lunes, 29 de junio de 2009

LA LECCIÓN DEL Y2K

¿Se acuerdan del Y2K? En las vísperas del nuevo milenio, un rumor basado en pronósticos de expertos informáticos sembró el pánico en la población mundial más o menos culta. Se temía que, con el cambio de fecha, las computadoras se volverían locas y que el año 2000 arrojaría a la civilización occidental al abismo digital. Comparado con el diagnóstico catástrofe que circulaba en la opinión pública, los pocos inconvenientes que finalmente se registraron fueron casi nada. Falsa alarma. Pero el argumento del miedo fue un buen negocio para muchos, que comieron durante unos meses gracias al clima apocalíptico que ayudaron a instalar. De aquella experiencia globalizada y tecnológica puede sacarse una moraleja para transitar con cierta sensatez la recta final de la campaña electoral argentina más absurda desde el retorno de la democracia.
Nada va a explotar el 29 de junio. Al menos nada debería estallar en la sociedad y en sus instituciones, mientras ningún dirigente decida lo contrario. Para decirlo con una metáfora: este avión sólo caerá si hay una falla humana intencional, un sabotaje republicano. ¿Cuál podría ser? Por ejemplo, que el oficialismo metiera la mano en las urnas para conseguir esos puntos de ventaja que tanto le está costando asegurarse. O al revés, que la oposición bonaerense, cegada por una derrota genuina en la noche del domingo 28, saliera a denunciar fraude en masa, tratando de impugnar mediática y judicialmente el escrutinio. ¿Qué otro sabotaje institucional podría complicarle la vida a los argentinos a partir del 29-J? Del lado del Gobierno, habría dos escenarios inflamables: a) la nunca despejada versión de que el matrimonio Kirchner está dispuesto a responder a una derrota haciendo las valijas y huyendo a un exilio cinco estrellas en El Calafate; b) que si en las urnas pierde la mayoría parlamentaria, Néstor aproveche los meses de quórum propio que le quedan en el Congreso para sacar a cualquier precio todas las leyes que considere necesarias para desarmar a sus enemigos políticos y embarrarle el terreno al establishment empresario que a partir del lunes 29 quiere marcarle la cancha. Hay un riesgo más: si el kirchnerismo hace una buena elección, puede que Néstor se sienta fortalecido como para lanzar un escarmiento general y luego la campaña final para ir por todo.
Del otro lado, cualquiera sea la actitud K, existe el peligro de que la polarización de la sociedad se profundice, y que el único objetivo de los políticos y empresarios disidentes sea acelerar dramáticamente el declive natural del kirchnerismo, poniendo en riesgo la gobernabilidad.
Todos estos escenarios son evitables, y que el 29-J sea mucho ruido y pocas nueces, como lo fue el Y2K de las computadoras. Solo falta que todos sus protagonistas se convenzan de que el domingo próximo no es más que una elección legislativa. Un punto de inflexión quizá, pero no una hecatombe. El obstáculo para el sentido común, para la racionalidad cívica, es la emoción violenta por los intereses que están en juego.
Sin ir más lejos, los intereses de los intermediarios de la lucha electoral. Si pudiera cuantificarse con precisión –no se podrá, dado el cumplimiento ficticio de la ley de financiemiento de los partidos políticos-, la inversión privada y estatal en propaganda en los medios, asesores de imagen y encuestadoras probablemente rompería el record de costos de campaña en nuestro país.
Pero lo más apetitoso que está en juego es el reparto de la torta, horneada al calor del “nuevo modelo” económico fogoneado por el kirchnerismo. Detrás de tanta cortina de humo, es un dato objetivo que tanto Clarín como Techint están nerviosos. Luego de años de flirteos y rabietas al estilo Pimpinela, Néstor logró asustarlos en serio. Esta semana, en los despachos gerenciales del gran multimedio argentino se trazan en pizarras y power points los puntos sensibles que los operadores de Clarín deberán vigilar a partir del lunes 29, cuando termine “Gran Cuñado”:
*Temen que Néstor se decida a entregarle en bandeja el negocio del Triple Play (el paquete de cable, internet y telefonía) a los españoles de Telefónica. La pulseada entre Clarín y empresarios bendecidos por el Gobierno para quedarse con el control de Telecom Argentina explica en parte el reciente tiroteo público entre Kirchner y los jefes del diario.
*Sondean a los legisladores para ver cuánto consenso podría tener el proyecto oficial para terminar con la vieja ley de radiodifusión. La campaña de concientización se basa en el argumento de que no es transparente votar una ley tan importante con la composición parlamentaria actual. Luego del adelantamiento de las elecciones, éste es un “Congreso deslegitimado” hasta fin de año, dicen en Clarín.
*Siguen de cerca los dichos y los hechos del Gobierno acerca del negocio del fútbol televisado, y la difusa promesa oficial de habilitar la difusión gratuita de los partidos por los canales de aire. En el grupo se preparan para dar la pelea en la opinión pública, con la explicación de que el fútbol gratis es una mentira, porque si el Gobierno interviniera legal o ilegalmente los contratos de televisación, los primeros perjudicados serían los clubes, que sin los ingresos de la tele codificada irían a la quiebra. La sospecha es que, incluso sabiendo eso, el kirchnerismo avance con la idea, subsidie a los clubes en problemas, y una vez que desarme el monopolio actual, le entregue el negocio a un operador amigo (o a sí mismo).
*Los estrategas del grupo consideran que sin una pata “telco” (telecomunicaciones), el modelo de negocios de Clarín entrará en crisis en muy pocos años. Y entienden que es inevitable que la revolución digital le abra el juego a nuevos operadores, muchos de ellos con vocación oligopólica. Por eso el grupo está dispuesto a sentarse a negociar una “transición audiovisual”, pero el problema es que el garante estatal de turno para esa compleja transacción es Kirchner. Y Héctor Magnetto ya no confía en la palabra del patagónico.Y aunque suene paradójico, un eventual triunfo de Francisco De Narváez no tranquiliza a ningún poderoso anti K

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