lunes, 10 de noviembre de 2008

PROGRESISMO SIN PROGRESO

Esta semana, Estela Carlotto le dijo a Crítica de la Argentina que lagente que apuntala con gestos y métodos violentos a Guillermo Moreno"no dañaron a nadie". La presidenta de Abuelas de Plaza de Mayorelativizó la gravedad de la evidencia fotográfica que muestra aalgunos morenistas dispersando cacerolistas palo en mano. Tambiénjustificó con sentido común callejero –ideario políticamenteincorrecto habitualmente refractario a la prédica de los derechoshumanos- la lógica del secretario de Moreno de rodearse de kickboxersy punteros pendencieros: "Habrá ido con una patota para protegerse",explicó la candidata argentina al Nobel de la Paz. ¿Qué pasó?El episodio Carlotto permite calcular algunos costos que la sociedadcivil está pagando a causa del modo de acumulación de legitimidadelegido por los Kirchner desde que llegaron al poder, en 2003. Esoscostos se empiezan a blanquear ahora, cuando el oficialismo necesitamás que nunca sumar imagen positiva, y ante la necesidad diaria deconfirmar su autoridad, el Gobierno –como haría cualquier otro- quemarecursos no renovables de consenso institucional.Una de las estrategias claras de la gestión K fue, desde el comienzo,encarnar ante la opinión pública la "nueva política", esa ideabienpensante inventada por los políticos de siempre para aprovecharsedel facilismo colectivo que acuñó el "que se vayan todos". Parareforzar la novedad de su política, el kirchnerismo echó mano de casitodos los "tips" de la ciencia política progre: mostró caras jóvenes,puso varias mujeres en cargos de máxima responsabilidad, se rodeó deorganizaciones de derechos humanos, incorporó citas de pensadoresposmodernos en el discurso presidencial y se sacó fotos conintelectuales posmarxistas locales, sumó a un radical al Ejecutivopara hacer creíble su esquema "transversal", y le dio la bienvenida almovimiento piquetero, al punto de convertir en funcionarios a loslíderes que se mostraron dóciles.A simple vista, estas medidas invitan a una valoración positiva, dondetodos ganan: el Gobierno suma ráting, los protagonistas de larenovación institucional obtienen poder y reconocimiento público, y lasociedad disfruta de una clase política más fresca y plural. Todo muylindo. Pero... siempre hay un pero.Si observamos rápidamente los casos concretos de incorporación alesquema de poder de integrantes de las minorías postergadas de lapolítica tradicional, descubrimos una lista de inclusiones fallidas, yhasta fracasadas, desde el punto de vista del multiculturalismoinstitucional:*Martín Lousteau y Felisa Miceli nunca lograron la autonomía mínimapara imponer su propia agenda más allá de la opinión de Kirchner.*La propia Cristina está entrampada en la dinámica del "doble comando".*Hebe de Bonafini y Estela Carlotto se ven empujadas, les guste o no,a justificar cada vez más los modos de ejercer el poder que antes,cuando no eran del establishment, no hubieran aprobado.*El mismo aggiornamiento ideológico encorsetó a periodistas eintelectuales de la mesa K que en los '80 y '90 sedujeron a un públicolector que los convirtió en íconos de un país alternativo y rebelde.Muchos de ellos llegaron a abjurar de manera vergonzante de susmilitancias de otros tiempos por la libertad de expresión, la luchacontra la corrupción administrativa y la democratización de losespacios políticos.*El vicepresidente de la Nación se ve obligado a explicar día tras díaque sus gestos de independencia no lo convierten en "traidor" ni"Judas".*Los piqueteros como Luis D'Elía quedaron caricaturizados comopatoteros de emergencia para llenar la Plaza de Mayo a pedido deNéstor o dispersarla a manotazos cuando se llena de opositoresfuriosos.Todo este activo social –los liderazgos alternativos- corre peligro deirse al tacho del desprestigio y el hartazgo colectivo. Tal vez alGobierno le sirvió hasta ahora para legitimarse, y hasta quizá lealcance para sostenerse hasta el final del mandato de Cristina,gracias a un efecto muy K de victimización. (Néstor se autodenomina unpobre pingüino, la Presidenta empezó discursos aclarando que a ella lecostaba más gobernar por ser mujer, a D'Elía le encanta ganardiscusiones etiquetándose como "negrito", muchos funcionarios searmaron un currículum vitae de "luchador perseguido por la dictadura",y ya es un clásico kirchnerista la manía de sentirse boicoteados porlos medios de comunicación.) Pero lo que puede resultar eficaz para ungobierno puede no serlo para el resto del país.Si esos sectores postergados o minoritarios o discriminados no lograndespegarse de la sospecha de que Kirchner los llamó no para darlespoder sino precisamente para aprovechar su carencia histórica de podercon la intención de manipularlos mejor y, de paso, capitalizar suconveniente imagen pública, entonces cuando termine la era K habráterminado también una etapa del progresismo argentino, tanto de susideas como de sus rostros emblemáticos. Algo así como una versiónizquierdista de lo que la década menemista hizo con el vocabularioliberal y con sus íconos criollos, amontonados en torno a la Ucedé. Lopasado, pisado.Como los líderes no suelen preocuparse por los cadáveres amigos quedejan atrás en su larga marcha hacia la gloria, la pelota quedapicando del lado de la sociedad civil, que se ve obligada a probarsesi está –o no- dispuesta a defender su patrimonio político y culturalen riesgo de extinción.

No hay comentarios: