En 1824, año clave para la resolución de las batallas por la independencia sudamericana, el general Sucre le imploraba a Bolívar un mapa del Perú. Recién después de las guerras aparecieron los atlas de Colombia y de Venezuela. Nada cambió en estas tierras: seguimos marchando a la contienda a ciegas, esperando que los ríos de sangre derramada nos marquen la cancha para saber adónde estamos parados.
Por eso nos reímos del espíritu planificador de los ciudadanos del “primer mundo” cada vez que una crisis cíclica les rompe los esquemas y los obliga a improvisar. El problema es que las potencias sufren un shock desconcertante cada dos o tres décadas, y los países como Argentina viven improvisando. No conocen otro estado que el de shock: feliz o trágico, pero siempre conmocionante. Si fuera una película, sería divertido; pero cada día es tan real, tan patético, que duele.
Enumerar la tira de agravios, chicanas y amenazas que se intercambiaron los protagonistas de la política en las últimas horas muestra los efectos culturales de “la jugada maestra de Néstor”, tal como califican a puertas cerradas los propios operadores de la oposición a la decisión de adelantar el calendario de la ingobernabilidad nacional. En apenas una semana, Kirchner dinamitó todos los caminos a octubre, hizo explotar el futuro cercano, asustado no por su incertidumbre sino precisamente por todo lo contrario: el Gobierno tuvo la certeza de su incapacidad para detener la decadencia política y económica del ciclo K.
Todo o nada: el oficialismo no desea otra salida. Porque había otra salida. La sociedad civil -hastiada y confundida por sus propias contradicciones- y el arco opositor –anémico por sus propias mezquindades- estaban convenciéndose lentamente de que debían dejar de distraerse insultando al matrimonio presidencial y arremangarse para parir una alternativa de gobernabilidad para cuando hiciera falta. Y eso no es espíritu destituyente, eso es la lógica democrática: alternancia desdramatizada, sin hipocresías pseudorevolucionarias. Pero ese camino precisaba tiempo, medio año al menos. Octubre era una fecha posible, prevista por la ley. Pero a Néstor no le convenía, y se lo hizo pagar al país, que tiene problemas más profundos y colectivos que garantizar la continuidad de la hegemonía de una tribu política santacruceña.
Y así se desató el vale todo.
Una aliada del Gobierno en su versión de los Derechos Humanos le gritó “puta” a Susana Giménez y “pelotudo” a Sandro, enojada por el imparable debate público por la mano dura, la mano justa o la mano firme. La gente rica y pobre que marchó a la Plaza de Mayo reclamando seguridad no es una minoría facha: la última encuesta de la consultora Poliarquía, por citar una, muestra que la inseguridad ranquea primera en la lista de preocupaciones de los argentinos. ¿Esa gente ignora la correlación del delito violento con la pobreza y la inequidad? Para nada, solo que cualquier ciudadano sensato entiende que la inseguridad se deriva también de otro factor social: la anomia, la sensación de ingobernabilidad, la ausencia de reglas. El Gobierno le echó la culpa de esa percepción a la Justicia, pero esa mentira tiene patas cortas; la misma encuesta arroja un dato indiscutible: la segunda preocupación de los argentinos es la clase dirigente. O sea, busca líderes fiables y todavía no los encuentra. El diputado peronista disidente que le gritó “atorranta” a su potencial aliada electoral de la Coalición Cívica le da la razón al sentimiento antipolítico que vuelve, como las mareas.
El vale todo de esta semana incluyó el sinceramiento público de un argumento que el oficialismo venía filtrando en off the record desde hace un año: “si nos quitan poder, nos vamos y le dejamos el incendio a Cobos”. Que quede claro: el relato de aquella noche en que Cristina casi renuncia no es una fantasía opositora, sino una versión contada en detalle por voceros K. Y tal vez no sea cierta. Lo que importa es el efecto extorsivo de ese discurso subterráneo, que acaba de blanquearse.
A pesar de los esfuerzos de Kirchner por detener la Historia, la realidad no para. El jueves se reunieron en el hotel Four Seasons los jefes de Recursos Humanos de las grandes empresas que operan en Argentina, convocados por la consultora Mercer. “Este foro se llama La Incertidumbre”, bromeó el organizador. Pero ya hay certezas corporativas. La transición de un país en crecimiento a un país en caída ya arrancó en las empresas, que van reduciendo costos laborales cortando los empleos tercerizados. La otra certeza es que esta mala racha pasará, y que hay empresas que trabajan para mantener la motivación a largo plazo de su staff. Una de las que expuso su plan de Gestión de Clima para los próximos años fue, paradójicamente, el símbolo del Apocalipsis K: el Grupo Clarín.
lunes, 23 de marzo de 2009
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