sábado, 29 de noviembre de 2008

JAZZ OPOSITOR

Louis Navas, experto norteamericano en las ganancias de los altos ejecutivos, disertó esta semana en el seminario Only CEO Summit realizado en el Hilton de Puerto Madero, y ahí explicó que por primera vez se discute en una campaña presidencial el nivel de ingresos de los CEOs de las grandes empresas. Aunque raro, el fenómeno es lógico, si se tiene en cuenta que las mismas firmas que hace unos meses llegaron a pagar decenas de millones de dólares de compensaciones por performance a sus directores ahora le están pidiendo al estado norteamericano, o sea a los contribuyentes, salvatajes millonarios para no ir a la quiebra. El presidente electo, Barack Obama, prometió que revisará los mecanismos de transparencia y de racionalidad en la asignación de salarios, premios e incentivos anuales de que las corporaciones le otorgan a sus managers, muchas veces a expensas de los accionistas y, en casos de crisis, de la propia Reserva Federal. Una de las preocupaciones principales es el avance de la mentalidad cortoplacista de muchos CEOs, que en los últimos tiempos manejaron la estrategia empresaria en función de las variables que les permitieran cobrar suculentos bonos de Navidad por su performance anual, en detrimento del largo plazo y del crecimiento sustentable del valor de las firmas a su cargo. Aunque el debate caliente sobre quién paga ahora los platos rotos pueda llevar al reduccionismo de plantear esta crisis como la batalla final de Estado vs. Mercado y viceversa, en realidad la discusión de fondo que sacude al Primer Mundo es sobre la calidad de los liderazgos, tanto públicos como privados. Y eso sí que es un dato nuevo de la globalización: quién manda, cómo y para qué.
Todo suena posible en un mundo sacudido por el crack de las finanzas internacionales. Y en la Argentina, el “efecto jazz” ya marca el ritmo de un futuro inmediato cargado de sorpresas, buenas o malas, según los gustos musicales de cada uno. Por ejemplo, esta idea de que en medio de la crisis planetaria todo es posible alienta a los más optimistas visitantes del búnker de Elisa Carrió. Uno de los más pícaros armadores del frente que impulsa “Lilita” se entusiasma con la comparación del caso Obama con el caso Carrió: “Hasta hace unas semanas, un montón de expertos argentinos que estudiaron en universidades yanquis venían y me dibujaban en una servilleta el mapa de Estados Unidos para explicarme demográficamente por qué era absolutamente imposible que un candidato negro ganara la presidencia. ¿Y ahora dónde se metieron el papelito?”, desafía el operador, que es de los que creen que en el 2009 Carrió y sus aliados tienen que hacer todo lo posible por arrasar en Capital y golpear fuerte en Provincia. Ese escenario, reflexiona el operador, desemboca en una candidatura presidencial de Carrió que estaría en condiciones de sumar incluso una masa crítica de peronistas con la que armar gobierno en 2011. ¿Es una locura? “Lo mismo decían de la candidatura de Menem en la interna del PJ contra Cafiero, y lo mismo se decía de Kirchner cuando quería ser presidente de un país que ni siquiera lo conocía.” ¿Y Duhalde? “Su poder actual es un mito. Es cierto que es un referente al que muchos consultan, pero si no se juega como candidato, y da vuelta su imagen negativa en las encuestas, no es tan claro que tenga poder de aglutinar a la oposición peronista. Por algo será que Macri no se le acerca, ¿no?” Más allá de los cálculos electorales, el ejemplo de Obama convence a muchos lilistas de que la clave de la próxima pelea electoral es generar toneladas de esperanza, en una sociedad que de nuevo se está hundiendo en el desencanto y la desconfianza.
Esperanza es lo que quiere vender cualquier gobierno cada vez que presenta un paquete de medidas económicas. En general, el kirchnerismo ha sido reacio a lanzar una batería de anuncios empaquetados en un solo plan. Pero el “efecto jazz” lo hizo posible. Ahora los mega rescates son el último grito de la moda gubernamental en las capitales europeas, también en Washington y en Manhattan. Y Cristina es respetuosa de la moda. Pero el gran paquete K está provocando el efecto inverso al buscado. En lugar de esperanza, el proyecto de perdonar las deudas tributarias ya genera malhumor en empresarios que sí pagaron sus impuestos, y que ahora reclaman públicamente o en privado al Gobierno cuál será la ayuda estatal para ellos en esta temporada de crisis. Si no la hay, será razonable que se sientan castigados por competencia desleal fogoneada desde la Casa Rosada, y que lamenten su error de management al haber cumplido con la ley. En lugar de confianza, el plan de blanquear capitales no declarados para repatriarlos alimenta las sospechas de quienes le dan crédito a las denuncias de corrupción generalizada que Carrió está llevando a la Justicia contra Kirchner & Cía. ¿Fortalecerán las medidas K las arcas estatales? No se sabe, pero por las dudas el oficialismo arroja su red sobre todo lo que huela a dinero, sea fondos de pensión poco rentables o empresas de servicios mal privatizadas. Su excusa es el “cambio de paradigma”, y su filosofía ante las críticas, la máxima de Arthur Schopenhauer: “Toda verdad pasa por tres etapas. Primero es ridiculizada. Segundo, enfrentada con oposición violenta. Tercero, aceptada como evidente.”

sábado, 22 de noviembre de 2008

EL MODELO TUTANKAMON

En su gira por el Magreb, Cristina de Kirchner se deslumbró con la momia más famosa del mundo: Tutankamón, el joven faraón que murió antes de tiempo, pero que gracias a la ciencia de los antiguos egipcios se conservó, al menos en apariencia, intacto en su sarcófago por los siglos de los siglos. Aunque, según los estudios arqueológicos, su vida terminó sin que llegara a consolidar su poder, el rey niño se convirtió, pos mortem, en la máscara funeraria más famosa del mundo, entre otras cosas, por los tesoros que se encontraron en su tumba. Todavía se discute si, a sus 19 años, murió asesinado, por accidente o por fallas de su organismo.
Es sabido que los políticos se fascinan con las biografías de líderes legendarios de la humanidad, esos que hicieron Historia, tal vez por la megalomanía común de todo aspirante a estadista. Más allá de los accesorios dorados de los restos de Tutankamón, no se sabe qué cautivó tanto la atención de Cristina. Pero tal vez la momificación le haya sonado como una metáfora de lo que le está esperando en la Argentina a su regreso.
El inesperado y desgastante conflicto con el campo parece haber herido de muerte la hegemonía K. Fue como un tajo profundo en un cuerpo con problemas de coagulación. La herida no cierra. Para sobrevivir, hay que hacer torniquetes, transfusiones y, ante lo inevitable, buscar la ilusión de vida eterna: momificar. Es todo lo que viene haciendo Néstor Kirchner con la presidencia formal de su esposa. Para ser justos, a la creencia generalizada de que Kirchner licuó el consenso popular que tenía su esposa hace unos meses, se le podría oponer la evidencia de que sin Néstor, y su influencia intimidatoria en el establishment nacional, la era Cristina estaría terminada. Sin Néstor, y sus vertiginosas maniobras presupuestarias para comprar voluntades, el mandato de Cristina se parecería demasiado al de Fernando De la Rúa, ese que tanto estigmatizan los kirchneristas. Ignoran a Confucio: “No te quejes de la nieve en el techo del vecino cuando también cubre el umbral de tu casa.” Seguramente, lo hacen para diferenciarse de lo que temen parecer, aunque también lo hacen para agitar el fantasma de aquel escenario al que la sociedad no quiere volver: la mayoría de los ciudadanos anti K prefiere aguantar un poco más de kirchnerismo que hundirse de nuevo –tan pronto- en el caos económico e institucional.
La pulseada entre oficialismo y oposición está planteada hoy en términos de timing, de quietud y movimiento, de ritmo. Mientras Kirchner lucha cada día por vender al público la foto de su poder (por ejemplo, la aplastante victoria parlamentaria por las AFJP), los opositores se esfuerzan en contar la película del armado de un todavía incierto frente republicano, que acompañe el desmoronamiento supuestamente inevitable del modelo pingüino. Foto fija versus película en movimiento, presente estático contra futuro en marcha. Todo en pleno temblor financiero local e internacional.
En uno de los últimos intentos duhaldistas por convencer a Daniel Scioli de que empiece a pensar en un futuro sin Néstor, el gobernador volvió a explicar que, más allá de sus diferencias ideológicas con el oficialismo, él sigue creyendo en la creatividad y picardía de Kirchner para sacar cartas de la manga en lo peor del partido de póker. “Lo mismo dijo en los primeros meses del conflicto del campo, y mirá cómo terminó todo”, dice un intendente bonaerense secretamente duhaldista que, sin embargo, acaba de firmar una solicitada K para censurar la rebeldía de Felipe Solá. El gobernador Scioli es el caso típico de oficialismo táctico: él apuesta a conservar la simpatía de los Kirchner hasta que al matrimonio le llegue el agua al cuello, y entonces le pidan que sea el candidato presidencial de recambio para el proyecto K. Los duhaldistas le prometen con ironía que todo lo K se desvanecerá en el aire antes de que lleguen las presidenciales.
Scioli no está solo; otros oficialistas padecen su dilema, y cada uno lo resuelve como puede. Alberto Fernández, por ejemplo, que sigue poniendo la mejilla a los cachetazos ciudadanos antioficialistas mientras el kirchnerismo va podando el poder albertista en el Estado y hasta en la interna territorial del PJ porteño. ¿Qué otra cosa podría hacer por ahora? Podría ser Cobos, pero tendría que animarse a sacrificar la “amistad” que Kirchner dice mantener por su ex jefe de Gabinete. Podría ser Massa, y jugar al delicado equilibrio de quedar bien con dios y con el diablo, pero para eso precisaría el apoyo de Cristina Fernández. Podría ser Moyano, pero eso supondría manejar una masa crítica de voluntades dispuestas a movilizarse que el albertismo nunca llegó a juntar. En fin, a Alberto Fernández, otra variante de oficialismo táctico, solo le queda esperar, y mientras tanto sobrevivir a los pases mágicos del mago de Olivos. Hoy será un nuevo sistema previsional, mañana un pacto social con sindicatos y empresas, pasado un plan de inversiones públicas para dar vuelta la recesión, y al día siguiente una ley contra los despidos, y por qué no una nueva legislación electoral. La cuestión es armar cada día una foto que desmienta la película del despoder. Y que Tutankamón no despierte de su sueño eterno.

viernes, 14 de noviembre de 2008

EL GRAN DT

La cancha está marcada. El 2009 ya empezó y es más que un año electoral. Es otro de esos años en los que viviremos en peligro. La oposición –o mejor dicho, las oposiciones- ya tiene claro lo que busca, y lo empieza a mostrar con cuentagotas, lo suficiente como para tentar aliados pero no tanto como para no anticipar jugadas al gran DT oficial, al que le reconocen una vocación imparable por embarrar la cancha. Es que al oficialismo le faltan candidatos, pero a la oposición le sobran, y el libro de pases acaba de abrirse.
Néstor Kirchner sabe que, con la caja de emergencia que sigue acumulando, seguirá siendo el dueño de la pelota por todo el 2009, incluso aunque el balón mundialista se le reduzca a una humilde pelota de trapo mellada por la recesión. Sus adversarios también lo saben: por eso Eduardo Duhalde les pide a los intendentes K amigos que aguanten sus ganas de sincerarse y patear el tablero oficialista. Todos necesitan de la caja kirchnerista para flotar durante el año más duro desde el crack del 2001. Lo mismo pasa con gobernadores con proyecto anti K; con una provincia incendiada por el déficit y el caos social, no hay precandidato presidencial que aguante. Así es como suben las acciones de figuras como Julio Cobos, que no necesitan más presupuesto que un buen par de zapatos y unos termos de café para seguir armando reuniones con aspirantes a aliados del vice. Es más, Cobos ni siquiera se deja apurar para definirse en las elecciones del 2009: él intentará mantenerse fresco para suceder a Cristina en el 2011, o incluso antes, si las circunstancias se lo imponen. Mientras, gana puntos de imagen positiva molestando al matrimonio presidencial.
Es tan fácil molestar a los Kirchner. Esta semana reaccionó al primer borrador público de un frente radical-socialista-lilista con la descalificación personal de su protagonista, Elisa Carrió. Y volvió a culpar de todo a los fantasmas neoliberales de las décadas pasadas (contra quienes nunca peleó, antes de llegar a la Rosada), y a los medios, a quienes desafió a que se presenten a elecciones. La propuesta tiene mucha lógica, si se tiene en cuenta que Cristina está cada vez más entusiasmada con su rol de comentarista de la realidad nacional e internacional, y en los ratos libres que le deja su cargo part-time publica columnas en diarios zonales e interpreta emotivos discursos en cualquier lugar donde el secretario general de la Presidencia le garantice un micrófono libre de ruido de cacerolazos.
Porque la culpa, en las mesas K de charla política, casi siempre es de los otros. Un legislador que entiende como pocos la psiquis de Cristina Fernández asegura que cuando se plantea el cada vez más apretado escenario electoral 2009, la Presidenta y su corte se muestran sinceramente despreocupados, seguros –al menos eso explican- de que con la billetera estatal alcanzará para disciplinar voluntades y ganar amigos de último momento. Y a los indicios de tormenta financiera creciente y de grietas en la economía real, los Kirchner le ponen la etiqueta de “operaciones” de los golpistas de siempre. Y en este punto ya no se sabe quién opera a quién. Esta semana voceros gubernamentales del área económica llamaron a las redacciones periodísticas para negar la autenticidad de un presunto documento interno de la Secretaría de Finanzas que detallaba los manotazos que podría dar el Gobierno en caso de urgencia financiera. Precisamente, el informe –seguramente apócrifo- evalúa la viabilidad de un supuesto Plan de Financiamiento de Emergencia, que incluye la estatización de los fondos previsionales y la “captación de los fondos en efectivo depositados en las cajas de seguridad”. Esta última medida podría justificarse jurídicamente –según el dudoso informe reservado que circuló por internet- amparándose en la Ley Penal Tributaria, de acuerdo a la presunción de que buena parte de esos ahorros no están blanqueados ante la AFIP. Sea cual fuere el origen de ese informe, la estrategia K de embarrar la cancha institucional alimenta las lecturas conspirativas de la realidad política y económica. Eso se llama desconfianza. Y los operadores financieros en Uruguay, que no dan abasto con la ola de clientes argentinos, podrían dar fe de este fenómeno.
Pero a quién le importa, mientras haya oficialistas que sigan creyendo en la destreza y la creatividad del gran DT de la selección nacional y popular. Una de sus habilidades es hacer de la necesidad virtud y matar varios pájaros de un tiro. Esta semana, la escalada bélica de la interna gubernamental desatada por el caso del triple crimen narco y su vinculación con los aportes de la campaña electoral de Cristina le dio la oportunidad a Kirchner de curarse en salud. Finalmente, tiró por la ventana al Superintendente de Servicios de Salud, Héctor Capaccioli, y profundizó la “desalbertización” del Gabinete. El matrimonio está fastidiado con las maniobras subterráneas de despegue de Alberto Fernández de la obediencia K, y quiere aislarlo. El ex jefe de Gabinete deberá cuidarse de no convertirse en el gran chivo expiatorio si la Justicia sigue arrinconando a los recaudadores kirchneristas con pruebas y acusaciones de presuntas narcoamistades. De paso, la movida de fichas sirvió para poner a un moyanista en el cargo vacante, bien cerca de la caja que tanto le preocupa al líder de la CGT, ahora que el desempleo lo desafía y que la Corte Suprema le dio ínfulas a sus competidores de la CTA. Todo se paga, mientras haya plata. Y mientras quede plata, hay equipo.

lunes, 10 de noviembre de 2008

LAGUERRA GAUCHA POR OTROS MEDIOS


Ni 200 mil, ni 3 mil: 30 mil. La Mesa de Enlace no esperaba juntar en el acto de cierre del paro agropecuario, organizado en San Pedro el miércoles 8, la contundente cifra de 200 mil asistentes,
aquellos que coparon el barrio de Palermo para manifestarse en contra de la resolución 125. Pero tampoco pudo digerir los escasos 5 mil chacareros que se movilizaron a la ruta 9 para sostener la protesta del campo. “Acá tenía que haber 30 mil productores”, se lamentaba por lo bajo un señor que se protegía del sol con un sombrero de la Federación Agraria, mientras en el palco sampedrino, su líder, Alfredo De Angeli, se ponía ronco maldiciendo a los colegas que bajaron los
brazos, cansados de tantos meses de confrontación sin tregua. Aunque la novedad no fue título en todos los medios, lo cierto es que así comenzó su discurso el caudillo con más rating de Entre Ríos: no golpeando a la Casa Rosada, sino tirando cachetazos hacia adentro de la familia rural. Dicen en su entorno que Alfredo está deprimido, que ésta es su peor semana en lo que va del año. En Buenos Aires, hasta la carpa verde montada frente al Congreso Nacional tiene problemas: el alquiler estaba pago hasta ayer y su manager, Juan Carlos Alderete, líder de los
desocupados por la Corriente Clasista y Combativa, busca entre sus aliados sojeros alguien que abra el bolsillo y le dé oxígeno financiero para unas jornadas más de lucha testimonial. Al acto de San Pedro faltaron muchos, y eso explica fácilmente los números de la deserción campestre. No
fueron las celebridades políticas y empresariales que habían dado el presente hace apenas dos meses. Tampoco llegó una adhesión del vicepresidente Julio Cobos, que está demasiado ocupado con su maratón mediática, las dudosas ofertas que le llueven de todo el abanico político para encabezar listas en 2009 y los mensajes algo intimidatorios que recibe de los soldados K. Ni siquiera aportaron unos miles –podrían ser cientos de miles, según los padrones– los supuestos homenajeados de la tarde: el miércoles fue el Día del Trabajador Rural, y desde el palco de la Mesa de Enlace se les dedicó un cariñoso saludo a los ausentes, que puso en evidencia más que nunca la incompleta alianza social del campo. Con una salvedad: aunque el líder de los peones rurales, el poderoso sindicalista Gerónimo “Momo” Venegas, no fue a San Pedro, sí aporta –según confiaron susurrando los organizadores detrás del palco– mucho de las gruesas arcas de la UATRE (Unión de Trabajadores Rurales y Estibadores) a las necesidades de la logística política patronal. Pero ni los ruralistas ni el oficialismo quieren arriesgarse a desenredar esa madeja de intereses cruzados y manejos opacos de caja política. El gran faltazo en esta semana de protesta agraria fue el de la clase media urbana, ese ente político gaseoso que infla y desinfla liderazgos a ritmo de zapping, que hace estallar gobiernos y reventar planes económicos, pero que –precisamente por su volatilidad– es más objeto de manipulación y escarnio que sujeto de alianzas sociopolíticas profundas y sustentables. Esa clase media que recibió los retos paternalistas de Néstor Kirchner durante la Guerra Gaucha, hoy se olvidó del campo, un poco por hastío y otro poco por la ola de terror monetario que recorre el planeta: muchos ciudadanos que cortaron avenidas a golpe de cacerola, ahora hacen cola en las casas de cambio buscando relleno para sus sommiers. Y esto no es una crítica al estilo Ignacio Copani; porque la media no es la única
clase que está corriendo a buscar refugio financiero en plena tormenta. No se trata de concluir que el último paro del campo fue un fracaso. Al contrario, fue un éxito, si tenemos en cuenta que durante una semana la dirigencia rural logró casi paralizar los mercados de vacunos y de granos. Pero fue un exitoso lock out patronal, como les gusta decir a los intelectuales filokirchneristas. Desde la perspectiva política fue un paso atrás, no necesariamente irreversible, aunque sí marca una crisis de crecimiento del movimiento ruralista, al que luego de una acelerada acumulación de consenso público de pronto se le pinchó la burbuja.
¿Y AHORA QUÉ? Un libro de la politóloga norteamericana Amy Gutmann que acaba de editarse en Argentina (La identidad en democracia) ayuda a pensar el dilema fatal de los grupos de interés o de identidad en el juego de las democracias posmodernas. Ante la devaluación de la representatividad de los partidos políticos tradicionales, la irrupción de grupos de reivindicación de derechos sectoriales (sean económicos, culturales, raciales, religiosos o una mezcla de ellos) enciende la mística de la democracia deliberativa, y genera adhesiones y simpatías que, sumadas, pueden poner en jaque hasta a un gobierno. El problema es que, pasado ese clímax republicano inicial, las mayorías entusiasmadas por ese oasis libertario y participativo se empiezan a dar cuenta de que la agenda que se puso en discusión no contempla necesariamente los intereses de todos, ni siquiera de la mayoría, sino que refleja los intereses de un grupo minoritario. Ahí se deshace el hechizo que unía a gente muy diversa bajo una misma consigna. Es decir que detrás de un fenómeno de participación espontánea y masiva puede aparecer una dinámica de lobby sectorial que –en sus versiones aberrantes– puede volverse incluso antidemocrática. La foto del ex “ingeniero” Blumberg en la manifestación ruralista de Palermo es un símbolo de este drama de las repúblicas sin partidos. Ésa es la discusión política interna que hoy mantienen los integrantes de la Mesa de Enlace. Seguir como frente gremial de los empresarios rurales o saltar
la tranquera y defender los intereses del campo desde la
política electoral. Todos los jefes de las entidades rurales han recibido ofertas para integrarse
a las boletas de 2009. De hecho, el titular de CRA, Mario Llambías, habló en su discurso del miércoles de hacer valer el peso del campo en 2009 y 2011. Ya es casi un hecho que las segundas y terceras líneas de las entidades colocarán a muchos de sus integrantes en listas de distintos partidos para pelear las próximas elecciones. Sin embargo, no está claro si el campo tendrá una estrategia electoral unificada. Una variante a la dispersión la plantea el único partido que fue como tal a San Pedro, el grupo Pampa Sur, que impulsa un modelo de partido del campo inspirado en el Country Party de Australia, que desde 1920 integra coaliciones de gobierno y en la actualidad controla el 10% del Parlamento australiano. Pero es difícil que la idea prenda en la Mesa de Enlace antes de 2009. En la otra vereda queda el Gobierno, todavía masticando la derrota, pero empezando a saborear la venganza de ver al campo ahogado por la sequía y confundido por la caída del rating minuto a minuto de De Angeli. Ahora Kirchner piensa en otra guerra verde, donde el enemigo se parece demasiado a George Washington.

PROGRESISMO SIN PROGRESO

Esta semana, Estela Carlotto le dijo a Crítica de la Argentina que lagente que apuntala con gestos y métodos violentos a Guillermo Moreno"no dañaron a nadie". La presidenta de Abuelas de Plaza de Mayorelativizó la gravedad de la evidencia fotográfica que muestra aalgunos morenistas dispersando cacerolistas palo en mano. Tambiénjustificó con sentido común callejero –ideario políticamenteincorrecto habitualmente refractario a la prédica de los derechoshumanos- la lógica del secretario de Moreno de rodearse de kickboxersy punteros pendencieros: "Habrá ido con una patota para protegerse",explicó la candidata argentina al Nobel de la Paz. ¿Qué pasó?El episodio Carlotto permite calcular algunos costos que la sociedadcivil está pagando a causa del modo de acumulación de legitimidadelegido por los Kirchner desde que llegaron al poder, en 2003. Esoscostos se empiezan a blanquear ahora, cuando el oficialismo necesitamás que nunca sumar imagen positiva, y ante la necesidad diaria deconfirmar su autoridad, el Gobierno –como haría cualquier otro- quemarecursos no renovables de consenso institucional.Una de las estrategias claras de la gestión K fue, desde el comienzo,encarnar ante la opinión pública la "nueva política", esa ideabienpensante inventada por los políticos de siempre para aprovecharsedel facilismo colectivo que acuñó el "que se vayan todos". Parareforzar la novedad de su política, el kirchnerismo echó mano de casitodos los "tips" de la ciencia política progre: mostró caras jóvenes,puso varias mujeres en cargos de máxima responsabilidad, se rodeó deorganizaciones de derechos humanos, incorporó citas de pensadoresposmodernos en el discurso presidencial y se sacó fotos conintelectuales posmarxistas locales, sumó a un radical al Ejecutivopara hacer creíble su esquema "transversal", y le dio la bienvenida almovimiento piquetero, al punto de convertir en funcionarios a loslíderes que se mostraron dóciles.A simple vista, estas medidas invitan a una valoración positiva, dondetodos ganan: el Gobierno suma ráting, los protagonistas de larenovación institucional obtienen poder y reconocimiento público, y lasociedad disfruta de una clase política más fresca y plural. Todo muylindo. Pero... siempre hay un pero.Si observamos rápidamente los casos concretos de incorporación alesquema de poder de integrantes de las minorías postergadas de lapolítica tradicional, descubrimos una lista de inclusiones fallidas, yhasta fracasadas, desde el punto de vista del multiculturalismoinstitucional:*Martín Lousteau y Felisa Miceli nunca lograron la autonomía mínimapara imponer su propia agenda más allá de la opinión de Kirchner.*La propia Cristina está entrampada en la dinámica del "doble comando".*Hebe de Bonafini y Estela Carlotto se ven empujadas, les guste o no,a justificar cada vez más los modos de ejercer el poder que antes,cuando no eran del establishment, no hubieran aprobado.*El mismo aggiornamiento ideológico encorsetó a periodistas eintelectuales de la mesa K que en los '80 y '90 sedujeron a un públicolector que los convirtió en íconos de un país alternativo y rebelde.Muchos de ellos llegaron a abjurar de manera vergonzante de susmilitancias de otros tiempos por la libertad de expresión, la luchacontra la corrupción administrativa y la democratización de losespacios políticos.*El vicepresidente de la Nación se ve obligado a explicar día tras díaque sus gestos de independencia no lo convierten en "traidor" ni"Judas".*Los piqueteros como Luis D'Elía quedaron caricaturizados comopatoteros de emergencia para llenar la Plaza de Mayo a pedido deNéstor o dispersarla a manotazos cuando se llena de opositoresfuriosos.Todo este activo social –los liderazgos alternativos- corre peligro deirse al tacho del desprestigio y el hartazgo colectivo. Tal vez alGobierno le sirvió hasta ahora para legitimarse, y hasta quizá lealcance para sostenerse hasta el final del mandato de Cristina,gracias a un efecto muy K de victimización. (Néstor se autodenomina unpobre pingüino, la Presidenta empezó discursos aclarando que a ella lecostaba más gobernar por ser mujer, a D'Elía le encanta ganardiscusiones etiquetándose como "negrito", muchos funcionarios searmaron un currículum vitae de "luchador perseguido por la dictadura",y ya es un clásico kirchnerista la manía de sentirse boicoteados porlos medios de comunicación.) Pero lo que puede resultar eficaz para ungobierno puede no serlo para el resto del país.Si esos sectores postergados o minoritarios o discriminados no lograndespegarse de la sospecha de que Kirchner los llamó no para darlespoder sino precisamente para aprovechar su carencia histórica de podercon la intención de manipularlos mejor y, de paso, capitalizar suconveniente imagen pública, entonces cuando termine la era K habráterminado también una etapa del progresismo argentino, tanto de susideas como de sus rostros emblemáticos. Algo así como una versiónizquierdista de lo que la década menemista hizo con el vocabularioliberal y con sus íconos criollos, amontonados en torno a la Ucedé. Lopasado, pisado.Como los líderes no suelen preocuparse por los cadáveres amigos quedejan atrás en su larga marcha hacia la gloria, la pelota quedapicando del lado de la sociedad civil, que se ve obligada a probarsesi está –o no- dispuesta a defender su patrimonio político y culturalen riesgo de extinción.

¿EL SILENCIO ES SALUD?

Dos diplomáticos españoles confesaron en estos días su morbo por el borrascoso estilo de comunicación de la administración K. “Aprendí que el denominador común aquí es el silencio”, define uno de ellos, que no hace mucho llegó a la Argentina. Entre otros casos, cita la ausencia total de respuesta, ni siquiera protocolar, a los pedidos de audiencia cursados al ministro Julio De Vido, al secretario de Medios, Enrique Albistur, y al interventor del Comfer, Gabriel Mariotto, por la inminente decisión oficial de la norma de televisión digital que operará en el país. Los funcionarios europeos que hacen lobby por la norma de su continente están sorprendidos por el abrupto vuelco kirchnerista a favor del estándar japonés-brasileño. Prometen aceptar con elegancia un “no” bien dicho, pero el silencio oficial los deja con demasiadas dudas sobre la transparencia de las decisiones de Estado argentinas.
El otro diplomático ibérico, más acostumbrado a los códigos K, prefiere no quejarse. Más bien señala los precios que paga el Gobierno por dejar sistemáticamente que se agoten los canales de diálogo cada vez que hay conflictos de intereses que requieren discusiones desgastantes. Y no habla de la Guerra Gaucha, sino de las recientes declaraciones del embajador español Rafael Estrella acerca de las relaciones bilaterales con la Argentina. Estrella fue duro, inusualmente duro para el vocabulario de las relaciones exteriores. Sin embargo, el diplomático que se sincera para este artículo asegura que lo de Estrella no fue un desliz: “Al contrario, nuestro embajador se contuvo, lo que en verdad siente es mucho peor de lo que dijo”. Tampoco se trata de un malhumor personal, porque es sabido que cuando Estrella estornuda, es José Luis Rodríguez Zapatero quien está resfriado: el embajador es amigo del presidente español, “de irse de copas juntos”, amigo en serio.
“En Nueva York no se arregló nada”, sostiene la fuente diplomática española. A la visita de la Presidenta a Madrid, que improvisadamente se anunció luego de la minicumbre en Manhattan, ya es la cuarta vez que se le pone fecha. Siempre se pospone –además de problemas de agenda- por el temor compartido de ambos presidentes de que la recepción de los medios y los empresarios españoles a la delegación argentina sea demasiado hostil para las pretensiones kirchneristas. Zapatero apostó especialmente por Cristina Kirchner, contra la opinión de sus propios asesores y del establishment peninsular, la paseó por Salamanca y le tendió alfombra roja para la foto con los Reyes, y ahora se siente defraudado –y pagando el costo político- por el trato desprolijo hacia los intereses de su país. El jefe del gobierno español no le exige a Cristina que acceda a todas las pretensiones ibéricas, pero sí que resuelva los temas pendientes –a favor o en contra, pero que resuelva- antes de pisar suelo español. Por eso se pateó el viaje hasta febrero, fecha en que se supone que el caso Aerolíneas Argentinas encontrará una salida definitiva. También febrero coincide con las vacaciones de verano argentinas, época de distracción de la opinión pública muy propicia –según prometió un altísimo funcionario K a España- para ajustar tarifas de los servicios públicos en manos ibéricas.
El Gobierno está enojado con el embajador Estrella y con Gustavo Martín Prada, representante de la Comisión Europea en Buenos Aires, porque no guardan silencio. También se mantiene el enojo con los medios españoles, especialmente con los del poderoso Grupo Prisa, dueño del diario El País y de la argentina Radio Continental: Néstor Kirchner ordenó meterle presión a esos dos medios para que no le compliquen más de lo que está el año electoral que se le viene encima. Los aprietos financieros que padece el multimedios español envalentona a los operadores K, quienes con la reforma a la ley de Radiodifusión en la mano se sienten musculosos para la pulseada. Esta es una de las tareas del embajador argentino en Madrid, Carlos Bettini, quien a pesar de ser un cuadro cristinista fiel, teme perder el delicado equilibrio entre la vocación oficialista y su sintonía fina con el empresariado español. Por eso bajó drásticamente su perfil luego de haber convencido a la Presidenta de que no lo haga Canciller durante la última crisis de Gabinete. Bettini está muy cómodo en su exilio madrileño, y no quiere perderlo cuando la era K pase a la Historia.

DE ESO NO SE HABLA.
Dos altos funcionarios kirchneristas en puestos sensibles -y en la mira de la Justicia- confesaron en estos días sus diferencias con el estilo de comunicación oficial. Uno de ellos se queja ante este diario de que Néstor no lo deja defenderse de los cuestionamientos a su gestión. El otro dice que Néstor lo deja hacer, aunque existe una directiva tácita de no salir a contestar denuncias de corrupción, para no darle entidad en los medios. Si no se instala en la opinión pública, entonces no existe, es la fórmula mágica gubernamental. Sin embargo, algo está cambiando, y hasta en el Gobierno ya lo admiten sin que se lo pregunten. “Tenemos que salir a pelear los temas, defender la gestión, mostrar las cosas buenas que hicimos”, se convence el funcionario que antes no hablaba con periodistas y ahora sí. “Después de la paliza que nos comimos con el campo, reorganizamos sin querer a la oposición, y ellos están ocupando todos los espacios de debate público, con la complicidad de los medios”, argumenta. “Ya no podemos anunciar cómodamente desde el atril del Salón Blanco las medidas de gobierno, ahora hay que patear el terreno, ir a los lugares que perdimos y dar la cara”, se convence al mismo tiempo que se queja de la naturaleza mediática del fenómeno Cobos. Para los kirchneristas, el presunto armado opositor del vicepresidente es pura foto. Pero le temen, y muchos quieren salir a pelearle territorio precisamente mostrando o al menos fingiendo lo que la corrección política indica: voluntad de diálogo.El universo K ya se lanzó a hablar, ahora le falta saber qué decir.

LEALTADES QUE MATAN

Ayer el peronismo no festejó dividido. Aunque hubo cuatro actos, la picaresca justicialista explica que a pesar de las apariencias, el 17 de octubre sigue siendo el día de la Lealtad. Para eso se inventaron los chistes que dicen que los peronistas son como los gatos, que cuando chillan no se sabe si están peleando o se están reproduciendo; o la teoría sociocultural de Perón, según la cual todo el espectro político nacional (conservadores, socialistas, radicales, etc.) se identifica en el fondo como peronista. Peronistas somos todos, parece.
Así, cada ruptura en las filas justicialistas no implicaría un accidente con costo político para “el Movimiento” sino otro episodio de diseminación exitosa del gen PJ en el ADN de la República. Por ejemplo, si el macrismo peronista porteño denuncia la alianza del macrismo bonaerense con un grupo filoperonista, en contra de la candidatura de Francisco de Narváez (otro afiliado peronista), eso no hablaría de divisiones en el peronismo, sino de la versatilidad de los herederos del General para ocupar todos los espacios, más allá de cualquier contradicción. Al día de la Lealtad, estamos todos invitados. La cuestión, en todo caso es saber a qué fiesta ir. Es sólo cuestión de timing, aunque conviene no errar el momento y el lugar, porque el castigo es quedarse sin porción de torta.
Ese dilema padecieron durante la semana los pejotistas asociados con el Gobierno. Hasta el fin de semana pasado, el único acto oficial por el 17 de octubre iba a ser el convocado por Néstor Kirchner a Entre Ríos. Pero a último momento hubo un golpe de timón, y los ministros, gobernadores y los intendentes del Conurbano se desayunaron con los diarios del lunes que habría otro acto –encabezado por Cristina- para el que había que movilizar unas 40.000 personas. Sí, se enteraron por los diarios. La confusión hizo arder los teléfonos de los municipios de la primera a la tercera sección electoral bonaerense, e incluso el gobernador Daniel Scioli mendigó precisiones a último momento para saber adónde tenía que ir y qué aporte se esperaba de él en la Casa Rosada. Nadie supo responderle: los intendentes bonaerenses estaban muy ocupados maldiciendo la improvisación pingüina, y la falta de consideración hacia ellos, que supuestamente son el gran búnker político donde se refugia el kirchnerismo en crisis. Mientras Parrilli transpiraba la camisa para garantizar los oradores y montar la “carpa estética” para la Presidenta en el estadio de Malvinas Argentinas, en el corazón del Conurbano, uno de los jefes comunales que no sabía si estaba o no invitado al festejo confiaba su nostalgia ante este diario: “Esto con Duhalde no pasaba. El Negro te respeta, tiene grandeza, está más allá de las boludeces, no como estos tipos.” Por las dudas, conviene aclarar que al decir “estos tipos” se refiere a los Kirchner y su entorno, es decir al oficialismo que supuestamente defenderá en las urnas el año que viene. “Este acto se hizo rápido y mal, no sabemos por qué, quizá para compensar el capricho del de Entre Ríos, que se hizo para mojarle la oreja a De Ángeli y a los que apoyaron al campo. Por pura venganza, para seguir confrontando: justamente todo lo contrario de lo que necesitamos todos ahora en esta época de crisis”, se quejaba uno de los capos territoriales bonaerenses.
En una oficina muy distinta, montada con elegancia en un cotizado barrio porteño, se cocinó durante la semana el otro acto de la Lealtad, pensado por el duhaldismo para multiplicar las chances de Francisco De Narváez (asociado o no, el futuro dirá, a Felipe Solá) de ganarle a la lista de Kirchner para el 2009. La última encuesta que le leyeron a Duhalde indica que “el Colorado” tiene mejores parámetros de imagen electoral que el propio Néstor, a quien no le creen que se presente como candidato a legislador: “Sería un suicidio político, mucho para perder y poco para ganar”, dicen los organizadores del acto de Ferro. Más allá de las maquiavélicas elucubraciones oficialistas sobre el sentido táctico de la supuesta postulación de Kirchner para el año próximo, los analistas que piensan para Duhalde creen que la movida del titular del PJ y marido presidencial en ejercicio del mando es producto de un ataque de nervios por la perspectiva de una salida del poder muy complicada. “Kirchner está pensando básicamente en cómo asegurarse un fin de mandato seguro, sin demasiadas complicaciones judiciales. Y para eso precisa no perder demasiados legisladores en el 2009.” La fuente se refiere al control de la comisión parlamentaria de Justicia, desde donde se puede monitorear políticamente el accionar de jueces que tienen en sus manos expedientes explosivos de causas por presunta corrupción, que involucran a ministros K y que llegan hasta el apellido Kirchner. Ésa será la obsesión pingüina en el 2010 y el 2011: no terminar como Menem, esquivando juicios con un parte médico en el bolsillo.
Pero primero hay que pasar el 2009. El Gobierno maneja dos escenarios, en base al mismo dato: la desaceleración de la economía viene frenando el índice de creación de nuevos empleos, al punto que a fin de este año se llegará a cero, y se espera que el 2009 sea un año de destrucción neta de empleos. La cuestión es a qué ritmo. Si la pérdida de empleos es moderada y gradual, tal vez sea hasta una buena noticia para Kirchner, si ese fenómeno de enfriamiento económico le sirve para planchar la inflación justo en el período electoral. Pero si la caída del empleo se vuelve un derrumbe, el pánico social se le puede volver en contra, y reflejarse vertiginosamente en las urnas. En ese caso, no habrá lealtad que le alcance.

LA LECCIÓN DE MAURICIO

En el verano de 2008 parecía una buena idea: Macri quería un pacto de convivencia con el Gobierno. Total, el mandato de Cristina recién comenzaba, y no hacía falta apurar los tiempos de una confrontación entre los PRO y los K a nivel nacional. Incluso, en el futuro escenario de las presidenciales del 2011, tal vez hasta podrían quedar acuerdos de no agresión viables entre Mauricio y Néstor. Pragmatismo puro. En febrero, entonces, Mauricio mandó a callar o al menos moderar las críticas de sus soldados contra la Casa Rosada, y dejó saber a los enviados kirchneristas que estaba dispuesto a compartir proyectos de infraestructura en la Ciudad y negocios tripartitos entre privados, macristas y pingüinos. Así, decidió hacer la vista gorda al avance del gobierno nacional sobre el negocio del juego legal en el ámbito porteño, y dejó que el patagónico Cristóbal López se asegurara un botín multimillonario de casinos y tragamonedas gracias a la generosidad desinteresada de Kirchner.
Sí, hace unos pocos meses, esa estrategia negociadora parecía sensata. Pero era difícil imaginar el estado de emergencia permanente que sacudiría a la Argentina a partir de marzo: Guerra Gaucha, Valijagate en Miami, “efecto jazz” en la City porteña, y ahora la explosiva estatización de los aportes administrados por las AFJP. La lógica del “cuanto peor, mejor” a la que apuesta la familia kirchnerista diluyó cualquier pacto preexistente de no agresión, y dejó la gobernabilidad de la Ciudad librada a la pericia y la firmeza del PRO, que hoy no sabe si está ante una crisis de crecimiento político o frente a un dilema de identidad irresoluble que podría disgregar al partido antes de que éste funcione como tal.
Aturdido por la peor semana de protestas de los gremios docentes, Mauricio intenta pasar en limpio las recomendaciones que, día tras día, le tiran los pocos cuadros políticos de su gobierno. Algunos le dicen que hay que salir ya a denunciar el negocio del juego porteño tutelado por el Gobierno nacional, aunque hay quienes desaconsejan embarcarse en una campaña agresiva de transparencia anti K, por dos motivos: 1) no conviene confundirse con el denuncialismo de Lilita Carrió, porque el PRO es otra cosa; 2) la respuesta K podría hacer mucho daño. Al macrismo llegó el dato de que operadores kirchneristas guardan una carpeta con esquirlas del caso Skanska que lastimarían a empresas contratistas de la gestión Macri.
Otros asesores que le gritan a Mauricio al oído mientras retumban los bombos y platillos docentes insisten en devolverle la mística cacerolera teflonada al votante PRO de la Capital. La confiscación de ahorros privados es un tópico aglutinador posible, y el otro es la inseguridad, que ya demostró ser un quiste doloroso en el organismo K durante la campaña de Juan Carlos Blumberg. Argumentan: si PRO es un partido, debe movilizar, y si conserva la vocación de ser la gran alternativa opositora, debe movilizar contra el Gobierno nacional. Ahora o nunca.
En la pizarra de Mauricio, el 2009 queda lejos y cerca. Lejos, porque la buena imagen que mantienen él y Gabriela Michetti corre el riesgo de ser arrastrada por la imagen decreciente de la gestión macrista en la Ciudad, según alertan las encuestas propias y ajenas. Y denunciar mediáticamente las trabas que le pone el kirchnerismo al financiamiento del plan de gobierno porteño es una pose de debilidad que no le suma votos a un intendente con aspiraciones presidenciales. El 2009 también queda demasiado cerca, porque apura definiciones de alianzas que hoy están lastimando la superficial armonía del espacio PRO, y obliga a definirse en casos clave como el de Francisco De Narváez y el de la propia Michetti. A saber:
*El conflicto en curso entre el macrismo bonaerense y el ex aliado natural de Mauricio revela la dificultad de ambos armados políticos para imponer lógicas electorales a las urticarias personales. Es decir, la pica entre dos emergentes empresarios, educados y playboys de la era antipolítica que azota a la república puede más que el pragmatismo de los punteros bonaerenses de cuna peronista que lo único que quieren es darle pelea a la presunta candidatura bonaerense de Néstor Kirchner. En definitiva, el “problema De Narváez” simboliza la cuestión de cómo el PRO digerirá –o no- a largo plazo su componente peronista, que al día de hoy sigue siendo clave en su modo de construir poder.
*Michetti teme que las obligaciones electorales de 2009 se la lleven puesta y sepulten una meteórica carrera, también fraguada al calor de la antipolítica del “que se vayan todos”. Gabriela sabe que el macrismo necesita ganar cómodo las próximas legislativas porteñas para poder gobernar con éxito hasta 2011. Y sabe que ella sin Mauricio todavía no es nada. Pero también sabe que Mauricio sin ella -y su pátina humanista- volvería a ser Macri a secas, el manager boquense, el hijo de Franco: mucho para hacerse famoso, poco para llegar a Presidente.

CON LA IDEA FIJA

Clima destituyente. Así calificaría un intelectual kirchnerista el cariñoso aplauso de los 500 empresarios del Coloquio IDEA a dos invitados de honor de la cena de apertura en el Sheraton de Mar del Plata: el vicepresidente Julio Cobos y el presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti. La emocionada bienvenida que les dieron el miércoles por la noche era también un reconocimiento tácito a la responsabilidad de ambos como integrantes de la línea de sucesión constitucional en caso de una crisis de gobernabilidad. Más que clima “destituyente”, lo que marcó el foro empresarial de este año fue la preocupación reconstituyente, es decir, cómo sigue la Argentina, su economía y sus instituciones, luego de que los K terminen de hacer lo que quieran o puedan con el país durante uno de los cracks más sonoros en la historia del capitalismo mundial.
La sensación generalizada en el lobby del hotel Sheraton y del Costa Galana, donde se alojaron los presidentes y directores de las empresas líderes en la Argentina, es que ya no hay mucho que hacer para entrar en razones con el Ejecutivo nacional: sólo queda esperar con la mayor calma y picardía de supervivencia posible a que pase la era pingüina. Los rumores de pasillo –en estricto off the record, lejos de la diplomacia que se oyó en el escenario de IDEA- ilustraban la desconfianza que los hombres de negocios tienen hoy en el timón económico que gira enloquecido en la Quinta de Olivos. Alertaban que el Gobierno tendría en carpeta más “salvatajes” en caso de que no le alcance el dinero que está por manotear de las AFJP: hablan de intervención a bancos y a obras sociales, en busca de fondos frescos y fluídos, para un 2009 electoral y económicamente deprimido. También alertaban entre ellos sobre la urgencia de sacar sus ahorros de las cuentas bancarias en pesos y hacerse con los dólares en mano, desendeudarse rápido en dólares y tomar obligaciones sólo en pesos, a largo plazo, moneda en la que creían menos a medida que avanzaba la semana. Esto no es fruto de una evaluación financiera de alta complejidad; simplemente es el reflejo típico ante la falta de confianza política. Tampoco es golpismo, como le gusta caracterizarlo al oficialismo, aunque es cierto que el pasilleo marplatense incluyó el pronóstico de que los Kirchner no aguantarían en pie otra derrota parlamentaria como la de la Guerra Gaucha, en el caso de que la votación por la estatización de los fondos de jubilación privados se complique en el Congreso y alrededores. Este vaticinio no se decía con euforia sino con pesimismo y algo de miedo. “Todavía faltan figuras consolidadas de recambio que garanticen la transición poskirchnerista”, explicaban.
En este sentido, desilusionó a muchos el discurso de medianoche de Julio Cobos: mientras los empresarios digerían el gigot de cordero (no patagónico), el vice intentaba captar la atención, pero en las mesas crecían los murmullos y bostezos desencantados. En cambio, fue una grata sorpresa para los asistentes al Coloquio la intervención de Lorenzetti, que llegó a entusiasmar tanto a un inversor como para comentar en voz alta a la salida: “¡Acá habría un candidato presidencial a la altura de las circunstancias!”

Balada para un loco
Mientras tanto, en un departamento porteño de la Avenida Santa Fé, Elisa Carrió despliega su escalada armamentista contra el matrimonio presidencial. Hace unos días lanzó la primera bomba de estruendo: “Kirchner se robó la Argentina entera”, declaró. Su frase evoca una cita célebre de Karl Marx, el gran teórico de la fisura capitalista: “Bonaparte quisiera robar a Francia entera para regalársela a Francia, o mejor dicho, para comprar de nuevo a Francia con dinero francés, pues como jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre tiene necesariamente que comprar lo que quiere que le pertenezca. Y en institución del soborno se convierten todas las instituciones del Estado (…) Pero lo más importante de este proceso en que se toma a Francia para entregársela a ella misma, son los tanto por ciento que durante la operación de cambio se embolsan el jefe y los individuos de la Sociedad del 10 de Diciembre.”
El análisis marxista de la gestión de Luis Bonaparte que se lee en El Dieciocho Brumario suena demasiado afinado –para ser del siglo XIX- con la música de la Argentina del siglo XXI. Sigue Marx: “Acosado por las exigencias contradictorias de su situación y al mismo tiempo obligado como un prestidigitador a atraer hacia sí, mediante sorpresas constantes, las miradas del público, como hacía el sustituto de Napoleón, y por tanto a ejecutar todos los días un golpe de Estado en miniatura, Bonaparte lleva al caos a toda la economía burguesa…”
Nada que ver con Néstor, claro, aunque la cita histórica ayuda a pensar dónde estamos parados. Si Menem agitó en los ’90 el fantasma neoliberal para afirmarse como el gran emperador de la privatización total de la sociedad; ahora Kirchner amaga con la estatización permanente para convertirse en el padre fundador (¿otro más?) de la Argentina solidaria. Ni Menem lo hizo, ni Kirchner lo hará; pero en el péndulo de los planes revolucionarios de gobierno, el país sigue mirando hipnotizado cómo unos pocos se siguen pasando la pelota. Y el gol nunca llega.

Viaje al Consenso de Washington

Cristina Fernández debutará, dentro de una semana, en el Nuevo Orden Mundial que se impone luego del gran tropiezo financiero que padeció el planeta. Argentina es uno de los invitados al Grupo de los 20 países que convocó el gobierno norteamericano para discutir en Washington las nuevas reglas del capitalismo globalizado. Crítica del famoso “Consenso de Washington”, que puso en marcha la ola neoliberal en el continente, Cristina llevará seguramente su experiencia en defaults y estatizaciones súbitas a la mesa de los presidentes de las potencias económicas del mundo y de los principales países emergentes. También lucirá su ensayada retórica tercermundista y anti FMI, convencida ahora más que nunca, porque el oficialismo entiende que el crack bursátil internacional y el contundente triunfo de Barack Obama legitiman el rumbo que ha tomado el gobierno de Néstor Kirchner. Es cierto que economistas como Joseph Stiglitz han subido sus acciones en el concierto de opinadores de Occidente, y es verdad que los K se entusiasmaron con el premio Nobel de Economía 2001 mucho antes de que estallara la crisis en Wall Street. Por eso se entiende la euforia de los comunicados oficiales de la Cancillería y de la propia Cristina que saludaron la victoria de Obama como el fin del neoliberalismo y el comienzo de una hermosa amistad.
Pero quizá la comitiva argentina en el G-20 deba bajar sus expectativas de protagonismo real, más allá de la foto, porque es probable que en Washington sigan viendo a la Argentina como un país impredecible, para desconfiarle más que para creerle, y con una tara crónica para el desarrollo sostenible. De hecho, la Cámara de Comercio de los EE.UU. en Argentina (AmCham) acaba de advertirle a la Casa Rosada que su proyecto de vaciamiento de las AFJP atenta contra el derecho a la propiedad privada y aísla al país “del contexto mundial”. Y en la Embajada piensan igual: un alto funcionario diplomático norteamericano confió esta semana en una comida con empresarios argentinos que no estaba seguro de que la respuesta argentina a la crisis vaya a ser la adecuada. Ante la aclaración de uno de los comensales de que los argentinos teníamos mucha experiencia en crisis económicas, el funcionario respondió: “Acostumbrados no es lo mismo que preparados.” En cuanto a la expectativa por la cumbre del G-20, comentó que la casa Blanca espera que la Argentina juegue alineada con Brasil, que ya aprendió a jugar en el tablero de la diplomacia internacional como un país adulto, que sabe lo que quiere y lo que puede. Después de todo, por más cambios que se cocinen en la cumbre de Washington, no es realista esperar una revolución anticapitalista ni nada que se le parezca, aunque la retórica kirchnerista pueda quedar más cerca del vocabulario del nuevo consenso mundial, que aún no tiene nombre, pero que podría bautizarse en broma como Consenso de Harlem: allí está la cuna del progresismo ilustrado afroamericano, y allí había instalado su búnker pospresidencial Bill Clinton, la usina de cuadros políticos que está alimentando al flamante gabinete de Barack Obama.

BARACK CON K. Las planillas de operaciones de los bancos parecen electrocardiogramas de la gobernabilidad en la era K. En los últimos meses, las entidades bancarias registran un alza del 35% en los contratos de cajas de seguridad personales, y ya hay pedidos en listas de espera. El ahorrista medio ya está votando contra el modelo, mediante un traspaso masivo de las cuentas en pesos pingüinos a las cuentas dolarizadas. Y las empresas corren a recomprarse sus acciones para vacunarse contra un derrumbe letal de la cotización de sus títulos. Reaparecieron en la city un montón de señores que susurran “cambio, cambio”, de brazos cruzados y con la vista en las baldosas. Esta semana se vivieron escenas de intervencionismo setentista que bien podrían inspirar una película de Adolfo Aristarain (¿Guillermo Moreno no es un personaje de Aristarain?): Veedores del Gobierno se sentaron en las mesas de dinero de bancos clave del circuito monetario (por ejemplo, el Galicia, e incluso el Macro, cuyo titular es un habitué de los actos oficiales) y, como un empleado más, levantaron teléfonos para persuadir a los grandes clientes de que cancelaran sus órdenes de compras de dólares.
Para un país que optó mayoritariamente por el régimen de capitalización privada de sus fondos de jubilación, estas maniobras estatizantes tendrían que sonar escandalosas. Sin embargo, el oficialismo no tuvo problemas en conseguir los suficientes votos propios y ajenos para lograr media sanción de la ley de estatización de los aportes jubilatorios. Tampoco tuvo problemas en ignorar la humilde manifestación convocada por los opositores al proyecto oficial. ¿Qué pasó? El oficialismo aprendió de la guerra gaucha, y esta vez mandó rápido su plan al Congreso, para quitarle tiempo al debate público. Y algo más importante: lo hizo sin miedo. Entre los operadores comunicacionales del Gobierno gana puntos la idea de que “la locura K”, ese estilo que los opositores tildan de “suicida”, le permitirá a Kirchner salirse con la suya, siempre y cuando no se achique y siempre doble la apuesta. Siempre jugando al límite, la idea es asustar a la oposición y al establishment económico con la amenaza tácita y permanente de que si a Néstor lo paran, los Kirchner se van antes de tiempo, dejando el caos como legado para una sociedad que aún no encuentra una alianza de poder alternativa para la sucesión. Es decir, al loco con motosierra hay que seguirle obligatoriamente la corriente. No cuchichear a su espalda para que no alucine con un complot inminente. Y si se entusiasma porque Barack se escribe con K, hay que aplaudir.