ya que fue el sello
que llevó Perón en aquella elección. Lilita ya reservó mesas en el restaurante "El
General", el simbólico reducto justicialista de la avenida Belgrano, donde Carrió compartirá cartel con Margarita Stolbizer y Patricia Bullrich. El orador del evento será Aníbal “Toti” Leguizamón, una reciente adquisición de Lilita que se formó en el duhaldismo pero que hoy aporta su know how peruca a la Coalición. (Coincidencias: la pata piquetera de lilismo la maneja otro “Toti”, Héctor Flores, que intenta reclutar movimientos sociales bonaerenses a la causa.) La última consigna de campaña de Lilita y de Margarita es multiplicar los actos con todo el folclore peronista en el conurbano bonaerense, zona que quieren perforar para tener chances numéricas de competir con la lista del Gobierno y con el frente Properonista. Adicta a la astrología política, Carrió no desatiende el distrito platense, cuna del kirchnerismo no patagónico, donde Lilita ya ganó tres veces. Ella y sus asesores decidieron salir a recorrer el Gran La Plata,
en actos típicamente peronistas, con quien va a ser el candidato a
intendente de la Coalición, Javier Mor Roig, nieto del ministro asesinado
por Montoneros. Lilita busca así asegurar la eleccion en una ciudad que no se les puede
escapar por su valor simbólico.
Aunque es conciente de que no tendrá muchos votos entre los pobres bonaerenses, uno de sus lemas de campaña será “gobernar para el pueblo peronista”, buscando ser la imagen del cambio y la esperanza en medio del crack, en una versión muy argentina de Barck Obama. En su puja de posicionamiento contra el eje Macri-Solá-De Narváez, la estrategia es instalar la idea de que todo se trata de una interna en el PJ, que luego de las elecciones volverá a encontrar aliados a los kirchneristas con los panduhaldistas. Por eso ella quiere evitar la etiqueta de antiperonista, y remplazar esa antinomia por la opción Kirchnerismo vs. Anti Kirchnerismo. Pero no le será fácil.
Por las dudas, lo tiene a Ricardo López Murphy recorriendo el país para reclutar votos gorilas, que es un nicho natural de la Coalición. También está atenta a las derivaciones del portazo de Carlos Reutemann al bloque oficialista: Lilita sueña que su amistad con el Lole le dé una alternativa de alianza por la centroderecha en Santa Fe, donde la negociación de Carrió con los socialistas parece siempre a punto de estallar.
La lectura que sus asesores hacen de la interna macrista alienta la presunción lilista de que sus adversarios del PRO están atrapados en una seria crisis moral, que incluso le puede dejar servidos en bandeja macristas desencantados que busquen en la Coalición un espacio potable de reciclaje político. Los “lilitos” averiguaron que tras la renuncia “por motivos personales” de Jorge Macri a la conducción del PRO bonaerense se esconde un escándalo de carpetazos, vueltos evaporados de la recaudación de campaña, y hasta cámaras ocultas prohibidas para menores de edad. Mauricio le pidió un paso al costado a su primo para descomprimir el ambiente bonaerense, justo cuando el macrismo intenta liderar el armado de la alianza opositora. (Lejos de todo ese ruido PRO, y a prudencial distancia del kirchnerismo, Franco Macri olvida esta semana los tropiezos de su hijo, en compañía del resto de su familia, cenando a la luz de las velas en un parador de las playas de José Ignacio, Uruguay.)
¿Qué le falta a Lilita para oler a poder, a futuro sustentable? Entre otras cosas, le falta un vínculo maduro con el establishment. No es que ella lo rechace, y es cierto que su nuevo maquillaje pragmático favorece ese tipo de seducciones, pero los hombres de negocios siguen temiéndole por su espasmódicas razzias mediáticas contra “la matriz de la corrupción y el saqueo”. ¿Se puede ser pragmático y principista a la vez? El Gobierno, que la critica por su “giro a la derecha”, cree que sí: la ministra kirchnerista Graciela Ocaña –ex mano derecha de Lilita- acaba de definir a su gobierno como “progresistas y pragmáticos”. ¿Cómo sería eso? Por ejemplo: para quebrar la Mesa de Enlace agropecuaria, el Gobierno que se dice progre negocia en secreto con el ala derecha del campo, la Sociedad Rural. Eso sería una táctica pragmática. Pero cuando decide romper todos los códigos para sacar provecho de la coyuntura política, y ventilar su reunión privada con la Rural, la justificación estratégica es que, después de todo, no hay porqué respetar compromisos con la gremial latifundista, histórica enemiga de clase del bando nacional y popular. Eso sería ideología. Lo mismo pasa con la transparencia: si es enemigo, es corrupto; si es amigo, cometió un error. Ese es el “pragmatismo” que hoy manda en la Argentina. Habrá que ver si Lilita tiene una alternativa mejor.

miércoles, 18 de febrero de 2009

LUCHA EN EL BARRO

El análisis de las encuestas encargadas por el Gobierno para imaginar el horizonte de octubre de 2009 alarmó a los estrategas oficiales. No hay candidato para el conurbano bonaerense que garantice un triunfo ante la oposición. Ni siquiera Néstor Kirchner, que incluso carga con el riesgo de que una derrota suya haga desbarrancar la gobernabilidad de la gestión de su esposa. El campo sigue acaparando simpatías en el futuro electorado, no tanto por sus demandas sectoriales sino por su simbólico rol de víctima de la “intolerancia” K, esa marca de estilo que impacta tan negativamente entre los sectores medios que votaron a Cristina porque compraron su promesa de cambio de modales. Y el enfriamiento de la economía promete más descontento social. Semejante escenario aceleró la idea de un plan B, no en la economía, sino en la comunicación de la gestión. Hasta hace unos días, la rigidez del plan A –versión pingüina del retroceder nunca, rendirse, jamás- le hacía decir en confianza a uno de los ministros más obedientes del kirchnerismo: “Si en octubre nos va mal, no pasa nada, nos vamos y listo.” Esa actitud fatalista llegó a preocupar a la oposición, que desea con ardor limar el poder K, pero que prefiere ir cocinando a Néstor en su propio jugo, a fuego lento, para comérselo sin masticar mucho en el 2011. Sin embargo, en la Casa Rosada pensaron que, perdido por perdido, mejor era apostar a recuperar la iniciativa. Y en Olivos le dieron luz verde al plan B.
El plan B es simplemente barajar y dar de nuevo. O mejor dicho, embarrarse y medir de nuevo. Si hasta Néstor mide mal, ¿quién es la persona indicada para empujar para arriba las boletas K? La respuesta obvia, de manual, es la que el oficialismo parecía haber olvidado: Cristina. Después de todo, en un país normal, una presidenta recién elegida debería ser la cara ganadora del primer test electoral de su gobierno. El problema es que el rostro de Cristina se volvió antipático ante la opinión pública. Entonces, sus asesores pensaron un maquillaje al revés. Cara lavada, peinado aplastado, camisa empapada, zapatos y pantalones embarrados, nada de Louis Vuitton: en síntesis, look Tartagal. Los locutores de C5N cumplieron en destacar estos detalles, para que no quedaran dudas. La Presidenta estaba con los pobres, mientras Macri, Solá y De Narváez hablaban de candidaturas, impecablemente trajeados, en el Hotel Intercontinental.
Los operadores kirchneristas reaccionaron rápido. Había que neutralizar el rating de la cumbre tripartita del PRO Peronismo, cuyo frente amenaza con picar en punta en los sondeos de intención de voto de los bonaerenses. También fueron ágiles ante el amague ruralista de volver a las rutas: Cristina aprovechó su anuncio de 2.000 millones de pesos en planes sociales para tirarle al campo con la realidad de la pobreza estructural. La Mesa de Enlace acusó el golpe y, seducida por un llamado al diálogo desde Balcarce 50, decidió una minitregua. Si la semana que viene el Gobierno recibe al campo y le hace una oferta que no pueda rechazar, tal vez la Presidenta pueda resucitar de sus cenizas. Y la papa caliente volverá a quemar las manos de la oposición.
El martes por la noche, en el hotel L’Etoile de Recoleta, el dirigente peronista Daniel “Chicho” Basile festejó su cumpleaños. Fue Eduardo Duhalde, fue Carlos Ruckauf, fue Ginés González García, que está dejando seducirse por el felipismo, fue el ucedeísta Jorge Pereyra de Olazábal, que acaba de ser reclutado por Alberto Rodríguez Saá como “embajador” puntano en Buenos Aires: el aire olía a pingüino macerado. Se bromeó sobre el vedetismo de Felipe, los “veinte palos” que el Colorado estaba invirtiendo para octubre, y del miedo de Mauricio a incinerarse públicamente por su alianza con el duhaldismo clásico. También se habló de la estrategia oficialista de victimizarse por adelantado, dejando incluso que corra la idea de que a Kirchner le va a ir muy mal en octubre, para que cuando las urnas arrojen los resultados reales, la performance K parezca una hazaña electoral. Al día siguiente, Macri se despegó de Duhalde en plena conferencia de prensa: dijo la verdad y a la vez mintió. Es cierto que Macri desconfía de un largo abrazo duhaldista hasta 2011, y que su gurú semiótico Jaime Durán Barba lo convenció de que él es la niña bonita que todo el peronismo disidente corteja por necesidad. Pero también es cierto que los propios operadores macristas reconocen que sin el know how de los Carlos Brown, los Osvaldo Mércuri y los Alfredo Atanasof, el Conurbano sería para el PRO Peronismo un lodazal intransitable. Pero la pelea de hoy es ahí, en el barro. Y como ya advirtió Cristina, para ser rico, primero hay que parecer pobre.

martes, 10 de febrero de 2009

OPERATIVO SUI GENERIS

Como se cantaban Charly García y Nito Mestre, Alberto Fernández le endulza los oídos a Néstor Kirchner con la idea de que “hubo un tiempo que fue hermoso”. La reconciliación con el ex jefe de Gabinete es una maratón de charlas en Olivos, que versan sobre política hasta que Néstor se ofusca, y entonces Alberto debe pasar a temas frívolos. Habrá que esperar a la próxima cita para seguir con la discusión sobre cómo recuperar la época de oro del kirchnerismo. Cuando Alberto le dijo que le convenía invitarle un café a Felipe Solá para persuadirlo de que abandonara su aventura disidente, Néstor le contestó que sí, a su manera: “Primero que vuelva al bloque, y después lo recibo.” Alberto se impacientó: “No creo que estés como para imponer condiciones, Néstor”. Volver al pasado, sin retroceder: esa es la cuestión. Por momentos, Néstor se deja ganar por la nostalgia, y cede para recuperar a su gran espada transversal. En una de estas tardecitas de “revival” en Olivos, el presidente en ejercicio le ofreció a su ex jefe de Gabinete la reincorporación de toda su tropa de funcionarios. Alberto le dijo que además, para darle credibilidad ideológica a la movida, Néstor debía comprometerse a tolerar críticas constructivas del albertismo: así se construiría el “kirchnerismo crítico”, que según Alberto le permitiría al Gobierno recomponer la luna de miel con los sectores medios. Kirchner retrucó que sólo se las aceptaría al propio Alberto, pero nunca a una manada de albertistas.
Y en eso están. Cuando el futuro político se llena de sombras, la luz al final del túnel se descubre mirando hacia atrás. No sólo en Olivos evocan “un tiempo que fue hermoso” para encontrar certezas. La brújula enloqueció para todos, oficialistas, opositores y hermafroditas políticos. Todos vuelven a las fuentes. Duhalde saborea de nuevo sus épocas de Gran Elector; Carrió no se achica cuando la acusan de gestar “otra Alianza”, quizá porque recuerda que precisamente en la oposición parlamentaria la Alianza fue una topadora; y las caras bonitas de la centroderecha parida en el menemismo vuelven a sonar como alternativas potables: Reutemann, Macri, Solá y De Narváez. Falta uno.

¿SCIOLI O DANIEL? En el despacho del gobernador bonaerense retumba la consigna: “No dejes de ser vos, Scioli tiene que volver a ser Daniel.” Sus íntimos buscan la cuadratura del círculo, probando tácticas para no quedar atrapados en la dinámica electoral, justo en el distrito donde se libra “la madre de todas la batallas”. Scioli apuesta a bajar la cabeza, ponerse anteojeras y trotar a paso sostenido hasta el final de su gestión. Está convencido de que si hace bien los deberes de la provincia, será recompensado. Por quien sea: si está Kirchner, será un presidenciable K; si Néstor ya fue, los que vengan después sabrán apreciar su dedicación administrativa. Y confía en que nadie lo castigará por haber sido aliado kirchnerista, como tampoco lo castigaron por su pasado menemista y luego duhaldista. Sin embargo, Kirchner le complica esa estrategia diariamente. En plena batalla territorial, el jefe del PJ no puede darse el lujo de tener un gobernador bonaerense aparentemente neutral, sobre todo si ese gobernador mantiene una imagen alta. Pero ese capital simbólico hay que alimentarlo. “Cuando Daniel habló a favor del campo, subió diez puntos en las encuestas”, señala un hombre clave de su gobierno, quien también reconoce que ese fue un lujo que Kirchner no le dejará darse de nuevo hasta las elecciones de octubre. Cada vez que Daniel se despega un milímetro del discurso K, Néstor lo llama para una foto y le da el abrazo del pingüino. Duhalde también lo “protege”, declarando que Scioli es un rehén de la Casa Rosada. En esa tenaza, Scioli añora los tiempos en que podía pasear su sonrisa deportiva por cualquier lugar público: hoy debe esquivar las aglomeraciones chacareras, conciente de que el conflicto del campo no admite su tradicional rol conciliador. Pero también sabe que debe hacer lo imposible por no quedar pegado al lenguaje de barricada kirchnerista: “ese no es el Daniel que la gente quiere”, explican en su entorno. Tampoco es el Daniel que el establishment aprendió a querer: la simpatía que gozó entre los empresarios –que lo valoraban como un interlocutor infiltrado en el kirchnerismo- comienza a desdibujarse, mientras el espectro opositor multiplica la oferta “business-friendly”. Su ambigua esperanza es que la crisis política en el campo se ahogue en un mar de conflictos sociales y sindicales que impongan otra agenda de prioridades a la opinión pública, lejos de la pulseada Gobierno-Agro. Lejos de hoy.

lunes, 2 de febrero de 2009

AQUÍ KOSKÍN

El que se pone nervioso, pierde. Cuando las cartas están echadas, esta ley del juego del poder aplica más que nunca. Ya quedó claro que el campo también será el eje de tensión política del 2009, tal como lo fue el año anterior. El Gobierno tuvo la oportunidad de aprender a los cachetazos una lección de sensatez y sentimientos durante la puja por la 125, y ahora tiene la chance de demostrar su capacidad de aprendizaje, que es una de las virtudes clave de cualquier gestión gubernamental, especialmente si pretende durar más allá de un período presidencial.
Néstor Kirchner tuvo en sus manos la posibilidad de retirarse casi con gloria de la Casa Rosada y de Olivos al terminar su mandato, y de hecho se pasó los primeros años de su administración prometiendo que así lo haría. Pero no. Su hambre libidinal pudo más, y se quedó con el sillón de Rivadavia mediante la picardía de entronizar a su esposa. Ahora le toca pagar el precio de su ambición: la Historia –no sólo la de Argentina- enseña que las reelecciones bienaventuradas no son para cualquiera. Es razonable que así sea. La Constitución sólo permite la reelección, no obliga a ser reelecto. Quien se lanza a un segundo mandato asume la responsabilidad de soportar el desgaste de un modelo, el hastío de la opinión pública, el resentimiento acumulado de los enemigos y la codicia rencorosa de los amigos desplazados en el reparto de la torta. Esa turbulencia permanente forma parte de gestionar el segundo período, no es un accidente ni el producto de una conspiración destituyente. Es lógico pedir paciencia y tolerancia a los compatriotas cuando se asume por primera vez, mucho más en las condiciones de vulnerabilidad que le tocaron al presidente patagónico. Un segundo turno es otra cosa: la generosidad y la grandeza le corresponden al Gobierno, que supuestamente tiene la certeza de estar preparado para seguir gobernando el país por cuatro años más. Con lluvia o con sequía.
Por eso, el enojo crónico del oficialismo resulta preocupante, no porque dañe la moral y las buenas costumbres “burguesas”, sino porque es un síntoma de su dificultad de aprendizaje en tiempos difíciles. Por ejemplo: cuando todavía latía la herida de la derrota K en el Senado a manos del frente ruralista, el diputado kirchnerista Carlos Kunkel se ensañó con ironía ante el reclamo de los chacareros: “Ahora parece que tenemos la culpa de que no llueva. Que le pidan a Bergoglio que rece más fuerte, que haga llover, nosotros no podemos manejar las nubes", declaró. Más que un chiste soberbio y de mal gusto, la frase de Kunkel resultó con los meses una maldición contra Olivos, o como le gusta decir a la Presidenta, una profecía autocumplida. En efecto, cuatro meses después de la “jodita” de Kunkel, el Gobierno empieza a rezar para que llueva y así el campo pierda el protagonismo que amenaza con darle algún sentido épico a la campaña electoral de la oposición. Entre otras cosas, la sequía hizo evaporar el estigma de “los piquetes de la abundancia” marcado por Cristina para desprestigiar los cortes de ruta: este año, el ícono de la Guerra Gaucha no es la flamante 4 x 4 en la banquina sino la vaca tumbada para siempre en los pastizales calcinados.
“El que se enoja pierde” es la lección que tampoco quiere atender la diputada oficialista Diana Conti, coequiper de Kunkel en el Consejo de la Magistratura. Mientras la policía cordobesa reprimía una protesta chacarera contra Cristina, Conti advirtió esta semana que durante el 2009 analizarán el accionar de los jueces que "debieron actuar" y no lo hicieron frente a los cortes de ruta ruralistas. Si la campaña judicial que promueve Conti se trata de otra estratagema para el año electoral, conviene recordar el efecto boomerang que tuvo la detención de Alfredo De Angeli, quien no podía contener su sonrisa triunfal mientras los gendarmes lo arrastraban por el asfalto. Pegarle al “melli” es subirle el precio. Sin embargo, en los últimos festivales folclóricos de Cosquín y Jesús María, el apellido De Angeli generó escenas de censura kirchnerista. Y en uno de los diarios de la red de prensa oficialista, Horacio Verbitsky calificó al entrerriano de “energúmeno”, que para la Real Academia Española significa “poseído del demonio”.
La bronca obsesiva contra las caras del campo no es puro rencor, también es miedo. El Gobierno se enteró de que los armadores de la estrategia opositora buscan en el campo la solución a su mal endémico: la dispersión individualista, que impide tejer un plan coordinado para los comicios legislativos de octubre. A pesar de que muchos operadores de la oposición resignaron sus vacaciones de enero, todavía está verde el cultivo de un frente legislativo anti K. El gran obstáculo para aunar voluntades y limar vedetismos es la pregunta sobre el día después, en caso de que al kirchnerismo le vaya mal. De quién es el triunfo: esa es la cuestión. La última idea salvadora que suena en las reuniones opositoras es la incorporación de candidatos ruralistas que ante la opinión pública se lleven el triunfo simbólico contra el Gobierno. Las caras del campo no solo captarían votos –esa idea no es nueva- sino que servirían como paraguas para diferir hasta el 2010 o 2011 las peleas de cartel entre las celebridades de la Coalición Cívica, el PRO, el socialismo, la UCR y el “peronismo disidente”.
Ante ese horizonte alarmante, en Olivos ordenaron fracturar el frente rural con una batería de premios y castigos por sectores, regiones y agrupaciones del campo. Ese sistema mostró a un Guillermo Moreno moderado y hasta conciliador, en contraste con los gurkas pingüinos, al frente de una campaña de clientelismo VIP que, precisamente por estar dirigida a una población de ingresos altos, le está costando demasiado cara al Gobierno, justo en un año en que el Conurbano bonaerense es una máquina de aspirar recursos del Tesoro Nacional. El dilema presupuestario 2009 será: un gobierno de ricos pobres o de pobres ricos.
El otro problema del plan de fragmentar a cualquier precio el frente rural es directamente electoral. Incluso en el caso de que triunfe la avanzada K para dividir a la dirigencia del campo, la oposición puede verse beneficiada por un efecto paradójico: los dirigentes rurales dispersos podrían ser captados más fácilmente por las distintas listas de una oposición atomizada. El bombardeo quirúrgico oficial puede disgregar al campo pero no necesariamente fidelizarlo masivamente; al contrario, en el Gobierno observan con preocupación la metástasis del discurso ruralista en toda la opinión pública nacional, esté o no vinculada con los intereses del campo. Ahí sí la maldición de Kunkel, que entre otras provocaciones desafió a los agrolíderes a “armar el partido agrario”, tuvo un sentido estratégico. Más que a un “partido del campo”, el oficialismo le teme a un “campo partido” en su contra. Ofendido, disperso, súbitamente empobrecido y con alta popularidad: en código K, un campo indomable.