Las vacaciones no aquietaron el temperamento conflictivo de la administración K, salvo en el Congreso, donde los que quedaron de guardia no pueden sacudirse la modorra de la siesta. La calma chicha en el circuito parlamentario obedece a que todavía no ha aparecido el temario legislativo que el Ejecutivo acostumbra a enviar durante enero, para que se traten y sancionen leyes en las sesiones extraordinarias de febrero. La demora administrativa –y la calma aparente- esconde un problema político: el Gobierno tiene dudas sobre su capacidad de convicción para asegurarse el voto mayoritario de los legisladores propios. Sucede que la coyuntura electoral está poniendo nerviosos a muchos parlamentarios oficialistas, especialmente a los que les toca dejar sus bancas en el turno 2009. Antes de garantizar su apoyo a los proyectos kirchneristas, quieren una promesa de que podrán renovar sus mandatos, es decir, que habrá para ellos un lugar interesante en las listas electorales que por estos días borronean los maestros punteros de Néstor Kirchner. Lo que los angustia es la certeza de que las listas oficialistas están quedando chicas, por dos motivos: a) hay demasiados anotados para figurar en el turno 2009, porque puede ser el último en que el kirchnerismo mande, ya que el 2011 pinta como la era de la gran estampida pingüina; b) las encuestas no pronostican amplios márgenes a favor de las boletas K, por lo que la única manera de estar seguro de quedar adentro del Congreso es arañar los primeros lugares de la lista, el resto es una lotería. Los animales políticos del peronismo hoy miran a Olivos como si fuera el Arca de Noé.
En la Casa Rosada se muestran ofendidos con tanta mezquindad y deslealtad de algunos parlamentarios, especialmente de aquellos que, según los operadores K, no sólo recibieron sus bancas sino también el control de cajas de la política en sus respectivas provincias (entes recaudadores varios), por lo cual deberían estar agradecidos y dispuestos a un sacrificio patriótico por la causa revolucionaria. Incluso ese tema tabú está en las mesas de discusión y en las servilletas que garabatean punteros y parlamentarios en estos días de calor. El reproche de algunos legisladores oficialistas sobre este tema es que algunas de esas cajas acaban de ser cedidas o compartidas con aliados parlamentarios circunstanciales a los que el Gobierno tuvo que pedirles el voto para pasar las últimas leyes polémicas del Ejecutivo. La susurrante rebelión parlamentaria es apenas un ejemplo concreto de las dificultades de gobernar cuando empieza a olerse el despoder.
Kirchner no ignora ni relativiza este fenómeno, y en las acciones de sus soldados más obedientes se nota un cambio de táctica que intenta conservar la estrategia pero por otros medios. Con un poder que se desinfla, ya no se puede voltear paredes para seguir avanzando. Ahora hay que intentar perforarlas. Rotas las topadoras, es tiempo de boqueteros.
Hace dos meses, en el espacio de esta columna, consignamos la existencia de un presunto documento interno de la Secretaría de Finanzas que detallaba los manotazos que podría dar el Gobierno en caso de urgencia financiera. Durante aquella semana de noviembre, voceros gubernamentales del área económica llamaron a las redacciones periodísticas para negar la autenticidad del informe, que evaluaba la viabilidad de un supuesto Plan de Financiamiento de Emergencia, que incluía la estatización de los fondos previsionales y la “captación de los fondos en efectivo depositados en las cajas de seguridad”. Esta última medida podría justificarse jurídicamente –según el dudoso informe reservado que circuló por internet- amparándose en la Ley Penal Tributaria, de acuerdo a la presunción de que buena parte de esos ahorros no están blanqueados ante la AFIP. El tema quedó en el olvido, por descabellado. No obstante, apenas dos meses más tarde, el flamante encargado de recaudar impuestos, Ricardo Etchegaray, ordenó “invitar” por carta a los dueños del medio millón de cofres bancarios a que se sumen a la lista de morosos que podrán acojerse a la nueva ley de blanqueo de capitales. En el Gobierno están preocupados por las pobres perspectivas de éxito recaudatorio que le ven a la legislación pensada para repatriar capitales. Esto explica la presión sobre Etchegaray para que siga raspando el fondo de la olla, en busca de fortunas escondidas. Pero en la city porteña no creen que el asedio a las cajas de seguridad arroje grandes sorpresas: “Los que tenían mucha guita, ya la sacaron a Uruguay el año pasado, y los que mantienen valores en los cofres son pequeños contribuyentes”, explica el vocero de un banco con mucho movimiento en el rubro de los cofres personales.
Tal vez se trate de una acción más política que financiera, con el fin de marcar presencia, meter miedo y embarrar la cancha. Así hizo Guillermo Moreno esta semana, cuando se le metió a Hermes Binner en su provincia para agujerear el frente ruralista: la velocidad y hasta la euforia del Gobierno para denunciar -sin pruebas concluyentes- que el incendio en el lugar donde habló Moreno fue intencional es un síntoma de esta ansiedad de plantar bandera en territorios que le son cada vez más esquivos. Esa metodología boquetera –de la cual Moreno es pionero, con su marcación personal a los formadores de precios- es la que temen los estrategas de la oposición. Tienen la teoría de que Néstor está metiéndole taladro a las incipientes alianzas que se van armando en cada distrito electoral. Sin ir más lejos, el macrismo peronista está mirando con buenos ojos la opción Reutemann 2011 –fogoneada desde Olivos-, luego del escándalo de los “diputruchos”, que dividió más las aguas entre el PRO y la pata PJ del gobierno porteño. Aunque la atomización interna que sigue padeciendo la oposición no es obra de Kirchner, los boqueteros oficialistas también martillan esa pared.
lunes, 26 de enero de 2009
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