Hasta hace unas semanas, políticos y analistas se habían convencido mutuamente de una nueva ley de la ciencia electoral: “para ganar en 2011, hay que pelear el 2009”. Pero el big bang financiero global arrasó con los escenarios predecibles. Ahora no está tan claro que haya que apurarse a cerrar filas para las elecciones del año próximo, e incluso quien pretenda acelerar el armado de alianzas se encontrará con un síndrome de dispersión que atomiza los espacios políticos.
Hay que pasar el verano, y en marzo vemos, se atajan todos. Marzo mostrará la tendencia real de la economía hacia la destrucción de empleos, a pesar de los paquetes de incentivos y blanqueos. Y esa es, según las encuestas que maneja el Gobierno, la preocupación de la mitad más uno de los argentinos, que hasta hace poco le temían a la inflación. Hoy los votantes tienen pánico de quedarse sin trabajo, y en segundo lugar, sin vida, por culpa de la inseguridad. Ahí está el leit motiv de la campaña del 2009: el miedo. Y la bronca, si el matrimonio presidencial sigue irritando con su estilo. También lo dicen las encuestas fresquitas: este es el peor momento de la relación entre los Kirchner y la gente. Cristina, que se había recuperado tímidamente del cachetazo del campo, volvió a caer: el 70% del país desaprueba su gestión y la de su marido. Ese mismo porcentaje conserva Julio Cobos, pero a favor, como el político con mayor imagen positiva del país. Los sondeos pintan con claridad el despoder crónico de la Presidenta, atrapada y a la vez protegida por su esposo, a quien los empresarios –según encuestas en el ámbito corporativo- señalan como el amo de las decisiones, junto con Julio De Vido. Con el resto, hablar es perder el tiempo.
Pero la caída de imagen afecta a también Néstor y a todo el que participe de la gestión K. Un caso es Sergio Massa, que mantiene el nivel de opiniones positivas en lo personal, aunque ya está empezando a acusar el desgaste de la gestión, donde los sondeos tampoco le dan bien. Por eso la posibilidad de que salga eyectado de la Jefatura de Gabinete a la boleta de candidatos a diputado es cada vez más verosímil. No habrá sido un fracaso. Cuando aceptó el cargo en el gabinete K, explicó a sus amigos que la conveniencia era una cuestión de ráting: hasta ese momento, era conocido por el 40% del electorado, y como jefe de Gabinete su índice de reconocimiento treparía hasta el 90%, sin poner un peso de su bolsillo.
La oposición tampoco ve la luz al final del túnel. Las encuestas marcan que Elisa Carrió tiene casi un 50% de imagen positiva, pero el resto es casi toda negativa, fruto de la caricatura de pitonisa apocalíptica en la que está encasillada. Eso le resta confiabilidad en un momento de inestabilidad: Lilita es la elegida para dinamitar despotismos de gobiernos prósperos, pero todavía le falta cultivar la confianza de las mayorías y de parte del establishment para ser votada como piloto de tormentas. Su entorno jura que está en eso, y que este verano volverá de Punta del Este más pragmática que nunca.
El paraguas neoduhaldista, que parecía tan flexible como para contener a todo el peronismo anti K, se quebró con la tormenta: el acto del 10 diciembre en Parque Norte tuvo que ser suspendido luego de una reunión frustrante en las oficinas de Luis Barrionuevo, donde quedó claro que nadie está convencido todavía de sacarse una foto familiar definitiva. Todos creen que deben mandar, y que los demás son un lastre para su imagen.
Daniel Scioli es otro que, a pesar de los problemas de su provincia, sigue bien ubicado en las encuestas. Para el gobernador, el 2009 es la difícil prueba de pilotear la crisis social que siempre acecha a la provincia en tiempos de vacas flacas. Y el turno electoral amenaza con restarle apoyo en la legislatura provincial, ya que los distritos del interior bonaerense lucen impenetrables para el oficialismo luego de la Guerra Gaucha: de hecho, los propios estrategas de la Casa Rosada reconocen en off que Cristina no puede ni arriesgarse a pisar más allá del Conurbano. Scioli es de los que opta por surfear el 2009, agarrarse al sillón para que los cimbronazos de la recesión no lo volteen (las cifras de caída en la recaudación provincial son su pesadilla), y esperar al 2011 para ver quién quedó vivo para competir por la sucesión presidencial.
¿Y Néstor? El sciolismo no descarta que Kirchner todavía tenga ganas de pelear el sillón de Rivadavia para entonces. Pero antes debe decidir si se juega a todo o nada en una candidatura legislativa: si gana recuperará legitimidad política y obtendrá fueros para esquivar la lupa judicial; si pierde, el país padecerá como nunca el explosivo malhumor presidencial.
domingo, 7 de diciembre de 2008
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