lunes, 2 de febrero de 2009

AQUÍ KOSKÍN

El que se pone nervioso, pierde. Cuando las cartas están echadas, esta ley del juego del poder aplica más que nunca. Ya quedó claro que el campo también será el eje de tensión política del 2009, tal como lo fue el año anterior. El Gobierno tuvo la oportunidad de aprender a los cachetazos una lección de sensatez y sentimientos durante la puja por la 125, y ahora tiene la chance de demostrar su capacidad de aprendizaje, que es una de las virtudes clave de cualquier gestión gubernamental, especialmente si pretende durar más allá de un período presidencial.
Néstor Kirchner tuvo en sus manos la posibilidad de retirarse casi con gloria de la Casa Rosada y de Olivos al terminar su mandato, y de hecho se pasó los primeros años de su administración prometiendo que así lo haría. Pero no. Su hambre libidinal pudo más, y se quedó con el sillón de Rivadavia mediante la picardía de entronizar a su esposa. Ahora le toca pagar el precio de su ambición: la Historia –no sólo la de Argentina- enseña que las reelecciones bienaventuradas no son para cualquiera. Es razonable que así sea. La Constitución sólo permite la reelección, no obliga a ser reelecto. Quien se lanza a un segundo mandato asume la responsabilidad de soportar el desgaste de un modelo, el hastío de la opinión pública, el resentimiento acumulado de los enemigos y la codicia rencorosa de los amigos desplazados en el reparto de la torta. Esa turbulencia permanente forma parte de gestionar el segundo período, no es un accidente ni el producto de una conspiración destituyente. Es lógico pedir paciencia y tolerancia a los compatriotas cuando se asume por primera vez, mucho más en las condiciones de vulnerabilidad que le tocaron al presidente patagónico. Un segundo turno es otra cosa: la generosidad y la grandeza le corresponden al Gobierno, que supuestamente tiene la certeza de estar preparado para seguir gobernando el país por cuatro años más. Con lluvia o con sequía.
Por eso, el enojo crónico del oficialismo resulta preocupante, no porque dañe la moral y las buenas costumbres “burguesas”, sino porque es un síntoma de su dificultad de aprendizaje en tiempos difíciles. Por ejemplo: cuando todavía latía la herida de la derrota K en el Senado a manos del frente ruralista, el diputado kirchnerista Carlos Kunkel se ensañó con ironía ante el reclamo de los chacareros: “Ahora parece que tenemos la culpa de que no llueva. Que le pidan a Bergoglio que rece más fuerte, que haga llover, nosotros no podemos manejar las nubes", declaró. Más que un chiste soberbio y de mal gusto, la frase de Kunkel resultó con los meses una maldición contra Olivos, o como le gusta decir a la Presidenta, una profecía autocumplida. En efecto, cuatro meses después de la “jodita” de Kunkel, el Gobierno empieza a rezar para que llueva y así el campo pierda el protagonismo que amenaza con darle algún sentido épico a la campaña electoral de la oposición. Entre otras cosas, la sequía hizo evaporar el estigma de “los piquetes de la abundancia” marcado por Cristina para desprestigiar los cortes de ruta: este año, el ícono de la Guerra Gaucha no es la flamante 4 x 4 en la banquina sino la vaca tumbada para siempre en los pastizales calcinados.
“El que se enoja pierde” es la lección que tampoco quiere atender la diputada oficialista Diana Conti, coequiper de Kunkel en el Consejo de la Magistratura. Mientras la policía cordobesa reprimía una protesta chacarera contra Cristina, Conti advirtió esta semana que durante el 2009 analizarán el accionar de los jueces que "debieron actuar" y no lo hicieron frente a los cortes de ruta ruralistas. Si la campaña judicial que promueve Conti se trata de otra estratagema para el año electoral, conviene recordar el efecto boomerang que tuvo la detención de Alfredo De Angeli, quien no podía contener su sonrisa triunfal mientras los gendarmes lo arrastraban por el asfalto. Pegarle al “melli” es subirle el precio. Sin embargo, en los últimos festivales folclóricos de Cosquín y Jesús María, el apellido De Angeli generó escenas de censura kirchnerista. Y en uno de los diarios de la red de prensa oficialista, Horacio Verbitsky calificó al entrerriano de “energúmeno”, que para la Real Academia Española significa “poseído del demonio”.
La bronca obsesiva contra las caras del campo no es puro rencor, también es miedo. El Gobierno se enteró de que los armadores de la estrategia opositora buscan en el campo la solución a su mal endémico: la dispersión individualista, que impide tejer un plan coordinado para los comicios legislativos de octubre. A pesar de que muchos operadores de la oposición resignaron sus vacaciones de enero, todavía está verde el cultivo de un frente legislativo anti K. El gran obstáculo para aunar voluntades y limar vedetismos es la pregunta sobre el día después, en caso de que al kirchnerismo le vaya mal. De quién es el triunfo: esa es la cuestión. La última idea salvadora que suena en las reuniones opositoras es la incorporación de candidatos ruralistas que ante la opinión pública se lleven el triunfo simbólico contra el Gobierno. Las caras del campo no solo captarían votos –esa idea no es nueva- sino que servirían como paraguas para diferir hasta el 2010 o 2011 las peleas de cartel entre las celebridades de la Coalición Cívica, el PRO, el socialismo, la UCR y el “peronismo disidente”.
Ante ese horizonte alarmante, en Olivos ordenaron fracturar el frente rural con una batería de premios y castigos por sectores, regiones y agrupaciones del campo. Ese sistema mostró a un Guillermo Moreno moderado y hasta conciliador, en contraste con los gurkas pingüinos, al frente de una campaña de clientelismo VIP que, precisamente por estar dirigida a una población de ingresos altos, le está costando demasiado cara al Gobierno, justo en un año en que el Conurbano bonaerense es una máquina de aspirar recursos del Tesoro Nacional. El dilema presupuestario 2009 será: un gobierno de ricos pobres o de pobres ricos.
El otro problema del plan de fragmentar a cualquier precio el frente rural es directamente electoral. Incluso en el caso de que triunfe la avanzada K para dividir a la dirigencia del campo, la oposición puede verse beneficiada por un efecto paradójico: los dirigentes rurales dispersos podrían ser captados más fácilmente por las distintas listas de una oposición atomizada. El bombardeo quirúrgico oficial puede disgregar al campo pero no necesariamente fidelizarlo masivamente; al contrario, en el Gobierno observan con preocupación la metástasis del discurso ruralista en toda la opinión pública nacional, esté o no vinculada con los intereses del campo. Ahí sí la maldición de Kunkel, que entre otras provocaciones desafió a los agrolíderes a “armar el partido agrario”, tuvo un sentido estratégico. Más que a un “partido del campo”, el oficialismo le teme a un “campo partido” en su contra. Ofendido, disperso, súbitamente empobrecido y con alta popularidad: en código K, un campo indomable.

No hay comentarios: