Dos diplomáticos españoles confesaron en estos días su morbo por el borrascoso estilo de comunicación de la administración K. “Aprendí que el denominador común aquí es el silencio”, define uno de ellos, que no hace mucho llegó a la Argentina. Entre otros casos, cita la ausencia total de respuesta, ni siquiera protocolar, a los pedidos de audiencia cursados al ministro Julio De Vido, al secretario de Medios, Enrique Albistur, y al interventor del Comfer, Gabriel Mariotto, por la inminente decisión oficial de la norma de televisión digital que operará en el país. Los funcionarios europeos que hacen lobby por la norma de su continente están sorprendidos por el abrupto vuelco kirchnerista a favor del estándar japonés-brasileño. Prometen aceptar con elegancia un “no” bien dicho, pero el silencio oficial los deja con demasiadas dudas sobre la transparencia de las decisiones de Estado argentinas.
El otro diplomático ibérico, más acostumbrado a los códigos K, prefiere no quejarse. Más bien señala los precios que paga el Gobierno por dejar sistemáticamente que se agoten los canales de diálogo cada vez que hay conflictos de intereses que requieren discusiones desgastantes. Y no habla de la Guerra Gaucha, sino de las recientes declaraciones del embajador español Rafael Estrella acerca de las relaciones bilaterales con la Argentina. Estrella fue duro, inusualmente duro para el vocabulario de las relaciones exteriores. Sin embargo, el diplomático que se sincera para este artículo asegura que lo de Estrella no fue un desliz: “Al contrario, nuestro embajador se contuvo, lo que en verdad siente es mucho peor de lo que dijo”. Tampoco se trata de un malhumor personal, porque es sabido que cuando Estrella estornuda, es José Luis Rodríguez Zapatero quien está resfriado: el embajador es amigo del presidente español, “de irse de copas juntos”, amigo en serio.
“En Nueva York no se arregló nada”, sostiene la fuente diplomática española. A la visita de la Presidenta a Madrid, que improvisadamente se anunció luego de la minicumbre en Manhattan, ya es la cuarta vez que se le pone fecha. Siempre se pospone –además de problemas de agenda- por el temor compartido de ambos presidentes de que la recepción de los medios y los empresarios españoles a la delegación argentina sea demasiado hostil para las pretensiones kirchneristas. Zapatero apostó especialmente por Cristina Kirchner, contra la opinión de sus propios asesores y del establishment peninsular, la paseó por Salamanca y le tendió alfombra roja para la foto con los Reyes, y ahora se siente defraudado –y pagando el costo político- por el trato desprolijo hacia los intereses de su país. El jefe del gobierno español no le exige a Cristina que acceda a todas las pretensiones ibéricas, pero sí que resuelva los temas pendientes –a favor o en contra, pero que resuelva- antes de pisar suelo español. Por eso se pateó el viaje hasta febrero, fecha en que se supone que el caso Aerolíneas Argentinas encontrará una salida definitiva. También febrero coincide con las vacaciones de verano argentinas, época de distracción de la opinión pública muy propicia –según prometió un altísimo funcionario K a España- para ajustar tarifas de los servicios públicos en manos ibéricas.
El Gobierno está enojado con el embajador Estrella y con Gustavo Martín Prada, representante de la Comisión Europea en Buenos Aires, porque no guardan silencio. También se mantiene el enojo con los medios españoles, especialmente con los del poderoso Grupo Prisa, dueño del diario El País y de la argentina Radio Continental: Néstor Kirchner ordenó meterle presión a esos dos medios para que no le compliquen más de lo que está el año electoral que se le viene encima. Los aprietos financieros que padece el multimedios español envalentona a los operadores K, quienes con la reforma a la ley de Radiodifusión en la mano se sienten musculosos para la pulseada. Esta es una de las tareas del embajador argentino en Madrid, Carlos Bettini, quien a pesar de ser un cuadro cristinista fiel, teme perder el delicado equilibrio entre la vocación oficialista y su sintonía fina con el empresariado español. Por eso bajó drásticamente su perfil luego de haber convencido a la Presidenta de que no lo haga Canciller durante la última crisis de Gabinete. Bettini está muy cómodo en su exilio madrileño, y no quiere perderlo cuando la era K pase a la Historia.
DE ESO NO SE HABLA.
Dos altos funcionarios kirchneristas en puestos sensibles -y en la mira de la Justicia- confesaron en estos días sus diferencias con el estilo de comunicación oficial. Uno de ellos se queja ante este diario de que Néstor no lo deja defenderse de los cuestionamientos a su gestión. El otro dice que Néstor lo deja hacer, aunque existe una directiva tácita de no salir a contestar denuncias de corrupción, para no darle entidad en los medios. Si no se instala en la opinión pública, entonces no existe, es la fórmula mágica gubernamental. Sin embargo, algo está cambiando, y hasta en el Gobierno ya lo admiten sin que se lo pregunten. “Tenemos que salir a pelear los temas, defender la gestión, mostrar las cosas buenas que hicimos”, se convence el funcionario que antes no hablaba con periodistas y ahora sí. “Después de la paliza que nos comimos con el campo, reorganizamos sin querer a la oposición, y ellos están ocupando todos los espacios de debate público, con la complicidad de los medios”, argumenta. “Ya no podemos anunciar cómodamente desde el atril del Salón Blanco las medidas de gobierno, ahora hay que patear el terreno, ir a los lugares que perdimos y dar la cara”, se convence al mismo tiempo que se queja de la naturaleza mediática del fenómeno Cobos. Para los kirchneristas, el presunto armado opositor del vicepresidente es pura foto. Pero le temen, y muchos quieren salir a pelearle territorio precisamente mostrando o al menos fingiendo lo que la corrección política indica: voluntad de diálogo.El universo K ya se lanzó a hablar, ahora le falta saber qué decir.
lunes, 10 de noviembre de 2008
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