En su gira por el Magreb, Cristina de Kirchner se deslumbró con la momia más famosa del mundo: Tutankamón, el joven faraón que murió antes de tiempo, pero que gracias a la ciencia de los antiguos egipcios se conservó, al menos en apariencia, intacto en su sarcófago por los siglos de los siglos. Aunque, según los estudios arqueológicos, su vida terminó sin que llegara a consolidar su poder, el rey niño se convirtió, pos mortem, en la máscara funeraria más famosa del mundo, entre otras cosas, por los tesoros que se encontraron en su tumba. Todavía se discute si, a sus 19 años, murió asesinado, por accidente o por fallas de su organismo.
Es sabido que los políticos se fascinan con las biografías de líderes legendarios de la humanidad, esos que hicieron Historia, tal vez por la megalomanía común de todo aspirante a estadista. Más allá de los accesorios dorados de los restos de Tutankamón, no se sabe qué cautivó tanto la atención de Cristina. Pero tal vez la momificación le haya sonado como una metáfora de lo que le está esperando en la Argentina a su regreso.
El inesperado y desgastante conflicto con el campo parece haber herido de muerte la hegemonía K. Fue como un tajo profundo en un cuerpo con problemas de coagulación. La herida no cierra. Para sobrevivir, hay que hacer torniquetes, transfusiones y, ante lo inevitable, buscar la ilusión de vida eterna: momificar. Es todo lo que viene haciendo Néstor Kirchner con la presidencia formal de su esposa. Para ser justos, a la creencia generalizada de que Kirchner licuó el consenso popular que tenía su esposa hace unos meses, se le podría oponer la evidencia de que sin Néstor, y su influencia intimidatoria en el establishment nacional, la era Cristina estaría terminada. Sin Néstor, y sus vertiginosas maniobras presupuestarias para comprar voluntades, el mandato de Cristina se parecería demasiado al de Fernando De la Rúa, ese que tanto estigmatizan los kirchneristas. Ignoran a Confucio: “No te quejes de la nieve en el techo del vecino cuando también cubre el umbral de tu casa.” Seguramente, lo hacen para diferenciarse de lo que temen parecer, aunque también lo hacen para agitar el fantasma de aquel escenario al que la sociedad no quiere volver: la mayoría de los ciudadanos anti K prefiere aguantar un poco más de kirchnerismo que hundirse de nuevo –tan pronto- en el caos económico e institucional.
La pulseada entre oficialismo y oposición está planteada hoy en términos de timing, de quietud y movimiento, de ritmo. Mientras Kirchner lucha cada día por vender al público la foto de su poder (por ejemplo, la aplastante victoria parlamentaria por las AFJP), los opositores se esfuerzan en contar la película del armado de un todavía incierto frente republicano, que acompañe el desmoronamiento supuestamente inevitable del modelo pingüino. Foto fija versus película en movimiento, presente estático contra futuro en marcha. Todo en pleno temblor financiero local e internacional.
En uno de los últimos intentos duhaldistas por convencer a Daniel Scioli de que empiece a pensar en un futuro sin Néstor, el gobernador volvió a explicar que, más allá de sus diferencias ideológicas con el oficialismo, él sigue creyendo en la creatividad y picardía de Kirchner para sacar cartas de la manga en lo peor del partido de póker. “Lo mismo dijo en los primeros meses del conflicto del campo, y mirá cómo terminó todo”, dice un intendente bonaerense secretamente duhaldista que, sin embargo, acaba de firmar una solicitada K para censurar la rebeldía de Felipe Solá. El gobernador Scioli es el caso típico de oficialismo táctico: él apuesta a conservar la simpatía de los Kirchner hasta que al matrimonio le llegue el agua al cuello, y entonces le pidan que sea el candidato presidencial de recambio para el proyecto K. Los duhaldistas le prometen con ironía que todo lo K se desvanecerá en el aire antes de que lleguen las presidenciales.
Scioli no está solo; otros oficialistas padecen su dilema, y cada uno lo resuelve como puede. Alberto Fernández, por ejemplo, que sigue poniendo la mejilla a los cachetazos ciudadanos antioficialistas mientras el kirchnerismo va podando el poder albertista en el Estado y hasta en la interna territorial del PJ porteño. ¿Qué otra cosa podría hacer por ahora? Podría ser Cobos, pero tendría que animarse a sacrificar la “amistad” que Kirchner dice mantener por su ex jefe de Gabinete. Podría ser Massa, y jugar al delicado equilibrio de quedar bien con dios y con el diablo, pero para eso precisaría el apoyo de Cristina Fernández. Podría ser Moyano, pero eso supondría manejar una masa crítica de voluntades dispuestas a movilizarse que el albertismo nunca llegó a juntar. En fin, a Alberto Fernández, otra variante de oficialismo táctico, solo le queda esperar, y mientras tanto sobrevivir a los pases mágicos del mago de Olivos. Hoy será un nuevo sistema previsional, mañana un pacto social con sindicatos y empresas, pasado un plan de inversiones públicas para dar vuelta la recesión, y al día siguiente una ley contra los despidos, y por qué no una nueva legislación electoral. La cuestión es armar cada día una foto que desmienta la película del despoder. Y que Tutankamón no despierte de su sueño eterno.
sábado, 22 de noviembre de 2008
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